Odesa, Ucrania. 1992.
Los Romanov tuvieron que volver a Rusia porque no les quedaba otro remedio, viajar a París era muy riesgoso pues ahora no solo ellos tres se encontraban en búsqueda y captura por "traidores al Kremlin", también su familia y amigos cercanos fueron expuestos y considerados delincuentes, por lo que a ellos les fueron cerradas las fronteras de la Unión Soviética de la misma manera. La única opción que tenían era la de irse de vuelta a Rusia y mezclarse en alguna de las grande ciudades grandes para evitar ser encontrados. Con promesas de encontrarse de nuevo en la colonia que la resistencia había fundado en Moscú, se separaron.Desde el encuentro con Igor Petróvich la actitud de Masha había cambiado, para angustia de sus padres. La niña ahora se mostraba callada y resistente a alejarse de sus padres por mucho tiempo, lloraba demasiado y tenía horribles pesadillas. Estar en Moscú no le iba a hacer nada bien a la niña, a pesar de la nueva libertad que se respiraba en la ciudad después de la caída de la Unión Soviética. Los Tutkalyan y la familia Romanov habían decidido que no era una buena idea viajar juntos, pues el antiguo gobierno soviético sabía que pertenecían a la misma familia gracias a la intervención de Igor Petróvich y Vanya Kostova en la feria de los gitanos.
— Volveremos a vernos — prometió el viejo Boris a Masha, que no se atrevió a responder.
Moscú, Rusia. 1992.
Fue un viaje muy largo y complicado, pues había que rodear los límites del país donde estuvieran las casetas de vigilancia, las cuales se reforzaron con la noticia de que dos Romanovs vivos seguían en el país. Sin embargo, lo que se encontró la pequeña familia al llegar a los límites de Rusia fue completamente inesperado. Igortuvo que pellizcarse para ver que esa era la misma ciudad en la que había crecido junto a su madre. Trata de hacer que su hija se sintiera mejor, así que lo primero que hizo al estar en Moscú fue conducir directamente al Kremlin.
— ¡Mira, Masha! — exclamó el padre señalando los edificios color rojo — ¡Es el Kremlin!
— ¿De verdad es el Kremlin? — los ojitos de Masha se iluminaron por primera vez en varias semanas, con emoción.
— ¡De verdad! — corroboró la madre.
— ¿Podemos bajarnos a verlo de cerca?
Igor y Nairi se miraron con un poco de preocupación, pero decidieron que habían enfrentado demasiadas cosas y que Masha se merecía un poco de normalidad, un poco de ser turista en su propia tierra y poder caminar libremente por sus calles.
— Claro que si, tiknik — dijo su madre sonriendo de lado, mientras Igorestacionaba el automóvil.
Los tres Romanov bajaron del automóvil y caminaron tomados de la mano en dirección al patio central del Kremlin. El nuevo presidente era Mijaíl Gorbachov desde 1991 y aunque no había participado directamente en la disolución de la Unión Soviética, La disolución de la Unión Soviética fue una de las pérdidas territoriales más repentinas y dramáticas que haya acaecido a algún Estado en la historia. Entre 1990 y 1992, el Kremlin perdió el control directo sobre un tercio del territorio soviético que albergaba alrededor de la mitad de la población soviética al momento de la desintegración. Todo ese desajuste geopolítico y social se notaba mientras la familia avanzaba por la Plaza Roja, y Igorno podía evitar dejar de pensar en eso y observar las pequeñas cosas que habían cambiado a su alrededor. La mayoría de los guardias militares estaban allí en contra de su voluntad, la gente moría de hambre en los pueblos y ya nadie le creía al sistema que tanto había prometido para salvar a Rusia de la miseria en la que vivían bajo el régimen zarista, porque nada había cambiado. Igorse sorprendió al ver a las personas comiendo y paseando y reuniéndose de manera normal, como si se tratara de cualquier país capitalista. Y sobre todo, su cara se contorsionó en una mueca de disgusto cuando algunos niños se acercaron a saludarlo con alegría.
— ¡Señor zar! ¡Señor zar!
