Belgrado, Serbia. 1992.
El reencuentro con la familia Tutkhalyan fue más triste de lo que los Romanov esperaban. Seda Tutkhalyan, madre de Nairi, había fallecido de la enfermedad que llevaba años aquejándola, unas semanas antes del encuentro. No había sido suficiente los esfuerzos de Boris para llevarla a París, pues le habían dicho que no tenía salvación. La vida en la Unión Soviética y la guerra en Armenia de su juventud habían hecho estragos en su cuerpo avejentado que no soportó los pocos días faltantes para volver a ver a su hija y a su nieta que esperaban sus brazos y sus consejos. Masha había bajado del automóvil al ver a su abuelo con la esperanza de ser recibida en los amoroso brazos de su babushka pero se encontró con algo sombrío en el semblante de los miembros de su familia, que se habían congregado en las afueras de la ciudad para esperar a los Romanov. Masha buscaba a su abuela por todos lados, pero fue su abuelo quien la abrazó, apretándola fuertemente contra su pecho, sin querer separarse de ella. Sus tíos y tías la llenaron de mimos y besos, sintiéndose aliviados de tenerla con ellos.
— ¿Y mi babushka? — Masha se animó a preguntarle a su abuelo cuándo fue devuelta hacia él.
— Tu abuela se ha ido a dormir con las estrellas, Mashy — dijo su abuelo abrazándola.
La pequeña cerró los ojos, comprendiendo lo que su abuelo decía. Su mirada se dirigió a la de sus padres, mientras una oleada de furia se extendía por las verdes orbes. Delicadamente se bajó de los brazos del abuelo y caminó a donde estaban sus padres quienes la veían con tristeza. La noticia de la muerte de Seda Tutkalyan había sido informada a su hija Nairi, quien se negó a decirle a Masha en ese momento, postergando hasta lo imposible las preguntas que su hija sobre su abuela. Nairi ya sabía acerca de la muerte de su madre, pues había recibido una carta junto con su hermana Nazeli. Las mujeres recibieron las noticias en letras de su padre, quien escribía en clave y a través del grupo de romanices extendidos por todo el territorio que perteneció a la Unión Soviética fue que pudo enviarla. Juntas, tuvieron oportunidad de llorar y vivir su luto, pero decidieron no decirle nada a sus hijos, pues ya nada se podía hacer. ¿Cómo explicarle a tres niños que han perdido a la persona a la que más esperaban volver a ver? No hay palabras para que un niño entienda tamaña perdida.
— Ustedes sabían — Masha afirmó, no preguntó, mirando a sus padres fijamente.
Igor asintió con la cabeza pues ya no tenía caso el mentirle a Masha cada vez que preguntaba por su familia, además, tenía el horrible presentimiento de que su hija tendría que aprender a hacerle frente a la vida mucho más pronto de lo que él quisiera. Ante la respuesta afirmativa de su padre, Masha los miró con decepción. Fue ese momento que nadie quiere pasar en la vida, cuando comprender que tus padres no son los seres perfectos que idolatrabas sino gente como todos que, inevitablemente, va a lastimarte. Sin decir más, Masha se dió la vuelta y corrió al lado de su abuelo, de quien no se despegaba mientras la familia recibía con abrazos efusivos a sus padres. Igor y Nairi se mostraban aliviados de estar por fin con el resto de la familia, pues creían que era más fácil mezclarse y confundirse estando con todos, aunque no pudieran viajar por ahora. El poco dinero que Borís tenía se había ido en la enfermedad de Seda y debían esperar a que la uva produjera vino o vinagre para poder venderlo e irse a Francia, por lo que más les convenía ahora era mantenerse en Serbia, donde la vida era más barata y no había tanta influencia de Rusia pues estaban aún metidos en su propia guerra.
Con el pasar de los días, las cosas se encontraban tensas entre los tres Romanov y en la antigua Unión Soviética. Desde que supo que le ocultaron lo de su babushka, Masha pasaba cada vez más tiempo con su abuelo. Masha vivió la tristeza en silencio, aferrada a la mano de su abuelo la niña creía que Boris Tutkalyan era la única persona en la que podía confiar. El hombre encontraba consuelo en la chiquilla y aunque sabía que debía hacerle entender que sus padres habían callado para protegerla, parte de él no quería que se separan. Extrañaba a su esposa y su nieta era un recuerdo palpable del efecto que el amor de su vida había tenido en el mundo. Juntos, pasaban largar horas caminando por la ciudad en la que ahora vivían.
