Un buen día
Un buen día, en un lugar con mucha luz y ventanas amplias, una mujer madura atendía a un apuesto joven que buscaba el empleo de su vida, o al menos un empleo.
—Bienvenido a la compañia, a partir de mañana serás el nuevo recepcionista —dijo Carmen Lance, una mujer robusta de cabello crespo, n***o y corto, con labios tan rojos como las cerezas y un traje color rosa pastel, estrechaba la mano del hombre frente a ella.
—Muchas gracias licenciada por la oportunidad —replicó con una sonrisa, Damián Grey, un joven de tan solo veintidós años de edad.
Su rostro era hermoso, mientras sonreía sus ojos parecía que hacían lo mismo que sus labios, el color miel de estos era profundo y de cierta forma, atraía la vista de cualquiera que estuviera presente, lucía una barba de tres días, y un cabello crespo castaño brillante como la luz de la luna.
Damián era un joven promesa, él quería incursionar en el mundo del modelaje, era un hombre atractivo, delgado de músculos largos y con un pecho tan fuerte como las rocas, al igual que el resto de su cuerpo. Desafortunadamente para él, por más intentos no había logrado obtener ni una sola oportunidad.
Para Damián, trabajar en la recepción de la gran casa de modas, “Regarde” era su última oportunidad, se había graduado como Licenciado en Economía tan solo para darle gusto a su hermano que era mucho mayor que él por casi diez años.
Damián había viajado a New York, solo sin decirle nada a su hermano y tenía tan solo seis meses para demostrarse a él mismo que era capaz de lograr sus sueños de lo contrario tendría que buscar un trabajo para él que él no estaba hecho.
Damián salió de la oficina con una bella sonrisa aún en su rostro, vestía un hermoso traje n***o, con camisa blanca y zapatos de corte italiano, los zapatos que su hermano le había comprado para el dia de su graduación y que el adoraba.
Sin corbata y con el contrato en su mano deambulaba por el pasillo principal de aquella empresa en la que había puesto todas sus esperanzas.
Caminó hasta la entrada de la empresa y ahí vio al hombre más imponente que jamás hubiera visto, Damián sabía perfectamente de quién se trataba, pero para este verlo en persona, era algo completamente superior a su imaginación.
Alexander Coleman, era el CEO y heredero de “Regarde” su padre se había jubilado tres años atrás y con tan solo treinta y dos años de edad, Alexander era un hombre exitoso, famoso, su poder en la industria de la moda era tanto que las mejores marcas siempre estaban a la expectativa de lo que Alexander Coleman hacía en el mercado en cada temporada, tratando de igualarlo o superarlo, su gran pasión por lo negocios, lo hacía lucir mucho más grande de lo que realmente era pero eso a él no le importaba, pensaba que eso ayudaba a que su imagen fuera más impactante.
—Buenas tardes señor Coleman —, musitó Damián al verlo frente a él, en la recepción.
Este vestía un traje gris Oxford, de tres piezas, zapatos italianos, tan costosos como su reloj de oro blanco que lucía en la muñeca izquierda, Damián podía oler la fragancia que el cuerpo de Alexander desprendía, haciéndole saber que era una fragancia costosa.
—Buenos días muchacho —dijo Alexander con una voz tan gruesa que la secretaria que estaba en recepción se derretía tan solo de escuchar su voz, Alexander miró de arriba a bajo a Damián, y lo observó como un hábito que Alexander tenía, siempre observaba a las personas de arriba a abajo para saber a través de su forma de vestir, que tipo de persona era. Sin embargo en esta ocasión, para Alexander había sido distinto, como si a pesar de su esfuerzo no hubiera conseguido, saber nada de aquel joven.
Damián se quedó sin palabras admirando la tez blanca de Alexander, la misma que se cubría con una barba abundante. Ojos de color gris, y labios, gruesos y contrastantes con el resto del color de su piel, era tan solo unos centímetros más alto que Damian, y su cuerpo era tan musculoso debido a los años de ejercicio, parecía un hombre de acero, detallado con un rostro de angel.
