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Todo eso y más eran los titulares, tanto de los periódicos nacionales como internacionales.
El enojo me abarca, tiró los periódicos a la mesa de vidrio, esto no podía ser peor.
La reina estaba devastada, completamente decepcionada y más que todo furiosa con Levi. Ah tratado por todos los medios arreglar el problema que ocasionamos ambos, yo por mi orgullo y el por su imprudencia, pero tanto la prensa como el Primer ministro y demás autoridades, se han encargado en difundir la noticia y hacernos quedar como lo peor que le puede pasar al país si tomamos el trono.
Levi no ha salido de su habitación durante la semana que ha pasado desde la visita del hombre calvo. Se escuchan en la mayor parte del tiempo, gritos, cosas romperse, insultos a más no poder y más que todo, me preocupaba de sobremanera que, en esos 7 días, no había entrado ni un sólo gramo de comida a sí estancia.
Escucho tocar la puerta de mi habitación. Doy el permiso de entrada y me sorprendo al ver la cabellera rubia de la reina asomarse.
—¿Estas ocupada? —habla con un tono maternal, me dedica una sonrisa igual de cálida.
Niego. Entra cerrando la puerta detrás de ella, camina hasta mi sillón, sentándose a mi lado. Me mira con nostalgia, toma mis manos entre las suyas y les da un ligero apretón, su semblante preocupado me sobresalta.
—¿Sucede algo malo reina Giselle?
—Levi —cierra sus ojos con fuerza — El no sale de su habitación, no se ha dignado a comer, me preocupa de sobre manera su bienestar. Se siente responsable de todo, no debí ser tan dura con él, no debí juzgarlo así... No pensé que...
—Disculpe reina Giselle —interrumpo, le dedico una sonrisa — Yo me hare cargo.
Sonríe con una felicidad inmensa, me abraza de una forma reconfortadora.
—Gracias Erina... Yo sé que el té va a escuchar.
—No estoy muy segura de ello —digo en un susurro, el que espero la reina no haya escuchado.
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Toco la puerta, no abre. Digo su nombre, tampoco lo hace. Pase así unos cuantos minutos, hasta que saque la llave que me dio una de las mucamas de mi bolsillo, la introduzco en la cerradura y abro la puerta lentamente. Asomó mi cara por el marco de la puerta. Y verlo me rompe el corazón.
Su cabello estaba desaliñado, tenía unas grandes ojeras, acentuando su mirada cansada. Sus ojos estaban sin brillo, no reflejaban nada... Ni el egocentrismo con el que tanto destacan, pegados al televisor de su habitación. Traía un buzo deportivo color gris, junto a una camisa blanca. En su mano derecha, tenía en control remoto, pasaba los noticieros una y otra vez, sentado en el borde de su cama, escuchando las opiniones de los presentadores. Su habitación estaba echa un desastre, había muchas cosas de vidrio trizas en el suelo, el espejo estaba quebrado gracias a la marca de un puñetazo, el edredón sin acomodar... No parecía en nada su habitación. Pero lo que más me estrujaba el corazón era verlo metido en su burbuja. Con la opinión de la prensa inundando cada parte de él.
—¿Levi?
—¿Qué quieres? —al menos su tono de voz no ha cambiado.
—¿En verdad eres tú? —digo, con algo de humor.
—Sí, soy yo... ¿Qué quieres? —gira su cabeza por sobre mi hombro. Me encara.
—No lo creo —me cruzó de brazos — Te vez tan... Descuidado.
—¿Y?
—Ese no eres tú. —me siento a su lado — ¿Que paso con el imponente, orgulloso, serio, antipático Levi Abrahams?
—Se murió.
—¿Por las palabras de un viejo sinvergüenza?
—Fueron más que palabras Belrose —me encara, pero rápidamente me quita la mirada, agacha la cabeza — Ese hombre arruinó mi imagen. Ahora sólo soy juzgado por todo el mundo por... —no puede terminar la oración debido a que flaquea, pero es de sobra lo que quiere decir.
