Capítulo 4

4585 Palabras
Europa Oriental, 1990.  Pasaron varios meses para que consiguieran salir de Rusia, alterando todos los planes que la familia Romanova tenía para ese año y el siguiente. La vida nómada no era nada sencilla para nadie y, a pesar de que Igor y Nairi estaban acostumbrados a ello, Masha no y no dudaba en hacérselos saber a sus padres a cada momento que tenía oportunidad. A pesar de siempre haber sido una niña noble y obediente, no podía negar que era una aventurera y que no estaba acostumbrada a compartir con otros niños, además su padre solía cumplirle todos su caprichos y ahora no podía hacerlo por más que quisiera porque estaban demasiado cortos de dinero. La compañía de sus tres primos ayudaba mucho, pero no terminaba de sentirse cómoda estando tan lejos de casa. Preguntaba cada noche por los abuelos y los tíos, por los primos que se habían quedado e incluso por un perrito callejero que había trabado amistad con ella, lo había llamado Sasha y era su gran compañero, pero se quedó en Rusia por las prisas. Masha lloró por Sasha como nunca antes lo había hecho. Así fue como perdió a su primer amigo y el más leal que había conocido hasta ese momento de su vida. Desde el día en que se dió cuenta que Sasha no estaría nunca más con ella, Masha se prometió no volver a tener una mascota, no sabía como lidiar con el abandono y menos cuando era ella misma la que había causado sin darse cuenta.  Las calles de Bucarest estaban plagadas con la imagen de Nadia Comancci. Era la imagen de la mujer soviética ideal, una gimnasta atlética y triunfadora. A pesar del escándalo que se suscitó cuando la joven huyó a los Estados Unidos, su imagen seguía siendo usada en su país natal y en la Unión Soviética como un ejemplo a seguir. Rumania era un país medianamente libre de la Unión, con sus propios partidos, elecciones y presidente. Con esa pequeña diferencia se respiraba un ambiente completamente diferente a la opresión que imperaba en Rusia. Pero a pesar de que no estaban bajo el control de Rusia, si que tenían censura y eran violentamente reprimidos, lo que hacia que la gente en Rumania fuera dura y cerrada con los recién llegados, sobre todo con los gitanos a los que se les consideraba delincuentes y bárbaros. Si se podía describir Bucarest sería como una ciudad gris y a Masha no le gustaba en absoluto. No le gustaba la imagen de una ciudad rígida y callada, Masha era una niña que odiaba el silencio, así que odiaba ese lugar donde tenía que permanecer todo el tiempo junto a sus padres, sus primos o con el grupo. Ella había nacido para ser libre, como todos los niños, y la vida que llevaba era la de una prisionera que no había cometido ningún crimen.  Sus padres intentaban convencerla de que todo lo que estaban viviendo era para bien, para estar a salvo y para tener una vida mejor, pero era imposible. Masha era testaruda y estaba asustada, lo único que quería era volver a casa. Masha era aún muy pequeña y para ella el concepto de casa implicaba estar con sus abuelos y en el lugar que la había visto crecer. Además de eso, Rusia y Rumania eran muy diferentes y no hablaban el mismo idioma; la pequeña familia se estaba esforzando en aprender la lengua pero también tenían que aprender el idioma de los gitanos y no lo conseguían, logrando solamente sentirse más alejados de las gente y aislados en su propio mundo.  — Mira, Masha, esa va a ser tu nueva escuela — decía su madre señalando a una de las escuelas que se encontraban en el centro de la ciudad, mientras la niña se mantenía cruzada de brazos y con el ceño fruncido. — No quiero ir — murmuró — Yo quiero ir a la escuela en Rusia, quiero que mi abuela me lleve a la escuela y quiero ir con mis primos y mis amigos. Aquí no me van a enseñar cosas de los zares. — Aquí también irás con tus primos y podrías tener nuevos amiguitos. — razonó su padre.  Pero Masha no quería saber nada de eso así que se quedó en silencio. Su padre suspiró y fijo la vista en el camino pues seguía conduciendo por la ciudad. A veces, Igor se arrepentía de haberle enseñado su propia versión de la historia a la niña, porque eso y el hecho de que no tuviera filtro, eran una muy mala combinación. Tendría que tener una seria charla con ella acerca de lo que podía o no decir en clase.  Antes de salir de Rusia y con ayuda de uno de los amigos más leales de Igor, el viejo Johnatan GIlliard, hijo del antiguo profesor de las grandes duquesas Romanov, la pequeña familia consiguió un automóvil para trasladarse junto a los gitanos sin levantar tantas sospechas. Era un coche especial para personas con capacidades diferentes, quienes necesitaban usar sillas de ruedas, se trataba de un SMZ S3D verde. A los Romanov les era muy útil pues era compacto y cabían perfectamente los tres con las pocas pertenecías que llevaban con ellos. Igor y Nairi habían decidido que lo mejor era alejarse de los gitanos de vez en cuando, porque no querían meterlos en problemas.  A pesar de que salieron junto a la caravana de los gitanos con los que vivía su tía Nazeli y que eran muy bienvenidos con ellos, levantaban muchas sospechas para mantenerse junto a ellos por demasiado tiempo. No era muy creíble que una niña pelirroja, pecosa y de brillantes ojos verdes fuera parte de un grupo de personas de tez apiñonada, ojos oscuros y cabellos negros como la noche. Masha cargaba con la maldición de ser parecida a los Romanov, pues eso la hacia destacar entre el resto de los chicos que viajaban con la caravana, e incluso a veces, de los mismos niños rusos que vivían en la calle. No era creíble que una niñita tan bonita hubiera nacido tan pobre, aunque esa era su realidad.  A medida que crecía se apreciaban en ella las características de la familia real. Esto iba más allá del físico de Masha; quien era delgada como una varita de nardo, delicada como un cisne, con brazos largos como un pequeño mono y unos ojos inteligentes e inocentes en los que se asomaban las aventuras que estaba por vivir. Tenía escrito en el rostro años y años de historia, de una familia que era resiliente y logró enfrentar a todo y a todos para crear al mayor imperio que jamás tocó la tierra. A pesar de no conocer nada de su pasado, en su forma de ser se veía todo lo que habían vivido generaciones antes que ella. Los ancestros de Masha Igorovichna Romanova se veían en cada una de sus pecas, en las manchas de sus ojos, en su forma decidida de abordar la vida, pero contaba con la singular ventaja de que nadie que recordara a los Romanov vivía lo suficientemente cerca de ella para notarlo.  La idea de ir a Rumania resultó más complicada de lo que hubieran pensado. Incluso cuando era un país vecino a Rusia y perteneciente a la unión en otros tiempos, era prácticamente imposible pasar los controles de migración que a cada día se volvía más estricto. Discutieron mucho la ruta que podrían tomar y fue finalmente Johnatan quien les dió la idea de cruzar por los Balcanes, alejándose cada vez más de ruta original que los pondría a salvo en un barco en la costanera portuguesa con destino al horizonte Americano. ¿Qué haces cuando un viaje te cambia la vida y eres muy pequeño para entender? Masha seguía sin entender porque tenían que pasar por tantos lugares diferentes, tantas culturas y tantos idiomas diferentes. Pasaban algunas semanas en ellos, siempre manteniéndose cerca de las caravanas, sin levantar sospechas. Cruzaron Rusia en el tiempo más frío que se podía sentir, Masha dormía en el asiento trasero del automóvil envuelta en roídas cobijas que su madre y su abuela habían tejido para ella desde que era bebé. La pequeña recibió la Navidad y el año nuevo en el asiento del automóvil, sin un solo presente más que un paquete de galletas que atesoró como nada más en su corta vida. A cada día que pasaba, la niña se hacia aún más dependiente de sus padres, pues no entendía los idiomas y a la gente que se acercaba a ellos de vez en cuando, pesando que se trataba de algún circo o algún espectáculo de magia. Viajaron por Estonia, Latvia y Lituania sin parar, hasta llegar a Bielorrusia, donde se separaron de los gitanos para poder seguir con su travesía, quedando de encontrarse con Nazeli y su familia en Bucarest donde unos amigos del profesor Gilliard podía conseguirles un empleo pues ya se habían quedado sin dinero para seguir viajando. Llegaron hasta Ucrania, donde reinaba el caos después del desastre nuclear de Chernobyl. Nairi estaba muy impresionada de ver a las personas con máscaras antigás y los hospitales llenos de aquellos que habían sido irradiados con la infame