Capitulo 9

1769 Palabras
Ya una vez ambos arreglados -Levi con traje entero y yo con un vestido- salimos a la entrada principal, estaban los guardaespaldas, oficiales de policía y muchos reporteros que empezaron a lanzar preguntas. —Uno por uno, trataremos de responder todo —habla Levi, tratando en lo más posible calmar a los reporteros. Sin embargo, es completamente inútil, por más órdenes y peticiones que dé, los reporteros simplemente quieren material para crear sus noticias amarillistas. Y tanto Levi como yo, tratamos en lo más mínimo no dar detalles y explicaciones, para no alimentar sus ansias de farándula. —¡¿Porque fue que inició la pelea príncipe Levi?! —Erina y yo tuvimos unos desacuerdos — sonrió y paso su brazo por mi cintura- Pero ya por suerte todo está solucionado. ¡¿Qué mierda le pasa a este idiota?! —Quita tus sucias manos de mi cuerpo —dije en un susurro que sólo el fuera capaz de escuchar. —¿Crees que esto es bueno para mí? Tendré que bañarme en cloro después de esto. —Púdrete Abrahams. —Muérete Belrose. —¡Señorita Erina! ¡¿Es cierto que usted fue la que provocó el vuelco del bote?! -gritó un hombre. —Eso fue un pequeño accidente -mentira- Nada fue planeado -me iré al infierno. Pero debía encubrir en lo más posible la verdad. ¿Cuánto tiempo paso? ¿Una hora? ¿Treinta minutos? ¿Quince minutos? No lo sé. La noción del tiempo se me fue, todo eso gracias al bullicio, los flashes de la cámara, las preguntas inagotables y más que todo, el hecho de que estaba tan concentrada siguiendo amar al bobo que, por un momento, me sentí en un bucle de nunca acabar Masajeo mi cien con mi mano. La cabeza me va a explotar del dolor, los ojos me arden, mi boca se siente seca y siento que en cualquier momento voy a decaer gracias a la fatiga. Levi me mira de reojo, apretar su mandíbula y acerca más mi cuerpo al suyo. Sostiene con su brazo todo mi peso, y aunque por más que intente disimularlo, sé que ya noto que me siento fatal. —Hasta aquí las preguntas, ya no responderemos más. Tengan un buen día señores -su tono de voz es autoritario. Le dedica una última mirada a la prensa y sin soltarme nos adentramos al castillo. Cuando las puertas se cerraron nos separamos, pero él se queda ahí, observándome. —Deja de mirarme —le digo. —¿Qué tienes? —su tono frio no hace mejor las cosas. —Nada —trato de sonar lo más cortante que puedo. No quiero su compasión. —No mientas —no evito soltar una risa burlista. —Si esto es una broma, no es gracioso —trato de defenderme, de no caer en sus redes. —No es una broma Erina. Las emociones se aglomeran en mi cuerpo ¿Tan divertido se le hacía jugar conmigo? ¿Tan fácil era para el hacerme sentir inferior, ridiculizada... Humillada? Porque mi mente no quería aceptar la realidad, y mucho menos mi corazón. Por el simple hecho de que no quería que, por detalles como este las ilusiones empezaran a inundarme para justo segundos después, ser cruelmente destrozada por sus palabras. —¡Deja de fingir preocuparte por mí! —grito, al borde del colapso. Su mirada no cambia, en lo absoluto. Me sigue viendo de la misma forma en lo que lo hace desde el primer día en que nos conocimos, sin demostrarme nada. Continúa mirándome con frialdad, sin un solo rastro de emociones que me justifiquen que realmente está sintiendo humanidad hacia mí. Sin embargo, pocos segundos después, una sonrisa mofa abarca sus labios. Mete sus manos en los bolsillos delanteros de su pantalón y deja de encararme, para centrar su vista en el suelo durante unos instantes. Nuevamente me mira a los ojos. —No estoy fingiendo nada Erina. La ira empieza a cumularse en mi pecho. Mi lengua arde por decirle mil insultos y mi cuerpo esta tan tenso, que por más que intento moverme, no lo logro. Porque ese tipo de palabras, aunque por más que lo niegue tienen efecto en mí. No respondo, si lo hago la voz se me quebraría. Por eso, decido empezar a caminar a mi habitación, largarme de ese lugar. Porque en este momento, solo quiero estar lejos de él, no, en realidad lejos de los mil sentimientos que hacen que mi corazón lata tan rápido que tengo la sensación de que un día de tantos se saldrá de mi pecho. . . Llego un por la mañana, un gran ramo de rosas blancas y rojas, una caja de bombones y una nota. Miles de preguntas invaden mi mente, sensaciones indescriptibles me abarcan por completo y más que todo eso, la ilusión de que este detalle lo haya enviado el. Por ello, abro rápidamente la nota, está escrita a mano, con una caligrafía pulcra. *Espero este pasando un próspero día señorita Erina, estos bombones y rosas son un regalo de bienvenida al Reino Unido. Espero los disfrutes. * Atte. -Anónimo. Si pudiera describirme, en una palabra, era anonada. No es que no estuviera acostumbrada a recibir este tipo de regalos, ya que, en Francia, eran considerablemente frecuentes, enviados en su mayoría por políticos importantes, buscadores de más dinero del que ya poseen La manija de la puerta fue girada, el rostro de Lucas se asoma con una sonrisa resplandeciente.  —Buenos días muñeca ¿Puedo pasar? —asiento con un movimiento de la cabeza- Hoy los vi en el noticiero y en el periódico. Eso fue una gran actuación por parte de ustedes dos -menciona, sentándose a mi lado. —No quiero hablar de eso ahora, tengo asuntos más importantes —digo, mostrándole la carta-Estamos en pleno mayo, aún no es febrero. —¿Podría ser de Levi? —dice, alzando una ceja, irónico. -Es ilógico, ese hombre jamás gastaría su tiempo en esto, Y si soy sincera, solo digo esto para engañarme. No quiero pensar que él se tomó la molestia de enviarme un ramo de flores justo tres días después de los acontecimientos tan humillantes por los que pasamos antes. Aunque aún hay una parte de mí que no pierde esperanzas. —Tienes la completa razón, lo más seguro es que sea de alguna figura política —afirma. Por más que lo intento, este sentimiento de inquietud no desaparece. Mezclado con la ilusión y con el miedo, solo hacen que mi corazón se consuma en la desesperación. . . Estaba en la sala del comedor, todos estábamos en silencio esperando la comida, la plástica se había ido el día anterior a atender asuntos en su nación. Lucas se iba dentro de unos tres o cuatro días, los cuales debía aprovecharlos al máximo con él. Y es una pena, se había vuelto una persona vital en mi vida. Los camareros llegaron, empezaron a servir la comida y algo que me llamo mucho la atención era ver un chico como de mi edad. Vestía como uno más de los mayordomos, era pálido, cabello castaño oscuro un poco largo, tenía algunos risos alborotados y aunque estuvieran desordenados, el cabello se veía perfectamente estilizado. Sus ojos eran de un llamativo color miel y justo cuando les pegaba la iluminación, podía ver rastros de verde perfectamente camuflados. Se acercó a mi lugar y sirvió mi comida. Lo mire de reojo, tenía el rostro lleno de pecas y ese detalle lo hacían ver inocente, todo eso, junto a los hoyuelos que se formaban a los lados de su mentón, hacía que se viera como un muñeco de porcelana, tan terriblemente delicado que sentía que, si lo seguía mirando o intentaba, aunque sea tocarlo, se iba a quebrar en mil pedazos. El joven, una vez termina de servir la comida, se retira junto a los demás camareros. —Es Eitan Lawrence, es el chico nuevo —dijo Lucas con un tono en el que solo yo escuchara mientras partía un trozo de carne con el cuchillo y el tenedor. La sangre sube a mis mejillas. —Yo nunca dije... —Eres un libro abierto Erina —no evito sentirme terriblemente apenada ¿Tan poco disimulada soy? Después de esa breve conversación, el silencio volvió a reinar en la sala. Lo único que se escuchaba era el sonido de los cubiertos contra el plato. Ya una vez todos terminamos de comer nos retiramos, cada uno por su lado. Yo me fui a mi habitación a encerrarme a jugar videojuegos. Until Dawn era una buena opción para pasar el rato. ¿Dos, tres horas para terminar el juego? Tal vez se me haga más largo, así que me acerqué al teléfono. —¿Si? —Quiero unas papas fritas y una pizza. —Bien señorita Erina, se lo mandaremos una vez esté listo. Colgué, volví a agarrar el mando y proseguí con mi videojuego. Pasaron unos 20 minutos y tocaron mi puerta, le puse pausa al juego, me acerqué a la estructura de madera y abrí y me encontré con esos lindos ojos miel. Quede muda por un momento, se veía tan indefenso. Y por alguna razón, esa apariencia frágil era la que me tentaba a abrazarlo y nunca soltarlo, por el miedo de que terminara hecho pedazos. —Este es su pedido señorita Erina -sus palabras me hacen salir de mi trance, pero no puedo dejar pasar por alto que acabo de escuchar el tono de voz mal dulce y cálido que mis oídos han logrado captar. —Gracias... —agarré las cosas y las puse en una mesa— Oh, ¿ya te vas? —dije al ver que cerraba la puerta. No podía dejarlo irse, lo quería tener más cerca. —Emmm, sí. Ya terminó mi turno —dijo con una sonrisa tímida. -Perfecto, ¿Te gustan los videojuegos? —trato de dedicarle mi mejor sonrisa. —Un... Poco —dijo, mientras jugaba con sus manos, expresando su nerviosismo. —¡Bien! Ven acá -lo invito, haciéndole un ademan con mi mano. El chico mordió su labio inferior, entró a la habitación a paso lento y se sentó a mi lado, yo con una sonrisa le entregue el control blanco. —¿Qué quieres jugar? —pregunto con un notable interés. —Escoja usted señorita —se sonroja, no evito sonreír ante la ternura que me provoca. —Eres mi invitado, escoge tu —dije señalando la estantería con los juegos. Temeroso se acercó al armario y empezó a ojearlos todos. Hasta que acercó su mano al mueble y sacó una de las cajitas. Era Call of Duty Black ops III, me lo entregó con una sonrisa tímida. —Tienes buenos gustos —dije mientras ponía el juego en la consola- ¿Iniciamos? Se volvieron los mejores cuarenta minutos de mi vida. Entre risas, insultos, exclamaciones... logramos jugar una buena partida. —Eres muy bueno. —Discúlpeme, trataré de perder la próxima -dice, encogiéndose de hombros, temeroso. —¿Estas bromeando? ¡Eres un genio para jugar esto! —digo, mientras golpeo suavemente su hombro con el mío, Eitan me dedica una sonrisa pequeña. —Señorita. —¿Si? —pongo mi total atención en él. —Disculpe mi atrevimiento, pero... ¿Porque me invito a jugar? Solo soy un empleado más del castillo y usted es mi superior, se supone que... —No te responderé hasta que me llames por mi nombre -lo interrumpo. —Pero señorita... —Nada de señorita, ni ama, ni eso. Erina, dime Erina -recalco. —¿Porque hizo esto por mí?... Erina. —¿Porque no hacerlo? #LeccionDeVida. Si te gustó alguien DISIMULA porque Erina no sabe hacerlo.
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