Capítulo 2

2265 Palabras
Los dos días se pasaron muy, pero muy lento, sin mi consola no era nada. Bueno exagero un poco, logró sobrevivir con el Wii U y la Xbox 360 pero no era lo mismo... ¡Necesitaba mi Play 4! Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de la puerta siendo golpeada levemente. —Pasé. La puerta fue abierta y apareció uno de los empleados de la casa. Vestía de traje entero como el que usan los camareros de los restaurantes caros y finos. —Vengo por sus maletas señorita. Mi vista se fijó rápidamente en el reloj de pared de mi habitación. Eran las seis y cuarto de la mañana, faltan veinte minutos para que salga el vuelo. —Está bien, en un momento bajo. El chico asiente, toma las tres maletas -que por cierto fueron hechas por las empleadas- dos grandes de color n***o con detalles en plateado y una pequeña que colgaba de una grande, era de color rojo brillante y sin ruedas. El chico da una leve reverencia y sale de mi habitación. Di un suspiro largo, este viaje sería agotador, pasaría varias horas sentada y haciendo nada. Me quedé unos minutos más acostada en mi cama viendo la lámpara del techo que en ese momento me parecía lo más interesante de la habitación. Pasados cinco minutos decidí bajar las escaleras de paréntesis, llegué a una gran sala que era el recibidor, pasé de ella y fui hacia un pequeño pasillo que me conducía a la salida. Había una limusina negra, adentro estaba mi padre con los guardaespaldas, solo faltaba entrar yo. Uno de los mayordomos me abrió la puerta, entre y me senté al lado del señor presidente. —Llegaremos tarde —dijo en tono neutro. —Es un avión privado, no se puede ir sin nosotros —mi padre puso los ojos en blanco, solté una risa pequeña ante tal gesto. —Le encuentras solución a todo Erina, eres muy irónica ¿Lo sabías? —Soy muy parecida a ti... Demasiado para mi gusto. Mi padre decidió no contestar. Prefirió el silencio antes de una respuesta estúpida. —¿Arrancamos ya señor? —dijo el chófer. —Por favor. El hombre asiente y arranca. Llegamos en unos quince minutos al aeropuerto, había mucha prensa, el lugar estaba lleno de ellos. Parecían hormigas en busca de azúcar. Por suerte, los guardaespaldas hacían su trabajo al igual que la policía. —¡Señor presidente! ¡¿Porque va al Reino Unido?! —¡Señor presidente! ¡¿Porque lleva a Erina!? —¡Presidente! ¡¿Tratará la anexión de Francia con el Reino Unido con la reina Giselle?! Esas y más preguntas eran bombardeadas, mi padre decidió acercarse a uno de los micrófonos y hablo: —No daré explicaciones ahora, muy pronto se enterarán. Después de eso más y más preguntas eran lanzadas al aire sin obtener respuesta. Subimos al avión-jet y por fin la calma reino. Al ser un avión privado era más lujoso que uno normal. Aterciopelado de rojo por dentro, servicio de comida y un pequeño bar. Había televisión y una mesita de madera, había sillones color crema con bordes y detalles en dorado. Los cojines eran circulares y color beige. Me senté en uno de esos suaves y acolchonados asientos dejando relajar todo mi cuerpo. —Te avisaré dos horas antes de llegar para que te pongas bonita. Debes verte excepcional frente a la reina. —Si como sea —puse mi brazo sobre mis ojos tapando la luz- Déjame dormir al menos cinco minutos. Se escuchó la voz del piloto de que ya íbamos a salir. Se sintió como el avión empezó a encender y despegó. Reino Unido ahí voy. . . Llegamos por fin al aeropuerto de Londres - Heathrow, era muy grande y digno de admirar. Muy diferente a los de Francia. Llegó la Guardia real, nos esperaban con una limusina y al igual que en Francia había muchos reporteros, todos hablaban inglés británico, por suerte la clase de idiomas sirvió de algo. Entendía el inglés a la perfección, también podía mantener las conversaciones sin ninguna dificultad. Subimos a la limusina, todo era tan diferente. Muy a la época antigua pero también muy actual, era una combinación perfecta y muy interesante. Llegamos en unos 10 minutos al Palacio y era tal y como se mostraba en las fotos. —¡Mira papá! ¡Son los hombres raros que no pueden sonreír! —dije tan emocionada como una niña de cinco años. —Si Erina... —dijo mi padre siguiéndome la corriente, su atención estaba en el libro en sus manos. —Esto incomoda —renegué por el vestido. —Únicamente será por unas horas, no es tanto -lo hacía sonar tan fácil, que, si seguía hablando así, un día de tantos terminaría creyéndomela. Puse los ojos en blanco, el vestido era color celeste y era largo, tallado en mi torso y en la cintura era más flojo, con escote en forma de