Bucarest, Rumania. 1991.
La pequeña Masha volvió a casa y se comportó como si no hubiera hecho mayor cosa que estar sentada frente al televisor todo el día. Había puesto Blancanieves, película americana que repetían una y otra vez porque estaba aprobada dentro del programa de educación del gobierno comunista rumano, y aunque a la pequeña pelirroja no le gustaba la idea de que fuera un hombre el que la salvara de todos sus problemas, le había agarrado cariño a los simpáticos enanitos después de verla tantas veces. Masha creía que sus aventuras eran mucho mejores que las películas que veía en la televisión, pero a veces debía comportarse como una niña normal.
— ¿Todo bien por aquí, Masha? — preguntó su madre en cuanto llegó, dejando su abrigo acomodado en el perchero.
Tenía algunos meses que Nairi sospechaba que su pequeña hija hacía cosas por las tardes, fuera de lo permitido por ella y por Igor, pero no quería decirle a su esposo hasta estar segura. Desde el último domingo del mercado, la relación entre Masha e Igor estaba llena de fricciones y de malas contestaciones, porque la niña esperaba que su padre le explicara que era lo que estaba pasando alrededor de ellos y Igorestaba seguro de que lo mejor era mantener a su hija alejada de todas las cuestiones políticas para que tuviera una infancia tranquila así que no le decía nada, pero la niña estaba cansada de esa situación y empezaba a aumentar la rebeldía contra sus padres. Nairi estaba tratando de arreglarlo por si misma, así que salía lo más temprano posible del trabajo para atrapar a Irina, pero no parecía conseguirlo. Su hija creía que era una experta mintiendo, pero nadie puede mentirle tan bien a su madre y Nairi sabía muy bien cuándo su pequeña no estaba siendo completamente honesta.
— Todo ha estado muy bien, mami. Otra vez están pasando Blancanieves — dijo Masha haciendo un mohín.
Nairi rió a carcajadas, sintiendo como el estrés se iba de su cuerpo. Al menos sabía que Masha había estado segura, fuera donde fuese que estuviera esa tarde.
— Titinik, algún día debes aprender a disfrutar las cosas como todos los niños.
Masha negó con la cabeza.
— No me gustan las cosas que le gustan a los demás.
— Lo sé, lo sé. A ti solo te gusta el ballet y los cuentos que involucren palacios rojos — dijo la madre.
— Y la historia, mami. Eso también me gusta.
— ¿La historia? — esa era definitivamente una novedad para Tatyana — ¿Desde cuando te gusta la historia?
— Bueno, no toda la historia. Solo la que no conozco, como la de Rusia.
— ¿Y la de Armenia? — dijo la madre, pretendiendo estar ofendida.
— Nunca me has dicho nada de Armenia — Masha se inclinó de hombros, como si aquello fuera lo más normal del mundo, pero la confesión hizo a Nairi detenerse en seco a observar a su hija.
En los dos años desde que huyeron de Rusia, Masha IgorovichnaRomanova había perdido los últimos rasgos de bebé que pasaban por su rostro. El pelirrojo cabello había crecido largo y ondulado en las puntas, enmarcando sus enormes ojos verdes y su nariz llena de pecas. El cuerpo de Masha se había vuelto atlético por el ballet, pero conservaba los miembros largos de todo niño, haciendo a Nairi preguntarse donde había quedado su pequeña bebé, la que protegía de las miradas chismosas en Volgogrado, Nairi tenía la dolorosa sensación de que no vería a Masha crecer, y trataba de absorber cada oportunidad que tenía de observar a su hija y de notar lo que había en ella de la familias que traía atrás y que nunca conocería. Mientras Nairi pensaba en esto observó como Masha se removía incómoda en el sofá, parecía que estaba escondiendo algo, cosa que puso a la madre en alerta.
— ¿Qué hiciste hoy Masha? — preguntó con suspicacia.
— Ver el televisor — dijo Masha con una media sonrisa.
— ¿Qué es lo que escondes, entonces?
— ¿Esconder?
— No me mientas, Masha Romanova.
Antes de que la niña pudiera contestar, su tía y sus primos entraron a la casa. Nairi desaprobaba los métodos de criala de su hermana, que eran bastante violentos, así que decidió dejar el tema de la mentira por la paz con su hija. Después averiguaría que era lo que estaba escondiendo Irina.
— ¡A la habitación, Masha! — anunció la madre — ¡Has visto demasiada televisión!