A pesar de que Alexander era un hombre impecable, muy atractivo, hermoso a la vista y enigmático, era muy difícil que alguien capturara su bella sonrisa que ocultaba debajo de aquel semblante, salvaje y hasta cierto punto, desalmado.
—¿Eres nuevo aquí? —no señor, bueno sí señor —musitó, Damián completamente nervioso y tembloroso al punto de retroceder un par de pasos para alejarse de Alexander.
—Si o no, debes tomar una decisión —dijo Alexander con cierta molestia.
—Eh bueno en realidad mañana comenzaré, me contrataron para la recepción —replicó Damian.
Alexander torció los ojos y miró a Damián y después a la secretaria que estaba a su derecha —, llama a Carmen dile que venga de inmediato.
—Si señor enseguida —ordenó Alexander mirando fijamente a Damián, mientras este se encogía de hombros y poco a poco se hacía más pequeño.
—¿Dónde has trabajado? —preguntó Alexander, con seriedad al parecer le parecía patético que un joven tan atractivo como Damián se hubiera contratado para la recepción, cuando Damián iba a responder Carmen lo interrumpió
—Alexander que gusto verte… ¿dime qué ocurre? —cuestionó Carmen a Alexander al verlo en la recepción donde había sido llamada.
—¿Por qué contrataste a este muchacho para la recepción?, ¿acaso no existen más mujeres bellas que quieran ese puesto? —dijo Alexander con molestia, mientras Damián bajaba la cabeza y pensaba lo peor.
—Oh no. Adiós a mi única oportunidad —pensó Damián con cierta desilusión.
—Bueno es el único puesto vacante, y el muchacho necesita trabajar, no veo nada de malo en que trabaje en recepción —dijo Carmen con titubeó al ver que el rostro de Alexander comenzaba a encenderse.
—Disculpe señor, no quería que esto pasara yo mejor me retiro. Aquí tiene su contrato —replicó Damián en un intento torpe por salir de aquel lugar, esperando no tener que volver a sentir una humillación tan grande.
—No he dicho que te vayas… y Carmen, llevo dos semanas diciéndote, que necesito una asistente —,pero Alexander —dijo Carmen.
—¡¿Qué?! —replicó en un grito Alexander un grito que impactó en los movimientos de Carmen de la secretaría y del mismo Damián.
—Aun trabaja para ti Elena, y como no la has despedido… yo creí que… —dijo Carmen bajando la mirada.
—Llama a Elena con urgencia —ordenó Alexander —sí señor enseguida —musitó la secretaria.
Pasó tan solo un escaso minuto y Elena se presentó frente a Alexander, mientras Damián y Carmen estaban inmóviles, y con cierto temor de decir cualquier cosa.
—Elena estás despedida, puedes patalear todo lo que quieras pero sabes perfectamente por qué te estoy corriendo, y tú te quiero mañana a las ocho de la mañana bien vestido, serás mi asistente y tu Carmencita, le haces un nuevo contrato y le das un teléfono una tablet y todo lo que necesite muy temprano… ¿De acuerdo? —resopló Alexander.
—De acuerdo Alexander —dijo Carmen, casi a punto del llanto, Elena no pudo más y está si soltó lágrimas que venían envueltas en odio hacia Damián que sin conocerla, ya se la había ganado de enemiga.
—De acuerdo —Alexander miró está vez a Damián.
—Por supuesto señor —respondió el joven de prisa
—Ven Elena vamos a mi oficina y ya escuchaste Damián te veo a las siete y media —dijo esto último con una voz suave y una sonrisa, hacia Damián el cual había pasado de ser contratado como recepcionista a asistente del CEO.
Damian no fue capaz de decir absolutamente nada más que asentir con la cabeza y miró a Alexander ir directo hacia su oficina, pensando en que Alexander era un gran hombre y que él estaba de suerte.