Volgogrado, Rusia. 1990.
— ¡Mamá, mírame! — decía Masha sentada en la cima de un árbol.
Nairi soltó un grito mientras corría hacia dónde estaba su hija. Los años de encierro le habían dado soltura y la vida le moldeaba el cuerpo a la morena, haciéndola aún más hermosa, luciendo siempre sus negros cabellos sueltos al aire, como un pequeño acto de rebeldía frente a las matronas rusas que se pegaban el cabello a la nuca en enormes trenzas. La mujer seguía trabajando en la resistencia como mensajera e interprete, pero pasaba la mayor parte del tiempo tratando de educar a su rebelde hija pelirroja.
—¡Masha BÁJATE DE ALLÍ EN ESTE INSTANTE! — dijo severamente mientras la pelirroja se balanceaba en la rama riendo a carcajadas. Esa niña iba a hacerla encanecer antes de tiempo.
— No bajaré, մայրիկ /mami/ ¡desde aquí puedo ver más cerca el cielo! — Masha era una exploradora nata que amaba buscar aventuras en cualquier lugar y con una imaginación que la llevaba hasta el otro lado del universo de ser necesario.
Sus padres a veces pensaban, en la soledad de su refugio, que su imaginación era producto del encierro en el que vivían y hacían de todo para enseñarle a diferenciar el mundo real de todo aquello que imaginaba pues no querían que alguien abusara de la confianza y la ingenuidad de Masha en el futuro. Los Tutkalyan solían desaprobar, un poco, la forma en que la pareja criaba a su hija, pues decían que si no aumentaban la disciplina sería peor que un animalito salvaje, pero los padres no tenían el corazón de hacerlo cuando la pequeña Natalia pasaba mucho tiempo encerrada en el molino, saliendo apenas a la casa de sus abuelos y siempre con mentiras y engaños. Sus únicos compañeros de juego eran sus padres, sus muñecas y ocasionalmente algunos niños mendigos que vivían en la calle o sus primos cuando podían pasar mucho tiempo con la familia.
—Igor, dile a la niña que si no baja de allí no conseguirá nada del postre que su abuela está preparando para la fiesta de hoy — dijo Nairi alzando una ceja a su esposo que llegaba a ver cual era el revuelo que traía su esposa.
Al escuchar la amenaza de su madre Masha bajó del árbol con gracilidad y elegancia, como una pequeña acróbata dando un salto en la última rama que casi detuvo el corazón de sus padres. Entrecerró los ojos y trató de tener una mirada severa, aunque sus padres solo conseguían morirse de ternura.
— ¡No puedes quitarme el postre! ¡Lo ha hecho la abuela por mi cumpleaños! — murmuró haciendo un mohín.
Habían pasado 5 años desde el nacimiento de la niña y poco a poco las cosas comenzaban a normalizarse para la pequeña familia. El gobierno seguía buscando incesantemente a Igorfuera del país y eso les permitía respirar cada vez más tranquilos. El joven se había dejado crecer el cabello y la barba, pareciéndose menos al chiquillo que se había convertido en padre años atrás y más a uno de los hombres pobres rusos que cada vez pululaban más por la ciudad. Corrían rumores de que la Unión tenía cada vez menos control y estabilidad de las cosas que pasaban dentro del extenso terreno que controlaban. El accidente nuclear de Chernobyl había sido un puntapié a la careta que los soviéticos presentaban al mundo pues ahora desconfiaban del comunismo y las promesas de éxito que pretendían dar al mundo exterior, sobre todo a occidente. Era bastante obvio que la gran Unión Soviética iba a terminar por disolverse en los años venideros.
La tarde había caído y madre e hija se encontraban solas en el molino. Desde que Masha cumplió tres años, la pareja decidió que lo mejor era que solo Igorse expusiera a hacer trabajos de alto perfil para la resistencia. Se corrían los rumores de que había traidores entre ellos y eso hacia que fueran aún más recelosos de la gente que rodeaba a Irina. A pesar de que su hija había sido recibida con fiestas y buenos deseos, muchos comenzaban a ver su existencia como una amenaza ahora que habría una transición de poderes entre los soviéticos para pasar a un nuevo país. La esperanza de que Rusia fuera una potencia mundial donde todos sus habitantes tuvieran una gran cantidad de privilegios, como los Estados Unidos de América o Inglaterra o incluso la Alemania reunificada, y para eso nadie quería zares ni bolcheviques, así que todos se iban a encargar de eliminar a cualquier que pudiera poner en peligro sus nuevas ideas, aunque fuera una niña de cinco años que no entendía lo que estaban viviendo. Por eso los Igory Nairi se aferraban a que su hija se mantuviera siempre a su lado, y la familia de ella respaldaba esa idea.