radiación de Prípiat morían a alarmantes números en Kiev, fue por ello, que se fueron de ahí lo más rápido posible. Nairi deseaba que su pequeña Masha no tuviera que enfrentarse nunca al fuego y a lo difícil que era sobrevivir a un incendio, si por ella fuera Masha nunca tendría que sufrir nada y se sentía una pésima madre por tenerla viviendo esa vida. En el retén militar del cruce con Rumania casi fueron descubiertos por lo que tuvieron que alejarse un poco más de Rusia, llegando a Hungría. Por primera vez en su vida, Masha se enamoró de una ciudad, desde que salieron de Rusia, no recordaba haber esbozado una sonrisa tan grande y sincera como la que le dió a su padre aquel día.   — ¿Qué opinas de Budapest, Mash?  — ¡Podría quedarme aquí para siempre! — exclamó la niña. La capital de Hungría, Budapest, era la ciudad más bonita que Masha había visto en su corta vida. Era la ciudad donde se sintió mas libre que nunca. A pesar de ser un país ocupado por la Unión Soviética, tenía su propio gobierno al igual que Rumania y podían moverse con sus nombres verdaderos y la libertad que esto les daba, Natalia pudo volver a correr por las calles, a trepar árboles y comer frutas confitadas y dulces en una plaza pública, subirse a los columpios y ser empujada por su padre. La pequeña estaba segura que el paraíso debía ser muy parecido a aquella ciudad. Budapest se encontraba a las orillas del río Danubio y tenía muchísimos lugares por visitar. En esta belleza de ciudad que había sido denominada por el mundo entero como "la barraca feliz" de la unión se repararon todos los daños de la segunda guerra mundial y ahora todo rebosaba perfección y alegría. Fue en esta ciudad donde por primera vez, Masha IgorovichnaRomanova descubrió las alegrías de la infancia como tener más juguetes de lo que necesitaba, comer dulces con el dinero que le sobraba a sus padres de sus múltiples trabajos eventuales, dormir hasta tarde en un domingo, ir al teatro o al cine y jugar en el parque con otros niños que, aunque no hablaban su idioma, eran tan niños como ella. Aprendió húngaro con avidez, porque le encantan leer cuentos y escuchar lo que decían los titiriteros, además de que vió por primera vez un espectáculo de ballet y se enamoró del arte profundamente. Desgraciadamente, lo bueno dura muy poco tiempo, sobre todo si tienes a la KGB persiguiéndote. En Rusia se corrió un rumor que decía que IgorAlexandrevich Romanov no se encontraba en Canadá. Los servicios de inteligencia de la KGB se habían entrevistado de incógnito con todos los familiares vivos que tenía del otro lado del Atlántico. Se había desplegado una red de espías que buscaban al joven en los países de la región de Europa oriental por lo que Igortuvo que teñir su cabello de n***o, para disgusto de su esposa e hija y tuvieron que salir de Budapest cuando se encontraron frente a frente con un soldado soviético, que estuvo siguiéndolos durante varias semanas. Masha se fue llorando y pataleando de la ciudad y mientras veía sus luces desaparecer a lo lejos, se prometió a si misma que, cuando fuera grande, volvería a la ciudad que la hizo tan feliz, y volvería con alguien a quien amara mucho y que la dejara quedarse allí para siempre. Aunque esa niña decía que estaba muy grande para los cuentos de hadas, no dejaba de soñar con un final feliz.  — ¿Cuánto tiempo estaremos aquí? — preguntó Masha después de un largo silencio mientras recorrían Bucarest.  Había estado inspeccionando la ciudad pero, después de concluir que no era como Volgogrado o como su amada Budapest, decidió que no le gustaba para nada.  — Nos quedaremos aquí por ahora, Mash — dijo su mamá sin girarse a mirarla, estaba cansada de la actitud de su hija, pero no sabía como hacerle entender el peligro en el que se encontraban.  Buscaban un conjunto habitacional donde se podrían quedar. Los rumores de que la unión caería eran cada vez más fuerte y ellos esperaban poder viajar a Polonia o incluso hasta a Roma antes de que comenzara la primavera. Con un poco de suerte podrían recibir la noticia de la libertad de Rusia como personas libres.  — ¿De verdad? — a pesar de que no le agradaba la ciudad del todo, Masha abrió mucho los ojos sorprendida. Llevaba mucho tiempo sin estar más de unas pocas semanas y la idea la emocionada. — Papá dijo que podía ir a la escuela aquí, ¿es cierto? — preguntó escéptica. — Así es, Masha— dijo Igor sonriéndole mientras estacionaban el coche en la dirección que le había dado Nazeli.  A pesar de que su hija había aprendido algunas cosas básicas como leer y escribir, la idea de la escuela seguía siendo algo que la apasionaba. Ayudándola a bajar del automóvil la tomó de la mano mientras caminaban a los apartamentos. Masha observaba todo en silencio, calculadora, pensando rápidamente si ese lugar era seguro o no. Era muy triste esa vida donde tenía que buscar primero seguridad que comodidad, la vida de adultos que nunca se merecía un niño. Era un conjunto de apartamentos cuadrados, de color ocre y bermellón, como se ponían los ladrillos viejos al ser enfrentados a los climas intempestivos de toda una vida. Todas las ventanas se encontraban abiertas y en algunas de ellas colgaban prendar de ropa que se secaban al sol. Al entrar no había más que una lámpara de queroseno alumbrando el pasillo, dandole un aspecto más tétrico de lo que ya tenía. Inconscientemente, Masha se aferró aún más a la mano de su padre, todos sus sentidos le decían que le pidiera a su padre que la tomara en sus brazos y no la dejara ir, pero se recordó que ya era una niña grande que no necesitaba que la cargaran. Sus padres trataban de no tomarla mucho en brazos porque tenían que enseñarle que debía correr y dejarlos a ellos si era necesario. Subieron una escalera recta y oscura, hecha de hierro n***o que estaba oxidado por el uso. Rechinaba a cada paso que daban y eso a la niña no le daba confianza. Después de subir cinco pisos, entraron al departamento 512. Era un apartamento pequeño, con dos ambientes. En el medio tenía una pequeña sala de estar y un comedor con 8 sillas de diferentes formas, tamaños y colores. Había dos habitaciones a cada lado, un baño y una cocina pequeña. — ¿Viviremos aquí? ¿Nosotros solos? — a pesar de que el edificio le parecía oscuro y tenebroso, la idea de no tener que compartir una habitación encantaba a Irina. — No pequeñita. Viviremos aquí con tu tía y su familia — dijo su madre mientras la conducía a la habitación que ellos ocupaban. Masha hizo un mohín mientras caminaba abrazando un pequeño conejo color de rosa, levemente raído que le había regalado su abuelo cuando nació. No quería compartir el departamento, quería tener un hogar donde pudiera correr, jugar y gritar con en un espacio propio, no entendía porque era siempre obligada compartir. Natalia quería un palacio como los que le contaba su papá en las noches, la chiquitita quería vivir en el Kremlin y poder hacer de la Plaza Roja su patio de juegos, pero eso cada día era más imposible. Bajaron sus pertenencias y comenzaron a organizar su habitación en silencio. Su padre tarareaba una vieja canción rusa para calmar sus nervios. Era la primera vez que la familia tendría una vida normal, con trabajos y educación comunes. Era la primera vez que no serían fugitivos de su propia tierra. En Budapest habían seguido viviendo en el automóvil y con algunas personas de la resistencia, así que este nuevo ambiente cotidiano era algo completamente nuevo para ellos. Igorsabía que debería emocionarse, pero la idea lo asustaba porque, al igual que Natalia, era un soñador que aspiraba a tener una vida mejor, la vida de un zar. Los días pasaron y poco a poco se fueron acoplando a vivir en Rumania. Aprovechando que la lengua oficial era el ruso, consiguieron pasaportes y identificaciones con nombres falsos, así la familia Romanov se convirtió en la familia Ionescu con lo que Igorconsiguió trabajo como traductor en la embajada Soviética donde podía enterarse de todo lo que ocurría en la Unión, mientras que Tatyana trabajaba como institutriz particular, dando clases para los pocos niños de clase alta que eran hijos de la clase política asociada al régimen. Con esa estrategia la pareja podía seguir devolviéndole a la resistencia todo lo que le había dado; juntar dinero para irse y darle a Masha la mejor vida posible. La escuela fue para Masha, lo único bueno que le trajo Rumania. A pesar de no ser el edificio más bonito del mundo, para ella lo era todo, desde el primer día que lo vió no quiso salir de allí. Un edificio color terracota, hecho de piedra y