Bastian. Llegué al departamento cerca de las ocho. Un día productivo, sí, pero insuficiente. Mi mente no había descansado ni un segundo, y lo que me mantenía en pie no era la satisfacción del trabajo bien hecho, sino la expectativa de lo que vendría después. Subí las escaleras sin prisas, directo a mi habitación. Un baño rápido, una camisa negra perfectamente planchada, pantalones oscuros, zapatos italianos. Perfume, reloj, cabello acomodado con precisión. No tenía que esforzarme demasiado, pero la noche merecía que me viera impecable. Cuando bajé las escaleras, la vi. Clarissa. De pie en la sala, con su vientre de embarazo marcado bajo su vestido. Su expresión lo decía todo: furia contenida, fastidio, celos. Me miró de pies a cabeza, como si buscara pruebas, como si pudiera ver a trav

