Capítulo 18.

1736 Palabras
 P.O.V Levi. —Iré a Francia a atender unos asuntos con el presidente Edouard. —¿Qué clase de asuntos? —preguntó incrédulo. —Oh no es nada importante —dice, mientras se remienda la manga de su blusa- Atiende al primer ministro de la mejor manera —empieza a caminar en dirección de la entrada principal, estoy a punto de retirarme, pero su voz me detiene — Ah, y Levi —me mira por encima de su hombro derecho — Compórtate, no quiero problemas. No hago ningún gesto, se a lo que se refiere con eso. Le doy una última mirada a mi madre y emprendo camino a mi habitación. Entró y me empiezo a vestir correctamente para recibir al ministro. Cierro los ojos y los recuerdos del salón de baile llegan a mi cabeza. ¿Qué me está sucediendo? Esa mocosa me tiene con la mente en otro lado. ¿Porque diablos le dije esas cosas a la boba de Belrose en el salón de baile? ¿Porque me gusta tanto estar cerca de ella a pesar de las peleas tontas? ¿Porque me gusta la forma en la que frunce el ceño o en la que dice Leviosa? ¿Porque esa mujer me volvió tan adicto a ella? Las preguntas vienen a mi cabeza como lluvia incesante. Ya no me importa tanto Camille, ya no siento nada cuando estoy con ella. En cambio, con Erina mi mundo se detiene por momentos. Tomé mi cabello y lo jaló con desesperación. No quería hacerlo, no quería caer en sus artimañas, no quería ilusionarme y mucho menos enamorarme. . . Estoy en la entrada principal, esperando con paciencia al primer Ministro que se suponía que debía llegar hace unos cinco minutos. Veo la limusina esperando a que a gran los portones, estos ya una vez dan el paso libre entra, recorre el jardín y finalmente para al frente del Castillo. Uno de los mayordomos abre la puerta, y de ahí sale un viejo decrépito, casi calvo -sólo tiene tres cabellos en la cabeza- y con un smoking perfectamente arreglado. Sonrió al verlo acercarse lentamente, extiendo mi mano y la toma respetuosamente. —Es un placer recibirlo señor Allers, espero su visita a nuestro castillo sea de su agrado —digo amable. —Si, como sea —dice mientras saca unos lentes estilizados del bolsillo- Dejemos las cortesías de lado Príncipe Levi, no me interesa su respeto. Aprieto mi mandíbula ¿Qué se cree este viejo loco? ¡Soy el Príncipe y merezco respeto! Ya que el haga la función de un presidente en este maldito país no es mi problema. —Vine a conocer a la futura heredera del trono —me mira a los ojos- ¿Dónde está? Según tengo entendido ella es tu prometida. —Oh, habla de Erina. Ella debe estar ocupada en este momento con asuntos importantes —miento, no tengo idea de que hace desde que la abandone en el salón de baile. Lo más seguro se fue para la habitación de ella a jugar con su maldito gato. —Oh, pues que dejé de hacer esas cosas tan "importantes" y que venga a recibirme —saca un pañuelo y limpia los lentes, para ponérselos nuevamente. —Claro, iré a buscarla —doy una sonrisa falsa — Usted póngase cómodo, en un momento Erina estará con usted. Le doy una última mirada a la pasa con piernas y me dirijo a buscar a Erina por donde sea que este. Y si soy sincero, el miedo corroe todo mi cuerpo. Más que todo porque esa mujer posee todo menos modales y frente a este hombre, es lo primero que se debe de mostrar. La busque en su habitación, en la cocina, en el gimnasio, en el jardín. No estaba en ningún lugar y el tiempo se agotaba. El primer ministro no era un hombre paciente y lo más seguro sus impresiones hasta ahora no eran las mejores. La desesperación me empezaba a dominar, la calma se había esfumado y justo en el momento en el que más la necesitaba no estaba. Hasta que los recuerdos de hace unas horas llegan a mi mente como una cachetada. ¿Qué mierda hice? El ministro desapareció de mi mente y el arrepentimiento lo reemplaza. Fui un completo imbécil. Grito su nombre a todo pulmón, corro buscándola y el asqueroso sudor empieza a aparecer mojando el esmoquin. Le pregunto a los sirvientes, no la han visto. Mi orgullo me impide preguntarle a Ian si ha logrado saber algo de Erina en las últimas 3 horas. Y una y mil veces, mi conciencia me trata como la mierda que soy. Sin embargo, el alma me vuelve al cuerpo. Está sentada en una de las fuentes del jardín. Su mirada está completamente fija en el césped, aun no se ha percatado de mí. Inhalo hondamente, cierro los ojos y trato de volver a entrar a mi mascara de indiferencia. Me acerco cauteloso, y me paro a un lado. La escucho suspirar, su pecho sube y baja de una forma calmada y por alguna razón, sus manos están lastimadas. Pero no puedo decirle lo preocupado que estaba por no encontrarla, no puedo mencionarle el interés que me provoca saber qué fue lo que hizo para que se lastimara así y tampoco puedo demostrarle lo estrujado que se siente mi corazón una vez me mira, con los ojos rojos... Como si hubiera estado llorando. —¿Qué quieres? Rezo porque mi voz no me falle, porque me salga el mismo tono frio que suelo usar de costumbre. Pero es tan difícil. —El primer Ministro se encuentra