corazón y tenía algunas piedritas color plateadas que cubrían parte de mi estómago y mi cintura formando una especie de cinturón y la espalda descubierta. Llevaba unas plataformas plateadas y un maquillaje más natural y menos cargado. El cabello suelto y con ondulaciones. Nos recibió un mayordomo, vestía similar a los de Francia. —Vengan por aquí, la reina los invita a cenar al comedor real. —Claro —dice mi padre con una sonrisa. El vestía más elegante de lo normal, traje entero color azul oscuro, con camisa blanca, chaleco y corbata roja. Zapatillas perfectamente limpias y el cabello y la barba arreglados. Ambos seguimos al hombre, nos llevó a un comedor gigantesco y muy elegante. Digno de un palacio. Nos sentamos cerca de donde se sienta la Reina Giselle. —¡Oh! Por fin te veo Edouard —ambos giramos la vista hacia las gigantescas escaleras en paréntesis que había, nos pusimos de pie de inmediato. La reina Giselle III Abrahams, una mujer esbelta y muy bella. Con porte y se veía que era una completa dama, rubia, con el cabello atado en un elegante moño. Tenía poco maquillaje y un vestido color coral tallado al cuerpo y corte de sirena, un escote no muy profundo combinado con un collar de piedras preciosas que hacia juego con sus tacones color beige. Mi padre se acercó, la ayudo a bajar los cuatro últimos escalones, finalmente la tomó de la mano y la beso educadamente. Yo estaba sorprendida, era una mujer impresionante y en extremo bella. Claro se notaban el paso de los años con una que otra arruga. —¡¿Ella es Erina?! —dijo acercándose hacia mí. No sabía qué hacer, me sentía intimidada al estar al frente de una mujer tan poderosa como lo es ella. —Eres hermosa —dijo la reina Giselle con una sonrisa en el rostro. —Gra... Gracias —dije tímida. —Buenos tardes —escuche una voz gruesa. Giré mi rostro y no podía creer lo que veía. Sentí como el corazón se me aceleró y mi respiración se detuvo por un momento. —Él es mi hijo, el príncipe Levi Abrahams. Podría decir que su atractivo era inigualable. Alto, fornido -se notaba que iba al gym- cabello color castaño, perfectamente arreglado, vestía un traje entero azul oscuro, camisa celeste claro y una corbata negra. Pero no solo su apariencia física era impresionante, lo más destacable eran esos hermosos ojos grises claro, similares a la luna llena en una noche de invierno, no solo por el hecho de que podía jurar que eran casi transparentes, sino porque demostraban una frialdad que escuece a través de mí, porque son tan hermosos de mirar, que por más que lo deseo, por más que me obligo... No puedo dejar de mirarlos. —Soy el Príncipe Levi es un placer —dijo estrechando su mano con la de mi padre. —Es un gusto —digo, tratando de salir de mi trance. El chico volvió a mirarme, y se empezó a acercar. —Espero nos llevemos bien —dijo una vez que estuvo frente a mí. Pude ver los detalles de su rosto con más claridad. Su mandíbula angulosa estaba perfectamente afeitada, algunas pecas recorrían sus pómulos y parte de su nariz. Sus ojos eran más perfectos de cerca. —Igual —respondo, en un tono casi inaudible. Él sonrió. Sentí como mis piernas perdían fuerzas... Esa sonrisa era hermosa, seductora, sexy. Te derretía y hacia que te sintieras en las nubes. Se empezó a acercar más, me tomo de la muñeca, su tacto era suave y cálido y acercó su boca a mi mejilla dándome un beso. Se separó al instante. Sentí como el calor subía a mi rostro, estaba nerviosa. —Vamos, tomen asiento, pronto llegará la comida —la reina Giselle apuntó los asientos nosotros obedecimos. Mi padre se sentó al lado de la reina mientras Levi y yo nos sentamos frente a frente. La comida llegó a los pocos minutos, mi padre y Giselle hablaban de cosas políticas, yo y el chico sexy comíamos en silencio. Ya una vez terminada la cena las camareras retiraron la comida y los platos, el lugar quedó completamente despejado. —Hablemos sobre este tema en un lugar más cómodo ¿Les parece? Vamos a mi despacho. Ninguno se negó, seguimos a la mujer hasta la habitación que era de gran tamaño. Describirla sería una pérdida de tiempo, con la palabra lujosa se puede decir cada detalle del lugar. Nos sentamos en unos sillones de color blanco y en medio había una mesa con unos papeles, quizá eran el tema que debíamos tratar. —Pues como verán, Francia y el Reino Unido decidimos dejar la rivalidad. Nos anexaremos, y usted presidente Edouard se convertiría en el primer ministro. Esto llevaría muchos beneficios por ambos lados —la mujer sonrió, mostrando unas cuantas arrugas que se formaban en su rostro- Ya