Capitulo 13

1478 Palabras
Valentina, corría de una lado para el otro terminando de arreglar todo. Dentro de unos minutos, el doctor Thomás pasaría por ellas y Aylín no deseaba peinarse ni calzarse. A veces, su hija solía presentar esas conductas, netamente era un problema sensorial, algo muy común en niños que padecían autismo. Valentina lo comprendía y aceptaba a su hija tal cual era, pero cuando estaban en público, algunas personas las miraban mal y más de alguna vez escuchó comentarios negativos hacia ella como madre. Para las personas era fácil opinar si no conocían la situación de ambas, pero tampoco podía andar por la calle con un cartel de luces neón que explicara la condición de su hija. Valentina, armándose de paciencia, tomó a la pequeña entre sus brazos y la abrazó. —Iremos a un lugar muy bonito, cariño. Si no quieres que mamá te amarre el cabello, entonces no lo haré, pero si debes dejarme que te desenrede el pelo. —Valentina le mostró el cepillo de pelo y la niña comenzó a correr en círculos. De pronto, el sonido del timbre la sobresaltó. Thomás había llegado y aún no estaban del todo preparadas. Valentina corrió a abrir la puerta, dedicándole al doctor una sonrisa nerviosa. —Buenos días, Valentina. —Thomás esboza una simpática sonrisa al ver a la joven tan agitada. —Buenos días, doctor. Pase, por favor —se hace a un lado dejándole el paso libre. —Aún no estamos listas, pero prometo que no tardaremos. —No me molesta esperarlas —se adentra en el pequeño departamento, observando discretamente todo a su alrededor. Valentina cerró la puerta tras ella e invito al hombre a tomar asiento, mientras intentaba terminar de arreglar a su hija. Thomás observaba con ternura a Aylín dar vueltas alrededor de la sala, sus ojos brillaban con inocencia y pura felicidad. Era imposible no sentirse conmovido por la belleza y la singularidad de la pequeña. Valentina luchaba por cepillar el cabello de la pequeña y ponerle los zapatos, pero Aylín se resistía con todas sus fuerzas. Sus rasgos angelicales se contrarrestaban con su determinación, y Thomás admiraba su fuerza interior. —Vamos, cariño, es hora de ponerse los zapatos, —decía Valentina con voz suave, tratando de convencer a Aylín. Pero la pequeña se negaba rotundamente, dejando claro que no estaba dispuesta a ceder. Thomás podía ver el dolor en los ojos de Valentina, quien luchaba entre su deseo de que todo fuera perfecto y su amor incondicional por su hija. Thomás se acercó a ellas con paso lento, su corazón lleno de compasión. Se agachó frente a Aylín y le sonrió con ternura, mientras apartaba algunos rizos rebeldes de su rostro. —¿Sabes qué, Aylín? Puedes ser tú misma, no necesitas usar los zapatos si no quieres, —le dijo Thomás con voz cálida y suave. Aylín lo miró con curiosidad, como si pudiera sentir la sinceridad en sus palabras. Lentamente, levantó sus pequeñas manos y tocó el rostro de Thomás, como si quisiera comprobar que era real. Valentina observaba la escena con los ojos brillantes de emoción. En ese momento, sintió una profunda gratitud por tener a Thomás a su lado, por que entre ellos todo podía ser falso, pero estos momentos, donde nadie los observaba podían ser ellos mismos y lo que Thomás estaba haciendo con su hija era completamente real. Y así, en ese instante de amor y comprensión, Thomás entendió que lo más importante no era que Aylín usara zapatos, sino que fuera feliz siendo ella misma. —Dejala que vaya sin los zapatos, iremos a lugares donde no sea necesario caminar. Podemos desayunar aquí en tu casa, para que ella esté más cómoda y mientras tú calientas el alguna puedo ir por unos bocadillos. —Por primera vez desde que Valentina lo conoce ve al hombre sonreír con sinceridad. —Gracias doctor, por ser tan comprensivo —se relajó completamente. —No tienes nada que agradecer, solo dime que le gusta comer a Aylín, por que le imagino que ha de tener selectividad alimenticia. —Si, la tiene... De momento solo come papas fritas, pollo y bebidas de cola. También le gustan los chocolates, galletas que tengas chocolate o ositos de gominolas. También le gustan los snack salados y crujientes. —Se encaminó a la cocina para empezar a preparar el desayuno. —Ok, iré a comprar algunas cosas, vi una tienda a unas pocas calles. —Si, ve con cuidado. —Asomó su cara apenas y