Capítulo 2

4645 Palabras
Volgogrado, Rusia.  — No podemos seguir con esto — susurró Igor a su esposa que apenas se recuperaba del parto. La mujer lo miró confundida, mientras acariciaba los cabellos de su hijita recién nacida. La fiesta que sus amigos habían organizado para celebrar la llegada de Masha había terminado y la pareja por fin se encontraba sola en la habitación designada para ellos en el refugio.  —Voy a entregarme a los bolcheviques — continuó el hombre antes de que su esposa pudiera decir algo. — Боже мой —/¡Dios mío!/ la exclamación de Nairi despertó a Irina, quien comenzó a llorar. La madre se apresuró a apretarla contra su seno, mirando fúrica a su marido — ¿Te has vuelto loco, Igor? ¿Qué crees que va a pasar con ella si te entregas? ¿Tu crees que no la van a buscar? — bufó —¡Cómo si no conocerías a nuestro gobierno! El pequeño cuarto que les habían dejado para su privacidad se sumió en un silencio absoluto. Nairi fulminaba a Igorcon la mirada mientras trataba de consolar a su hijita que no paraba de llorar sintiendo la tensión entre sus padres. La pequeña Masha lloró desconsoladamente hasta que encontró el seno de su madre y comenzó a alimentarse. Nairi acariciaba el rostro de su bebé limpiándole las lágrimas que se habían acumulado en sus regordetas mejillas. Igorbajó la mirada al ver a su hija en tal estado, no esperaba que su esposa lo tomaba de esa manera, en su mente estaba haciendo lo correcto por la seguridad de ellas dos.  — Escúchame un momento, Nai — murmuró Igorviéndola fijamente y acercándose cautelosamente a su esposa. No quería contrariarla pero necesitaba que entendiera lo que pretendía hacer — Tengo todo planeando, ¿de acuerdo?. Te llevaré a otro país, buscaré entre nuestros amigos alguien que pueda hacer el viaje contigo. Y para que nadie sospeche, yo me entregaré, tú no eres la persona más buscada del país. Yo sí. — Definitivamente no — negó Nairi con la cabeza. — Si nos vamos de este país nos iremos juntos; tú, Masha y yo, como la familia que somos. Piensa racionalmente Igor— respiró profundo para no comenzar a gritar. Lo amaba con locura pero no era nada práctico y siempre se dejaba llevar por el estómago y el corazón antes de con la cabeza. — Te recuerdo que yo no tengo un apellido para salir de Rusia, me apresarán en el momento que me vean porque soy una forastera que ha entrado sin un permiso oficial al país, y eso no solo me delataría a mí, también a mis padres y a mis hermanos. ¿Qué crees que pasaría con Masha? El gobierno tiene ojos y oídos en todos lados y no podemos confiar en nadie, en el momento que se sepa que es tu hija, morirá. — Sentenció a Igor, quien bajó la cabeza. — ¿Qué haremos, Nairi? — dijo al fin, sentándose en la cama y atrayéndola hacia a él, la chica se dejó abrazar, permitiéndose unos momentos de miedo en los brazos de su amado.  Eran apenas unos chicos metidos a la fuerza en una guerra en la que no pidieron nacer y ahora habían metido a su hija a la primera linea de fuego por el simple hecho de existir. Nairi tomó la manita de la niña y depositó un beso en su cabeza antes de hablar.  — Nos quedaremos aquí escondidos mientras Masha siga dependiendo por completo de nosotros —- su mirada no daba lugar a nada, Igorno podría contradecirla. — Esparciremos entre nuestros conocidos la noticia de que han venido por ti tus familiares en Canadá. Eso desviará la atención del gobierno el suficiente tiempo para que tengamos un tiempo de paz. Si es pertinente, yo saldré con un nombre falso, pero nos arreglaremos.  Igory Nairi continuaban abrazados, mientras su pequeña hija dormía en medio de ellos, ajena a los planes que trazaban sus padres para protegerla. Los nuevos padres tenían mucho miedo de lo que podía pasar si alguien llegaba a saber el secreto de su hija. Habían conseguirlo sacarle un certificado de nacimiento sin tantos problemas, pues el apellido Romanov se volvió usado por los nacidos bastardos como una burla al antiguo gobierno de Rusia. Igor a veces creía que a él lo seguían por puro protocolo, y que realmente no estaban seguros de que era pariente de los zares. Él mismo dudaba, por más que su padre juraba quien era y su abuela solo sonreía con una mirada melancólica, pero siempre se negaba a hablar de su pasado. Después de la muerte de su madre