— No tengo otra cosa que hacer — refunfuñó la niña.
— No deberías dejar que te conteste de esa manera — interrumpió Nazeli — Unos cuantos golpes serían suficientes para que te respetara.
— Y yo respeto mucho a mi hija como para golpearla — dijo Nairi firmemente.
Cuando la joven madre volteó a ver, al no escuchar contestación de su hija, la niña había desaparecido tras la puerta. Masha había corrido a su habitación, llevando el libro escondido debajo de su vestido.
— Estará más a salvo aquí — susurró Masha escondiendo el libro robado en el abrigo que usaba cotidianamente, sabía que en ese lugar sus padres no lo encontrarían, sobre todo ahora que ella se encargaba de lavar su ropa.
Pronto, aquel libro viejo se convirtió en el mejor compañero de Masha. La niña amaba leer y la historia de la conquista de Rusia le parecía el más bonito de los cuentos. Estaba cada vez más segura que ella y su padre pertenecían a esa familia. Quería saberlo todo de ellos, pero no podía hacer preguntas. Solía vagar por la ciudad en las tardes con Gleb buscando información de la familia de su padre. De los gemelos, hijos de su tía, Gleb era su mejor amigo. Dos años mayor que ella, era un muchacho robusto pero enfermizo, pelirrojo igual que su prima pero con vibrantes ojos castaños. Solía ser la mente maestra de muchas travesuras, pues su talla le impedía correr y esconderse con la misma facilidad que su hermano y su prima. Leía mucho, pues pasaba el tiempo sentando ayudándole a su padre con el puesto que tenían en el mercado ya que no iba a la escuela. Sus padres lo trataban como a un pequeño genio, cosa que solo ayudaba a aumentar su ego.
Una tarde en que no había ido al mercado, encontró a Masha tratando de salir a escondidas del apartamento que compartían ambas familias.
— веснушки /pecas/ ¿a dónde vas? — dijo el chico sin levantar la vista del televisor.
— ¡No me llames así, Glebster! — dijo la pequeña irritada por el apodo y por haber sido descubierta — ¿Qué no deberías estar en el mercado ? — contraatacó.
— He tenido ataques de asma toda la noche — Gleb se encogió de hombros — Y mis padres han decidido dejarme en paz por algunos días — rió — Pero tú no me has respondido, ¿qué escapada tendrás hoy, Mash?
Masha tomó aire, meditando si debía compartir con Gleb lo que iba a hacer en aquella tarde tranquila.
— ¿Y Vladimir? — preguntó para cambiar el tema.
— Mi hermano ha ido al mercado de los gitanos, uno de los ancianos quiere enseñarle las artes — Gleb hizo un mohín.
— ¿Las artes? — Masha ladeó la cabeza confundida.
— Le quiere enseñar a robar.
Masha soltó a reír a carcajadas, sosteniéndose el estómago con fuerza. Vladimir era el mejor de ellos tres, el más tranquilo y el más centrado, el chico jamás robaría. Ni siquiera era capaz de tomar una servilleta extra para la mesa sin decirle a su madre.
— ¿Desde cuándo cree que Vlad es capaz de eso?
— Desde que creen que yo no soy capaz.
— Es una tontería.
— Al final veremos quién es mejor gitano — dijo el niño encogiéndose de hombros.
— Tu eres el mejor de todos, Glebster — dijo Masha con tristeza.
— Dime a donde irás — el niño aprovechó lo que estaba pasando para darle por su lado. Gleb sabía muy bien como usar sus debilidades para aprovecharse de las demás personas, tanto él como Masha eran pequeños pícaros.
— Voy a ir a buscar el huevo de Fabergé a donde estaba antes el mercado — su primo alzó la ceja con un gesto de picardía, hacer eso era algo con lo que los dos se comunicaban cuando planeaban algo. — ¿Quieres venir conmigo? — sabía que Gleb no diría nada, pero por alguna razón no quería ir sola.
El chico, emocionado, se levantó con dificultad del sillón y le extendió la mano para ir juntos. Masha tomó su mochila escolar para esconder el huevo cuando lo encontrarán y salieron de la casa, riendo y charlando como si fuera cualquier día normal. Gleb e Masha sabían muy bien que no les dirían nada si salían juntos, pues podrían convencer a cualquiera de las ancianas que vivían en el edificio de dejarlos entrar y darles galletas, para pretender que habían pasado toda la tarde en aquel lugar.