le dedicó una radiante sonrisa. El corazón de Thomás se aceleró. Thomás salió a toda prisa del departamento de Valentina, decidido a hacer de la mañana un momento especial para Valentina y su pequeña hija Aylín. Caminó por las calles de la ciudad, disfrutando del fresco aire matutino y la tranquilidad que se respiraba en aquel momento. Llegó a la tienda más cercana y comenzó a seleccionar los alimentos para el desayuno. Escogió los pasteles más frescos y apetitosos que encontró, recordando que a Aylín le encantaba el chocolate. También tomó un sin fin de golosinas, sabiendo que a la pequeña le hacían feliz. Quería asegurarse de que aquel desayuno fuera especial para ambas y lo más importante, que ambas estuvieran relajadas y a gusto. Mientras tanto, en el departamento, Valentina preparaba la mesa del desayuno con esmero. Colocó los platos y las tazas con cuidado, imaginando la sonrisa de Aylín al ver todo aquello. Sacó de la alacena su mejor tarro de café, uno fino y de selección que le regalaron en el trabajo y que quizás podría ser del gusto de Thomás, y lo colocó en el centro de la mesa. Cuando Thomás regresó a casa con las bolsas llenas de delicias, Valentina lo recibió con una sonrisa cálida. Juntos, montaron la mesa con todo lo que habían comprado, compartiendo risas y miradas cómplices. La pequeña Aylín se emocionó al ver su desayuno favorito comenzando a aletear con rigorismo mientras hacía diversas expresiones faciales, y todos disfrutaron de aquel momento especial juntos. Mientras compartían aquella deliciosa comida, Thomás pensó en lo afortunado que era de haber escogido a Valentina de entre todas las personas y lo afortunado que era de haber conocido a la pequeña Aylín. Aquel desayuno no solo era una muestra de cariño, sino también una promesa de muchos momentos felices por delante. Por qué no estaba dispuesto a abandonarlas, poco a poco las haría parte de su vida y rutina. ••• Valentina se sentía emocionada por pasar tiempo con Thomás y Aylín, disfrutando de un día relajado y divertido. A medida que el auto recorría las calles de la ciudad, Valentina admiraba las vistas que nunca antes había visto y se sentía agradecida de tener la oportunidad de conocer lugares tan hermosos, sintiéndose emocionada por la felicidad que su pequeña irradiaba por el paseo, algo que antes no habían podido hacer. Aylín, por su parte, estaba tranquila y feliz en el auto, observando con curiosidad todo lo que pasaba a su alrededor. Thomás había preparado música suave y relajante que llenaba el ambiente, haciéndola sentir más cómoda y relajada. Después de un par de horas recorriendo la ciudad, Thomás decidió llevar a Valentina y Aylín a un lugar especial para almorzar: MC Donald. Aunque no era un lugar elegante, Valentina apreciaba el gesto de Thomás de hacerla sentir cómoda y relajada, evitando lugares concurridos que podrían incomodar a Aylín. Después de disfrutar de unas hamburguesas y papas fritas, Thomás les llevó a una playa aislada, donde pudieron disfrutar del sol y del mar en completa tranquilidad. Aylín jugaba en la arena, mientras Valentina y Thomás se tomaban algunas fotografías y caminaban por la orilla de la playa sin perder de vista a la pequeña, compartiendo momentos de fingida intimidad y cercanía para un vídeo que el doctor estaba grabando para subir en sus r************* . Cuando el sol empezó a ocultarse, Thomás las llevó de regreso a casa. Era tal el agotamiento de la pequeña Aylín que se durmió en los brazos de su madre mientras iban de regreso. Al llegar a casa, Thomás la ayudó cargando a la pequeña, Valentina lo invitó a pasar y él mismo en compañía de la joven acomodó a la niña con delicadeza en la cama. —Gracias por este día, doctor. —Dijo Valentina cuando lo acompañó hasta la puerta. —De nada, la pasé increíble. —Sonrió nervioso y por primera vez Valentina lo miró con otros ojos. Thomás Schumacher era un hombre jodidamente atractivo... —Buenas noches, doctor. —Desvió la mirada incómoda por sus propios pensamientos. —Buenas noches, Valentina —en un gesto atrevido se acercó y besó la frente de la joven madre, para luego perderse escaleras abajo. Valentina se recargó contra la puerta y suspiró, mientras palpaba la zona que el hombre segundos antes había besado.
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