— Yo no soy el zar — dijo Alian algo nervioso.
— Sabemos que lo es — dijo una de las chicas — pero no diremos nada más, pronto tendrá su lugar en el Kremlin.
Los niños se fueron corriendo e Masha veía a su padre con los ojos desorbitados.
— ¿En serio eres el zar?
— Claro que no, Mashka.
— ¿Entonces porque dicen eso? — la niña se cruzó de brazos — La gente dice mentira y eso es malo, ¿es por eso quieren que me vaya con Igor Petróvich? Yo puedo hacerlo.
Igor y Nairi se detuvieron, congelándose por un momento ante lo que había dicho su hija. Ellos no concebían que Natalia fuera capaz de irse voluntariamente con los miembros de la KGB, esa idea perturbaba mucho a la pareja.
— ¿Por qué dices eso Masha? — la madre la llamó con ese nombre cariños que le decía su abuela, preocupada por lo que pudiera pasar.
— Para que se vaya la maldición — dijo la niña con inocencia.
— No hay ninguna maldición, Masha.
— Todos dicen que hay una—mencionó—Incluso la familia…cuando cree que no los escucho.
— No les creas — dijo el padre con firmeza — Ni yo seré el zar, ni tu estás maldita. Estamos aquí simplemente porque querías conocerlo así que vamos a disfrutarlo, ¿de acuerdo?
La niña asintió con la cabeza, pensando en la forma en que sus papás habían actuado. Ella solo quería que sus padres estuvieran en paz, pero no podía hacer nada. Un niño no debería sentir impotencia nunca, no es justo que se preocupen por los problemas de adultos. Igor y Nairi hacían todo para distraer a su niña contándole historias y cuentos acerca de la Plaza y todos sus edificios. Era un día de domingo cualquiera en el que la gente paseaba y vendía cosas en la plaza, como cualquier otro mercado, cosas que no se habían visto antes en que país, además había un grupo de músicos tocando piezas diversas del folklore ruso.
— Tu oportunidad ha llegado, tiknik — dijo Nairi con una sonrisa.
— ¿Mi oportunidad de qué? — preguntó Masha alzando la cabeza.
— Querías bailar en el Kremlin, ¿no? — señaló todo el espacio de la Plaza Roja — ¡Es tu momento, իմ փոքր սերը /mi pequeño amor/!
Masha sintió como si le hubieran dado el mejor regalo de cumpleaños del mundo. Se soltó de las manos de su madre y su padre, sintiéndose segura y libre. La pequeña Masha Igorovichna Romanova estaba por fin en casa. Dió unos primeros pasos, titubeante, y dejó que la música la absorbiera en el cuerpo, comenzó a girar recordando todos los pasos del ballet, su mente se absorbía y volaba hasta Rumania, cuando estaba cubierta de tul y magia, teniendo su inocencia aún más intacta. Se congregaba un pequeño público a su alrededor, pero a sus padres no les importaba porque estaban viendo a Masha brillar. Nadie podría hablarle dicho a Masha que esa sería la primera y última vez que bailaría en el Kremlin. La niña estaba en el último peldaño del cielo, con toda la gente que la miraba pero sobre todo con sus papás orgullosos junto a ella. Masha quería mantener siempre esa mirada de sus papás para ella y haría lo que fuera necesario para conseguir que ellos fueran felices. Cuando la música se detuvo, las personas congregadas alrededor de Masha comenzaron.a aplaudir, como aquel día en Rumania donde hizo su debut como polluelo de cisne.
— ¡Lo lograste, Irina! — su padre la alzó al aire para llenarla de besos.
— ¡PAPÁ, BAILÉ EN EL KREMLIN! — dijo la niña en éxtasis.
Al ver a Masha tan feliz, Igory Nairi sentía que todo lo que habían sufrido valía la pena. Los tres dejaron el Kremlin cuando estaba anocheciendo, subieron al automóvil y avanzaron a la vecindad en la que ahora vivirían. Algunos de los Tutkalyan ya se encontraban en aquel lugar, haciendo que la niña sonriera felizmente, ver a Gleb y a Vladimir le causaba mucha seguridad.