Odesa, Ucrania. 1992.
Se encontraban en Odesa, Ucrania donde tenían muchas oportunidades de ir al mar y recorrer las playas, sentándose frecuentemente en ellas a conversar. Los hermanos de Nairi eran una familia muy unida y se habían reforzado más con la muerte de su madre, tratando de proteger a su padre y a su hermana menor. Se habían integrado a una empresa de fabricación de alimentos enlatados donde podían ganar bastante dinero en poco tiempo, revendiendo las latas cuando sobraban para obtener todo el dinero que podían, fue así como se establecieron entre Serbia y Ucrania, e incluso podían irse de vacaciones como en ese momento, un poco antes de la llegada del verano.
— Abuelo, ¿por qué mis padres nunca quieren decirme lo que en realidad está pasando? — preguntó en una ocasión Masha — Ya soy mayor y puedo entender, pero ellos solo consiguen confundirme más.
— A veces los adultos creemos que los niños no van a entender lo que ya están viviendo, Mashy — murmuró el anciano — Pensamos que el mundo es hostil y hay que protegerlos, pero la mentira nunca es protección — la miró fijamente, tomando una manita de la niña entre las suyas — Prométeme algo, ¿si? Tú nunca mentirás, Masha Igorovichna Romanova, por más difícil que sea una situación usarás tu ingenio e inteligencia para salir de cualquier situación que te ponga la vida. La mentira solo hace que pierdas a todos aquellos que en verdad se preocuparan por ti.
— Pero, ¿y si no me queda otra salida? — dijo Masha siempre impertinente y con una mente ágil que siempre tenía más de una solución.
— Entonces prométeme que siempre te serás fiel a ti misma — dijo el hombre con firmeza a lo que Masha solo atinó a asentir fervientemente.
Le parecía un consejo muy importante, el cual probablemente necesitaría en el futuro, así que decidió que eso sería lo que haría siempre en su vida. Ser fiel a si misma, por lo que se pasaba los días repasando quien era, para no olvidarse, sobre todo ahora que estaban en otro país, donde tenía que aprender un idioma nuevo y convivir con personas a las que no conocía. Ella era Masha IgorovichnaRomanova, iba a cumplir ocho años; vivía con su padre, Igory su madre, Nairi; le gustaba leer, los piroshkis y los chocolates; era la última descendiente de la familia del zar Nicolás II, nieta de María Nicolayevna Romanova y era una bailarina. Natalia aún guardaba entre sus cosas su viejas zapatillas de ballet con la esperanza de poder volver a bailar algún día.
Con el paso de los meses, la muerte de su babushka fue doliendo menos en la vida de Irina, convirtiéndose solo en un pedacito de dolor alojado en su alma. La reconciliación con sus padres no tomó mucho tiempo más, pues ellos siempre eran el puerto seguro al que necesitaba regresar. Después de hacerles prometer mil veces que siempre le dirán la verdad, las cosas comenzaron a ser como eran cotidianamente. Masha otra vez tenía un nombre falso e iba a la escuela, mientras sus padres trabajaban de sol a sol junto al resto de la familia.
— Quiero volver al ballet — mencionó casualmente un día en el que cenaban los tres.
— Sabes que no es posible, Irina.
— Estoy cansada de no poder hacer las cosas que quiero.
— Será posible más pronto de lo que crees — dijo su padre con una sonrisa de lado — Mientras tanto, te tengo un regalo.
— ¿Cuál es? — la niña se distrajo del ballet y comenzó a mirar a su padre con una sonrisa.
Igor había ahorrado bastante dinero de la venta de tesoros y cosas en el templo de Bräila, pero había encontrado una pequeña figurilla de madera que deseó quedarse para ellos. Era una estructura finamente diseñada, con una representación a escala del edificio principal del Kremlin, la Catedral de San Basilio, envuelto en uno de los famosos huevos de Fabergé, que contenía un mecanismo musical donde sonaba la canción favorita de Irina: el baile de los polluelos del Lago de los Cisnes. El hombre Romanov sabía que a su pequeña hija le había dolido la perdida del que le dieron en el mercado, así que lo menos que podía hacer era regalarle uno parecido, además era justo que fuera él quien se lo diera puesto que era el único que tenía derecho a heredarlos.
