Capítulo 6

4644 Palabras
Bucarest, Rumania. 1991.  Masha no pudo perdonar a su padre la pérdida del huevo de Fabergé, y su relación se volvió un poco más distante. Era una pequeña que no entendía nada de lo que ocurría a su alrededor, y por más nadie le explicaba lo que estaba sucediendo. Un día sus padres celebraban la caída de la Unión Soviética y hacían planes en voz alta para volver a casa, pero al siguiente día había solo silencio por parte de sus padres. Cuando uno es niño, esperamos que nuestros padres nos expliquen exactamente lo que esta pasando y tenemos fe ciega en que ellos nos dicen la verdad. El universo de un niño comienza y termina donde sus padres indican, no saben que hay más cosas en la vida, pero son forzados a creer lo que dicen sus padres. Masha no dudaba en que los que sus papás hacían era lo mejor para ella, pero no entendía que era lo que estaba pasando a su alrededor. Los días pasaban y la familia Romanov tenía cada vez menos comunicación con los Tutkalyan porque la gente que controlaba el país después de la caída de la Unión no lograba ponerle un fin a las revueltas de los sindicatos, por lo que ellos no podían decir nada y rebelar que eran parte de la resistencia. Y así era todo para Masha, tratando de darle una razón a las cosas que ocurrían a su alrededor e intentando seguir averiguando todo, aunque sus preguntas eran cada vez más difíciles de responder para sus padres. ¿Por qué no regresamos a Rusia? ¿Por qué no puedo tener un perro? ¿Por qué no puedo seguir en el ballet? ¿Por qué no puedo hablar con mi babushka? ¿Por qué no pude conservar el huevo de Fabergé? ¿Por qué esa mujer dijo que era mío por derecho? ¿Por qué no podemos salir de casa al anocher? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Todas esas preguntas se volvieron cotidianas en la casa Romanov. Para ellas, Igory Nairi solo tenían respuestas vagas que no causaban más que enojo en la pequeña niña. El problema era que sus papás sabían solo un poco más que Masha porque las vías de comunicación estaban cortadas entre la Unión Soviética y los países que aún tenían un gobierno comunista, como Rumania. Los último que Nairi sabía de su familia era que su madre había contraído una enfermedad extraña, que estaba afectado su corazón y que Borís intentaba con desesperación viajar a Francia para poder tratar a su esposa y encontrar una cura. Había decidido omitir esa información para su hija, porque estaba segura que su madre mejoraría y que no tenía ningún caso el preocupar a la chiquilla por algo que no podían mejorar.  Una tarde, después de haber insistido por milésima vez que le permitieran volver a bailar y recibir la misma respuesta negativa, Masha decidió investigar por su cuenta las respuestas a las preguntas que la agobiaban. Esperó a que sus padres salieran del apartamento y se fue a la biblioteca. La Biblioteca Nacional de Rumania se encontraba en el corazón de Bucarest, y a pesar de la gran cantidad de información que era censurada, era el mejor lugar para encontrar lo que la pequeña necesitaba. Masha necesitaba saber algo, los periódicos no se vendían a los niños, así que todo lo que podía recibir de información eran las noticias de la televisión, vistas junto a su primo Gleb antes de que alguno de los adultos los descubrieran, o lo que se contaba en la calle. Tanto Masha como Gleb seguían escapándose de la escuela de tanto en tanto, pero se aseguraban siempre de no hacerlo tan seguido para no los atraparan porque la tía Nazeli sospechaba y le había dicho a su madre que tenía que tener los ojos fijos en Masha para que no se volviera una ladrona o una vagabunda y su madre lo había tomado bastante en serio, pasando todo el tiempo posible detrás de la niña, vigilándola como si de su presa se trataba. Para ir a la Biblioteca Nacional, Masha se aseguró que su tía estaba ocupada llevando a sus hijos al médico, junto con los otros niños gitanos, así que podía estar libre por Bucarest.  