había conseguido información para rastrear la línea de nacimiento de la familia Romanov pero al llegar a su abuela las cosas se volvían confusas. Cuando se enteró del embarazo de Nairi, decidió que quemaría todos los papeles pues no le interesaba saber más de eso, lo único que le importaba ahora era su esposa y su hija Masha. La pequeña pelirroja creció a pasos agigantados en los meses en que sus padres y ella permanecieron escondidos. El helado invierno ruso no los tomó por sorpresa y vieron llegar al año de 1985 acurrucados frente a la chimenea del molino. Eran las únicas personas de la resistencia que vivían permanentemente en aquel lugar, lo que levantaba pocas sospechas, pues el resto de los miembros iba muy poco a aquel lugar,  ocasionalmente la familia de su madre solía visitarlos en el molino viejo, y con ellos venía un poco de alivio para sus padres pues traían noticias de que el gobierno dirigía todas sus búsquedas a Igoren Canadá y en otros países de América.  Comenzaban a confiarse de que ya no serían buscados y podrían tener una vida normal y hacían todo lo posible porque Masha se desarrollara como todos los demás y por ello, solían sacarla algunos momentos a que tomara el sol en los terrenos aledaños a su refugio. Aprovechaban los días de huelgas o que el gobierno se concentraban Moscú para poder salir. Esos días eran los mejores para ellos, pues caminaban al centro de la ciudad para conseguir algo de comer que pudiera sustentar aún más la pobre dieta de hortalizas que llevaban. La madre de Nairi insistía que su hija estaba demasiado delgada y necesitaba fuerzas para amamantar, así que Igorla empujaba a salir con la niña para conseguir leche, huevos o alguna carne cuando tenían suerte. Era uno de esos días donde una mujer se acercó a Nairi que caminaba con su pequeña, ahora de 4 meses. —¡Pero qué preciosa niña! — dijo la mujer con una voz chillona alertando a todas las personas que se encontraban en el pequeño mercadillo—Se parece muchísimo a la duquesa María—esa afirmación hizo que a Nairi se le erizaran los pelos de la nuca.  María Nikolayevna Romanova era la una de las hijas del último Zar y se rumoraba que existía un hijo de ella, fruto de un amor que tuvo dentro de su cautiverio, antes de morir. Nunca se había comprobado, pero eso no impedía a las autoridades seguir buscando. Nairi había escuchado decir en la resistencia que si ese niño existía y hubiera tenido un hijo ese era Igor, lo que significaba que Masha podría ser la heredera indiscutible del trono autocrático de Rusia. Y que se pareciera a la difunta duquesa no ayudaba en nada a calmar los nervios de los padres. A pesar de que se habían quemado miles de fotografías, documentos y retratos de la familia real; existían aún imágenes de las cuatro duquesas y del tsarevich, las cuales se pasaban en secreto por la gente más pobre, quienes habían absorbido a sus zares en la imaginación y ahora los trataban como santos y mártires de la Unión Soviética, pero Nairi nunca había visto una de esas imágenes así que no podía decir si su hija se parecía o no a la dichosa María.  — Vaya rara coincidencia — dijo Nairi apenas recuperó la voz, pretendiendo sonar escandalizada por la comparación — Debe ser el color de cabello, es tan extraño ver un pelirrojo en Rusia en estos días.  —No lo creo—dijo la mujer, suspicaz—Jamás olvidaremos las fotografías de la duquesita cuando nació, fue una decepción para la familia imperial. Después de 3 intentos era otra niña. Dicen que el zar ni siquiera quiso verla—Nairi bufó ante la afirmación, tapando a su pequeña Masha con una mantilla para evitar que alguien más la viera pues la multitud se juntaba alrededor de ellas, como hacían siempre que se mencionaba a los zares.  