Capitulo 13.

1977 Palabras
P.O.V Erina No podía creer todo lo que mis oídos escucharon, el orgulloso, egocéntrico en insoportable Levi Abrahams gritando algo sobre sus sentimientos era algo completamente nuevo para mí. Y todo ello me convertía en un manojo de emociones, porque mirarlo así de consternado, me recuerda a mí. —Discúlpeme haberla hecho pasar por esto señorita, fue totalmente mi culpa —dice Eitan, cabizbajo. —Tranquilo, yo... Yo te ayudó con esto —me agacho su altura y así asistirlo a recoger los vidrios rotos. —Tranquila señorita Erina, yo lo hago —me dedica una sonrisa cálida. —Pero... —titubeo. En este momento de mi vida no sé si estoy más preocupada por el o por Levi. —Usted hable con el príncipe Levi —habla, siendo totalmente comprensivo- En este momento necesita que alguien lo escuche —su sonrisa melancólica solo hace que dude más en sí debería abandonarlo con este desastre. —¿Estás seguro? -pregunto, pero más que todo porque no tenía planeado dejarlo solo. Pero Levi, en este momento, aunque no lo aceptara, era mi prioridad. —Claro, no se preocupe por mí —sonreí, Eitan era una buena persona... Y no se merecía ese trato tan espantoso por parte de Levi. Decidí bajar las escaleras, lo más seguro es que se allá ido al jardín. Le gusta contemplar las orquídeas, ¿Cómo lo sé? En tres tediosos meses que he estado confinada en este maldito lugar aprendí muchas cosas de ese niñito mimado. Mis sospechas son acertadas, está sentado en el borde de la fuente con la mirada en las orquídeas. Sus piernas sostenían todo su peso y en sus rodillas tenía sus codos apoyados, junto a sus manos entrelazadas. Decidí acercarme y sentarme a su lado en silencio, pensando con detenimiento cada una de mis palabras, para poder tratarlo hay que tener... Tacto. Pero verlo con la mirada apagada, con el cabello desordenado, su cuero tembloroso y más que todo, los murmullos inaudibles que pronunciaba para sí mismo, solo hacían que la tristeza que me daba verlo en tal estado me inundara por completo, me estrujaba el corazón. —¿Quieres comentar cómo te sientes? —trato de sonar lo más neutra que mi voz me lo permite. —No... — sus palabras me tensan. —Deberías de hacerlo —digo, con la vaga esperanza de que abra a mí. —Son cosas que a ti no te incumben —escupe con rabia. —Quizá pueda ayudarte. —insisto, aun siendo consciente de que él no quiere mostrar debilidad y mucho menos ante mí —No quiero tu compasión —levanta la mirada y entre los cabellos castaños que le caen por el rostro, logro captar una mirada cristalina, llena de odio, egocentrismo, aflicción... Mi voz se apaga, quería hacer algo por él. Lo que fuera, pero él me cortaba las alas. Y eso me frustraba. Porque la indignación que sentía conmigo misma por no ser capaz de traspasar esa barrera que había entre ambos, solo me provocaba más odio propio. —Solo quiero ofrecerte mi ayuda —me sincero. —No tienes idea de cómo me siento Belrose —su mirada vuelve al césped y su boca produce un sonido de fastidio. Y puede que tenga la razón. Quizá no sé cómo se siente, talvez es algo peor de lo que creo, probablemente sea solo algo que se sale de mis manos. Sin embargo, quiero intentar. Deseo aspirar, aunque sea a su sinceridad o realidad, pero a lo que no creo llegar nunca es a su confianza. Lograr conocer lo más real que puede ser Levi es un imposible. —Puede que si la tenga —juega a con un mechón de mi cabello, tratando de parecer despreocupada — No creas que por ser hija del presidente de Francia he tenido una vida perfecta... Para nada. —¿Que puede ser tan malo como para que me entiendas? Es estúpido. Es en este preciso instante en el que me quiebro. Porque, aunque sé que no hemos pasado por las mismas situaciones, ambos somos conscientes de que la vida de los dos, por más perfecta que parezca es un asco. Todos los recuerdos vienen a mi mente como balas, directas a mi corazón, pasado, mi presente y lo que será m futuro azota cada parte de la poca dureza que aún me queda. Pero la fragilidad me consume, mis memorias son las culpables de que los ojos se me cristalicen y que mi labio inferior tiemble. Trato de responder, pero la voz se me quiebra. Relamo mis labios y una vez, encuentro muy en mi interior el valor que necesito, hablo. —Vi como el cáncer mato lentamente a mi madre —en mi corazón se abre una herida, que, a pesar del tiempo, aún no ha sanado. —¿Qué? —dijo levantando la vista. Me mira angustiado y sorpresivo. Trato de sonreír, como si estuviera bien. Pero lo único que se me forma es una mueca. Es realmente frustrante e no poder ocultar mis emociones frente a él. —A mi madre le diagnosticaron cáncer de páncreas cuando yo tenía un año de edad -el corazón me duele — Lastimosamente no la diagnosticaron a tiempo, el cáncer estaba muy avanzado y fueron tres años de sufrimiento. La sometieron a muchos medicamentos como quimioterapia. Pero llego a un punto en el que nada le hacía efecto -las lágrimas empiezan a derramarse sin mi permiso- Prácticamente he vivido sin madre casi toda mi vida, mi padre nunca tenía tiempo para mí y era realmente desilusionante. Una total porquería, mi educación era una mierda, querían que cuando tomará te levantará el meñique y que por cada cosa que haga pida disculpas y ese no es mi estilo y ahora estoy aquí obligada a casarme contigo -suelo una sonrisa irónica — Es frustrante ¿No? Que ya porque eres de una maldita familia de políticos debes hacer todo lo que la sociedad te diga y no poder tener tus propias decisiones. Se pasó una mano por el cabello. Se lamio los labios y respiro profundamente. —Mi padre es heredero del trono y de la fortuna Abrahams. Se casó con mi madre -pasa sus manos por todo su rostro, tratando de buscar la fuerza para sus palabras — Fue un matrimonio arreglado, a los dos años de casados nací yo. Y era dichoso, ilusionado con la idea de tomar el puesto que me fue dado, además, recibía el amor y la atención de ambos. Mi infancia fue sumamente feliz —cierra los ojos con fuerza, tratando de resistir el dolor que le provocaba cada palabra- Y justo cuando tenía 10 años... Se separaron y mi madre tomó mi completa custodia y si soy sincero, no se las razones por las cuales se separaron, y mi madre, hasta el momento, no ha estado dispuesta a contármelas. Mi padre renuncio al trono, dejándole toda la caga y responsabilidad a mama y debido a ello, adjunto a la depresión en la que cayo hundida por el divorcio, se volvió durante un tiempo alcohólica. Bebía hasta tres botellas de vino o vodka... Lo que fuera, para sacarla por un momento de la realidad y olvidarse también de mí. Pero años después, cayó en la conclusión de que era una pérdida de tiempo todo ello, decidió someterse a terapia y después de un año, logro dejar el alcohol —sonríe con nostalgia — Se empezó a hacer cargo de las obligaciones del reino y en consecuencia, dejo de ponerme atención, y después sucedió la historia que ya todos conocemos, por estas y más razones, gustaría ir a vivir con mi padre ya que no soporto estar con la vieja. Me quiere meter a un mundo de política que no me interesa, en cambio mi padre... Es alguien que me entiende. —Ambos tenemos una familia de mierda ¿No? . . . 15 de agosto, llega una gran limusina negra, se estaciona en la entrada del Castillo. Sale un mayordomo y abre la puerta y mis ojos desde el balcón miran directamente al chico que andaba un traje color gris bajarse del auto de lujo. No logre verle el rostro, sólo el cabello que estaba perfectamente acomodado y detrás de él, la plástica con sus kilos de maquillaje. Ambos entraron al Palacio donde me doy cuenta de que fueron recibidos por la reina gracias a los bulliciosos gritos de felicidad que puedo apostar se escucharon por todo el lugar. ¿Me invitaron a recibir a esta maldita gente? ¡Por supuesto! ¿Quería bajar? Es lógico que no y la única forma de lograr gran hazaña, fue fingir que estaba agonizando de dolor de cabeza, pero eso no significaba que no iba a contemplar toda la acción desde mi amado balcón -que tiene una gran vista- hasta el momento, todo estaba siendo realmente interesante. —¿Quién crees que sea ese chico señor Eustaches? —le pregunto al felino. El gato no respondió, tampoco esperaba que lo hiciera. Estaba demasiado cómodo en su camita color rosa. Escuche los protones y las puertas del Palacio ser cerrados, los hombres que no sonríen volvieron a su lugar para no volver a sonreír nunca más. Tocaron la puerta, un escalofrío recorrió mi espalda por completo. Inmediatamente corrí hacia mi cama y me tapé con las sábanas, tratando de poner mi mejor cara de enferma. —Pasé... —dije mientras fingida que daba mis últimos alimentos de vida. Si soy sincera, en mi mente pensaba que era la mejor actriz del mundo. La mirada de mi gato me decía lo contrario. —Señorita Erina, la reina la necesita en comedor de gala —dijo la sirvienta. —Pero... Estoy con una migraña muy intensa — pongo el dorso de mi mano sobre mi frente — No tardara mucho en darme fiebre. —Vamos señorita, sólo será una cena —dice adentrándose en mi habitación y abriendo la puerta de mi closet de par en par. Empieza a buscar entre todos los vestidos, hasta que encuentra una prenda color rosa pastel, tallado al cuerpo, con un escote de V — Además como futura reina deberá recibir a sus invitados, eso ordenó la reina Giselle -toma de la estantería unas plataformas de gamuza, color beige. Todo eso, lo pone al borde de mi cama. Puse los ojos en blanco, esta mujer se ganó un buen puesto en mi lista negra. —Estaré... Ahí en un rato. —Perfecto, avisaré a la reina. La mujer dio una reverencia y salió de la habitan. Di un suspiro de cansancio, esta vida de princesa es una completa mierda. No es para nada bonito, las películas y los libros no muestran la realidad de lo tedioso, perfeccionista y estereotipado que es. Baje de mi cama y me acerque al vestido sobre mi cama y pensé seriamente, durante unos cuantos minutos, si en realidad sería necesario ponérmelo. Sin embargo, la idea de sufrir la furia de la reina sobre mí no era para nada tentadora, así que, sin más remedio, decidí ponerme la ropa escogida por la empleada. Una vez lista, decidí bajar a la primera planta. Los mayordomos al verme, me abrieron la puerta, todos pusieron su vista sobre mí. La reina tenía una sonrisa extraña, a Levi se les notaba el enojo a kilómetros, la plástica estaba igual de... ¿Plástica? Y el otro chico, uuuuuuh ese chico. Estaba tan bueno como Levi. Tenía el cabello n***o azabache, un poco largo y con unas hondas perfectamente estilizadas, aun así, se veía desordenado. Pálido y gracias a ello, los ojos color miel le robaban gran parte de la atención de su perfecto rostro, y no solo porque eran de un color que te quitaba el sueño por la noche, sino, lo más encantador era la calidez, madurez y sobre todo, lo penetrantes que resultaban ser. Su sonrisa era maravillosa, labios carnosos y de color rosa, cejas pobladas y una altura perfecta, no era muy alto, pero tampoco muy bajo. Su cuerpo, aun con el traje caro de color azul y la corbata celeste, no disimulaba lo suficiente lo bien trabajado que debía estar su cuerpo. —¡Erina ven siéntate! —dijo alegre la reina Giselle. Me acerqué, un mayordomo me jaló el asiento que está al lado de Levi, lo miro de reojo, esta tan tenso como una estatua, su mirada era como el fuego, reflejaba un odio y enojo. Pero no me podía centrar en ello ahora, porque mi atención estaba completamente puesta en el chico del frente. —Te presentó a Ian III Casmiere, el príncipe de Gales. #LeccionDeVida Erina no sirve para actriz.
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