La pequeña Masha caminó y caminó por las calles de la ciudad que había aprendido a amar en los últimos meses. La niña encontraba Bucarest cada vez menos oscura y más hogareña. Desde que le permitieron ir a la escuela y al ballet, Masha tuvo muchas más razones para amar Bucarest que las que había tenido para amar, incluso, Volgogrado, la ciudad donde había nacido. La niña encontraba que había muchísimas cosas que hacer en la capital rumana, sobre todo en los meses en que sus padres se sintieron seguros y le permitieron ir a la escuela sola, e incluso a casa de algunas de las amiguitas que pudo hacer. Adoraba buscar rinconcitos y callejones donde esconderse y no ser vista, cosa en la que se volvió buena. Pronto, Masha era una experta en pasar desapercibida, logrando conocer cada palmo de la ciudad y haciéndola suya por completo.  En su tiempo libre, Masha paseaba en los mercados romanies y de otras culturas que aparecían de vez en cuando por la ciudad, puesto que Rumania se había convertido poco a poco en un remanso de paz para los soviéticos que iban escapando de la hambruna y la pobreza. A pesar de que se trataba de un país ocupado, tenía su democracia y sus leyes que prohibía que les hicieran daño. Irina, para sorpresa de todos, había comenzado a aprender las diferentes lenguas que se hablaban en esos países, simplemente conversando con las personas a las que conocía por las calles, con el ferviente deseo de entenderlas. Al haber crecido en la calle y con los gitanos, Masha era una niña muy confiada que podía conversar con cualquier persona que se le acercara con una sonrisa y un dulce. Igorno aprobaba esa conducta, pero no podía hacer nada para cambiarla por más que lo intentaba porque Masha solía ponerse muy triste cuando sus padres no le permitían hablar con la gente. La pequeña pelirroja se alisaba más y más en su propio mundo, dejando incluso de hablar por bastantes días. En los meses más estresantes, ese se había vuelto el mayor signo de rebeldía de Irina, dejar de hablar, y mantenerse viendo fijamente al horizonte, sin soltar una sola lágrima o grito, perturbando sobremanera a sus padres.  Todas las personas alrededor de la pequeña Masha se mostraban sumamente sorprendidas por su capacidad de aprender lenguas extranjeras. Desde que inició la escuela, la hija de los Romanov destacó por su brillante pensamiento lógico y su capacidad de deducir las cosas y encontrar resultados a los problemas. Pero, más que eso, Masha tenía la capacidad de encantar a todos. Era una niña naturalmente parlanchina y sin filtro, quién no tenía problemas en decir lo que pensaba, pero lo decía tan tiernamente que las personas a su alrededor ni siquiera podían sentirse ofendidas por lo que la niña podría decir. Coqueta como ninguna otra, podía conseguir lo que quería con batir las pestañas y una sonrisa. No había persona que no tuviera una buena impresión de la chiquilla, aunque todos, especialmente sus profesores, decían que era todo menos dócil, cuando le convenía, porque la niña sabía muy bien como actuar cuando quería conseguir algo de los demás. Era una niña muy bien portada e inocente, pero tenía un temperamento testarudo y difícil de controlar. Masha, al igual que su padre y su madre cuando eran niños, tenía un espíritu indomable. La pequeña no se podía mantener quieta mucho tiempo y era exigente en las cosas que la entretenían. Jugaba con los niños de su edad, pero no lo hacia con la facilidad con la que entablaba conversaciones con gente mayor. Solía corre y jugar y saltar y reír, pero también era disciplinada y testaruda hasta el cansancio. No se detenía hasta obtener lo que quería. Y era justo lo que estaba haciendo ahora, buscar sus propias respuestas y encontrar la manera de abrir su propio camino. Sus padres se encontraban trabajando en la fábrica y la niña tenía el tiempo medido. Debía estar en casa pretendiendo que nada pasó antes de que ellos llegaran. Su tía iba a llegar con sus primos al anochecer, incluso después de que llegaran sus padres, así que eso no le preocupaba pero tenía miedo de que influyera en el castigo que su madre le daría al sorprenderla fuera de la casa. Desde el incidente del huevo de Fabergé, sus padres ya no la dejaban ni ir al mercado con su tía. Forzosamente tenían que ir ellos. Masha decidió que salir sola sería más fácil y que podría volver a casa con facilidad, sin que nadie se diera cuenta dado que no había portero en su edificio pues el anciano que estaba allí antes había muerto de malaria. No era la primera vez que lo hacía, pero era la primera vez que se iba tanto tiempo, así que no podía evitar estar nerviosa, aunque emocionada al mismo tiempo por tener una gran aventura como esa.  