Los Tutkalyan consiguieron una casita en las afueras de Volgogrado donde habían sembrado rábanos que vendían semanalmente en el mercado de la ciudad. Eran una familia misteriosa que había tomado prestado un apellido gitano "Sokolov" y se inventaron una historia para explicar porque habían salido de la nada y llegado a Volgogrado un buen día, como si nada. Decían provenir de Siberia y venir buscando una vida mejor, lejos del frío. Eso les dió la posibilidad de hacer crecer su granja en la medida de que el comunismo lo permitiera, vendiendo rábanos en varias ciudades cercanas a Volgogrado y ganando más dinero del que deberían, escondiéndolo para el momento adecuado en el que tuvieran que huir de la Unión Soviética. La idea era que pudieran escapar a un lugar más cálido y menos lleno de comunistas, porque todos ellos odiaban el frío, empezando por la nieta de la familia, Irina.
La hija de Igor y Nairi solía pasar temporadas en casa de sus abuelos, ayudando en la venta de rábanos y aprendiendo cosas nuevas aquí y allá. Cuando alguien preguntaban quién era la niña, decían que era hija de uno de los muchos hermanos de Nairi y una madre que había muerto. Masha odiaba eso con toda su alma. Odiaba las mentiras y no toleraba decirlas. Además, odiaba que los chicos del barrio se burlaran de ella diciéndole cosas como “analfabeta” o “bastarda”. La niña no entendía como podía ser todas esas cosas cuando su padre juraba que ella era una emperatriz como ninguna otra y algún día todo estaría bajo su control. A Nairi no le gustaba que Igorle dijera esas cosas a Irina, pero el hombre solía pasar las noches llenando a su hija de cuentos acerca de reyes y reinas, de imperios tan lejanos como la India o el Tibet o Siberia; de joyas; de palacios; de noches de ópera y de ballet; de conciertos y monumentos dedicados a ella. Igorponía cada noche el mundo a los pies de su Irina, pero cada mañana volvían a ser los mismos mirarles de siempre, para enojo y desespero de la niña.
— No entiendo porque tenemos que decir que eres mi tía cuando vamos a casa de los abuelos — comentó la niña mientras su madre terminaba de peinarla para ir al festejo de su aniversario.
Igorse encontraba afuera haciendo algunos trabajos de la resistencia y lo encontrarían más tarde, camino a la casa. Procuraban que no los vieran juntos porque podía dar lugar a sospechas acerca de la relación de Masha con Pavel, porque la pequeña era el vivo retrato de su padre. Nairi suspiró, pensando en la discusión que se avecinaba con su testaruda hija.
— Es solo para protegerte, Irin — decía su madre — Ahora no te muevas, tiknik /muñequita/ que tengo que terminar de peinarte.
— No me gustar decir cosas que no son ciertas y no es justo que mis amiguitos de la calle no sepan que tengo a los mejores papás del mundo. — Masha arrugó la frente graciosamente — Y tampoco es justo que no pueda ir a la escuela.
—Ya hemos hablado de eso Masha —Nairi negó con la cabeza, derrotada.
Últimamente eso se había vuelto un deseo recurrente en su pequeña hija, un año antes era un hermanito y el año anterior era un perro, pero ahora su hija quería ir a la escuela y eso era lo mas normal del mundo. Los pocos niños que frecuentaba en su entorno eran mayores que ella y solían regresar de la pequeña escuela del pueblo contando historias maravillosas de sus grandes patios, sus compañeros y todo lo que se aprendía en ella. Pero no podían arriesgarse, si Masha iba a una escuela el gobierno descubriría en cinco segundos que era la hija de Igor y todo su plan se iría al caño, no podrían escapar, así que lo mejor por ahora era que Masha se mantuviera en el molino, alejada de toda aquella gente que la quería muerta. El problema era que no se podía explicar eso con facilidad a una niña de cinco años que quería explorar más allá de la seguridad de sus padre, y menos a una tan testaruda como Masha IgorovichnaRomanova, así que su madre respiró varias veces e hizo un esfuerzo por convencerla nuevamente de que no valía la pena hacer una rabieta por algo que no iba a suceder pronto.
— No puedes ir a la escuela, al menos no por ahora, tiknik— suspiró tomando a la niña de la mano, se inclinó y la miró a los ojos. — Pero te prometo que algún día irás a la escuela y que mientras papá y yo te enseñaremos todo lo que sepamos mientras — le dijo a una no muy convencida Masha que la abrazó.
Nairi estaba muy orgullosa de la hija que ella e Igor habían educado a pesar de todas sus limitaciones. Masha era una niña buena y educada con una sensibilidad y empatía impresionantes para su corta edad, era además alegre y curiosa, por lo que las preguntas eran cosas comunes en casa. Por supuesto como todos los niños y todas las personas, tenía sus defectos, era una niña caprichosa pues estaba muy consentida por su padre y podía llegar a ser muy testaruda y obstinada cuando se le metía una idea a su cabecita y no lograba cumplirla al primer intento. Cuando no conseguía salirse con la suya hacia rabietas que harían temblar a cualquier persona, pero sus padres eran firmes con ella, sin lastimarla jamás. Los dos esperaban cosas de su hija, como es natural en todos los padres, pero no se contentaban con saber que vivía cada día con la inocencia intacta e inconsciente del peligro que la rodeaba. La amaban más que a su vida y la protegían como tal, por eso trabajaban en hacer un mundo mejor para ella.
Cuando Nairi terminó de peinar a su hija, la vistió con un vestido color verde que realzaba sus preciosos ojos, la instruyó para que se pusiera los zapatos y tomó la cesta en la que llevaba varios dulces que había preparado para la fiesta de cumpleaños de la pequeña Irina. Cuando estuvieron listas, ambas salieron de la casa y caminaron por el sendero de césped que dirigía a la vivienda de los Tutkalyan. Iban tomadas de la mano, cantando una vieja canción armenia mientras Masha daba pequeños salititos al compás del ritmo que tarareaba su madre. Era una imagen que transmitía todo el amor y la felicidad que sentían al estar juntas. Masha y Nairi eran muy similares en el interior tanto como eran diferentes físicamente y tenían una complicidad única que provenía tanto de su amor como de la convivencia que tenían en medio de la resistencia, estando siempre rodeadas de pocas mujeres. Masha amaba tanto a su madre como a su padre y, a pesar de las cosas que quería cuando se acordaba de ellas, no cambiaría la forma en que vivía por nada del mundo.
A medio camino entre el refugio y la casa de los abuelos se encontraron a Igorrecargado en un frondoso árbol donde la familia solía realizar días de campo cuando no había militares vigilando y hacía un buen tiempo. Fumaba un cigarrillo con las manos en los bolsos, viendo al cielo con una ceja alzada, manteniendo su porte siempre coqueto y gallardo. Nairi no pudo más que detenerse y pensar que parecía un príncipe con ese aire resulto, es más, parecía el zar de Rusia. Al verlo, Masha salió corriendo hasta caer en los brazos de su padre quien la levantó en el aire, haciéndola reír a carcajadas, mientras Nairi soltaba un chillido al ver como su hija estaba suspendida en lo alto por unos segundos, sin ninguna protección.
— ¡PAPI! ¡LLEGASTE! ¡Sí llegaste para celebrar mi cumpleaños! — gritaba Irina, al darse cuenta que podría haber gente que no pertenecía a su circulo la niña se tapó la boca con las manitas, abriendo enormemente los ojos — Lo siento mucho, no quería gritar.
Igorla atrajó a su pecho mientras le murmuraba palabras de confort al oído. Él y su esposa cruzaron miradas de preocupación, sabían que nadie podría haberlos escuchado pero la tensión en la que vivían no era sana para una niña de su edad. Masha debía tener el derecho de poder decirle “papá” a su padre cada vez que quisiera. Después de todo, la chiquilla había nacido de un matrimonio correcto y bendecido, no era ninguna vergüenza ser hija de dos padres que la amaban y la protegían, aunque no tuvieran ni en que caerse muertos.
— No pasa nada, malen'kaya zvezda /estrellita/ — murmuró el padre besando la cabeza de Masha — Lamento que tengas que vivir esta clase de cosas por mi culpa — dijo el hombre mientras continuaban caminando.
Nairi tomó la mano de su hija entre las suyas y le repitió las mismas palabras de su padre, Igorentrelazó sus dedos con la otra mano de Masha para darle seguridad e hizo un chiste para cambiar el tema, como solía hacerlo desde niño, así fue como los tres siguieron el sendero en silencio, la pareja sin soltarse de la mano y Masha aferrada al cuello de su padre. Todo parecía transcurrir con normalidad en ese domingo, hasta que, casi al llegar a la casa de los abuelos de Irina, un grupo de chicos se acercaron a ellos con curiosidad, al verlos la niña levantó el rostro del hombro de su padre, sus rizos rojos caían en cascada cubriéndole la mitad de la cara, un expresivo ojo verde se asomaba. Pronto esos muchachos los tenían rodeados e Masha sintió que eso no estaba bien, por primera vez en su corta vida, tuvo la sensación de que debían salir corriendo.
— Ustedes no son de aquí, ¿verdad? — dijo uno de los niños, se veía sucio y mal nutrido como la gran mayoría de los habitantes de Rusia.
Todos los niños rusos se parecían a ese. Entonces no era de sorprender que los asesinos de estos seres inocentes, como Andreí Chikatilo, hubieran existido por más de que la Unión Soviética insistiera en que esa clase de personas eran solo producto del capitalismo. Igory Nairi se vieron a los ojos pensando que contestar, pero antes de que el matrimonio pudiera decir algo otro de los niños exclamó una frase que levantaría sus mayores terrores.
— ¡Usted es Alexei! ¡Es el zar! — señaló a Igorabriendo los ojos como platos mientras una de las niñas le daba un codazo al que había hablado, reprimiendo por lo que había salido de su boca.
Era demasiado tarde, los niños comenzaron a rodearlos y los Romanov se sentían cada vez más incómodos. Detrás de ellos, al sentir que un tumulto comenzaba a ocurrir, unos militares que estaba allí para realizar inspecciones y redadas en busca de los miembros de la resistencia se acercaron a una distancia prudente de ellos para escuchar la contestación del muchacho. Igorno podía estar seguro de cuándo o de quien había sido enviado para vigilarlos, así que su vida dependía de las palabras que dijera en ese momento. Con los militares tan cerca, los niños comenzaban a ponerse nerviosos también, contagiando a Masha que no dejaba de temblar en los brazos de su padre, pues para ella la palabra “zar” nunca había sido dicha como algo malo y, además, no entendía que estaba pasando.
— Pequeño, creo que te equivocas, ya no hay zares en el mundo — mencionó Pavel, cuando por fin pudo recuperar la voz, tratando de no delatar el nerviosismo que se apoderaba de él.
— ¡Eres igual a él! — rebatió el niño, curioso — Mi abuela aún conserva fotos y postales de ellos — susurró, solo para que los tres miembros de la familia Romanov lo escucharan, pues sabía que tan siquiera mencionar el nombre de la familia real rusa estaba terminantemente prohibido en tiempo de los bolcheviques.
Nairi no podía creer lo que estaba escuchando. El niño había hablado sin miedo a pesar de la cercanía de los bolcheviques y eso solo significaría que cada vez más personas estaba en contra de la actual administración y tenían esperanza de que estuvieran vivos los Romanov. Si un niño se había atrevido a decir eso era porque la educación fanática en el gobierno ya no funcionaba, y porque los niños no tenían miedo de ser castigados. La joven arrugó el entrecejo pensando quienes eran y de donde podían venir esos chiquillos. Desde la muerte de la impostora de la gran duquesa Anastasia habían comenzado a surgir rumores de los hijos de las duquesas que podrían vivir en todas las regiones del globo, la resistencia prefería no hacer caso a todas esas historias que no tenían fundamento y concentrarse en encontrar la forma de liberar al país y poder tener acceso a elecciones libres y donde cada uno de los ciudadanos del país tuviese el poder de elegir. A pesar de todos los cuentos que le contaba a Irina, Igorle había prometido a Nairi que él no tenia deseos de gobernar.
— Claro que no — Igorcada vez podía ocultar menos su preocupación. Masha lo sintió y volvió a esconderse en el pecho de su padre, mordiendo su dedo pulgar como hacia cada vez que estaba nerviosa — Ya no hay lugar en Rusia para los zares — terminó firmemente y sin decir una palabra más continuó su camino con su hija en brazos.