No podía evitar pensar que si su Igorhubiera sido zar y le hubiera hecho un reclamo por qué Natalia fuera niña lo molería a golpes. Nairi era una mujer fuerte, dura y hecha para trabajar, sabía muy bien como criar a una hija y no había diferencia con tener un varón o no. Su Masha era y siempre sería suficiente. A pesar de ser repentino, no había nada en el mundo que amará más que esa niña. Sin contestar a los cuchicheos de esa mujer, Nairi partió al refugio con la cabeza en alto y sin mirar atrás, corriendo en cuanto estuvo fuera de la vista de la multitud. Cuando estuvo lo suficientemente lejos de detuvo a descansar, dejándose caer bajo la sombra de un árbol, acariciando el cabello de Masha y quedándose un rato enfocada en ver a su hija, aún no podía creer que estuviese allí y que fuese suya. Si tenía que ser muy honesta consigo misma, la experiencia de tener un bebé era algo que Nairi nunca había querido conocer por ella misma. Había crecido en la más inmensa pobreza, en una granja que se reducía a una casa pequeña y un chiquero que compartían 9 hijos y unos cuantos cerdos de los que sus padres sacaban algo de dinero vendiéndolos o matándolos. Nairi era la menor de todos ellos y aborrecía el mundo en el que vivían. Ella soñaba con cosas mejores para ella, con un mundo donde pudiera ser poeta, escribir largos textos que fueran leídos en otros países, que su imaginación llegara a otros mundos completamente distintos a la Unión Soviética. Vivía en un lugar donde no estaba permitido el libre pensamiento o la crítica social y no podía soportarlo. No quería acabar como su madre o su abuela o todas las mujeres antes de ella; su proyecto de vida era muy diferente y en él no entraban los hijos, a pesar de lo mucho que se rieran su madre y sus tías cuando la escuchaban hacer esa afirmación. Nairi aspiraba a más y un hijo definitivamente solo atrasaría o evitaría sus planes de grandeza.  Al llegar a Rusia huyendo después de que su hermano se metiera en un pleito que acabaría con la muerte de un general del ejercito y por consiguiente, en la cárcel para su hermano, su vida y sus perspectivas dieron un giro de 180 grados. La vida en la Unión Soviética hacia que nadie tuviera tiempo para la infancia, la inocencia y los sueños, eso incluía a Masha en muchos sentidos. Conoció los ideales de un grupo de personas que se reunían cada noche bajo una lámpara de queroseno, acompañadas del cigarro y el vodka planeando una vida nueva dentro de Rusia. Algo completamente novedoso para la armenia. Jamás pensó que todos sus ideales podrían hacerse realidad en el país que la vió nacer. Para esos conspiradores rusos una mujer era tan valiosa en ideas y opiniones como un hombre, y servía tanto para la sociedad como ella quisiera. Nairi podía llegar a escribir o a ser periodista en aquel lugar, si tan solo pudieran sacarlo de las garras del comunismo.  Comenzó a trabajar codo a codo con la resistencia del país quienes la adoptaron como una más y le brindaron protección para su familia. Los Tutkalyan habían perdido todo en Armenia, y los chismes de sus negocios productivos con empresarios franceses en el pasado, los hacia blanco de escrutinio y la investigación de la KGB, la agencia de trabajaos especiales de los rusos, por lo que ellos recibieron la protección de la resistencia y pusieron a sus nueve hijos a la disposición de los altos rangos. Nairi participaba en todo lo que podía hacer con los conocimientos que tenía. Haciendo pequeños trabajos aquí o allá y jugando a la espía para la resistencia fue conociendo Volgogrado poco a poco hasta que llegó a ser el lugar que mejor conocía. Y no solo el lugar. Entendió poco a poco a su gente y sus costumbres, tan parecidas pero tan diferentes a la su natal Armenia, poco a poco veía como toda la Unión Soviética había fracasado en eliminar la individualidad de cada país y eso le daba esperanza de que la resistencia pudiera triunfar. En medio de ese caos fue que conoció a Igor. Al llegar al refugio, entró apresuradamente después de asegurarse que nadie la hubiera seguido, cerró todas las puertas y ventanas, para entrar a su habitación donde se dejó caer en la cama con Masha en brazos y sollozó. Estaba muy asustada, a pesar de todo quería mucho a su hija y temía lo que pudieran hacerle a una bebé inocente, no podía quitarse de la mente la muerte horrible que habían tenido los últimos Romanov. Igorla escuchó y llegó corriendo a verla, pues se encontraba en la habitación que hacia las veces de estudio para trabajar.  — ¿Qué ha pasado? ¿Están bien? ¿Les hicieron algo?— la voz de Igorsonaba preocupada mientras registraba a ambas con los ojos en busca de alguna herida. Nairi casi nunca expresaba sus emociones por lo que le alteró el verla así.  — Me han dicho que Masha se parece mucho a la duquesa María — el joven veía a su esposa con los ojos bien abiertos. Había oído a su padre mencionar ese nombre algunas veces antes de morir pero no podía comprobar que ella hubiera sido su abuela. — ¿Qué haremos cuando crezca? Se parecerá más y más a los Romanov y no podremos ocultarla por siempre — Nairi dejó a la pequeña en su cuna y caminó de un lado a otro de la habitación. — Yo no quería esto Pavel, jamás pensé que un niño merecería vivir un mundo como el que yo viví, por eso no quería hijos, pero Masha llegó y ahora no hay nada que ame más que ella en este mundo — Soltó una risa sin humor — El amor nos cambia y lo sabes. Eso que me dijiste cuando nos conocimos ¿recuerdas?, era prohibido tener relaciones entre miembros de la resistencia y me dijiste que el amor era una buena razón para dejar las reglas a un lado y permitir que las cosas fallasen. Y eso es cierto, pero también nos pone en peligro, y el hecho de que nosotros nos amemos y hayamos tenido una hija, no nos da un final de cuentos de hadas. Eso no existe, Pavel. Las doncellas pobres no conocen al zar de Rusia y viven felices por siempre. Existir solo va a llevar a nuestra hija a la muerte— Nairi no pudo más y se dejó caer al suelo, sollozando. Pavel, sin decir una palabra la tomó en brazos y la dejó llorar, sacando también todos sus miedos. Después del encuentro con la gente en el mercado, decidieron no volver a salir.  La pareja haría todo lo posible para no exponer a Masha a esa situación, si una persona cualquiera había logrado encontrar similitudes con María Romanova no era ilógico que lo hiciera también alguien de la KGB. Gracias a la red de personas que formaban la resistencia y que cada vez se extendía más y más pudieron conseguir alimentos y ropa para ellos y para Irina. Pasaron otros varios meses en lo que la calma se iba extendiendo por el gobierno Ruso al pensar que Igorhabía huido a Canadá. Se escuchaban por todas las ciudades historias de gente que juraba haber visto al joven escapar en un tren o en un barco o en un coche viejo. Decían que le habían visto en Nueva York, Ottawa, San Francisco, Seattle, Ontario, e incluso en lugares tan bizarros como Nairobi o Groenlandia. Igor y Nairi solían reír a carcajadas al escuchar todos esos chismes que les traían de exterior.  Se imaginaban a sí mismos en lugares exóticos y paradisíacos con su pequeña hija creciendo entre playas o bosques. Soñaban en grande, pues cuando no tienes nada, soñar es la única opción que te queda. Además de eso, soñar era una forma de rebelarse contra el régimen autoritario de Rusia. Nairi se imaginaba a si misma vendiendo sus novelas en todo el mundo, serían tan importantes que las harían películas, siendo tan famosa que ganaría premios y no tendría que preocuparse por nada más que por escribir y por comprarle a Masha todos los vestidos del mundo. Igor se veía a sí mismo siendo un gran abogado, cuando consiguieran liberar a la Unión Soviética el entraría a la Universidad y estudiaría leyes para conseguir liberar a todos aquellos que habían sido presos por el régimen. Tendría un despacho bonito en San Peterburgo que estuviera cerca de la escuela donde estudiara Masha para poder ir siempre por ella. Construiría una casa grande, cerca del mar para vivir con sus dos amores, Nairi escribiría mientras Masha crecía libre y en paz, sería lo que ella quisiera ser, nadie la obligaría a nada, su pequeña pelirroja sería libre y con eso todo lo que había luchado durante toda su vida valdría la pena. No pensaban si tendrían más hijos o no, porque para ellos Masha era un reto suficiente.  El año de 1985 pasó con pocas diferencias al anterior. Rusia no había cambiado de presidente y las cosas parecían cada vez más estancadas. La economía no avanzaba y las huelgas eran reprimidas con b********d. Cada vez eran más las personas que morían tratando de protestar o expresarse con libertad o incluso pedir más pan del necesario. Igor y Nairi no estaban de acuerdo con todo lo que estaba pasando, y menos con estar escondidos sin poder ayudar a la gente pero ahorra tenían que pensar en Masha primero. Los padres disfrutaban de todo lo que hacia su hijita, pero deseaban que creciera más rápido para que pudieran volver a trabajar.  Así pensaban sus padres cuando Masha cumplió un año. No tendría una gran fiesta o una presentación en la iglesia ortodoxa rusa cómo dictaban las tradiciones. Pero tendría a dos padres que la amaban más que a nadie en el universo y un grupo de parientes y amigos leales que se habían convertido en familia que celebrarían con ellos. Para la ocasión decidieron vestirla con el vestido típico ruso que Boris, el padre de Nairi, había mandado a comprar para ella. Se había puesto una enorme mesa larga en la habitación principal del molino, donde había algunos presentes para la niña y un pequeño pastel originario del país. Igorcerró los ojos, deseando que su madre y su padre pudieran estar en aquel lugar para acompañarlo en el crecimiento de su nieta, pero ellos habían muerto. Agradecía que al menos tuvieran a la familia de Nairi para poder dejar testigos de que Masha IgorovichnaRomanova era una niña amada y normal, tanto como el resto de las personas, como si hubiera nacido en cualquier casa. A Igorle seguía pareciendo una locura que su deseo más grande fuera el tener una vida “normal” para él y para su hija. Una vida en la que no tuvieran que recurrir a esconderse o a mentir sobre quienes eran, una vida donde no hubiera tanta incertidumbre. Decidió que por ese día se daría el lujo de ser un padre normal, orgulloso de que su hija tuviera un año de vida. Sonrió de lado al ver a Masha tallarse los ojos con sus regordetas manitas, molesta de que la estuvieran pasando de brazo en brazo,  e incómoda con el vestido nuevo. Desde muy pequeña era bastante obvio que la pequeña Masha tendría un temperamento fuerte y decidido, no dudando en hacer saber cuándo algo no le gustaba.  — Se ve tan hermosa — decía su abuela abrazándola con cariño — Una auténtica zarina rusa — mencionó mientras todos los invitados reían.  — Quisiera tomarle una fotografía — murmuró Nairi mientras Igorbesaba su hombro, se había acercado a su esposa que estaba distraída — Pero sé que no podemos tener pruebas de nuestra existencia, es muy riesgoso. — Siempre podemos esconderlas — rió el muchacho pícaramente — Además, te tengo un regalo. — Pero es cumpleaños de Masha, no mío — dijo con una carcajada —Y no sé que tiene que ver con las fotografías.  El joven se encogió de hombros  —El regalo es para ambas, entonces, pero te lo tendré que dar después, cuando estemos solos.  — Con Masha nunca estamos solos — se burló Nairi.  — Sabes a lo que me refiero — dijo Igorhaciendo un mohín, provocando que se juntarán sus pelirrojas cejas — Tendrás que esperar a que termine la fiesta.  — No creo que la festejada aguante mucho tiempo más — dijo Nairi viendo como Masha comenzaba a llorar. — Iré a rescatarla — dijo Igorriendo a carcajadas.  Fue una cena sencilla, en la que la festejada casi no participó porque se había quedado dormida en los protectores brazos de su padre, mientras la familia Tutkalyan recordaba Armenia y contaba muchos de sus cuentos y leyendas tradicionales para que la niña también conociera del otro lado de donde venía. Las personas de Europa del este eran bastante aferradas a sus tradiciones y no se separaban de ellas por nada, por eso era difícil para Igorel hecho de que no pudiera ir a la iglesia, cuando era una de las pocas cosas que su madre no había dudado en inculcarle. Se propuso que en cuanto Masha comenzara a hablar, le enseñaría a rezar como su madre hizo con él. La fiesta de cumpleaños de Masha terminó al anochecer, antes del toque de queda,  porque todos se tenían que ir.  — ¿Estás segura de que no quieren quedarse en la casa vieja? — preguntó la madre de Nairi con preocupación — Se ha escuchado que van a patrullar cerca del molino.  — No creo, suegra, pero muchas gracias — se apresuró a responder Pavel. No quería que pensaran que no podía cuidar de su familia — Estaremos bien aquí, yo haré guardias en la noche de ser necesario.  — Igual puede quedarse alguno de tus hermanos, Nairi — presionó su padre.  La pareja se miró, teniendo una conversación silenciosa entre ellos. Finalmente Nairi asintió con la cabeza.  — Está bien, padre, que se queden. Les aseguro que será una noche tranquila.  Los señores Tutkalyan sonrieron aliviados y le indicaron a los hermanos gemelos de Nairi que se quedaran haciendo guardias. La joven Nairi sabía que sus hermanos pronto tendrían una vida propia y que no estarían para cuidarla siempre, pero no negaba que se sentía más tranquila de tenerlos allí, dándole una mano a  Igoren caso de que necesitara algo. Los dos cuatro jóvenes esperaron a que los padres se fueran y, después de mover la cuna de Masha al centro de la habitación principal, sacaron vasos y botellas de vodka.  — No pueden dejar de ser jóvenes porque tengan una hija — dijeron los gemelos al unísono, sacando una guitarra vieja.  Los Tutkalyan eran jóvenes bastante artísticos pues su madre solía ser cantante en bares en Armenia y se había esforzado porque sus hijos tuvieran conocimientos musicales y que los aprovecharan para conseguir un trabajo o algún medio e vivir, pero realmente solo lo usaban para coquetear y conseguir fama. Sonaba tranquilamente la música de la guitarra, tan bajito que ni siquiera despertaba a la bebé que dormía plácidamente en la cuna. Bebían, cantaban y brindaban perdidos en su propio mundo. En un momento, la música comenzó a hacerse un poco más bailable y Igortomó a Nairi por la cintura, para después hacerla bailar en el centro de aquella habitación. Por unos minutos era simplemente dos enamorados que se dejaban llevar por las notas que musicales en una noche cualquiera. Igory Nairi no habían tenido mucho tiempo para descubrir que era el amor, habían ido construyéndolo a través de las experiencias vividas dentro de su matrimonio.  — ¿Crees que Masha sea feliz? — preguntó Nairi de repente, mientras Igorla giraba.  — Espero que sí — dijo Igor encogiéndose de hombros — Creo que no debemos preocuparnos por eso todavía.  — Ya tiene un año — suspiró Nairi— pronto la veremos caminar, crecer, leer y enamorarse.  — ¡Qué cosas dices mujer! — exclamó Igor, sonrojándose — Mi Masha no ha de enamorarse nunca.  Nairi soltó una carcajada, que fue callada con un beso por parte de Igor.   — Llegará el día que eso pase.  — Tendrán que pasar por mi c*****r.  Los ojos de Nairi se ensombrecieron pensando en todas las personas que querían matar a su esposo y a su hija.  — No digas eso — suplicó  — Yo solo espero que podamos llegar a verlo.  — Nairi…  — Ya. No es día de pensar en cosas tristes.  — Tienes razón, amor mío. Además te prometí un regalo, ¿o no?  — Dijiste que era para las dos e Masha no despertará hasta mañana.  — Mañana se lo mostraremos — dijo Igordecidido.  Igorhabló con sus cuñados para que se encargaran de la niña y dirigió a Masha hacia el huerto que estaba detrás del molino, donde solían cultivar las pocas cosas que podían para vender o intercambiar en el mercado n***o. Igorsonreía al ver la noche otoñal sin nieve, podían disfrutar de la suave brisa de la noche. Nairi veía a Igorsin entender que era todo aquello. Finalmente, tomándola de la mano la llevó a un rincón del huerto de donde desenterró una caja de madera bellamente tallada que tenía el escudo de la familia Romanov, Igor sacó del collar que colgaba alrededor de su cuello una pequeña llave la cual entregó a su esposa. — ¿Qué es esto? — preguntó Nairi confundida. — Creí que habías quemado todo lo que venía de ellos.  — Esta se la compre a un viejo que buscaba deshacerse de cosas de los palacios. Nadie podrá rastrearla, lo prometo.  — ¿Para qué? — Nairi examinaba la llave frunciendo el entrecejo.   — Aquí podremos guardar todos los recuerdos que tengamos de Irina, para que nunca olvide de donde viene y quién es. — ¿Dónde lo guardaremos? — a Nairi la emocionaba la idea de tener ese pequeño secreto que solo fuera de ellos dos, a diferencia de todo lo que se compartía en la resistencia.  — Abajo del huerto, dudo que alguien lo busque.  — Tengo una idea mejor — dijo Nairi — Lo pondremos con las cosas de Masha, nadie sospechará.  — Yo sabía que por algo me había casado contigo. ¡Eres brillante!  — ¿Qué puedo decirte Igor? Alguien debía ser brillante, dado que tú eres tan idiota.  – ¡OYE!  — Solo espero que Masha herede mi mente ágil, ya suficiente tenemos con que sea tu vivo retrato.  — ¡Me las pagarás! — rió Igor— ¿Quién te crees para hablarle así al futuro zar de Rusia?  — ¡Su esposa! — exclamó Nairi antes de echar a correr al molino, seguida de Igorquién le dio alcance rápidamente y la tomó en brazos.  La pareja se besó bajó la luz de las estrellas rusas, sintiéndose tan jóvenes como en realidad lo eran y disfrutando unos cuantos minutos de normalidad deseada
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