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La Última Danza del Kremlin

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Descripción

Una niña ha nacido en medio de las cenizas de la Unión Soviética, una pequeña que crecerá protegida por sus padres, con el único deseo de ser una bailarina en un lugar donde no hay bailarinas, en el Kremlin. Pero la familia de la bailarina oculta un secreto, que puede ser rastreado hasta la época en que los zares llenaban el corazón de Rusia y ahora, con la próxima caída de la Unión Soviética, la mirada de todo el mundo está en la supuesta bisnieta del zar.

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Capítulo 1
Volgogrado, 1984.  Igor Alexandrevich Romanov corría desesperadamente tratando de salvar su vida. No podía ir al escondite dónde se encontraba su amada, pues se arriesgaría a delatar su posición y con ella, la de toda la resistencia al movimiento comunista soviético. La multitud de soldados soviéticos que lo perseguía había aumentado, uniéndose gente del pueblo, acorralándolo casi sin salida en un callejón, con la única intención de asesinarlo por un pecado que no cometió sin siquiera permitirle someterse a un juicio ni divino ni humano. No había duda de que los bolcheviques lo matarían desde el primer momento en que lo tuvieran en sus manos, no sin antes torturarlo y forzarlo a confesar cualquier clase de crimen atroz que pudiera justificar su muerte, porque ni siquiera los asesinos más desalmados podían cometer un fusilamiento sin justificación, aunque con Igor no necesitarían muchas porque era el hombre más buscado de toda la Unión Soviética desde el día de su nacimiento. ¿Su pecado? El apellido.  Igor era el último sobreviviente, nacido en Rusia, de una larga dinastía de zares venidos a menos casi un siglo atrás, acorralados, como él, en un callejón de la historia por intrigas y corrupción, malos guías y sed de poder. Los antiguos zares y todo lo que representaban eran lo más odiado en la Rusia comunista, ahora parte de la Unión Soviética y el chico de 20 años era su último blanco, después de haber masacrado a todos sus parientes que hubieran osado quedarse en el territorio. Sentían amenazado su régimen ante la mera presencia del joven quien, aunque no poseía riquezas, tenía el gallardo porte y carisma de sus ancestros para acaparar la atención y el liderazgo innato para que lo siguieran. Los espías de la KGB habían puesto ojos en él desde que descubrieron que en la fosa donde estaban los c*******s de la familia imperial faltaban dos de ellos, el tsarevich Alexei y una de las hijas, sin poder distinguir si la que faltaba era Anastasia o María. Eso hizo que en las calles y baldíos de Rusia, donde la gente seguía viviendo en la pobreza, surgieran los rumores del renacimiento de la dinastía Romanov y con ello la esperanza de que, al volver los zares, tendrían una vida mejor.  La sociedad rusa, empezando por sus campesinos y obreros, habían sufrido la peor decepción en manos de los Bolcheviques. Cuando los zares fueron puestos bajo arresto en la época de la cruda revolución rusa, se asumía que serían una monarquía exiliada, que viviría permanentemente humillada en alguna otra parte de Europa, después de todo, la zarina Alexandra era una de las nietas favoritas de la reina Victoria, y aunque la gente odiaba a su gobierno, les guardaban cierto respeto y temor, después de haberlos visto por más de 300 años casi como dioses venidos al mundo para controlar el vasto territorio ruso. Las huellas de la familia Romanov y de todos sus antepasados se encontraban en cada ciudad del país, desde la enorme plaza Roja con su Catedral de San Basilio hasta los muelles de San Petersburgo eran obra de ellos y seguían dejando marcas aún 70 años después de su muerte. Sobre todo ahora que la situación