—Ha sido terrible. ¡Figúrese! Se ha imaginado que estaba haciendo preparativos para marcharme sin decir nada. Me arrodillé ante el sillón y le pedí que reflexionara sobre lo que estaba diciendo. Me acarició la cabeza, pero sigue empeñada en su error. Dijo que siempre había creído ser digna de la confianza de sus hijos y, al parecer, no lo era. Su hijo no había podido confiar en su amor, ni siquiera en su comprensión… y ahora yo me proponía abandonarla del mismo modo injusto y cruel; y así sin parar. Nada que yo dijera… Es una obsesión enfermiza… Dice que ha notado algo, un cambio en mí… Si mis convicciones me impulsaban a irme, ¿por qué tanto secreto, como si ella fuera una cobarde o un pelele en el que no se pudiera confiar? «Como si mi corazón pudiese traicionar a mis hijos». A duras pen

