—En todo caso, habrá que garantizarle una carrera para el futuro —fue la ansiosa exigencia del príncipe. —¡Sí, naturalmente! Nos ocuparemos de ello —aceptó Mikulin. El misticismo del Príncipe K… carecía por completo de malicia, pero la astucia del consejero Mikulin valía por dos. Las cosas y los hombres muestran cierto aspecto, cierto extremo por el que es preciso amarrarlos si se propone uno ejercer un control riguroso y un dominio perfecto. El poder de Mikulin residía precisamente en la capacidad de percibir ese aspecto, ese extremo en los hombres a los que utilizaba. Le daba igual qué fuera —vanidad, desesperación, amor, odio, codicia, orgullo inteligente o huero engreimiento—, todo equivalía a lo mismo si el hombre resultaba útil. El desconocido estudiante Razumov, un joven sin víncu