política de Rusia estaba de mal en peor. Era Noviembre de 1984 y, aunque la Unión Soviética estaba plenamente consolidada frente al mundo occidental, dentro del país no se veían nada tan claro. La gente comenzaba a levantarse desde la muerte del segundo y más sanguinario dictador de la Unión Soviética, Ioséf Stalin, pero nada parecía cambiar. Rusia había sobrevivido a la segunda guerra mundial y se encontraba en un periodo al que llamaban zastoy o estancamiento, donde se podía notar como el régimen iba decayendo frente a los ojos de sus propios ciudadanos. La gente comenzaba a rebelarse en huelgas y sindicatos,  pero mientras los poderosos zares no volvieran o el infierno que era la política soviética no terminara, no había un lugar seguro para alguien con el apellido Romanov en Rusia, o en ningún lugar de la Unión Soviética, y todo ese miedo e incertidumbre hacia qué la vida de Igorfuera diferente a las de los demás, porque no se podía dar el lujo de pensar en un futuro, simplemente porque tenía que sobrevivir al presente.  Mientras los soldados se acercaban a él, Igorno podía hacer otra cosa que orar, pues, aunque cualquier clase de religión estaba prohibida en su patria, su madre le había enseñado la vieja religión tan amada por su familia y el chico recurría a ella en momentos desesperados. Sabía poco de la familia de su padre, más que conservaba el apellido ancestral de los zares por alguna razón que no terminó de entender hasta la muerte de su abuela, en una choza miserable cercana a Siberia, donde él había crecido y pasado su infancia. Después de la muerte de su abuela María, cambió todo, porque el niño y su madre comenzaron a ser perseguidos, forzándolos a dejar la tranquilidad de la estepa rusa y llegar a la ruidosa Moscú. Su padre no fue con ellos, alegando que representaría un peligro y que era más fácil que Igory su madre pasaran desapercibidos en la agitada capital rusa. Al crecer, Igorfue buscando un lugar más tranquilo para si mismo y fue como llegó a Volgogrado, unos cuatro años antes de aquella persecución. El joven nunca se atrevió a preguntar de donde venía, a pesar de todo lo que le habían enseñado y lo que intuía de sus ancestros, porque sabía que el conocimiento de eso solo lo haría más vulnerable ante la gente a su alrededor. Desde que llegó a Volgogrado lo habían visto como si supieran quien era realmente, pero él se concentró en bajar la cabeza como siempre lo había hecho, hasta aquella noche en el mercado.  Él ya estaba cansado de luchar, solo quería tener una vida normal, junto a su esposa y el bebé que esperaban. Esa era la razón por la que no se arriesgaba a volver con ella, si los soviéticos se enteraban de que existía alguien más con la sangre de los zares, alguien que pudiera exigir el trono y recuperar la Rusia autocrática, lo matarían sin pensarlo. Y Igorno podía permitir eso, así tuviera que dejar su vida en ello. Al igual que él, su futuro hijo no había pedido nacer en la Rusia comunista, pero Igorestaba seguro que las cosas serían diferentes para la pequeña vida que crecía a salvo en el vientre de su esposa, así tuviera que dar su vida por ello.  Los pasos estaban cada vez más cerca de él, parecía que no tendría escapatoria, moriría sin conocer a su hijo o volver a darle un beso a su esposa, cuando de repente se escuchó un golpe estruendoso y la pared que había detrás de él cayó, la multitud se dispersó, confundida por el ruido y por la explosión, permitiéndole a Igorcorrer lejos de allí. No sabia que era lo que estaba pasando, pero esos minutos de caos le permitieron huir de una muerte segura, con destino a las alcantarillas, buscando la manera más segura de volver al refugio de la resistencia.  