— Es un regalo que no es solo mío.
— ¿También de mamá? — dijo Masha sonriéndole con todos su perlados dientes a la madre.
Nairi negó con la cabeza y salió de la cocina, buscando a su padre para conversar. Sabía que ese era un momento único entre padre e hija, pues tenían pocas oportunidades para hablar del pasado que compartían y de sus ancestros. Después de la muerte de su madre, Seda pensó en lo necesario que era que su hija conociera sus raíces, pues ella nunca había hablado mucho de Armenia y casi no sabía nada de los Romanov, entonces la niña crecería sin raíces, sin pasado, siendo siempre una nómada sin un lugar en el mundo y ella no quería eso para su hija. Se prometió a si misma hablar con Masha de Armenia y de las cosas que amaba de su tierra natal, pero mientras los dejaría hablar de Rusia y el pasado.
— No, Masha. Es un regalo de todos los Romanov.
— ¿DE TODOS? ¿En serio? ¿Cómo es eso posible? — Masha abrió mucho los ojos, sorprendida.
— Es algo que se ha pasado a todas las mujeres de nuestra familia.
— ¿Una corona de princesa?
Igor negó con la cabeza.
— ¿Quieres adivinar?
— No, no me gustan las sorpresas — dijo la niña cruzándose de brazos.
Igor sonrió de lado, alzando una de las cejas pelirrojas y extendiendo el huevo de Fabergé frente a Masha que cubrió su boca con las dos manitas, sorprendida.
— ¡ES MI HUEVO DE FABERGÉ!
— No es el mismo que tenías — confesó el padre — pero este es más especial.
— ¿Por qué?
Igor depositó el regalo en las manos de la niña.
— Ábrelo.
Masha obedeció y abrió el huevo de Fabergé para sorprenderse al escuchar su canción favorita y al ver como aparecía el Kremlin frente a ella.
— Papi….— murmuró sin palabras.
— Sé que algún día tendrás tu primera danza en el Kremlin, Riny. Yo solo espero que tu viejo padre esté en aquel lugar para verte.
Masha se echó a sus brazos.
— Siempre estarás conmigo, papá.
Masha guardó con cuidado el huevo de Fabergé y se aseguró de llevarlo con ella siempre que iban y regresaba de Belgrado a Odesa, cuidando que nunca se dañara y que no le pasara nada. Unas semanas después, se encontraban en una gran fiesta que los romaníes habían organizado pues también se había reunido en Odesa. Nazeli y su familia iban con ellos, lo que significaba que Glebster también estaba allí, para la felicidad de Irina, que extrañaba con locura a su compañero de aventuras, pues Nazeli y su familia se habían quedado en Rumania resolviendo asuntos que habían quedado pendientes para poder cortar todos sus lazos con los países comunistas. Masha aún recordaba su promesa de nunca olvidar a Gleb cada vez que se quitaba los zapatos y veía la distintiva cicatriz en su pie, por la cual le había mentido a su padre porque le dijo que se había lastimado con un cristal cuando intentaba bailar ballet en una de las cales.
Pero no todo era felicidad en la nueva vida de Irina. Entre sus familiares que vivían ahora con ellos estaban todas sus primas, hijas de los hermanos de Nairi, pero no se sentía a gusto con ellas. Había crecido libre, con una fuerza que las mujeres no estaban acostumbradas a tener. Mientras que el resto de las chicas solían obedecer y quedarse calladas, ella no era sumisa en condición alguna. Se estaba convirtiendo en una mujercita de palabra y voluntad, que no tenía miedo de expresar todas sus emociones, tanto positivas como negativas. Además, no era ningún secreto que Masha era la preferida de Boris Tutkalyan, quien soñaba con mandar a su nieta a una escuela de negocios para que se hiciera cargo de su empresa de vinos y dedicaba bastante de su tiempo a hacerla profundizar en matemáticas, sin dejarla perder nunca su gran amor y pasión por la danza.Y eso al resto de sus compañeras de juegos no les parecía. Sus primas solían excluirla de los juegos además, por creer qué Masha poseía una maldición. Era algo de lo que se hablaba mucho en Rusia, en Volgogrado, dónde Masha había nacido. La "maldición de los Romanov" se conocía en todos los lugares del país. Se creía que desde que habían dejado llegar al brujo Rasputín a sus palacios y causó que estos perdieran el trono y, más tarde, la vida, los había maldito. Antes de morir dijo que los Romanov pagarían su caída como un enorme manto rojo que caería entre llamas y balas para exigir su lugar entre todos. Dado que los pocos que habían nacido con el apellido Romanov eran de cabello oscuro, nadie hacia mucho caso a los viejos cuentos hasta que nació Irina, haciéndose espacio en el mundo en un día de lleno de conmoción con el brillante cabello rojo. Masha sería el fuego que apagaría a los Romanov de una vez por todas, eso decían en el pueblo. Y sus primas lo creían completamente, haciendo a la pequeña a un lado para no "contagiarse" de la maldición.