Nairi los siguió en silencio, sumida en sus cavilaciones. Si unos niños que ni siquiera tenían consciencia del poder que daba ser el zar podían reconocer a Igorcon esa facilidad, no quería ni pensar en lo que podía ocurrir con ellos si algún adulto leal a los bolcheviques los encontraba y llegaba a la misma conclusión. Con solo observar a su esposa y a su hija, podrían atar cabos. Nairi lo notaba a medida que Masha crecía, sus ojos, su sonrisa, la forma en que se paraba y actuaba dejaba entrever su ascendencia real y su cabello rojo como el fuego delataba aún más de donde provenían. Masha no parecía gitana o armenia, ella era una rusa de pies a cabeza, y era justo eso lo que la ponía en peligro. Después de lo ocurrido en el mercado, tantos años atrás, Nairi había tenido cuidado de conseguir fotografías de la duquesa María para ocultarlas. Quería enterrar el parecido de su hija a los Romanov como los huesos que fueron encontrados en Ekaterinburgo.
Llegaron a la casa de los abuelos e Masha se negó a soltarse de los brazos de su padre. Era bastante obvio que algo había alterado a la pequeña familia, pues usualmente Masha salía corriendo tras sus primos en cuanto sentía el menor atisbo de libertad en esa casa. El patriarca de los Tutkalyan se acercó a su hija que se dejó caer en sus brazos, temblando de los nervios.
— ¿Qué ha pasado? — preguntó uno de los hermanos de Nairi mientras todos los adultos se reunían con ellos, viendo los rostros llenos de tensión de la pareja.
— Unos niños han dicho que mi papi es el zar — murmuró Masha desde el pecho de su padre, haciendo que todos se pusieran rígidos y observaran a la pequeña — Pero eso es mentira, ¿no? Nosotros no tenemos más familia que ustedes y si papá fuera el zar tendríamos que vivir en uno de esos castillos que dicen los niños del pueblo que son enormes y llenos de oro y cerrados — concluyó en su inocencia, segura de que su padre no podría ser el zar porque no tenía una corona.
— Tienes razón, Mash — dijo su abuela acariciando su mejilla suavemente — Esos niños estaban diciendo mentiras y no hay nada más feo que mentir — estiró los brazos hacia su nieta y ella la abrazó.
— ¿Por qué no vas con tus primos al jardín a jugar? Tu abuelo ha puesto un columpio para que usted, princesita, lo estrene en su cumpleaños — Masha bateó las palmas feliz y fue corriendo a encontrarse con sus primos que estaban allí celebrando su cumpleaños. Apenas desaparecer la niña, uno de los hermanos de Nairi habló.
— Hay algo más de lo que dijo la niña — afirmó, sin preguntar, pues las caras de su hermana y su cuñado decían lo suficiente.
— Había dos militares bolcheviques junto a los niños y nos siguieron con la mirada cuando nos fuimos, estoy segura que pudieron escuchar toda la conversación. — murmuró Nairi sin separarse de los brazos de sus padres. Igorse encontraba tenso, sin hablar, apretando los puños y la mandíbula. — Tengo miedo — confesó la mujer viendo a toda su familia — Más y más personas se unen a la resistencia y eso hace que el circulo que sabe la verdadera identidad de Masha va a ir creciendo. No puedo permitir que mi hija esté siempre en peligro inminente. Rusia no es un lugar seguro para ella.
Igortomó sus manos y comenzó a hablar. Había estado pensando en las últimas semanas que el momento de irse de Rusia era cada vez más inminente, pero trataba de retrasarlo. Tanto él como su esposa y su hija estaban unidos a esa tierra y no querían dejarla por voluntad propia.
— Tendremos que adelantar nuestra huida más de lo que quisiéramos — afirmó decidido — No podemos seguir esperando cómo conejitos a que vengan a cazarnos.
— Todavía no hay nada listo — murmuró Seda, la madre de Nairi, cada vez más preocupada — No tenemos aún los pasaportes o a alguien de confianza que los acompañe hasta Polonia, será muy arriesgado que vayan ustedes tres solos por la unión hasta llegar allá.
— No tendrían porque llegar solos — Nazeli, una de las hermanas mayores de Nairi, que hasta ese momento se había mantenido pensativa, habló — Podrían irse con nosotros. Nairi pasaría como una de los nuestros y Igore Masha solo tenían que cubrirse los cabellos para no ser reconocidos con facilidad.