— ¡Vinieron! — dijo Masha con alegría mientras sus dos primos la abrazaban.
Después de los últimos acontecimientos era obvio que Rusia buscaba que no quedara ni rastro de la Unión Soviética, a pesar de seguir siendo un país comunista. Buscaban tener una imagen mucho más amable para el mundo occidental, pues esperaban que fueran sus compañeros de negocios. Pero no pasaba lo mismo con sus pobladores, que seguían siendo igual de reprimidos que nunca aunque no con la misma libertad. La resistencia seguía insistente en denunciar todo lo que ocurría en Rusia, Ucrania y el resto de los países que habían pertenecido a la Unión, así que los mataban de manera discreta, por lo que la familia Romanov tenía que cuidarse más que nunca, sobre todo con la amenaza de Igor Petróvich en la feria de Odesa. Comenzaron a surgir en cada pueblo y ciudad, personas que creían que lo mejor que le podía pasar a su país era que los Romanovs volvieran al poder, porque al menos con ellos se sentían protegidos y no vivían en la incertidumbre en la que estaban ahora. Esa gente esperaba a la familia con los brazos abiertos, dejándolos pasar en silencio, regalándoles ropa y comida para reponer lo que habían perdido, llamándolos "su majestad" o "alteza". A pesar de que a Nairi le incomodaba muchísimo este tratamiento, Igor y Masha se sentían en la gloria siendo tratados como príncipes, después de una vida entera como mendigos.
— No creerás todo lo que están diciendo, ¿o sí? — musitó Nairi, un mes después de su llegada a Moscú.
Se encontraban en la casa que tenían en la comunidad de la resistencia. La familia por fin había tenido la posibilidad de comprar una casa para los tres solos, cosa que llenaba a Masha de alegría. A pesar de que Vladimir, Gleb y el resto de las primas habían vuelto a la escuela, Masha no podía ir porque la habían estado siguiendo. Sus padres prometían que pronto se terminaría todo eso aunque la niña ya había dejado de creerlos.
— ¿Acerca de qué? — Igoralzó una ceja mientras leía uno de los periódicos de la resistencia.
Masha jugaba con sus muñecas en su habitación. Cuando se enteró que tendría una recámara propia, la niña saltó de felicidad, apurándose a adornarla con las pocas cosas que tenía, dejando siempre sus objetos más preciados en un buró junto a su cama para no perderlos de vista nunca.
— Acerca de que serás el zar — siseó Nairi.
— ¡Esas son patrañas mujer! — exclamó Igor— ¡Deja de preocuparte!
— No quiero que esas se metan en la cabeza de Masha. Es muy pequeña para comenzar a creer toda esa basura.
— El pueblo solo lo dicen porque no han conocido otras formas de vivir – insistió Pavel.
— ¿Estás seguro? — la mujer todavía no estaba convencida.
— No pienso exponer a Masha a eso y lo sabes muy bien — dijo con firmeza, haciendo que Nairi suspirara aliviada.
Algunos países comenzaban a proclamar su independencia y la tensión era palpable por todos los pobladores. La resistencia tenía cada vez más adeptos y los Tutkalyan tenían mucha más importancia con los lideres. A pesar de que la matriarca de la familia había muerto, seguían siendo una familia unida y fuerte, cada vez más poderosa. Eran una familia que se había mantenido leal a la causa y el hecho de que su hija tuviera una hija con el único heredero de los Romanov. El plan estaba muy claro: una vez que cayera la unión soviética regresarían los miembros del consejo del zar que pudieron escapar a América para convencerlos de volver a apoyar la autocracia y con ello la llegada de Igoral poder. Por supuesto, sé esperaría que tuviera un hijo varón que pudiera heredar el trono. Y a Nairi ninguna de las ideas le parecía la mejor o siquiera una posibilidad.
Ella no quería más hijos, no cabía en su mente la posibilidad de amar a alguien tanto como a su Natalia. Y sabía que Igorno quería la corona, habían hablado mucho acerca de lo que harían cuando cayera la Unión Soviética si no podían salir antes de ella y ambos decidieron que continuarían con su plan de irse a vivir a otra parte de Europa, donde ambos trabajarían y vivirían anónimamente criando a su hija en paz.