El día de la fiesta, Gleb no estaba en condiciones de jugar pues el asma había atacado con mucha fuerza y no podía dar tres pasos sin fatigarse. La niña estaba tentada a pasar la tarde jugando a las cartas con Gleb pero el chico se quedó dormido debido a todos los medicamentos y hierbas medicinales que tomó para su enfermedad respiratoria. Por eso fue que Masha intentó unirse a la charla que sus primas mantenían sin mucho éxito pues, para variar, fue ignorada. Las demás chicas de la familia Tutkalyan no la incluían en nada y hacían siempre el esfuerzo por humillarla y hacerla sentir menos. Se burlaban de Masha hablando en Armenio y contando cosas del país natal de sus padres que la niña no conocía. A la pequeña Masha le molestaba sobre manera no saber las cosas y no tener que decir en la conversación, por eso la lastimaba las cosas que hacían sus primas, pero era demasiado orgullosa para admitirlo.
— ¡Son unas idiotas! — murmuró levantándose molesta y caminando entre los puestos del mercado que habían puesto los romaníes para vender baratijas mientras la fiesta tenía lugar — No las necesito — dijo segura, aunque sus ojos se llenaban de lágrimas.
Buscaba alguna cosa que comprar con los pocos dinares serbios que su abuelo le había dado para entretener a Gleb pues no sabía qué más hacer. Sus padres estaban tomando y bailando con los adultos, parecían divertirse mucho y ella no podía unirse a esa diversión lo que la hacia odiar más cada minuto que se encontraba allí. Masha recordaba porque odiaba esas fiestas cuando no estaba Gleb, era porque los adultos se sentían aún más poderosos que siempre y mandaban a los niños a alejarse, dejando que se entretuvieran solos. Masha estaba pensando que podría comprarse una barra de chocolate e irse a despertar a Gleb para que comiera con ella, o en el peor de los casos, dormir con él en el carromato de sus tíos. Esperaba que le entregaran sus dulces cuando la tocaron en el hombro.
— ¿Te diviertes, Irina? — la niña se detuvo en seco, pues conocía esa voz. Era la camarada K. Volteó a verla y se dispuso a caminar hacia sus padres cuando unos fuertes brazos la tomaron de los hombros y la hicieron detenerse.
— Te presento a mi querido amigo, Igor Petrovich — dijo la mujer.
— ¿Qué quieren de mí?— preguntó la niña sacando valor algún lugar en su interior, porque estaba aterrada.
Desde que se fueron de Rumania, sus padres habían hablado con ella acerca de los extraño, diciéndole que muchas personas en el mundo los separar y que no dudarían en separarlos, haciendo lo que fuera necesario. Masha se imaginaba que por “lo necesario” sus padres se referían a cosas horribles que ella no quería vivir. Además ese hombre no le daba buena espina, se notaba que era malo con solo mirarlo a los ojos. Masha no quería tener nada que ver con Igor Petróvich.
— No mucho, Mashka— dijo el hombre con una sonrisa mordaz, mientras levantaba a la chiquilla como un costal, la niña odiaba que la llamara así cualquier persona que no fuera su padre — Simplemente queremos enseñarte algunas cosas, llevarte a una escuela mejor, donde cumplirás con tus deberes para con la madre Rusia.
— ¡Yo no quiero! — pataleando y peleando, la pequeña consiguió soltarse del hombre, pero antes de echar a correr, la había sujetado de nuevo.
— Parece que tendrás que recibir también lecciones de modales. — dijo la camarada K, negando con la cabeza — Tendrás que ser educada como una camarada modelo para cumplir tus deberes.
— Yo no soy una camarada — escupió Masha con altivez — Yo soy una tsarevna y así debo ser tratada.