Que sucedió todo esto por el simple hecho de haberme defendido, si no hubiera sido tan soberbia... Puede haberme puesto un tonto vestido, sólo era por unos minutos, también debí sentarme de mejor manera, hablar más educada.
Si tan sólo hubiera fingido no ser yo por un momento... Esto no habría pasado.
Juego con mis manos, quiero enmendar mi error de la mejor manera. Pero no halló las palabras para hacerlo, aunque quizá... Tan sólo quizá, pueda hacerlo con acciones.
Dudo un momento en sí debería o no hacer lo que tengo planeado. Pienso durante unos segundos como iniciar y analizó las mil posibilidades de reacción por parte de Levi. Pero si quería arreglar mi maldito error debo dejar de dudar de mis acciones.
Me levantó, me paró al frente de Levi, el cuerpo me tiembla. Me pongo de rodillas a su altura, se escuchan más de cerca los sollozos, paso mis brazos por su torso, en medio de sus brazos, para que mis manos terminen en su espalda, que sube y baja repetidas veces. Trató de darle el abrazo más reconfortante que puedo ofrecerle. El cuerpo deja de temblarle, la agitación disminuye, mete su rostro en el espacio que hay entre mi hombro y mi nuca.
El verlo calmado me reconforta.
—Yo... -trato de hablar sin que mi voz se quiebre — Lo siento —digo después de unos segundos — Si tan sólo me hubiera comportado y vestido como era debido para esperar a ese hombre. Debí haber dejado mi ego de lado, pero mi presunción no me lo permitió —trato de llorar, no frente a el — Te metí en mis asuntos, terminaste entrando en una pelea que no era tuya y al final, tú fuiste al más afectado. Ahora por mi culpa eres alguien...
Soy callada de inmediato. Mi corazón palpita con rapidez, la sangre que corre por mis venas se va a mis mejillas. Las lágrimas sin mi permiso empiezan a desbordarse y sin siquiera pensarlo, cierro mis ojos y me dejo llevar por el beso que, en alguna parte, muy escondida en mi corazón, lo anhelaba.
Pone su mano en mi mejilla, su dedo pulgar acaricia mi piel, provocándome mil emociones. Sus labios acarician los míos de forma perfecta.
Es un beso tímido, deseado, necesitado... Tanto por él, como por mí, aunque no quiera aceptarlo.
Porque me niego completamente a mis emociones. Rechazó rotundamente lo que me provoca en este momento, no lo aceptó. Aunque mi corazón me grite lo inevitable, aunque mi mente me traicione recalcándome que ya caí, hay algo muy dentro de mí que aún defiende a capa y espada, el odio que le tengo.
Cortamos el beso, Levi vuelve a poner su cabeza en su sitio anterior, pero no quita su mano de mi mejilla.
—Por favor... No llores —dice en un susurro, apenas audible — No me gusta verte así de débil... No eres tú.
—Pero ¿Cómo no quieres que lo haga? vla voz se me quiebra- Si todo...
—No lo digas tonta —levanta su rostro, acuna mi cara entre sus manos y sus ojos grises me miran con una ternura y melancolía indescriptible —- Tu no tuviste la culpa... Sólo actuabas como Erina.
Y es en este momento cuando me doy cuenta de todo. De que caí, de que esos ojos grises por más frialdad que demostrarán, lograron llegar a mí.
Me separó de golpe ¿Que mierda me pasa? ¿Porque me asusta tanto esto que siento?
Levi me mira sin comprender nada y no lo culpó, porque ni yo me comprendo.
Salgo lo más deprisa que puedo de la habitación, a pesar de sus gritos, no me detengo, no volteó a verlo por más que quiera. Me resisto a mis acciones.
Ahora, en medio del jardín, recaigo en la conclusión de que él, Levi Abrahams, me besó.
No evitó tocar mis labios ante el recuerdo que pasa una y otra vez en mi mente, pero esto sólo me confunde más. Ahora, más que en ningún otro momento, no sé qué pensar. Mi desorden emocional juega conmigo de la peor manera.