Antes de irse alcanzó a escuchar una voz susurrante que murmuraba: —- Larga vida a los zares… Igorcorrió. No sabía qué otra cosa hacer. Corrió y corrió hasta que sus pulmones ardieron como si fueran incendiados por dentro. Conocía la ciudad como la palma de su mano y eso ayudó a que pudiera perderse en ella. Aunque fuera capaz de llegar al refugio con los ojos cerrados, el joven no se atrevería a llegar cuando aún pudiera haber soldados siguiéndolo. Se detuvo muchas veces en las alcantarillas, tratando de no vomitar con el penetrante y fétido olor de los desecho de toda la ciudad, pensando en que todo su cansancio y sufrimiento valdría la pena cuando tuviera a Nairi entre sus brazos y estuviera seguro de que no pasaría los siguientes minutos con una bala en la cabeza. Finalmente logró llegar al escondite de su familia, el viejo molino, al caer la madrugada. Exhausto, aterrado y confundido por la ayuda recibida apenas logró percibir lo que ocurría a su alrededor, donde todo era un caos. Las mujeres se movían con premura de un lado a otro, cargando paños y agua caliente. Podía distinguir a los padres de su esposa en medio de la situación, dirigiendo todo para que sucediera con eficiencia y el menor ruido posible dentro del molino supuestamente abandonado. Igorpresentía que algo no iba bien y comenzó a hiperventilar. Después de tantas emociones, y tanto tiempo corriendo a toda velocidad, sentía que podía desmayarse en cualquier momento.  — ¿Qué está pasando? — preguntó bastante alterado, jadeando de cansancio por venir corriendo después de su encuentro con los bolcheviques.  — Nairi ha entrado en labor de parto — dijo una de las mujeres a su alrededor — ¿DÓNDE HAS ESTADO? — gritó reparando en su aspecto — ¡Solo tenías que ir por una hogaza de pan! Igorni siquiera tuvo tiempo de responder, porque el grito de su esposa Nairi llenó la sala. Aproximándose a su lado le tomó cuidadosamente de la mano. Igorno tenía experiencia alguna en medicina o en la anatomía femenina, pero no podía soportar ver a Tatyana en tanto dolor y saber que él era el causante de su pena, de una manera u otra.  — Գոմաղբ — /bastardo/ le susurró Nairi en su idioma natal, armenio.  Igorrió, estaban juntos y todo estaría bien. Después de la huída de Siberia, la madre del joven no soportó mucho tiempo con vida, pues la suciedad y la podredumbre de Moscú la llevaron a enfermarse y no poder recuperarse jamás. El golpe fue muy duro para Pavel, quien no hubiera sobrevivido de no se por la resistencia y toda la familia Tutkalyan, quienes lo adoptaron como parte de ellos sin importar de donde venía o cuales eran sus apellidos. A ellos solo les importaba que Igorfuera una persona honesta, recta y trabajadora.  Nairi Tutkalyan y su familia provenían de Armenia, habían llegado a Rusia huyendo de la miseria y de los problemas de su país, para estancarse en la Unión Soviética donde la situación iba empeorando cada vez más para la gente del pueblo y todos aquellos que no estaban en el poder. Los Tutkalyan eran valerosos, una familia muy numerosa que había defendido a los demás del g*******o de su país, convirtiéndose en guerrilleros y siempre habían luchado por lo que era justo, entonces decidieron unirse a la resistencia contra el régimen bolchevique. De todos modos, no había mucho lugar para una familia de migrantes en un país tan cerrado y nacionalista como lo era Rusia. Dentro de la resistencia, fue donde Igory Nairi se conocieron. La joven armenia sabía perfectamente como pasar desapercibida y como escurrirse entre la población rusa, así que era una excelente mensajera entre los espías de gobierno que trabajaban para la resistencia y la gente que estaba escondida en los alrededores. Nairi recibía y enviaba mensajes de todas partes del mundo, sobre todo de los Estados Unidos, debido a su alto dominio del inglés y su facilidad para traducir al alfabeto de ese idioma. Pavel, mientras tanto tenía la ocupación de clasificar los mensajes que recibían y de perfilar a la gente a su alrededor, debido a su ojo critico y a que era a quien le interesaba más que todas las personas de la resistencia fueran de fiar. Era por esto que Nairi tenía que reportarse con Igorcuando recibía mensajes de gente nueva interesada en el movimiento, y así fue como él la conquistó.  