Como respuesta, la niña recibió una cachetada que impactó directamente en sus rostro. Con los ojos brillantes de lágrimas, puso su mano en su mejilla. Nadie nunca le había pegado. Aprovechando el desconcierto de Irina, Iván Petrovich la tomó de los hombros, levantándola, y comenzó a caminar hacia un automóvil estacionado cerca de allí. La Sala Roja había seguido a la familia Romanov desde el día en el que salieron de Rumania, buscando una manera de ganarse la confianza de la niña pero no lo habían logrado. Parecía que nunca saldría sola a ningún lado, siempre de la mano del anciano Boris o de sus padres, e incluso para la escuela la recogía uno de sus tíos. En verdad era como si la tsarevna tuviera protección de una armada para que no le hicieran daño. Igor Petrovich apretaba los hombros de la niña con fuerza dejando un enorme hematoma en su piel, la camarada K lo fulminó con la mirada pues había algunas personas que no parecían reconocer que la niña que llevaba la extraña pareja no era suya.
Con todas las fuerzas de las que fue capaz, Masha gritó. El desgarrador sonido alertó a todos los Tutkalyan que corrieron al lugar de donde provenía, pues reconocieron que se trataba de Irina. El primero en llegar fue Igor, quien vió horrorizado cómo esos dos agentes de la KGB tenían a su hijita y se la estaban llevando. Sin pensar en nada y dejándose llevar por la furia, se fue directo al hombre golpeándolo fuertemente en el rostro. El impacto hizo que soltara a la niña, quien corrió a refugiarse donde estaba su madre. Ambas se abrazaron, temblando de miedo. Masha entendió que completamente que su vida corría peligro, que cualquier persona la separaría de sus padres a la primera provocación, pero también vio con orgullo a su padre defenderla con todo lo que tenía.
Igore Igor eran una masa de extremidades que se arrojaban la una a la otra entre golpes. La familia Tutkhalyan se dirigió a ellos tratando de separarlos pero era imposible. Todo el odio que el joven Romanov había acumulado por la KGB salió en ese momento, tratando de descargarlo todo en ese hombre. Igorestaba ciego de ira, haciendo que fuera imposible para Igor Petrovich ganar, lo golpeaba con todo lo que tenía, decidiendo que lo mataría en ese momento si era necesario para garantizar la seguridad de su pequeña Irina. Continuaban tirando a matar cuando la camarada K disparó dos tiros al aire, dándole oportunidad a Petrovich de soltarse. Ambos hombre se miraron fijamente.
— Tendré a tu hija de un modo u otro — dijo con seguridad el agente — No es posible que exista un Romanov vivo y que no se encuentre a nuestro servicio.
— Tu no tocarás a mi hija — dijo el joven mordazmente — Aunque sea lo último que haga, Masha vivirá lejos de ustedes.
— Eso crees en tu ingenuidad — mencionó antes de soltar una carcajada sarcástica — Ella vendrá con nosotros como lo hizo tu querida madre, nos la follamos entre todos antes de matarla.
Esto hizo que el joven y todos los presentes se quedaran paralizados, permitiendo que los dos agentes huyeran. La confesión de Igor Petrovich hizo que la familia Tutkalyan se quedara viendo con preocupación, pues si ellos sabían quien era la madre de Igorsignificaba que los habían seguido desde hacia mucho tiempo, entonces ¿por qué actuar hasta ahora? La familia desconocía que ellos querían a Irina, porque ahora Igorya no les era de utilidad. Las cosas parecían calmarse entre las personas que estaban en la feria pero pocos minutos después se escucharon gritos que provenían del centro de Odesa, se escuchaba perfectamente como decían: ¡traidores a Rusia! ¡Traidores al Kremlin! ¡Traidores a la unión entre nosotros! Los gritos se acercaban y cuando pudieron ver a la gente que se acercaba a ellos supieron con certeza que los buscaban. Las personas del pueblo llevaban a antorchas y pistolas, junto a bidones de gasolina. ¡Iban a quemarlos! Instintivamente, Igorse puso frente a su esposa y a su hija, tratando de protegerlas pero sorprendentemente no fueron hacia ellos. Con lo que traían, comenzaron a prender fuego a todo a su alrededor. Al grito de ¡Váyanse! Y ¡No los queremos aquí! Quemaron todo lo que había a su paso. Masha no entendía lo que estaba pasando, puesto que Ucrania era uno de los primeros países que se habían salido e la Unión Soviética, pero aparentemente la gente no pensaba lo mismo e iban contra todos los gitanos y la familia Tutkalyan. Al parecer lo que no querían las personas era a los inmigrantes. Igor sujetó a su esposa, quién temblaba, con fuerza entre sus brazos, mientras veían impotentes como las pocas cosas que tenían ellos y su familia eran destruídas. Su tía Nazeli había logrado llegar al carromato de donde sacaba a Gleb que tosía y gritaba asustado por haber sido despertado por el fuego a su alrededor. Todos los niños quedaron rodeados de los adultos, quienes estaban igual de perdidos que ellos. La pequeña Masha no sabía qué hacer al ver que todos corrían tratando de apagar el fuego, la culpa la abrumaba y solo deseaba haberse dejado llevar por aquella extraña pareja, quizá si lo hubiera hecho nada de esto hubiera pasado.