Nairi creía firmemente en eso pero al entrar al refugio improvisado que montó la resistencia en Moscú, las dudas comenzaron a apoderarse de ella cuando escuchó a su padre, Igor y al consejo hablar emocionados. El refugio tenía una reunión aquel día, pero Nairi había ido a hacer una serie de diligencias para la educación de Masha y su futuro viaje a París. Conforme pasaban los días, ella notaba a Igormucho más dispuesto a quedarse en Moscú y ella no quería que su esposo perdiera de vista la idea de salir de aquel país, al igual que su padre quien ansiaba quedarse cerca de donde estaba enterrado el cuerpo de su esposa. Nairi buscaba algún apoyo que la ayudara a convencer a su padre y a su esposo que lo mejor para Masha y para el resto de la familia era vivo en París, cerca de los viñedos, pues era lo que más les daría estabilidad económica y la oportunidad de tener una vida mejor. Nairi no quería volver a saber nada del comunismo y de un país que siguiera viviendo por esas leyes. Nunca. Iba a olvidar el rostro de la Camarada K y se encargaría de que no tocara ni un pelo de su hija así se le fuese la vida en ello.
La joven armenia entró a la sala principal del refugio, pero la reunión parecía ya haber terminado, pues en aquel lugar solo se encontraban los amigos más cercanos de Igor, sus cuñados y su suegro, quien bebía directamente de una botella de vodka. Masha dormía en brazos de su padre, a pesar de que había cumplido nueve años , seguía siendo la princesa de su padre, desde que nació no dejó de llamarla su zarevna, su zvezda, su todo.
— ¡Cambiaremos las leyes! — decía Pavel, uno de los mejores amigos de Igor, completamente borracho.
— ¿Quién dice que una mujer no puede ser reina? — decía Boris, el padre de Nairi, extasiado. — Masha y tú pasarán serán las mejores regentes que la gran patria rusa ha conocido. ¡El nombre de mi nieta pasará a la historia!
Al escuchar esto, Nairi dejó caer las botellas de leche que tenía en las manos, alertando a todos y despertando a Irina, quien se frotó los ojos confundida. Al ver a su madre, se levantó del regazo de su padre y corrió a ella. Nairi tomó a su hija en brazos y salió del lugar a paso firme pero apresurado.Escuchaba a lo lejos que Igory su padre clamaban su nombre pero no le importó. Nairi se sentía traicionada, pensando en lo mucho que había trabajado para poder comprar pasajes de avión que los sacarían directamente de aquel lugar y los dejarían en París en menos de un día. Todo estaba cuidadosamente planeado y Igorlo arruinaba, pensó mordazmente que quizá las leyendas tenían razón y todos los Romanov estaban cegados de poder, siendo esta su peor ruina. Ese hombre que gritaba las protestas comunistas y había estado protestando en las huelgas no era el marido con el que se había casado, Nairi sospechaba que hacia semanas que Igorse reunía en secreto con gente del gobierno, quizá negociando una posibilidad de que el participara en la nueva Rusia y eso era peligroso para ellos, lo mejor era estar en el anonimato. Las ilusiones que se había hecho sobre su esposo se rompieron en mil pedazos en ese momento y nada de lo que Igorle dijera en ese momento serviría para convencerla de que era un idiota que estaba a punto de vender a su hija por un puesto en el gobierno.La pequeña todavía estaba medio adormilada y solo sentía el paso firme de su madre, quien se estaba cansando y pronto tendría que poner a su hija en el piso, pues ya era bastante mayor para estar en brazos. Masha tendría que aprender a no depender de su padre ahora que se irían a París sin él.
— ¿Mami? ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? — las preguntas de la chiquilla no cesaban y no hacían más que irritar a Nairi.
—¡Ahora no, Masha! — dijo firmemente al llegar a la casa donde vivían, en el barrio infiltrado de la resistencia.