Era imposible no fijarse en Igor, con su pelo rojo y sus ojos verdes, alto, gallardo y siempre expresivo. Listo para la acción, extremadamente inteligente y valiente. No buscaba poder a pesar de ser quién era, solo buscaba justicia para su pueblo. Sus mismos principios le habían impedido huir de Rusia aunque muchos de sus familiares lejanos le habían ofrecido un lugar en sus hogares en Canadá o en alguna parte segura de Europa, pero Igorno podía dejar de ayudar a la gente de la tierra que lo vió nacer, así que se prometió a si mismo que se iría de aquel lugar en cuanto hubiese caído el régimen comunista. Nairi, por su parte, era una mujer pequeña, morena y de ojos azules. Su pasión por la justicia era tal que la llevaba a exponerse a peligros con tal de lograr su cometido. En sus ojos vibraba con fuerza la necesidad de buscar un mundo mejor. Contrastaban sus ojos con la piel morena que la caracterizaba, tenía demasiado de Armenia en ella decían los demás.Igory Tatyana eran tal para cual, jóvenes y deseosos de formar un mundo nuevo y mejor; con temperamentos fuertes que hacia dinámicos y entretenidos todos los conflictos en los que participaban ambos, pero que luego eran capaces de resolver con la cabeza fría y una enorme serie de mimos y besos apasionados. En un principio la familia de Nairi no estaba de acuerdo en la relación, puesto que ellos no tenían un apellido ruso y ninguna forma de obtener ingresos más que ilegalmente, y una relación con el chico más odiado de Rusia no los ayudaría en nada ni ellos, ni a la resistencia. Pero a Nairi y a Igornada de eso les importó. Se casaron en una iglesia secreta oculta entre unas catacumbas. Cuando los Tutkalyan se enteraron del matrimonio no les quedó nada más que aceptarlo, porque su hija era lo más sagrado para ellos, y con el paso de las semanas comenzaron a aceptar a a Igorcomo a un hijo propio. Seguían trabajando con la resistencia y parecía que las cosas seguirían el mismo curso secreto, hasta que a los pocos meses recibieron la mejor noticia en el peor momento, esperaban un hijo.  Igor no estaba seguro de tener un hijo, no era seguro y las formas de deshacerse de él eran muchas, pero Nairi se negó, un hijo siempre era una bendición y en las condiciones de su país, un hijo amado que pudiera crecer en libertad era casi un milagro. Con el pasar de los meses y al ver esa vida crecer dentro del amor de su vida, su compañera de batalla, el muchacho fue ilusionándose cada vez más hasta el punto de contar los días para tener a su bebé en brazos. Después del cruel asesinato de su madre, fusilada frente a sus ojos a los dos años de llegar a Moscú, IgorRomanov había estado siempre solo, sintiendo que la condena de a soledad era el precio que tenía que pagar por haberse quedado en Rusia a ayudar a la gente, pero estaba dispuesto a pagarlo hasta que conoció a Nairi. Ahora quería cosas completamente diferentes a las que tuvo toda la vida. Quería que ese bebé fuera libre y pudiera conocer un mundo más allá de la presión soviética y el comunismo. Para su hijo, Igorsolo soñaba a libertad. El derecho humano que a él le fue prohibido. Y estaba trabajando para conseguirlo, aunque aquel parto adelantado, en Noviembre de 1984 lo había cambiado todo. Pero a Igorno le importaba.  — Ya estoy aquí — susurró el muchacho arrodillándose junto a su esposa.  — Tardaste demasiado — rebatió ella.  — Tuve algunos problemas.  — No quiero que me cuentes ahora — pidió Nairi cuando sintió otra contracción atravesar su cuerpo.  — Igor, no debes estar aquí — habló una de las matronas — Estas son cosas de mujeres. — No me importa — habló él, viendo a Nairi con desesperación — No quiero… no puedo dejarla sola. — Quiero que se quede — exclamó Nairi mientras pujaba, a lo que las matronas no les quedó más remedio que aceptarlo, aunque le dedicaron miradas desaprobadoras a la pareja. El parto fue bastante sencillo y rápido, considerando la situación en la que se encontraban. Ni Pavel, ni Nairi habían tenido experiencia en un nacimiento antes de ese, por lo que para ellos había sido un momento eterno en el que solo existía la incertidumbre. Igorsabía que tenía que ser fuerte, pero era imposible cuando escuchaba los gritos de Nairi, quien juraba que el dolor la partiría a la mitad y su madre solo le insistía que pasaría en cuanto pudiera nacer el bebé, pero parecía que se negaba a hacerlo. El dolor aumentaba, así como la tensión en los hombros de Igor y la mano que apretaba Nairi, que estaba casi morada por la presión. A ellos les parecía que aquel bebé no nacería nunca. Los gritos de Nairi llenaban el lugar, a pesar de los esfuerzos que hacían las matronas de que mordiera toallas para callarla. Parecía que al niño que venía en camino no le importaba en lo más mínimo el escándalo que implicaba su llegada al mundo. Justo a la media noche del 22 de Noviembre, en medio de un último pujido de Nairi, un llanto llenó todo el lugar, haciendo callar a los que allí se encontraban.  — Es una niña — gritó la nodriza emocionada, mientras la colocaba en el pecho de su madre que lloraba.  Después de limpiar a la madre y a la hija, y de que el conmocionado padre fuera recibido con un buen vaso de vodka y un cigarro, la pequeña familia se encontraba a solas en la habitación que las patronas habían preparado para la nueva madre. Igory Nairi no hablaban, solo se dedicaban a contemplar a su pequeña hija que movía sus delicadas manitas sobre sus ojos, molesta por las nuevas luces que brillaban frente a ella. La pareja estaba completamente embelesada con los verdes ojos de la niña, que recordaban a su madre y una mata de cabello pelirrojo que destacaba en su cabecita. Nairi no quería soltar nunca a su hija, que se alimentaba tranquilamente en su pecho.  — Necesita un nombre … — murmuró Igor, sacando a Nairi de su ensoñación.  — Ya sabes como quiero llamarla — dijo Nairi segura, pensando en lo que habían hablado hace mucho tiempo, cuando recién descubrieron el embarazo. Ambos suspiraron, pensando que eso había sucedido en una vida anterior.  — No quiero que tenga mi apellido, es peligroso para ella — murmuró el chico, enojado — Creí haberte dejado eso muy en claro, Nairi.  — Si no tiene tu apellido, no tendrá ninguno — sentenció su esposa firmemente.  — No tenemos que pensar en eso ahora.  — Por supuesto que si — exclamó la madre.  — ¿Puedo al menos tener a mi hija en brazos primero? — Igorfrunció las cejas — Ni tú, ni tu madre, ni las demás mujeres me han dejado tocarla.  Nairi le dedicó una dulce sonrisa a su esposo y le tendió con delicadeza al pequeño bulto que estaba envuelto en una manta bellamente tejida. Cuando el padre la tuvo en brazos, se sintió un poco incómodo, pero feliz como nunca antes. Tenía miedo de no estar abrazándola del modo correcto y que pudiera hacerle daño. Los ojos de la niña se abrieron y se cruzaron con los de su padre.  