La hermana de Nairi estaba casada con un gitano cuya comuna viajaba en una enorme caravana por toda la unión. A pesar de que los gitanos no eran bien vistos por los bolcheviques eran aceptados debido a la presión social que ejercían los demás países, por lo que no podían encarcelarlos o hacerles daño si cumplían las leyes rusas, cosa que se encargaban de hacer siempre, pues nadie quería darle un motivo al gobierno para ser fusilado.
— Podrían llegar a Rumania o a Ucrania antes de la primavera y para el verano del siguiente año estarían en América — dijo sonriendo a su hermana.
Toda la familia Tutkalyan veía a su hija menor con un dejo de esperanza, esa era una gran oportunidad pues las hermanas estarían juntas y podrían protegerse la una a la otra, además de sus hijos. Igory Nairi se vieron a los ojos un momento antes de asentir simultáneamente con la cabeza. La familia había tomado la decisión en el calor del momento, los pormenores vendrían después así que como si nada celebraron el cumpleaños de Masha aunque ya todos tenían decido un plan de protección para la pequeña familia, la niña no tenía ni la menor idea de que ese sería el último aniversario que celebraría en libertad y rodeada de toda su familia.
Las semanas pasaron mucho más rápido de lo que todos esperaban y sin creerlo llegó el día de la partida. Masha se encontraba tomada de la mano de sus abuelos que, no del todo convencidos del plan se negaban a dejarla ir. Los hermanos de Nairi y algunos de los miembros más leales a la resistencia se encontraban en el lugar para despedir a la pequeña familia. La niña no estaba de acuerdo con irse, y así se lo había ahecho saber a sus padres entre rabietas y largas noches de llanto que culminaban con ella durmiendo en casa de los abuelos, pues su pequeña alma presentía que no había certeza de volverse a ver con vida. Masha buscaba cualquier pretexto para hacer a los adultos cambiar de idea, aunque su madre no dejaba de repetirle que esa era una aventura nueva que solo los tres podrían vivir.
— Me gusta esta ropa — Masha se giró para hablar con su abuela — Pero preferiría usar el vestido que me has hecho para mi cumpleaños.
— Cuando regresen del viaje te haré todos los vestidos del mundo — le prometió entre lágrimas.
— Babushka no llores — Masha se abrazó a su abuela – Vendremos muy pronto, más pronto de lo que te imaginas. Mamá dice que solo son vacaciones y ¡nunca hemos tomado vacaciones! Además me ha prometido que cuando volvamos iremos a la escuela — dijo la niña alegremente, pretendiendo que todo estaba bien.
La vieja mujer acarició el cabello de su nieta, sonriendo tristemente por su inocencia. Algo dentro de ella le decía que esa sería la última vez que la vería. Despedirse no era fácil para alguien que había perdido todo su pasado en Armenia, la anciana Seda sentía que estaba dejando ir su futuro al soltar a Irina, y que con ella, todas las esperanzas de que las cosas pudieran cambiar desaparecerían. Quería aferrarse a la niña con desesperación, hacerle jurar que la recordaría siempre, que no dudara nunca que no estaba sola, que su familia estaba haciendo todo eso para protegerla pero no podía. Simplemente no le salían las palabras, así que se contenía con apretarla fuertemente contra su pecho, rogando a sus santos que la protegieran.
Los amigos de Igor se encontraban alrededor de él entre risas y bromas, haciendo un poco menos triste la despedida, mientras que Nairi y su hija estaban en los brazos seguros de su familia, sintiendo la pena de separarse de ellos. Pasó un largo rato hasta que la caravana llegó, justo cuando comenzaba a caer la noche. Intrépida, Nazeli, la hermana de Nairi bajó de uno de los carromatos con su esposo y sus cuatro pequeños hijos. Saludó rápidamente a su familia y les indició que debían apurarse pues los militares habían estado siguiéndolos. Masha miraba a toda esa gente emocionada y confundida al ver a toda esa gente tan diferente a ellos. La niña sabía de la existencia de los gitanos pero era solo por los cuentos de su abuela y de su infancia corriendo y bailando por el mundo con ellos. Pero ahora eran reales y se iban a ir con ellos. Después de ser pasada de brazo en brazo por sus abuelos y sus tíos, quienes la llenaron de besos y mimos, su padre la subió al mismo carro donde había bajado su tía y ayudó a su madre a subirse al mismo, tomando las pocas pertenencias que tenían, subió. Unos minutos después comenzaron a moverse por el silencio de la noche. Lo último que Masha vió ese día fue a su abuela alzando un pañuelo blanco a modo de despedida hasta perderse en la oscuridad.