.
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No aguanto mirarlo a los ojos. Por más que lo intentó, mi memoria me invade con los acontecimientos de hace tres días y eso lo único que me provoca es un sonrojo que me atormenta.
Levi, por su lado, sale de la habitación pocas veces, su apariencia, luce aún más descuidada, pero lo que no podía evitar notar era que siempre me miraba de la misma forma en la que lo hizo en su habitación.
Yo era tan cobarde, que no lograba estar cerca de él o tan siquiera, sostenerle la mirada.
Tocan la puerta de mi habitación, sacándome de mi burbuja. Dejo que abran, una de las sirvientas asoma la cabeza por el umbral.
-Señorita Erina. Su padre, el presidente Edouard se encuentra en el Castillo -mi corazón palpita con rapidez- Desea verla de inmediato, se encuentra en la oficina de la reina Giselle.
Apretó mi mandíbula ¿Que hace aquí?
—En un momento bajo —la chica da una leve reverencia y se retira.
Doy un suspiro de cansancio. Las preguntas me invadían, mi padre no debería estar aquí, se supone que estaría en Francia manteniendo el país en orden.
Entonces, las respuestas a mis incógnitas se resuelven inmediatamente. Esta aquí debido a los asuntos anteriores con respecto al Primer Ministro.
Trago fuerte, me pongo de pie y busco la fuerza para salir de mi habitación rumbo al despacho de la reina.
Bajo las escaleras de paréntesis y camino hasta las grandes puertas de madera. Dudo un momento en sí tocar o no, me reprendo a mí misma, debo de dejar de ser tan cobarde y afrontar los problemas. Toco, inmediatamente la puerta es abierta.
Tanto la reina Giselle como mi padre están sentados mirándome con severidad y a su lado, estaba Levi, con la mirada en la nada. Entró a la estancia, me siento al lado del Príncipe y lo miro de reojo, no se parece en nada a él...
—Erina —dice mi padre, con su usual neutralidad.
—Padre vtrato de responderle de la misma manera.
—Estoy aquí para tratar unos asuntos con ustedes dos —mi cuerpo se tensa — Se cada detalle sobre el incidente respecto al Primer Ministro. Ambos hicieron una gran falta de respeto, pero más que todo fuiste tú Levi, quien más insulto su autoridad y blandiste la tuya.
Levi tiene las agallas para encarar a mi padre, su mirada destila ira y frialdad, aunque de alguna manera, se lograba ver una llama encendida.
—Usted no estuvo ahí —escupe con veneno — Ese maldito hombre sólo dice lo que más le conviene.
—¿Y según tú, que es lo más conveniente para el Primer Ministro sobre esta situación? —dice mi padre, desbordando ironía y antipatía.
—El hecho de que ese hombre no dice que fue el, el que inició la pelea -se pone de pie de forma brusca — ¡Ese maldito hombre se atrevió a insultar a Erina frente a mí!
—Lo habrá echo por algo Levi -la reina Giselle se une a la conversación — Cabe destacar, que Erina es una chica con muy pocos modales, no viste adecuadamente y tiene una fobia absoluta a lo que implica ser femenina -destaca con frialdad — Por esas razones, no juzgó al Primer Ministro Levi, algún error fatal debió cometer.
—¡No la pueden obligar a ser alguien que no es, maldita sea! —grita, al punto del colapso.
—Voy a cambiar —digo, con determinación — No quiero que mis defectos ocasionen más problemas —una parte de mí se hace trizas.
—Erina no tienes que hacerlo.
—No te estoy pidiendo permiso Levi —siento mis ojos cristalizarse- No quiero ser la causa de más inconvenientes, no quiero seguir siendo el problema de nadie —unas cuántas lágrimas salen sin mi permiso — Me niego a ser la causante de más obstáculos en tu vida.
#LeccionDeVida
Abrazar a Levi puede terminar en confusión emocional severa.