en el castillo —agradezco a mi voz por no quebrarse- Solicita verte. —¿Y a mí que me importa? —dice con hostilidad, tan característico de ella. Evito en lo más posible soltar una risa —Belrose, es sumamente importante que conozcas al primer Ministro. —Ya lo dije. No me interesa -me encara, sus ojos muestran un fuego eh ira que nunca había visto en ella. Trago duro, me arrepentiré de lo que diré, pero si quiero que las cosas funcionen debo hacerlo. —¿Qué quieres que haga para que me hagas caso? -la miro a los ojos, mientras apretó mi mandíbula- Te lo ruego Erina. Es por el bien de ambos. Traga fuerte, sus manos aprietan la tela de su camisa con fuerza. Pero el agarre se suaviza, al igual que su mirada. Y agradezco profundamente ello, porque no me gustaba verla así. Prefería verla despreocupada, feliz, irradiando luz con su sonrisa. Me cacheteo mentalmente, deja de pensar estupideces Levi. —Bueno —habla, con frialdad, aunque por alguna razón se me hizo en un tono nostálgico sus palabras- Iré, pero no pienso ponerme vestido. Mi cerebro no para de procesar lo que me acaba de decir. Esperaba todo menos eso. Pero lo que más me calienta el corazón es su sonrisa. Esta vez no me reprimo, esbozó una sonrisa de medio lado. —No importa, así estas perfecta. Mi comentario la toma por sorpresa, sus mejillas se sonrojan. Me quita la mirada y rápidamente se pone de pie, caminando en dirección al castillo. . . La mirada del primer Ministro se vuelve terriblemente despectiva una vez ve a Erina sentada en uno de los sillones del salón blanco. —Soy Gustav Allers, es un gusto señorita Belrose. -El gusto es mío, señor Allers -dice, si no la conociera tan bien diría que se está comportando como una dama. Pero en realidad se está reprimiendo por no mandarlo a la mierda. — Según tengo entendido, ambos contraerán matrimonio próximamente. Escuchar eso, es como acido para ambos. Sin embargo, Erina se abstiene a hablar, dejándome a mí con todo el trabajo. —Si... En unos meses lo más seguro. El hombre viejo lame sus labios. Su mirada expresa egocentrismo, frialdad, antipatía... Y todo ello simplemente hace que lo deteste más. —Sabes Levi, es una lástima que decidieron desposarte con una mujer como ella-suelta con veneno. Erina rápidamente lo mira con furia, abre su boca, pero mis palabras la detienen. —¿Porque dice eso, señor Allers? —digo, tratando de sonar lo más calmado posible, pero en realidad mi lengua arde por decirle mil y un insultos ¿Cómo se atreve a insultar a Erina de esa forma tan sínica? —Una mujer como ella —el desprecio que emana me da asco- No esta echa para el trono Levi — pasa una mano por los tres malditos cabellos que tiene en la cabeza — Solo mira como viste... También sus modales me parecen una falta de respeto. No tiene el conocimiento necesario para dirigir un país, mucho menos la experiencia. Simplemente es la hija del Presidente de Francia, nada más. No es una mujer que sea destacable, por ello me parece un completo insulto, que una mujer tan desagradable como ella llegue a ser la... —¿Podría callarse de una puta vez? —suelto sin pensarlo- Si vino a juzgar mi prometida, se hubiera ahorrado la molestia-digo, apretó mis puños, tratando de controlar mi ira — Hagamos algo, mejor métase sus putas palabras por culo, se va de mi maldito castillo y vuelve a venir cuando tenga que hacer algo de provecho-me pongo de pie, lo encaro, el hombre solo me mira con sorpresa, sin creerse mis palabras — Porque mientras no está mi madre quien manda soy yo. Su mandíbula va a estallar. Se pone de pie inmediatamente, su ceño fruncido va a explotar. El enojo le corroe hasta la última arruga y su furia es inminente. Sin embargo, yo no estoy tan lejos, la sangre me hierve, mis nudillos están blancos debido a que tengo los puños apretados, todo eso complementado me hacen una bomba de tiempo. —Esto no se quedará así Levi —amenaza — Tu madre, la prensa y todo el mundo se enterará de tu falta hacia mí. ¡Te voy a j***r tu asenso al trono! Mi pecho sube y baja rápidamente. Las ganas de encestarle un puñetazo en el rostro me están comiendo de lleno. El primer Ministro nos dedica a ambos una mirada furiosa, toma sus cosas y se retira. Se escuchan los gritos fuera del salón hasta que cesan. Con ello doy por entendido que ya se fue. Miro a Erin por encima del hombro. Su rostro solo me demuestra sorpresa. El cuerpo le tiembla y creo que dejo de respirar. —¿Qué hiciste Levi? Y ahora la realidad me cae como un balde de agua fría. La cague terriblemente. Y con todo ello en mi mente, soy incapaz de mirar a los ojos a Erina, el silencio que se hace se vuelve pesado eh incomodo, deseo correr, retroceder el tiempo. Pero no puedo. De lo único que soy capaz ahora es irme del salón blanco con un nudo en mi garganta y con el recuerdo de hace un momento pasando repetitivamente por mi mente, una y otra vez. Volviéndose una tortura que lo único que hace es volver todo a mi alrededor más complicado de lo que ya era
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