Igorla vio con el ceño fruncido y suspiró, mientras la pequeña de pelo tan rojo como el fuego abría los ojos y sus ojos verdes se reflejaban iguales en los de su padre, quien acarició con delicadeza su mejilla. Al ver a su hija mirarlo por primera vez, su corazón se llenó de orgullo. —- Has nacido para grandes cosas, tsarevna —- tomó a la recién nacida de los brazos de su madre y acunándola entre los suyos con la delicadeza de lo que representaba para él, un tesoro invaluable. —- No sabes, y probablemente nunca lo sabrás, pero todo el futuro de este país recae tanto en tus hombros como en los míos —— hablaba bajito, en su propio mundo, ni siquiera Nairi escuchaba con claridad lo que el ruso estaba diciendo. —- No quisiera que hubieras nacido aquí, o ahora, pero has llegado como una señal de que nuestra lucha debe seguir. Vienes de una familia fuerte que llevó a este país a la gloria y a la ruina, sé que como nosotros serás una persona resistente a todo y con un temperamento fuerte. En otra vida debiste haber sido la emperatriz de toda esta tierra y no haber nacido escondida en un molino —- rió un poco. —- Lamento tanto que las coas sean así, pero te juro que daré mi vida por ti, ангел — /ángel/  —- Lucharé siempre para que conozcas la libertad. — Es idéntica a ti — murmuró Nairi cortando sus promesas.  — Creo que con el tiempo se parecerá a ti, amor mío — dijo Igorcon una sonrisa de lado — No todos podemos ser guapos todo el tiempo.  — Grosero — bufó Nairi extendiendo las manos y haciendo señas para tener a su hija de vuelta — ¡Devuélveme a mi bebé!  — ¡También es mi bebé! — exclamó Igor— Y siento que si la pongo en tus brazos no voy a tenerla nunca de vuelta hasta que sea mayor de edad.  — Eres un exagerado.  — Es parte de mi encanto.  — Mi hija, Romanov.  Riendo, Igor le devolvió a su hija a su esposa, quien la acurrucó en sus brazos, para luego hacer espacio para que se sentara a su lado en la pequeña cama. Igorpasó su brazo alrededor del hombro de Nairi, atrayéndola a su pecho. La pareja sentía que el corazón les iba a explotar de felicidad ante el milagro que tenía en frente. No importaba la guerra fría, el comunismo, la herencia del imperio ruso; todo eso era mínimo cuando la bebé abría los ojos y alzaba las manos, intentando tocar los rostros, bañados en lágrimas, de sus padres.  — Está bien, Nairi — dijo Igordespués de un momento de silencio — Le pondremos el nombre que tu quieres.  — Es un sol, señor tsarevich — dijo Nairi dedicándole una hermosa sonrisa a su esposo, quien besó sus labios con alegría.  — Le diremos a tus padres, para que todos vengan a celebrar el nacimiento de nuestra hija — Igorbesó la frente Nairi y salió de la habitación, para invitar a la familia cercana a que conocieran a la niña.  En unos cuantos minutos, todos estaban adentro de la habitación, ocupando el pequeño espacio con alegría y bullicio que parecía no alterar a la niña. La resistencia se agrupaba alrededor de ellos pues se había corrido la noticia por toda la ciudad de que Igor y Nairi eran padres. Para los jóvenes era increíble ver tanta gente que se había reunido para celebrar el nacimiento de su hija, sin importarles los toques de queda o las leyes del gobierno y el ejercito, que muchas veces operaba de manera paralela. Ambos habían crecido viviendo vidas nómadas, y era totalmente nuevo el tener un refugio y gente que estuviera al pendiente de ellos sin tener que hacerlo por obligación. La pareja no sabía que la niña era un símbolo de esperanza para todos los soviéticos oprimidos durante tantos años, ella y su padre representaban una nueva clase de monarquía, un tipo de futuro con el que nunca se habían atrevido a soñar. La pequeña Romanov era quién serviría como un símbolo para la resistencia en los tiempos venideros.  