La joven se limpió las lágrimas fúricamente, pensando en que los 10 años que llevaba casada con Igor no habían servido para nada, pues ahora estaba incluso más sola que cuando llegó a de Armenia, siendo una chica inocente llena de sueños e ilusiones. Vió a su hija de reojo y sintió bastante rabia al pensar en lo mucho que se parecía a Pavel, la niña volvió a repetir sus preguntas cosa que desesperó a la madre.
— ¡No hagas preguntas y ve a buscar tus cosas!
— ¿Y mi papá? — Masha insistió.
La pequeña pelirroja no entendía lo que estaba pasando, la ira crecía en su pequeño cuerpo por la confusión y por la idea de tenerse que ir sin su papá, a quién consideraba su héroe. Además estaba acostumbrada a que sus padres le explicaran todo y fueran sus profesores de la vida desde que dejó de ir a la escuela por los problemas que habían ocurrido. Nairi decidió no responder, prácticamente arrastrando a la niña a su recámara, abriendo los cajones y poniendo las cosas más básicas en la cama para que la niña las guardara en la pequeña maleta que había cargado a todos lados desde el día en que nació. Masha vió a su mamá sin comprender lo que estaba pasando, su carita comenzó a enrojecer y sus ojos se llenaron de lágrimas al ser ignorada por su madre.
— ¡QUIERO IRME CON MI PAPÁ! — gritó comenzando a llorar, dirigiéndose a la puerta de la casa, decidida a encontrarse con su papá porque él le había prometido que ahora sí iban a vivir como lo que eran: "los zares de Rusia”.
— No vas a ir a ningún lado, niña — dijo la mujer tratando de no gritar, mientras tomaba a su hija firmemente del brazo regresándola a la cama y poniendo las cosas de la niña frente a ella — Nos vamos a ir de aquí como debimos haber hecho hace siete años. Ya he conseguido boletos para París y allá comenzaremos una nueva vida.
— No quiero irme contigo — gritó Masha, separándose violentamente de su madre quién se sorprendió por aquel acto tan abrupto de su hija.
Nairi comprendió que había lastimado a su hija, pues la niña nunca se había puesto en contra de ella. Respiró profundamente, pasándose las manos varias veces por el cabello color azabache, mientras que Masha se hacia un ovillo en la cama, apretando su huevo de Fabergé fuertemente contra ella. Nairi se arrodilló frente a la pequeña y le limpió delicadamente las lágrimas de las mejillas. Se veía reflejada en los ojos de su preciosa hija y pensó en cómo habían logrado mantenerla sana, salva y feliz hasta ese día. Lo que Igorpensaba hacer al nombrarse zar de Rusia de esa manera tan abierta, aunque fuera con sus amigos de confianza, era ponerle una soga al cuello a Irina, de por si ya buscaban a su hija y no iban a poder mantenerla escondida en el corazón de Moscú por mucho tiempo más. Definitivamente se llevaría a Masha de Rusia, por las buenas o por las malas.
— ¿Por qué no quieres irte conmigo tiknik? — los ojos de Nairi se humedecieron y su voz temblaba ante la idea de separarse de su hija — Viviremos en un lugar muy bonito, donde podrás ir a una escuela grande y a bailar ballet, ¿no quieres?
Masha asintió con la cabeza, sus rizos rojos se movían graciosamente mientras ella veía a su madre con ojos enormes. Nairi le había dado en su punto débil, pues Masha iría a cualquier lugar en el que le prometieran que bailaría ballet.
— Pero, ¿Y mi papá? — Masha veía a su madre con terror ante la idea de separarse de alguno de ellos.
Ellos eran su hogar y el único lugar donde se sentía segura, ¿cómo podía existir la pequeña Masha en un mundo donde sus papás no estaban? Tenían que estar los dos siempre con ella para que su existencia tuviera sentido.
— Yo iré con ustedes a donde sea, mi tsarevna — dijo Igorentrado a la habitación y arrodillándose junto a su esposa en el piso. Nairi observó a su marido de arriba a abajo, como una leona dispuesta a atacar a la yugular pero una mirada de Igorla hizo suavizar su expresión — Y si tu mamá cree que la mejor opción es irnos a París nos iremos mañana a primera hora. Somos una familia, nosotros tres e iremos hasta la orilla del mismísimo globo terráqueo de ser preciso para que nada nos separe.
Al escuchar esto, Masha se lanzó a los brazos de su padre, quien la abrazó con fuerza y extendió sus brazos hacia Nairi quien lo abrazó después de negar con la cabeza por las intempestuosas decisiones de su marido.
— Todavía tenemos que hablar — dijo Nairi con firmeza.
— Lo sé—mencionó su esposo, bajando la cabeza.
Nairi iba a comenzar a hablar, pero decidió que Masha no debía escuchar lo que estaba a punto de decirle a su esposo, así que calló y se sumió en ese abrazo familia que tanto conseguía calmarla.
Se quedaron un rato así, abrazados, hasta que entró Gleb a preguntarle a Masha si quería jugar un rato antes de que se activara el toque de queda. Animada por sus padres, la chiquilla salió a divertirse con su primo, disfrutando lo que era ser niña.
— Lo siento, Nairi — fue lo primero que dijo Igoren cuanto ella se separó de él bruscamente al no tener a Masha a la vista.
— ¿LO SIENTES!? — Nairi estaba muy cerca de gritar — ¡Estabas hablando de ser el zar y de Masha heredando un trono que no existe!
— La gente hablan y dicen que yo podría postularme, he estado hablando con algunas personas nuevas. Se han unido muchos a la resistencia.
—¿Confías en ellos? ¡Creí que eras más inteligente, Romanov! ¡Petróvich está buscando a Masha! — alzó las manos — ¡Te recuerdo que estuvo a punto de quitárnosla! ¿Eso quieres no? ¡Ese hombre mató a tu madre y tu lo viste! ¿Quieres que haga lo mismo con nuestra hija? ¡Sabes lo que ese hombre le hace a las mujeres antes de matarlas y no se va a tentar el corazón porque Masha es una niña!
— Soy un imbécil — murmuró dejándose caer en el piso, con la cara entre las manos.
— Lo eres — susurró Nairi sentándose a su lado — Pero aún podemos arreglarlo — dijo mostrándole los tres boletos de avión a París.
— ¿Cómo conseguiste eso, Nai?—dijo Igor cuando pudo cerrar la boca.
— Con Dimitri Ivanov. Es un buen amigo y me dijo que podía conseguirnos trabajo en París. Él, su esposa y sus hijos nos acompañarán al viaje.
— Es hora de irnos — dijo Igor con seguridad.
— Tenemos que avisarle a mi padre, preguntar si podemos irnos hoy mismo al aeropuerto. No quiero esperar más.
— Se hará de esa manera — finalizó Igorantes de abrazarla fuerte.
Igor y Nairi salieron tomados de la mano de la habitación, decididos a hablar con sus amigos para informarles de su decisión de dejar el país. A pesar de que la familia no estaba muy convencida, sabían que lo mejor era dejarlos marchar. Se decidió que no se irían esa misma noche porque era muy riesgoso, con militares rodeando y vigilando a cada persona en la ciudad. Al siguiente día se había convocado a una manifestación para exigir la renuncia del gobierno y que se convocara a nuevas elecciones fuera de la Unión Soviética, unas donde los rusos de verdad pudieran elegir, por lo que sería el momento perfecto para escapar, en medio de todo el alboroto. Los Romanov saldrían de Rusia como habían entrado, en medio de una batalla.
— No puedo dormir — confesó Masha — Estoy muy emocionada por irnos mañana.
— Yo también, mi tiknik — reconoció Nairi aunque lo que sentía mayormente eran nervios — ¿Quieres que te cuente algo para dormir?
— ¿Me puedes contar algo del lugar donde naciste?—le preguntó a su madre.
— Armenia es muy pequeño, Irina. Es un país muy diferente a este, muy viejo con raíces que vienes de años antes que los rusos. Yo nací en una ciudad tan pequeñita que estoy segura que te aburrirías en ella, se llama Ereván y está en medio del desierto.
— ¿En el desierto? Yo pensé que aquí solo había lugares fríos — dijo frunciendo el ceño.