eh hablado esto con tu padre Erina. Yo asentí. No sabía en que tenía que ver yo y el Príncipe en todo esto. —Ahora debo hablarlo con ustedes dos. —¿De qué se trata madre? —habla el príncipe Levi. Nunca había escuchado a alguien hablar de una forma tan neutral en mi vida. —Pues para fortalecer la anexión y la relación de ambas naciones -siguió mi padre. —Decidimos comprometerlos en matrimonio —prosiguió la reina Giselle. —¡¿QUE?! —gritamos ambos al mismo tiempo. Nos pusimos de pie alarmados. Ninguno quería creer lo que los adultos dijeron, esto debía ser un chiste, una broma... Mi cuerpo empezó a temblar, no me podía suceder esto, no a mí. El enojo empezó a abarcar cada parte de mi cuerpo, no estaba dispuesta a esta locura. —¡Esto es un error! —dijo Levi. —¡No quiero casarme! ¡Solo tengo 18 años! —proseguí yo. —Miren, su compromiso ya está establecido —dijo Giselle— No cambiaremos de opinión por más que se opongan. —¡No me pienso casar! ¡Quiero disfrutar mi vida! —gritó Levi. Se notaba el enojo a distancias. —Ya lo establecimos, ambos se casarán -dijo con seriedad mi padre. Una seriedad que nunca había visto en el— Es un compromiso que llevamos planeando desde hace dos años. Levi y yo abrimos los ojos como platos ¿Nos estaban jodiendo verdad? Esto no podía ser cierto. ¡Tengo toda una vida por delante como para que me digan que tengo que casarme con un chico que conozco hace una hora! Iba a abrir mi boca para decir algo, pero fui interrumpida por Levi. —¡No pienso casarme con ella! Quiero disfrutar mi pubertad. —No hablaremos más de esto. Ambos están comprometidos y deberán a empezar a convivir juntos -dijo papá poniéndose de pie junto a la reina Giselle. —No pensamos discutir más el tema, hablen y conózcanse —hablo la mujer rubia antes de retirarse de la habitación. Levi me volvió a ver con odio. Hicimos contacto visual, en ese momento nos dimos cuenta que el sentimiento era mutuo. —Te largas de mi castillo, no pienso casarme con una niñita como tú. —¡Claro! ¡Yo tengo tantas ganas de casarme con un principito como tú! —¡No le hables así al futuro heredero de la corona! —¡Crees que en este momento me interesa quien eres! Mocoso mimado. —Estúpida. —Idiota. —Babosa. —Pendejo. Estuvimos así un buen rato hasta que llegó uno de los sirvientes interrumpiéndonos. —Disculpen... —dijo tímido. —¡¿Qué quieres?! —gritamos ambos, al mismo tiempo. —Señorita Erina, su habitación ya está lista. Di un hondo suspiro. —Gracias ¿Me puedes enseñar donde esta? —Claro señorita. Antes de irme le eche un breve vistazo a Levi, me estaba literalmente matando con la mirada, tenía la mandíbula apretada al igual que los puños, donde los nudillos se me estaban poniendo casi blancos. Después de esa observación me fui detrás de el sirviente saliendo de la habitación y cerrando de un portazo. Me llevó a una de las tantas habitaciones de la planta noble de Buckingham -segunda planta- entre a mi cuarto y era dos veces más grande que mi antigua habitación en Francia. -Su ropa ya está acomodada, la reina me dijo que su estancia aquí será permanente ya que como será la esposa del príncipe Levi debe permanecer en el Palacio. Su padre volverá a Francia en tres días. Yo no dije nada, quería llorar. Era mucho para asimilar. —Retírate —dije en un susurro. El chico dio una pequeña reverencia y salió de la habitación cerrando la puerta por detrás. Ya no aguantaba, me tire a mi cama y las lágrimas empezaron a salir. Esto no me podía estar pasando. Tomó una de las almohadas y ahogó un grito en ella. El maquillaje se corrió y los sollozos eran cada vez mayores. ¿Qué hice mal? Mi cuerpo estaba echo un manojo de nervios. Entre mil noticias que me habían podido dar ¿Tenía que ser esta? Modo mi labio inferior, mi mirada se pegó al techo y me desconecto del mundo por un momento. Lo había decidido, no sería una dama en este lugar. Le quitaría a la Reina y a su padre esa idea del matrimonio cuando se den cuenta que ella y el principito tarado no pueden convivir juntos. Me puse de pie, me quité toda la ropa quedando en bragas y sostén. Caminé hasta el ropero y lo abrí de par en par dejando toda su ropa a la vista. Busco entre las blusas, escogió un crop-top n***o que tenía la palabra f**k You en grande y con una mano sacando el dedo del centro. Un jeans azul oscuro, casi n***o y tenis color rojo encendido. ¿Querían que fuera una estúpida princesa? Bien les enseñaré que tipo de princesa sería. #LeccionDeVida Nunca quedarse sola con Levi Abrahams. Podría terminar en insultos.  
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