Algunas de las personas llevaron vodka, pan, dulces, strogonoff, piroshkis y otras delicias rusas para celebrar el nacimiento de la niña. Era una alegría, ella representaba para toda ese gente una esperanza de algo mejor. El hecho de que Igorlogrará vivir hasta tener un hijo era maravilloso pues tenía a todo el gobierno encima de él y consiguió ser lo suficientemente astuto no solo para sobrevivir sino para formar parte de la resistencia. El chico era muy admirado por lo que había peleado para buscar la liberación de su país y el poder de decisión para su pueblo. Igoramaba Rusia con toda su alma, y no pensaba dejar caer su país. Sabía que su familia era culpable de su gran ruina y no iba a parar de luchar, incluso si en ello dejaba su último aliento, para conseguir su cometido y enmendar las fallas de su familia. Y ahora tenía a las dos aliadas más poderosas para defender el apellido de los zares: su esposa y su hija. El solitario chico había conseguido una familia, ahora dependía de él buscarles un futuro.  Era felicitado por sus amigos, mientras el vodka corría por las mesas y antiguas canciones rusas se escuchaban. La recién nacida paseaba por los brazos de las mujeres que besaban sus mejillas y le daban consejos a la madre quién, abrumada, buscaba la mirada de su marido o de alguno de sus familiares para que le dijeran como actuar ante esta nueva atención no esperada. Pavel, sonriendo se acercó rodeando a Nairi con sus brazos, mientras su hija se encontraba a salvo entre ellos.  — ¿Podemos huir ahora? — preguntó Nairi haciendo un mohín — Antes de que alguno de estos salvajes aplasté a mi hija.  — Creo que mínimo tenemos que decirles como se llama para que nos dejen en paz.  Al escuchar las palabras de Pavel, los miembros más adultos de la resistencia mandaron a todos a callar, haciendo sonar los vasos de cristal que sostenían. La gente rusa sabía escuchar cuando uno de sus mandatarios hablaba, y habían celebrado por tres siglos los nacimientos de los jóvenes herederos de la corona y ahora podían hacerlo de nuevo, después de siete décadas de no saber que pasaría con las personas a las que idolatraban como si fueran sus dioses. Los pueblos olvidan cuando les hicieron daño, y solo buscan encontrar a alguien mejor y más nuevo que admirar, como si de un niño con un juguete nuevo se tratara. Y eso estaba pasando en la resistencia. Habían seguido a los bolcheviques con la esperanza de obtener la libertad de trabajo y de ganancias de la vida occidental, que se veía en los periódicos y revistas. Rusia llevaba más de 200 años de atraso tecnológico frente a su mayor competidor internacional, los Estados Unidos, y con la llegada de la Unión Soviética y el atraso solo empeoró. Aunque la calidad de vida mejoró mucho con respecto a lo que tenían en la época zarista, la opresión y el control seguía siendo ejercido fuertemente contra las personas que pronto aprendieron que un gobierno comunista no los acercaba a la vida que se cumplía en el sueño americano. Muchas de las personas se resignaron a que esa era la vida que les tocó vivir, e incluso, había millares que estaban de acuerdo con la forma de actuar del régimen soviético. El comunismo adoctrinó a su gente y les hizo creer que era todo a lo que podían aspirar, pero con el tiempo se fueron cayendo las mascaras, sobre todo cuando los programas espaciales fracasaron y la economía se vino a abajo. Fue entonces cuando se formó la resistencia, que se encargaba de traer información del resto de Europa y de conseguir apoyos para retornar la monarquía zarista, además de reclutar a los propios rusos para pelear por sus derechos. Eran esos mismo rusos quienes se reunían expectantes para escuchar el nombre de la nueva tsarevna de Rusia.  —-¡Digan el nombre, muchachos! —- dijo el padre de Nairi, sosteniendo en lo alto la  botella de vodka —- Para que todos alcemos nuestra copa por mi nieta. —Masha- Dijo Nairi emocionada —- Su nombre es ese, con el patronímico de su padre y el apellido legendario de sus abuelos.  ——¡Bienvenida al mundo Masha Igorovichna Romanova! —brindaron todos, mientras una lágrima indiscreta corría por la mejilla de su padre. 

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