ladrillos, se coronaba en el centro de la ciudad con una pequeña puerta verde. Un enorme patio, sin juegos y con piso de tierra se rodeaba con una malla de metal. Esta era una escuela solo para niñas. El primer día de clases, Masha estaba muy nerviosa. Se encontraba vestida con un sencillo vestido gris y medias blancas, largas, el delantal verde del uniforme reglamentario lucía pulcramente sobre ella. Su cabello fue recogido por su madre en dos graciosas coletas, con grandes moños verdes en cada una. Caminó de la mano de sus padres, quienes besaron sus mejillas antes de verla cruzar la puerta. Preocupados y nerviosos, dejaron a Masha enfrentarse por primera vez a la vida social sin ellos. Masha caminó con paso firme y decidido a confrontarse con la difícil tarea de ser una niña normal. En las clases todo transcurrió de manera normal, Masha charlaba con sus compañeras con una sonrisa nerviosa pues le costaba responder por el apellido falso que le habían dado, pero pronto comenzó a sentirse cada vez mas cómoda con la mentira. En los meses de escape Masha  había adaptado las mentiras a su vida y pronto sabría que dependería de ellas para seguir adelante. En sus asignaturas destacaba en todas, debido a la educación y estipulación oportuna que había recibido por su madre, era una niña muy inteligente y despierta y su gran curiosidad la impulsaba a hacerse y contestar todas las preguntas de la profesora. Masha sabía muy bien que había preguntas que no debía hacer a nadie más que a sus padres, pues podían delatar su verdadera identidad y, aunque Rumania era independiente, no era un secreto que el presidente de aquel país aún obedecía a pies juntitas a los rusos, así que la pequeña guardaba muchas de las preguntas para cuando su padre llegaba a casa, agotado, del trabajo.  — Papá… ¿puedo preguntarte algo? — dijo acercándose a él en el sofá, después de haberle ayudado a quitarse las botas.  — Tu siempre tienes preguntas, Masha, una más no creo que haga daño — rió Igor. — ¿Para qué sirve el Kremlin? — soltó la niña sin pensar.  Igorse irguió viendo a su hija a los ojos.  — ¿Qué sabes tú del Kremlin?  — En la escuela dicen que es el monumento del comunismo y de Rusia, ¿qué es el comunismo?  — ¿No que era solo una pregunta? — Pero no me diste una respuesta — musitó Masha, haciendo un puchero.  — El Kremlin es es un conjunto de edificios civiles y religiosos situado en el centro de Moscú. Es un enorme jardín con palacios y edificios viejos y la casa del presidente — resumió el padre.  – ¿Y el comunismo? Masha tomó a su hija en brazos y comenzó a hacerle cosquillas. Pronto la niña reía sin control, pataleando por querer soltarse y olvidando la pregunta que le había hecho a su padre.  — Las niñas rumanas no son tan preguntonas. — Pero es porque las niñas rumanas son tontas y yo no quiero ser tonta. Además, soy rusa — dijo entre carcajadas.  Después de varios minutos de risas, ambos se sentaron en el sillón tratando de recobrar el aliento.  — ¿Se puede bailar en el Kremlin? — la inocente pregunta hizo que Igorsoltara una carcajada.  — Supongo que sí, Mash, ¿por qué?  — Pensé que sería bonito, cuando regresemos a Rusia, ir a bailar en el Kremlin y ver sus palacios y sus iglesias. Nunca hemos ido a una iglesia o a un palacio… Igor Alexandrevich Romanov cerró los ojos, inundado de repente por todas las preguntas de su pequeña hija. Masha era demasiado inocente para entender que lo más probable era que nunca volvieran a pisar la tierra que los vio nacer, pero sus padres no tenían el corazón de decirle la verdad. Mientras la pequeña parloteaba con su padre acerca de lo aprendido en la escuela, Igorse permitió imaginar que pasaría si las cosas fueran diferentes, si los zares no hubieran sido brutalmente asesinados y él tuviera el poder en su país. Seguramente sería el zar y gobernaría buscando lo mejor para su país, con Nairi de su lado e Masha bailando  en el Kremlin como tanto deseaba. Ese sueño era imposible, porque a los tres los fusilarían en cuanto pusieran un pie en la Plaza Roja. Igor, sin embargo, recordaba haber pasado en una ocasión por aquel lugar con su madre y quedarse impresionado por la belleza de aquel lugar, con sus grandes cúpulas y sus colores rojos vibrando por todo lo alto. El Kremlin era el símbolo de todas las Rusias, incluida a aquella donde todavía pertenecían los Romanov. Pronto Masha comenzó a ser cada vez más independiente de sus padres y ellos comenzaron a sentirse más seguros dejándola recorrer sola ciertos caminos de la ciudad. A la salida de clases, Masha debía caminar unas cuantas cuadras hasta la casa donde Nairi trabajaba. Desde el día que le dieron permiso de hacer eso, Masha se aseguraba de salir de la escuela en cuanto sonaba la campana, para tener más tiempo de recorrer la ciudad pues Masha era una niña muy observadora que deseaba conocer todo cuando había a su alrededor. A veces, cuando la escuela tenía juntas o salía más temprano, podía alcanzar a su primo Boris en el camino de la escuela de los muchachos para llegar hasta el trabajo de su padre y llevarle de comer. A Masha no le gustaba para nada la embajada en la que trabajaba Pavel, pero se acostumbró a eso por ver la sonrisa cansada de su padre recibirla con un sonoro beso cuando era ella quien llevaba el paquete de comida. También solía hacer pequeños mandados a su madre, que siempre le eran recompensados con piroshkis o alguna otra delicia rusa que habían adaptado con los ingredientes que tenían en Rumania. Una tarde, iba sonriendo pues había disfrutado las clases como ninguna otra actividad en la vida, habían construido títeres e inventado historias para ellos, así que Masha se imaginó una vida para si misma, donde bailaba en los palacios del Kremlin y todos le aplaudían. A la niña le gustaba ser el centro de atención, no era una persona para vivir en las sombras. Salió de la escuela a la hora del almuerzo, iba contenta y observando todo a su alrededor, con emoción, cuando una música captó su atención. En una sala abierta se veía a unas delicadas mujeres bailando ballet, con sus elegantes cuerpos sostenidos solo por las puntas de sus pies, envueltas en telas y vendajes.Masha se detuvo a para poder seguir viendo aquel espectáculo con más detalle, extasiada. La niña jamás había visto algo como eso, porque las bailarinas de Budapest eran todavía más torpes y no poseían el encanto de esas mujeres. Parecía que todas aquellas chicas estilizadas, volaban en vez de danzar, fundiéndose con la música que salía de un viejo fonógrafo. Envueltas en tul rosa , giraban y giraban en puntas al ritmo de una música que a veces se apresuraba y a veces se volvía tan lenta que parecía un suspiro. Llevada por la música, la pequeña Masha cerró los ojos y comenzó a moverse, imaginando que era una de ellas mientras sus piecitos se estiraban en punta. Nunca antes había bailado, pero después de varios minutos de observarlas con sigilo creyó poder hacer, al menos, uno de los pasos, solo tenía que seguir a su corazón y a la música. Cerrando sus ojos, se imaginó vestida con tul y puntas, en rojo y n***o, para combinar con la Plaza Roja que sería su escenario. Cuando todo quedó en silencio, Masha se percató de que las alumnas de la clase la observaban. La niña trató de alejarse de aquel lugar pero la profesora se acercó a ella.  — Hola, pisoi /gatito/, ¿te gustaría aprender ballet? Sin atinar a decir una palabra y haciendo gala de una timidez que solo podría tener una niña que no había estado separada de sus padres, Masha asintió con la cabeza, quedándose inmóvil en su lugar. Temblaba en una mezcla de emoción y excitación ante la perspectiva de poder aceptar lo que le proponían. Masha podría estar adentro de aquel lugar y ser una de ellas. Podría pertenecer, pero no se atrevía a hablar porque sus padres le habían enseñado que no podía confiar en nadie.  — ¿Tu sabes? ¿Girar? ¿Y ponerte en puntas? ¡No hay mejor sensación que mantenerte en puntas! — ante cada exclamación de la profesora, Masha asentía con la cabeza, cada vez más emocionada. — Me preguntó, me preguntó ¿Cuál será el nombre de la niña a la que le gusta volar con sus pies en el suelo?— las alumnas la rodeaban con emoción. Haciendo alarde de valor, la niña levantó el cuello elegantemente antes de hablar. Ese sería uno de los momentos que sellarían el destino de la pequeña Masha Igorovichna Romanova, pero ella ni siquiera tenía consciencia de eso. Cuando habló por fin, no se notaba ni un dejo de su acento ruso.   — Mi nombre es Masha Romanova.
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