Capítulo 19.

1461 Palabras
P.O.V Erina. Mi cuerpo temblaba, las emociones surcaban cada parte de mí. Pero, más que eso, era la humillación en la que me siento hundida. ¿Porque llegue a creer que iba a ser diferente? Me siento una completa idiota por haber caído en su juego. Pero lo que hace que me odie más es haberme dejado llevar, el hecho de que su sonrisa, su olor, sus ojos... Todo el logren hacer que mis piernas tiemblen, que el nerviosismo me consuma y sobre todo, la necesidad que me provoca besarlo sean tan tentativas, que ni por más resistencia le ponga a mis deseos, me dejo llevar y con ello, caer a sus pies. Eh inevitablemente, el odio que siento hacia el, por haberme hecho sentir así y no poder resistirme, provoca que mi sangre hierva de enojo, y que por más que aguante, mis emociones de impotencia acompañadas de ira, son las causantes de que las lágrimas surquen mis mejillas. Quiero correr, no deseo que vuelva y me mire así de débil. Por ello, al único lugar al que puedo escapar es a una de las fuentes que está detrás del Castillo. Una vez llego, el deseo de gritar no parece una mala idea. Y gracias a que estoy tan concentrada en desquitarme conmigo misma. No me doy cuenta de la piedra que me hace tropezar, eh inevitablemente, para detener mi rotunda caída, me agarró del Rosal que tengo al lado. Pero el dolor que abarca mi mano por completo es mayor al que sentía en mis rodillas. No evitó dar un quejido, me siento en el borde de la fuente y miro mi mano. Llena de espinas, lastimada a más no poder. —Maldición —doy un quejido al tratar de quitar una de las espinas. Sin embargo, eso no evita que poco a poco, mi mano quede libre de ellas. El ardor, enrojecimiento y puntadas hace que sea casi imposible mover mis dedos. Lo bueno de esto es que estoy tan concentrada en el dolor, que por un momento dejó de llorar y de pensar en lo miserable que me siento. Doy un suspiro de cansancio. Mi mirada se centra en el césped, los recuerdos inundan mi mente y me encierro en mi burbuja. Tratando de escapar de la realidad. No tengo idea de cuánto tiempo paso, ¿Diez, quince, veinte minutos? Pero de lo que si estoy segura es que el me está mirando, que está de pie a mi lado con su traje caro y su tonta mirada llena de soberbia y frialdad. —¿Qué quieres? —mi voz suena quebradiza, me golpeó mentalmente por eso. Sólo me hace ver más débil de lo que ya soy. —El primer Ministro se encuentra en el castillo —suena tan frio- Solicita verte. —¿Y a mí que me importa? —Belrose, es sumamente importante que conozcas al primer Ministro. —Ya lo dije. No me interesa —lo miro a los ojos furiosa, lo que menos quería en este momento era estar cerca de él o de cualquier otra persona. Aprieta su mandíbula. Lo miro titubear, me mira como si estuviera a punto de arrepentirse de lo que va a decir. —¿Qué quieres que haga para que me hagas caso? -mi corazón empieza a latir terriblemente rápido. La sangre se me va a los pies y el nudo que se forma en mi garganta, debido a las ganas de llorar solo me impide pensar con claridad- Te lo ruego Erina. Es por el bien de ambos -basta por favor. Trató de calmar mis sentimientos. Pasan unos cuantos segundos hasta que decido que puedo responder. Lo miro y no evitó sonreírle, más que todo porque así quiero evitar gritarle cuanto odio que me haga sentir indefensa ante el. Y que sus ojos, a pesar de dedicarme una mirada severa, fría y antipática... No podía evitar negarme ante su súplica. —Bueno —la nostalgia invade mis palabras — Iré, pero no pienso ponerme vestido —quitó mi mirada rápidamente. Por medio del rabillo del ojo, lo miro dar una sonrisa de medio lado. Sin embargo, trata de disimularla lo más posible. —No importa, así estas perfecta. Miles de emociones se agolpan en mi corazón. Deceso huir de aquí, no quiero que noté que un simple piropo tiene tanto efecto en mí. Por eso decido ponerme de pie y caminar rápidamente al Castillo. . . Era un hombre con tan poco cabello -si es que a tres simples cabellos se les podía llamar así- que tuve que reprimirme para no soltar una risa en su cara. Su mirada reflejaba un odio, desprecio, egocentrismo, soberbia... Tanto así que el simple hecho de tenerlo cerca hacia que mi asco hacia su persona aumentará cada momento. Tenía el ceño tan fruncido que podía jurar que cada vez le salían más arrugas y no sólo eso, sino que su mandíbula estaba tan apretada que ansiaba el momento en ver como sus dientes postizos se quebraban. —Soy Gustav Allers, es un gusto señorita Belrose —la hipocresía en su tono de voz hacia que la sangre me hirviera. —El gusto es mío, señor Allers —trató de sonar lo más educada que puedo. —Según tengo entendido, ambos contraerán matrimonio próximamente. Muerdo el interior de mi mejilla. Estúpido sacó de arrugas. Esas palabras fueron como echar limón en una herida recién echa. Miró de reojo a Levi, dándole la oportunidad de que contestará el, porque estaba tan segura de que, si me dignaba a abrir la boca, lo arruinar la todo. —Si... En unos meses lo más seguro -responde, con total seriedad. El hombre viejo lame sus labios. Las emociones reflejadas en sus ojos aumentan considerablemente. —Sabes Levi, es una lástima que decidieron desposarte con una mujer como ella —mi cuerpo se tensa, la ira corroe todo mi cuerpo. Mis ojos azules lo miran con furia, deseo en lo más posible cerrarle la boca. Por ello, justo cuando estoy a punto de defenderme, Levi me interrumpe. —¿Porque dice eso, señor Allers? —dice, con total neutralidad. —Una mujer como ella —cada palabra solo provoca que mis ganas de golpearlo aumenten — No esta echa para el trono Levi. Solo mira como viste... También sus modales me parecen una falta de respeto. No tiene el conocimiento necesario para dirigir un país, mucho menos la experiencia. Simplemente es la hija del Presidente de Francia, nada más. No es una mujer que sea destacable, por ello me parece un completo insulto, que una mujer tan desagradable como ella llegue a ser la... —¿Podría callarse de una puta vez? -lo miro sorprendida- Si vino a juzgar mi prometida, se hubiera ahorrado la molestia —el aire se me va por un momento, mi cuerpo se tensa y las palabras se me van — Hagamos algo, mejor métase sus putas palabras por culo, se va de mi maldito castillo y vuelve a venir cuando tenga que hacer algo de provecho-se pone de pie, sus ojos grises miran con tanta frialdad al hombre, que podría jurar que re congelarían el Ártico — Porque mientras no está mi madre quien manda soy yo. El enfurecimiento que ese hombre desprende, no intimida en absoluto a Levi, quien a pesar de todo. Mantiene una postura calmada, no le quita la mirada de encima al anciano y cada parte de mi no deja de creerse lo que pasa frente a mis ojos. —Esto no se quedará así Levi-amenaza- Tu madre, la prensa y todo el mundo se enterará de tu falta hacia mí. ¡Te voy a j***r tu asenso al trono! Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al escuchar gritar a ese hombre sus amenazas. Todo mi cuerpo tiembla, la sorpresa, incompetencia, el miedo... Me carcomen viva, dejó de respirar, soy la causante de todo esto. Enfurecido, el primer ministro se rey del salón blanco y una vez estamos solos, mi mirada, mis sentimientos y atención se centran en Levi. —¿Qué hiciste Levi? —la voz inevitablemente se me quiebra. No me mira a los ojos. Esta tenso, incapaz de moverse. Sus puños tienen los nudillos blancos, el cabello le cae desordenadamente y su mandíbula tan apretada que juraría que en cualquier momento sus dientes se destrozarían. Levi se volvió una bomba de tiempo, que con el más suave toque estallaría y lo más seguro, el consciente de ello decide retirarse del salón, dejándome sola con todas mis emociones aglomeradas en mi pecho. Quiero correr detrás de él, agradecerle que haya dado la cara por mí. Decirle que todo estará bien y que lo más seguro, las amenazas de ese hombre iban a ser en vano. Después de todo, sólo faltaban unos cuantos meses para que se retirará y mi padre tomará su lugar. Pero no podía, porque lo más seguro flaquearía y cometería un error. Justo como el de hace unos instantes. ¿Qué me costaba haberme puesto un vestido? ¿Qué me hubiera constado haberme maquillado o cambiar mis tenis por unos tacones? Mi orgullo. Y por el simple hecho de no dañar mi ego, los problemas se volvieron mayores a los que hubieran sido desde un principio. ----------------------------------------------------------- #NotaDeVida. Hay veces el orgullo es un arma de doble filó.
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