Se encontró con unas cuantas personas extrañas en su camino, pero no era nada a lo que se hubiera enfrentado ya. Sabía que debía dar un nombre falso para que no la descubrieran y para que pudiera volver a casa sana y salva, porque podría estar muy enojada con sus padres, pero no quería vivir nunca sin ellos. La pequeña Masha no había pasado ni siquiera un solo día de su vida sin ellos y amaba su vida sencilla donde podía correr cada noche a la cama de sus padres a buscar refugio. Después de pasar semanas tratando nombres que le quedaran bien y no sentirse convencida con ninguno, decidió simplemente modificar su nombre para hacerlo más sencillo, menos ruso y para no olvidarse si volvía a toparse alguna vez con la mismas persona. Ahora, cuando le preguntaban, decía que su nombre era Mash, un pequeño apodo que le había puesto su abuela cuando era chica, así evitaba confundirse y decir dos nombre a la misma persona que conocía.  Llegó a la biblioteca unas dos horas antes de que cerraran y se dió cuenta, pasmada, que no tenía ni idea de qué buscar. Siempre que preguntaba acerca de la familia de su padre, él le contestaba que "no tenía pasado" y que "las niñas bonitas no deberían ser tan preguntonas" a lo que la pequeña bufaba y se cruzaba de brazos, molesta. Estuvo pensando mucho en que buscar, mientras vagaba en la sección infantil de la biblioteca, ignorando todos los libros comunistas o los cuentos para niños, porque siempre había creído que sus padres contaban historias mejores. Bastante desesperada, se golpeó su frente con la manita, había pasado media hora y no conseguía pensar en donde buscar sus respuestas, ¿y si no encontraba nada? No había hecho ese paseo en vano.  — ¿Es Romanov mi apellido real, siquiera? — la pequeña alzó los bracitos al aire, frustrada.  Arrugando la nariz, caminó hacia el pasillo de historia y tomó todos los libros en ruso que pudo encontrar. Fue apilándolos cerca de un cómodo sillón que se recargaba, medio escondido, en una esquina y, cuando estuvo satisfecha con la cantidad que había escogido, se sentó a leer. La ventaja de que estuvieran tan cerca de la Unión Soviética era que mucha de la historia de los países era enseñada de manera compartida, haciendo que pudieran conseguir información que necesitaban. A pesar de estar en 1991, Rumania era un país tan atrasado que su tecnología y sus vías de comunicación y acceso a la información eran de la década de los cincuenta, por lo que todas las búsquedas que tuviera que hacer la pequeña Masha eran con sus propias manos, hojeando libro por libro y leyendo palabras difíciles de entender para la niña, que apenas hacia un año no sabía leer bien.  Había demasiada información que una niña de siete años no tenía la capacidad de asimilar. Pensaba, frunciendo el ceño, que los libros de historia debían tener más dibujos y menos fechas aburridas. ¡Qué fácil sería entender nuestra historia si nos la contarán como un cuento! La pequeña Masha estaba aburrida después de minutos, que a ella le parecieron interminables, de hojear páginas en ruso de personas y héroes de la Unión Soviética. Ella esperaba una historia de amor y de palacios y princesas, donde todos fueran felices y bailaran en el Kremlin. La pequeña Masha siempre había imaginado a los zares bailando en el Kremlin, con hermosas bailarinas de ballet que corrían descalzas por la plaza mientras todos los veían felices. Masha no veía nada lo suficientemente bueno para satisfacer su curiosidad hasta que encontró un librito más pequeño, que se había caído de entre los demás. “Historia de los grandes Zares de la madre Rusia”, rezaba el título de dicho libro. Otra vez esa palabra que parecía perseguir a Irina. "Zares", su padre la llamaba "zarevna" cuando estaba contento con ella y la niña sabía que significaba "pequeña zarina", había oido en la resistencia que a ella y a su padre los llamaban los "últimos zares", a lo que su madre siempre respondía con un bufido de molestia mientras que su padre reía. En más de una ocasión le habían dicho que se parecía mucho a María, la hija del zar, pero ella a esa mujer ni siquiera la había conocido. Sabía, por lo que había aprendido antes de ir a la escuela que el título de Zar era muy importante y significaba que tenías el poder de gobernar un lugar tan grande que en él no se ponía el sol, como su Rusia amada.  — Pero yo no quiero gobernar Rusia — pensó, mientras hacía un pequeño mohín. Quería volver a su país, por supuesto que sí, a ver a su familia y a sus amigos y a su cachorro, pero no quería gobernar. Ser reina o zar o presidente o lo que fuese sonaba como un trabajo muy complicado y ella no lo quería. Masha solo quería ser una bailarina. Negó con la cabeza varias veces, pensando si se podía renunciar a tal tarea. La niña pensaba que lo único que ella quería era conocer el Kremlin y preguntar si podía ir a una escuela de ballet en aquel lugar. Recordó, entre sueños, que los amigos de su papá solían bromear diciendo que él sería el nuevo zar, entonces ella no tenía que preocuparse, ¿cierto? Solo era cuestión de que pusieran como zar a alguien que si quisieran y le dieran a ella el título de primera bailarina de Rusia, así podría bailar en el Kremlin. No le parecía que fuera un mal trato, todo Rusia por el Kremlin y ella podía compartirlo, sus papás le habían enseñado a compartir muy bien.  Abrió el libro, pensando que podría encontrar algo de información sobre cómo no gobernar su país, cuando se sorprendió por segunda vez aquella tarde, plasmada en la primera página de aquel manuscrito, estaba su apellido en letras mayúsculas.  R O M A N O V  — ¿Tengo que gobernar porque mi apellido aparece en un librito?  Masha estaba ahora más confundida. Curiosa, siguió leyendo un montón de nombres y fechas que no le importaba, pero casi todos tenían su apellido. Miraba esos rostros de brillantes ojos azules y verdes, captados para siempre, primero en pinturas y luego en fotografías, y le parecían tan familiares. Entonces estuvo segura. Por primera vez en su corta vida, Masha IgorovichnaRomanova, estaba viendo a los ojos de su árbol genealógico por parte de su padre. En el libro se narraban grandes fiestas y joyas, entre ellos los huevos de Fabergé, uno de ellos era idéntico al que le habían dado aquel día en el mercado. Desde con todas sus fuerzas no haberlo perdido, quizá podía cambiarlo por el reinado de Rusia y los podrían dejar en paz de una vez por todas. Mentalmente añadió el huevo a lo que quería darle a los rusos para que la dejaran bailar en el Kremlin, ella no quería nada de esas personas, porque no las conocía, a pesar de que veía unos ojos idénticos a los suyos en más de una ocasión, y una serie de cabellos pelirrojos, más de los que nunca había visto en su vida. Los únicos pelirrojos que conocía eran ella y su padre.  Masha detuvo sus pensamientos y parpadeó varias veces. ¿Y si era por eso que no podían estar en Rusia? ¿Por qué no querían ser zares? O peor aún, ¿por qué esa gente pensaba que querían ser zares? Tenía que hablar con su papá sobre eso, porque si solo tenían que renunciar a ser gobernantes y volver, todo sería más fácil. ¡Qué idea tan genial! ¿Cómo era posible que sus papás no lo hubieran pensado? Continuó pasando las páginas hasta encontrar unas fotografías que la hicieron detenerse, se trataba de la última familia imperial, los que habían sido asesinados brutalmente en 1917. Se trataba de el zar Nicolás II, su esposa Alexandra y sus seis hijos: el zarevich Alexei y las cinco duquesas. Fueron las fotografías de las duquesas las que llamaban más la atención a Irina, por lo que eran las que se parecían más a ella, de entre todos los rostros que había visto en todo el libro. Fueron dos de ellas las que hicieron que la niña se detuviera y prestara atención de nuevo, porque bajo ellas se rezaba un nombre que Masha había escuchado antes.  “M a r i a       N i k o l a y e v n a       R o m a n o v a"  La mujer que decían que se parecía a ella. Masha recordaba haber escuchado como las mujeres en Rusia cuchicheaban ese nombre cuando ella y su madre iban caminando al mercado, haciendo que su madre la tomara en brazos, sin importar la edad que tuviera, y se fueran del lugar donde estuvieran. A pesar de que había preguntado muchas veces quien era la tal María, su madre nunca le había querido responder, simplemente le había dicho que no eran cosas que le incumbieran y que las viejas chismosas solo decían cosas por molestar. Masha sabia, por los cuentos de su padre, que su abuela se llamaba Ekaterina, su abuelo Alexei y su bisabuela era Masha. La “vieja Masha” decía su padre antes de reír a carcajadas por lo poco que recordaba de ella. Masha Romanova pensaba, con el ceño fruncido, que Masha era la forma rusa de María, pero no podían ser la misma persona, porque había vivido una eternidad antes que ella, 80 años eran mucho tiempo, se repetía a si misma.   — ¿Así que ella es la famosa María? — la pequeña Masha  pasó sus deditos por la fotografía de aquella otra niña que vivió tantos años atrás, se veía sus rostro de perfil — Ni siquiera nos parecemos tanto — murmuró, aunque ver esa imagen le provocó una sensación de incomodidad, como si no fuera correcto que ella estuviera viendo esas imágenes.  Alzó los ojos al ver la hora y se levantó de un salto. Sus padres llegarían pronto a casa y no había terminado de leer el libro. Ya llevaba quince minutos más de lo que tenía contemplado, y podía tener algún contratiempo que la hiciera llegar más tarde, pero ella quería terminar de leer el libro. Masha no tenía una forma de pedir prestado el libro en la biblioteca, porque era demasiado pequeña y no tenía los papeles para sacar una credencial. No sabía que hacer y se sentía acorralada en aquella enorme biblioteca, que de repente la hizo sentir demasiado pequeña. Giró varias veces a ver al  bibliotecario, que estaba ocupado hablando con la señora que limpiaba aquel lugar. ¡Ya iban a cerrar y Masha no tenía mucho tiempo, se estaba poniendo demasiado nerviosa y esas personas lo notarían y le preguntarían quién era. Se estaba exponiendo demasiado en la biblioteca, su plan no estaba naciendo para nada como lo esperaba. Tomando una decisión, respiró profundo y aprovechando la distracción del bibliotecario, salió y corrió a casa con el libro bajo el brazo, esperando llegar antes de que sus padres la vieran. No quería recibir una tunda como la que había recibido Gleb la vez anterior que se metió en problemas.  —————————————————————————————————————— Siberia, localización desconocida. 1991 Las niñas desfilaban por el gran salón dispuesto para la cena. Habían sido escogidas por distintas razones para formar parte del programa especial. Caminaba con los hombros en alto y la cabeza gacha, tratando de evitar las miradas de sus cuidadores que esperaban el mas mínimo error para castigarlas. Se veía que provenían de distintos círculos sociales y de familias muy diferentes, ninguna niña era igual a la otra y todas parecían igual de aterradas, con la misma confusión plasmada en los rostros.  — ¿Estás diciendo que vamos a terminar con esto? — Vanya Kostova miraba a Dimitri Lébedev con los brazos cruzados, sumamente molesta — ¡Todo nuestro trabajo para nada!  — Tienes que entenderlo, camarada Kostova — murmuró el hombre seriamente — La unión va a caer en menos tiempo del que pensamos y no podemos hacer nada para evitarlo. Después del desastre ocurrido en Ucrania, es cuestión de tiempo para que esto se disuelva y reine el caos. Varios países buscan hacer documentos para declarar su independencia y la unión se disuelva. Los americanos tienen cada vez más poder y mayor avance militar y tecnológico, son la joya de la corona mundial. Además la resistencia crece y nuestros espías no han podido dar con Romanov — espetó. — Creo que yo podría resolver eso — un jovencito, general del ejercito especial de la Unión Soviética se atrevió a hablar, a pesar de lo que podría significar que estuviese escuchando la conversación de sus jefes. — Han estado surgiendo rumores de que hemos estado equivocados. — ¡¿A qué te refieres con equivocados, niño?! — gritó Lébedev, alertando a todas las niñas y oficiales de la sala, quiene en seguida se pusieron en guardia. — ¿Quién eres tú?  — Mi nombre es Igor Petrovich, camarada — dijo el joven. — Habla entonces, Petrovich — dijo Lébedev — ¿Qué quieres decir con rumores? — Un compañero mío, trabaja como reclutador para el programa especial de la camarada Kostova — la aludida alzó la mirada, inspeccionando a sus oficiales para saber cual de ellos había abierto la boca sobre el delicado proceso de reclutamiento de sus pequeñas, sin poder decir cual era, le hizo un gesto brusco con la mirada la chico para que continuara hablando — Él me ha dicho que en una exhibición de ballet de una escuela comunitaria en Bucarest, ha visto a una niña muy parecida a la fallecida duquesa Maria Nikolayevna Romanova — mencionó. — ¿Y eso que tiene que ver con nosotros? — Lébedev estaba perdiendo la paciencia, tenían cosas más importantes que discutir. — Ya saben que dicen por allí, camarada, que la hija de Igor Romanov