Masha vestía un jumper azul con un suéter color grisáceo y unas mallas rosas, mientras que Gleb iba con un pantalón color vino y una chamarra azul. Los chicos trataban de pasar desapercibidos pero era imposible, pues los cabellos color rojo de Masha y los ojos aceitunados de Gleb los delataban como extranjeros. Caminaron tomados de la mano por la ciudad, podrían pasar por hermanos. Nadie reparaba en dos chiquillos solos por la ciudad, pues esto era algo muy común. En la Unión Soviética y en Rumania se predicaba la seguridad y el trabajo, entonces los chicos solían andar solos por las calles y nadie se atrevía a hacerles daño, pues los castigos a quien lastimara a un niño eran implacables, claro, excepto si era la KGB quien lo hacía.Corrían rumores de que había niñas desapareciendo en varios países, al principio eran niñas huérfanas o que vivían en las calles, pero después fueron comenzando a desaparecer hijas de hombres poderosos, niñas con alguna cualidad destacable o de aquellos que se oponían abiertamente al régimen soviético, todo el mundo tenía miedo de que su hija pudiera ser la siguiente. Desde que se destapó el asesino serial ruso, Andrei Chikatilo, el pánico comenzó a apoderarse de todas las familias soviéticas. Con la caída de la Unión Soviética, y el comienzo de la liberación de las comunicaciones, los padres estaban expuestos a los muchos horrores que ocurrían alrededor del mundo, preocupándose todavía más por sus niños que eran mucho más ingenuos e inocentes que el resto. Las medidas que Igory Nairi habían tomado para proteger a Masha eran aún mayores pero la niña había aprendido como saltarselas. Masha había nacido para saltarse las reglas.
Gleb e Masha caminaron por largas distancias hasta llegar al centro de la ciudad de Bucarest, donde se localizaba el mercado. La familia vivía en las afueras de la ciudad y los dos pequeños no tenían dinero suficiente para tomar el tranvía, hacia que tenían que recorrer el camino a pie. Estaban cansados, pero contentos, porque habían conseguido que les regalaran algunos dulces y habían quedado de jugar con los amiguitos de la calle vecina a la que vivían. En el mercado se sentaron por unos minutos a descansar, para después comenzar a buscar. Todo el lugar estaba lleno de gente y les fue muy fácil perderse entre la multitud. Después de dar un recorrido a la plazuela para asegurarse de que los padres de Gleb no se encontraban en el lugar se separaron para buscar el famoso huevo. Masha estaba segura que podía encontrarlo mientras su primo tenia dudas, con la pobreza y el hambre que reinaba en la ciudad era fácil que alguien se lo hubiera robado. Después de buscar varias horas por todos los rincones del mercado, se dieron por vencidos.
— Nunca va a aparecer, веснушки /pecas/, resígnate — dijo Gleb mientras se sentaban, agitado, a la sombra de un árbol.
Masha estaba tan triste, que no tuvo ánimos para decirle a su primo que odiaba ese apodo. Sin el huevo de Fabregé, Masha sentía que no tenía nada que la uniera a su pasado y no podía enfrentarse a su padre para que le diera todas las respuestas que quería. Ese era el nuevo plan de la pequeña, pues planeaba llegar con el libro y el huevo y preguntarle si esa era la razón por la que no los querían de vuelta en Rusia. Masha sabía que estaba jugando con fuego y contra reloj, pues unas noches atrás había escuchado a su madre y a su tía hablar de la salud de la abuela Seda, y decían que era precaria. Masha no entendía esa palabra, pero después habían mencionado una que si entendía muy bien y la alteró Su tía y su madre hablaban de la muerte como si fuera algo cercano a ellos e Masha no podía permitirlo, ella encontraría ese huevo y lo vendería a quien fuera necesario para salvar a su abuela.
— Haré una última búsqueda y si no, nos iremos a casa, ¿de acuerdo? — mencionó la pelirroja a su primo quién empezaba a dormitar en el lugar — Ya pronto va a oscurecer y si no nos vamos, nos moleran a golpes.
Masha iba con la vista al piso, revisando cada rincón del lugar, pues aún tenía esperanza de encontrar su regalo. En ese momento, su rostro se iluminó porque medio enterrado en un lodazal, producto de la lluvia que había caído días antes, estaba el huevo de Fabergé. La niña se arrodilló apresuradamente, sin importarle que iba a ensuciar su nuevas medias de lodo, para recoger el huevo. Lo tomó entre sus manos delicadamente, como el tesoro que era para ella y lo escondió en su mochila. Se disponía a encontrar a Gleb entre los árboles cuando una mano se posó en su hombro, sobresaltándola.
— ¿Qué traes en la mochila, pequeña? — una mujer morena, de ojos castaños, la miraba con una sonrisa cínica.
— Nada, nada, nada — dijo Masha apretando su mochila entre sus bracitos.
— Si era cierto objeto de los zares que estaba en el fango, puedes estar tranquila, no voy a quitártelo — mencionó la mujer casualmente, haciendo que Masha abriese los ojos como plato — De hecho, yo lo dejé allí — dijo.
—¿Por qué? — la niña no pudo contener su curiosidad, después de todo, no tenía más de 7 años y a pesar de las recomendaciones de sus padres, no entendía bien quién era un enemigo y quién no.
— Porque quería que lo encontraras — dijo simplemente — Después de todo, es tuyo — le sonrió a la chiquilla que ahora la miraba con más desconfianza — Si quieres, para que veas que es cierto, puedo decirte donde esconderlo, solo tú tendrás la llave para buscarlo cada ves que quieras, ¿qué opinas? — Masha asintió con la cabeza emocionada ante la idea de tener donde esconderlo.
La mujer, al ver la reacción de la niña, se quitó un collar del cual colgaba una solitaria llave y se la entregó dandole una dirección en el centro postal de la ciudad, donde podría guardar su valioso tesoro, a lo que Masha dió las gracias emocionada.
— ¿No habrá problema si voy por él después? — la niña se talló los ojos — Es que necesito venderlo.
— Con qué venderlo, ¿eh? — Vanya Kostova quería soltar una carcajada, pero se contuvo. Le parecía una ridiculez que esa fuera la heredera de los zares, robando en un mercado y vistiendo pobremente.
— Es que mi abuela está enferma — confesó la niña.
— Creo que yo podré ayudarte con eso — dijo la mujer, ideando nuevos planes para atraer a la niña en su organización
Antes de irse a encontrar con su primo, Masha decidió preguntarle a la mujer quien era, pues sus padres le habían enseñado a no confiar en extraños, pero ella creía que si ambas se decían sus nombres ya no serían extrañas y podría ayudarle a guardar el huevo de Fabregé.
— ¿Cómo te llamas?
— Puedes decirme Camarada K, Masha — dijo la mujer, cuando se dio cuenta de que había dicho el nombre de la niña, rompiendo un poco su coartada, se alejó perdiéndose entre la multitud.
Un escalofrío recorrió a Masha cuando recordó que jamás le había dicho su nombre a aquella mujer. Corrió hacia dónde estaba su primo y se abrazó fuertemente a él, sin saber explicarle lo que sentía. Sin embargo, Masha aún tenía la llave y decidió esconder el huevo de Fabergé en ese lugar, después de todo, no volvería a ver a esa mujer en toda su vida, ¿o si?. Fue con Gleb entre juego y risas al correo postal, dejando el huevo en donde podía esconderlo y de allí se fueron a casa, llegando minutos antes que sus padres. Masha iba ocasionalmente a ver si el tesoro seguía en su lugar, pero con el tiempo fue olvidando la experiencia con Camarada K. La noticia de que la anciana Seda Tutkalyan estaba mejorando hizo que Natalia olvidara la idea de vender el huevo de Fabergé, pero no la de enfrentar a su padre, aunque nunca se atrevía a hacerlo porque Igorhablaba cada vez con más seguridad de regresar a vivir a Rusia, con toda la familia, para la emoción y la alegría de la niña.
Pronto llegó Diciembre y, aunque la religión continuaba prohibida en la mayor parte de las naciones pertenecientes a la Unión Soviética, en Rumania comenzaban a expandirse las tradiciones venidas de Estados Unidos, además de que las religiones, sobre todo la católica ortodoxa, practicada desde hacía milenios en esas tierras, empezaron a florecer nuevamente. Las viejas iglesias olvidadas se llenaban de personas que comenzaban a ejercer su fe cada vez más libremente. Igor estaba muy feliz porque podía enseñarle a su hija todo lo que él había aprendido en secreto. Cuando Masha nació, Igory Nairi tuvieron una seria discusión acerca de como querían educar a su hija en cuanto a creencias religiosas. En Armenia se practicaban las religiones desde hacia mucho tiempo, siendo incluso el primer país de Europa en tener el cristianismo como una religión oficial, así que Nairi estaba familiarizada con ellas pero nunca las practicaron debido a la guerra. Por eso, y por la prohibición de la expresión religiosa en la Unión Soviética, la pareja decidió que su hija no practicaría una religión hasta que ella lo decidiera, pero esa navidad decidieron hacer algo especial y diferente.
— Mi madre siempre quiso ir a una iglesia — dijo Igor— Pero ni ella ni mi padre tuvieron nunca la oportunidad.
— Quizá sea la hora en que vayamos a una — concedió Nairi dedicándole una media sonrisa a su esposo.
— ¿A dónde iremos? — Masha interrumpió la conversación de sus padres, pues ese día habían ido a recogerla de la escuela.
— A una iglesia, Mash.
— Pensé que eso estaba prohibido — se escandalizó la niña.
— Nunca está prohibido expresar lo que uno piensa y defender en lo que uno cree — sentenció el padre — Aunque los gobiernos no piensen eso.
— No me gustan los gobiernos — dijo Natalia cruzando de brazos.
Sus padres la miraron divertidos, pero Igor habló dándole a su hija un consejo que le serviría toda la vida, aunque en ese momento no se dieron cuenta de eso.
— Nunca confies en un gobierno, Masha.
Con el invierno corrió el rumor de que los Romanov no se encontraban en Canadá y que la recompensa por encontrarlos y entregarlos vivos a la KGB era de más de un millón de rublos. Igory Nairi debían ser aún más precavidos porque parecía que el gobierno ruso los acechaba cada vez más por lo que decidieron mudarse a la ciudad de Bräila, cosa que a Masha no le gustó en lo absoluto. No solo tenía que mudarse, otra vez, y dejar su escuela. Ahora también dejaría a Gleb y su nombre, su padre le había dicho que tenían que irse no solo con otros apellidos, pero con otros nombres. Un nombre es lo que nos da identidad, y a los siete años, Natalia sentía que la estaba perdiendo. Tomaron sus cosas y se fueron una noche en el viejo automóvil que aún tenían. A partir de ahora se llamaría Nadia, le dijeron y la niña aceptó después de un berrinche enorme. Otra vez tendría que dejar todas las cosas que amaba para huir de un lugar sin saber que había hecho de malo, incluso llegó a pensar que todo eso se debía a que había robado el libro en la biblioteca pero no so se atrevió a confesar. Pasó llorando ese día y parte de la tarde. Poco a poco se fue resignando y olvidando, pues las celebraciones decembrinas llenaban el pequeño pueblo y la pequeña observaba todo por primera vez, admirada de los luces y los colores, pero sobre todo de la alegría que llenaba a todos a su alrededor. Masha quería experimentar todo alrededor de la Navidad y sus padres decidieron concederle ese deseo.
El día de la Navidad, la pequeña familia se dirigió a la iglesia. Masha caminaba en medio de sus padres, tomada de las manos de ellos. Iba vestida con un lindo vestido azul claro asimétrico, su cabello revuelto pues su madre había intentado amarrarlo pero la niña no se dejaba, consiguiendo solo un pequeño moño. Completaban el conjunto un pañuelo amarillo amarrado al cuello y sus pecas que lucían más que nunca por tanto tiempo que había pasado jugando al aire libre con los nuevos amigos que había hecho. Se sentía completamente feliz, mientras a su alrededor se escuchaban los villancicos navideños y la contagiosa alegría del pueblo. Llegaron a la iglesia y cuando se disponían a entrar, una mujer señaló a Nairi y pronto un grupo de gente los rodeó. A pesar de que Masha entendía el idioma del país, no entendía porque decían que su madre era impura y no podría entrar con ellos a la iglesia. Se suponía que para entrar a la iglesia debías ser una persona buena, ¿no? Y su mamá era la mejor del mundo. Igorsoltó la mano de su hija para tomar las manos de Nairi, la pareja no contaba con todos los prejuicios que existían y estaban arraigados en las mentes de los Rumanos que no parecían avanzar al mismo ritmo que lo hacía la sociedad.
— Vámonos — imploró el hombre a su esposa.
Sabía que esto podía pasar en algún momento, pero confiaba en que el origen de Nairi podía pasar desapercibido. Su esposa solía reírse de eso, diciéndole que él nunca iba a ser de la realeza como para que alguien se molestara porque el último Romanov estaba casado con una sencilla chica armenia, pero Igorla callaba con un beso prometiéndole que ella había nacido para ser una zarina sin importar del país en el que proviniera.
— No — dijo Nairi rotundamente — Esto es algo que tú has deseado hacer desde que eras niño y no es justo que por mi culpa vayas a perdértelo. Quédense con Masha y disfruten la celebración. Yo los veré en la noche para cenar, ¿de acuerdo? — la mujer le dió a Igorun rápido beso en los labios para después besar la frente de su pequeña hija y perderse entre la multitud.
Pronto la multitud se fue dispersando, pues no había nada que ver una vez que la gitana se fue y que el resto de las personas se volvieron a ocupar de sus asuntos. Todo volvía a ser color y alegría en la iglesia, donde la gente pretendía ser buena y no haber echado a una mujer que no debía nada quince minutos antes. Los dos Romanov se quedaron solos como corderillos en medio de toda esa gente desconocida. Masha por primera vez en su vida comprendí el peso de estar sin su madre y no le gustó para nada. Se aferró al pantalón de su padre, pidiendo con los ojos ser alzada en brazos, cosa que Igorcumplió y entraron juntos a la iglesia. Escucharon el servicio en silencio, conscientes de las miradas y los murmullos a su alrededor. A pesar de todo, Masha sentía algo especial estando allí, compartiendo todos esos momentos con su padre. Masha quería mucho a su padre y quería romper la brecha que se había formado entre ellos, no sabía rezar pero se prometió a si misma que sería buena y obediente y trabajaría mucho para que su padre estuviera orgulloso de ella. La niña solo quería ser feliz con sus padres, así que se aseguró de prometer todo lo que podía prometer frente al altar para que los dejaran ser felices y estar juntos en un mismo lugar. Al terminar, salieron y Masha se dispuso a correr para ir a encontrarse con su madre, pero Igorla detuvo.
— Masha, ven conmigo...—dijo Igor, tomando la mano de su pequeña hija que había sido la persona que lo llenó de alegría — Quiero enseñarte algo.
La pequeña Masha aún estaba muy confundida por todo lo que se había suscitado en la iglesia, no entendía como su madre, quién le hubiera enseñado a rezar no pudiera entrar a ese lugar tan bonito. Caminaron hacia la parte de atrás de la iglesia donde un jardín enorme rodeaba una puerta de piedra. Igorabrió la puerta con una llave enorme, la misma que siempre llevaba atada al cinturón. Natalia sentía que algo muy importante estaba a punto de ocurrir y no se atrevía a hablar. Nerviosa, jugueteó con la pequeña llavecita que la Camarada K le había dado y que traía colgada al cuello, ahora convertida en un amuleto de la buena suerte. Entraron a la parte de atrás de la iglesia donde había otro templo, más pequeño y destruido. Pero el interior era completamente diferente: las paredes estaban recubiertas de oro y un grupo de huevos Fabegré se mostraban en el centro, igual que una serie de fotos, joyas y pinturas que mostraban a los Romanov en todo su esplendor. No era un secreto que muchos de los tesoros de la familia Romanov habían sido sacados de Rusia desde ante de la caída de la familia real. Las numerosas joyas fueron regaladas a las familias con las que las hijas o hijos que no heredarían el trono se casaban o fueron escondidas en las valijas o los enormes carruajes de la gente que se iba a vivir a otro lado. Muchos de los grandes tesoros de la familia Romanov fueron vendidos a mercaderes ambulantes y la resistencia se había encargado de recuperarlos, para usarlos o venderlos en el momento en que fuera necesario. Pocos días antes de irse de Rusia, Igorhabía recibido este secreto y la curiosidad, y la codicia, fueron haciéndose parte de su día a día. Pensaba que ese dinero y esas joyas podrían darle una salida segura para viajar a América y llevarse a Masha y Nairi de la vida tan miserable que llevaban por su culpa. Con todo ese dinero podría darles la vida de reinas que se merecían. Igornunca había pensando realmente en la extensión de ese dinero, o en lo que significaba poseerlo, hasta que lo vió frente a él. En ese derruido templo estaba escrita toda la historia de su familia, una historia que él joven no había conocido nunca y no se atrevía a mover nada de aquel lugar. La manita de su pequeña hija tirando de su ropa fue lo que lo regresó al presente.
— Papi, ¿qué es esto? — preguntó Masha, emocionada.
— Esto es el tesoro de los Romanov, tsarevna —Igorno podía ocultar su emoción mientras alzaba a su hija en brazos para que viera todas las maravillas que allí se exhibían —Pero también es nuestro pasado, Masha.