— Ereván está un poco lejos de aquí — dijo Nairi riendo — Pero es una ciudad llena de historias, de leyendas y de secretos.
— ¿Por qué se fueron? — preguntó la niña en medio de un bostezo.
— Porque había una guerra que nadie entendía y la persecución seguía incluso después de que nos dijeron que había terminado.
— No me gusta la guerra — dijo Natalia — ¿Puedes contarme algo más lindo?
Nairi acarició los rizados y rojos cabellos de Masha mientras le relataba aventuras y cuentos de su infancia, leyendas y palabras de la vieja Armenia se entretejían en la mente de Nairi mientras veía los ojos de su hija cerrarse lentamente. Cuando estuvo segura de que estaba dormida, la madre se levantó del lecho, pero una manita se aferró a su muñeca, con una última duda de su curiosa Irina.
— Mami, ¿crees que pueda conocer Armenia?
— Creo que algún día recorrerás el mundo, mi bailarina — susurró Nairi besando la frente de su hija antes de irse a dormir.
La casa de los Romanov se estaba incendiando. Las personas corrían de un lado a otro tratando de buscar a la pequeña familia que representaba todas sus esperanzas de un mundo mejor. Se escuchaban gritos y sollozos, mientras que de la casa no provenían ningún sonido más que el crepitar de las llamas.Dentro de la casa, Masha intentaba con desesperación llegar al cuarto de sus padres, al escuchar la viga caer se había despertado para encontrarse con las cortinas de su habitación ardiendo y el humo entrando a sus pulmones con rapidez. Tosiendo y llorando, trató de abrir su puerta y lo logró después de muchos intentos, pues el pestillo estaba muy caliente. El humo era denso y las llamas comenzaban a consumir los muebles que había alrededor, Masha no sabía que hacer, sabía que tenía que salir de allí, pero no podía irse sin sus papás. Eran los tres hasta la orilla del globo terráqueo, ¿no?La puerta de la habitación de sus padres estaba abierta cuando la pequeña entró, en la cama se encontraban los dos, plácidamente dormidos. La pequeña, angustiada, trató de despertarlos, era urgente, pero ninguno de los dos respondía. Sus papás no despertaban y el miedo comenzaba a consumirla cuando alguien tiró de ella violentamente, levantándola de la cama y poniéndola sobre un hombro.
— Déjame, déjame... — suplicaba la pequeña, sin fuerzas.
— ¡Es hora de que sepas cual es tu lugar en el mundo! — rugió Igor Petrovich, tirándola al suelo y sacando un cuchillo incrustado en oro lo acercó al cuello de la niña.
— ¡PETROVICH! — gritó la voz de la camarada Kostova— Te he dicho que esa niña es más valiosa viva que muerta, ¡apresúrate! Tenemos que irnos, que ya empiezan a venir los demás — dijo señalando a los agentes que venían encapuchados y se subían al autobús que los esperaba.
Al salir el sol, las llamas se consumieron dejando solo cenizas a su alrededor. Presuroso, Boris Tutkalyan entró a la casa seguido de sus hijos para buscar a su hija y a su nieta. Dentro todo estaba destrozado, pero era perfectamente notorio que no había nadie en esa casa, no había cuerpos, o señales de que alguien estuviera calcinado. Un sentimiento de alivio se instaló en los allí presentes, pensando que la pequeña familia podía haber huido junta a París, como tanto habían soñado.Mientras en el barrio de la resistencia buscaban alguna señal de la familia desaparecida, Masha estaba muy lejos de allí, sola en una fría jaula, como un perrito abandonado por el mundo. Ya no tenía voz para gritar, se había cansado de llamar a sus padres y que no le respondieran, además no quería que la Camarada K volviera a pegarle como aquel día en el mercado, que ahora le parecía tan lejano. La pequeña Masha solo quería que esa pesadilla terminara. Cuando Igor Petrovich la subió a un tren con destino a Siberia, la niña no lloró. Pensaba que al día siguiente podría tener más miedo y estar más sola y necesitar sus lagrimas y sus gritos para pedir ayuda. Qué equivocada estaba.
FIN.