guarda un impresionante parecido con la duquesa María, después de todo, es su bisabuela — el joven se encogió de hombros. — Y ya nos han confirmado que los Romanov no se encuentran en Canadá. Entonces, me atrevería a deducir que esa pequeña bailarina es la última heredera del trono. — ¿Qué propones? — Vanya alzó una ceja — ¿Secuestrarla? ¿Y si nos equivocamos y no es ella? Sabes que la relación entre el Kremlin y Rumania es frágil, ¿por qué secuestrar a una ciudadana Rumana? — Nadie tiene que saber qué fuimos nosotros — dijo el joven — Y si no es ella, usted de todos modos necesitará más alumnas para la habitación especial — terminó disparando a las niñas que allí se encontraban, matándolas a todas. Igor Petrovich había asesinado a todas las niñas que formarían la primera generación de espías soviéticas especializadas, ante la mirada sorprendida y escandalizada de sus compañeros. El programa de las espías soviéticas especializadas llevaba en marcha desde el mismo nacimiento de la Unión Soviética, la idea original había sido secuestrar a las hijas del zar Nicolás II y convertirlas en sus principales aliadas, pero eso enfrentaba varios contratiempos. En 1917, Rusia no tenía la tecnología suficiente para manipular mentes y hacer que las jóvenes respondieran a sus deseos, y sabían que ellas no aceptarían por su propia voluntad. Habían sido criadas como duquesas del gran imperio ruso y no permitirían que se les tratara como prisioneras. La elección particular de las duquesas y no del zarevich era por dos cosas, el hijo del zar, Alexei, poseía una enfermedad llamada hemofilia que le aseguraba una muerte temprana, y además de eso, las chicas no podían heredar el trono de Rusia. Los bolcheviques se habían asegurado de que no quedaran herederos, asesinando a los hermanos y sobrinos del zar, así que no tendría lógica alguna que conservaran al chico.  Finalmente, las cuatro duquesas fueron asesinadas junto con sus padres y su hermano, pero el plan de crear a la espía soviética perfecta continuaba en marcha. Para eso se había decidido buscar a la niñas que fueran de ascendencia completamente rusa, que se pudiera rastrear su genealogía hasta tres generaciones más. Además, se aseguraban de que fueran niñas por las que nadie preguntaría, siempre teniendo el mismo método eficaz para deshacerse de sus padres: se trataba de incendiar las casas. Debido a la mala calidad del sistema eléctrico de Rusia era muy común que existieran chispazos y un varios incendios por todas las ciudades de la Unión Soviética, porque nada de eso se había arreglado después de los despojos y sitios de la segunda guerra mundial. De esa manera, la KGB intentaba llevar a cabo sus planes desde hacía ochenta años, pero nunca funcionaba porque siempre había una falla, una niña que se escapaba o algún traidor en sus filas que hacia que la mirada del mundo occidental volteara la vista hacia ellos. Se había suspendido la búsqueda de alumnas después de la explosión nuclear de Chernobyl, pero la habían retomado poco antes de que se deshiciera la Unión, pero lo que la gente que no sabía era que eso no significaba que el comunismo hubiera desaparecido.  Los bolcheviques seguían dominando Rusia, solo que ahora tenían que estar mucho más ocultos que antes, y las operaciones del proyecto de espías soviéticas especializadas y la habitación especial, que lo albergaría, tenían que ser monitoreaddas por los agentes más confiables que tuvieran. Ahora, esos mismos agentes estaban completamente alterados por lo que acaba de hacer uno de ellos, Petrovich, al matar a las alumnas que podían significar por primera vez el éxito del programa, además de revelar la existencia de una niña descendiente directa de los Romanov que podría encajar perfectamente con el plan original de la espías soviéticas especializadas. Sería increíble tenerla entre sus manos, era como la gallina de los huevos de oro para ellos, solo había que encontrar la manera adecuada de atraerla a sus planes.  — El régimen Soviético ha caído, señores. Y si no nos apresuramos, nosotros seremos los siguientes en caer.  — ¿Entonces Petrovich, lo haremos?  — La hija de Igor Romanov será una alumna modelo de la primera generación de espías soviéticas especializadas, yo me encargaré de eso — dijo la camarada Kostova con seguridad
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR