Las semanas dieron paso a los meses. A pesar del paso del tiempo, el Rubius y Amanda seguían muy enamorados. Lo que le había dicho Eva a la chilena fue verdad. Luego de más o menos tres meses, la relación entre ellos había cambiado para madurar poco a poco. Ya no se veían como seres perfectos, habían empezado a conocer los defectos y pequeñas cosas que les molestaban del otro. Algunas cosas eran detalles que podían pasar por alto, pero otras realmente eran molestas, como ciertas actitudes del Rubius frente a los problemas o la forma en la que Amanda a veces se quedaba callada cuando estaban discutiendo.
Sin embargo, les gustaba conversar de esas cosas cuando estaban más calmados o dejaban de discutir para saber qué cambiar de cada uno para ser mejor pareja o ver qué era parte de la personalidad del otro para acostumbrarse a ello. Al final y pese a todo, la comunicación era muy importante para ellos, porque así aumentaban su confianza y podían ser la mejor versión de sí mismos. Además, las cosas pequeñas que mejoraban no solo hacía más amena su convivencia como novios, sino que también mejoraba su trato con el resto de las eprsonas que los rodeaban.
—Me alegra que nos tocara juntos en esto. Sabes mucho de grabar y de hacer entrevistas, Amanda. A mí aún me cuesta estar tranquilo frente a la cámara, pero tú pareces una experta. Naciste para salir en televisión.
—Ah, gracias, pero no es para tanto. Estás exagerando.
Amanda estaba sentada junto a Nicolás, un compañero de universidad con el cual le había tocado hacer un trabajo. Tenían cámara y trípode, ya que habían terminado de grabar unas entrevistas para uno de los tantos trabajos que les habían dado. Como habían terminado con éxito, ahora estaban en la plaza de Madrid tomando un helado como premio por su esfuerzo.
—Y ¿estás soltera, con novio o algo? —preguntó el chico mirándola con curiosidad.
—Sí, estoy polol... digo, estoy de novia con alguien —respondió Amanda. Casi se le sale un chilenismo, pero ese español no entendería lo que era "pololear" y no tenía la energía ni el ánimo de explicarle la palabra.
—Y cuánto llevan saliendo.
—Unos seis meses
—Y ¿todo bien?
—Pues, con sus altos y bajos, como toda relación, pero en general, todo bien. Nos queremos mucho y nos llevamos de maravilla.
—Y cómo se llama el afortunado —preguntó Nicolás con interés.
—Rubén —respondió la chica sonrojándose y sin querer entrar en más detalles.
—Rubén, el afortunado. Algunos tienen tanta suerte de estar con chicas guapas, simpáticas e inteligentes... ¿Qué tengo que hacer para tener una chica como tú? —dijo Nicolás acercándose a ella y haciendo un pequeño puchero.
Amanda lo miró extrañada y algo incómoda, pero no comentó nada y solo alzó los hombros, alejándose un poco del chico. A veces olvidaba lo directos que podían ser los españoles para decir las cosas, aunque quizás Nicolás se había pasado un poco. Bueno, tampoco era como si se le estuviera declarando... ¿verdad?
—¡Eh, chilenita!
La voz de uno de sus amigos la salvó de aquella extraña situación. Era Cheeto, que se acercó a saludar.
—Cheeto, ¿Cómo estás? —Amanda se puso de pie y saludó con un efusivo abrazo a su amigo, feliz de que interrumpiera esa incómoda conversación.
—¿Y éste quién es? ¿Tu amante? —preguntó Cheeto sin tapujos apuntando a Nicolás con mirada seria.
—Ojalá —murmuró el aludido, pero la chica no lo escuchó.
—No, es solo un compañero de la Universidad —se rió Amanda. Cheeto miró a Nicolás con una expresión fría.
—Ah, ok. Bueno, chilenita, solo vine a saludarte que estoy apurado —dijo Cheeto despidiéndose con dos besos para luego alejarse.
—¡Que te vaya bien! —le dijo Amanda despidiéndose con la mano mientras el chico se alejaba.
—Que agradable sujeto —dijo Nicolás sarcásticamente.
—Sí, es muy agradable —respondió la chilena sin captar el tono— Bueno, ya descansamos demasiado. Sigamos grabando.
Esa tarde, Cheeto llamó a Amanda al celular.
—¿Cheeto?
—Chilenita. Hey, ten cuidado con ese compañero tuyo.
—¿Por qué?
—No me jodas que no te diste cuenta, ese gilipollas babea por ti.
Amanda alzó una ceja. Cheeto debe estar exagerando, pensó.
—No te preocupes, lo tengo todo controlado —respondió la chica.
—Más te vale. Bueno, adiós —dijo Cheeto y cortó.
Tan directo como siempre, pensó Amanda, que se quedó meditando lo que le dijo Cheeto, pero no se preocupó. Ella no cambiaría a Rubén por nadie.