Escuchó a sus primas decir algo que le heló la sangre y terminó por destruyéndola.
— Ven, las viejas del pueblo tenían razón, Masha carga con una maldición en sus espaldas.
Igory su suegro se vieron, a pesar de que el fuego se había extinguido las pertenencias que poseían se habían perdido, además la marca que cargaba la familia como "traidores de la unión" seguiría pasándose de boca en boca por todo el pueblo y a todo lugar de Ucrania a donde fueran.
— Tenemos que irnos a París cuanto antes — dijo Igoren cuánto se hubieran acomodado en el automóvil que había sobrevivido a la acción de los ucranianos.
— No podemos irnos ahora que todos saben quienes somos — dijo Nairi.
Los viejos amigos Igor, que habían ayudado con el accidente nuclear en Ucrania, ahora vivían en Odesa y se ofrecieron a darles asilo por aquella noche, mientras los gitanos, después de asegurarles repetidas veces que ellos no tenían nada que ver con lo que había pasado, reorganizaban su campamento y se iban de aquel lugar antes de volver a ser atacados, quedando solo la familia Tutkalyan y los Romanov, acomodados en cuatro viejos automóviles, en camino a un viejo hotel donde se hospedarían aquella noche. Igory Nairi estaban sumamente preocupados porque Masha no había dicho una sola palabra o soltado una única lágrima desde que habían salido de la feria. La niña ni siquiera había querido hablar con Gleb o comer alguno de los chocolates que su tía le había ofrecido, estaba sentada inmóvil, sosteniendo el huevo de Fabergé y su adorada muñeca.
— ¿Estás bien, pecas? — preguntó Gleb sentándose junto a ella.
— Debí haber dejado que la Camarada K me llevara con ella. Debo aprender a obedecer.
— ¿La conoces? — Gleb estaba preocupado por eso, pero Masha no respondió.
Aquel hotel tenía pocas habitaciones, por lo que se dividieron de la manera más eficiente posible. Los adultos hablaban en uno de los vestíbulos mientras los niños eran mandados a dormir. Las primas seguían viendo a Masha con odio, quien solo bajaba la mirada en vez de responderles como solía hacerlo, Gleb lo había notado y les contestó empujando a la mayor de ellas al suelo.
— ¡Dejen a Msdhs en paz! — el grito de Vladimir sorprendió a niños y adultos, pues el gemelos de Gleb solía ser mucho más tranquilo y no meterse en problemas.
— ¡TODO ESTO ES CULPA DE ELLA! — gritó Olga, una de las primas, yéndose encima de Masha, directo a atacar.
Masha estaba inmóvil, demasiado aterrada por todo lo que había ocurrido como para pelear. Borís tomó a su nieta del brazo y la separó de las demás niñas.
— ¡A DORMIR CHIQUILLAS IMPRUDENTES! — el anciano se veía amenazador.
— Lo siento — murmuró Masha mientras intentaba separarse de su abuelo.
—Masha…
— Todo esto es mi culpa — lloriqueo la niña.
— No digas eso — suplicó el abuelo.
Pero era inútil, todo lo que la niña había vivido era demasiado para ella y echó a llorar en los brazos de su abuelo. Sus rizos pelirrojos temblaban con cada movimiento que la niña daba. Igor y Nairi notaron lo que pasaba, toda la familia lo había escuchado, pero sabían que ellos no podían consolarla ahora, estaban demasiado alterados. La niña sollozó hasta quedarse dormida, mientras el anciano Boris Tutkalyan acariciaban su cabello y tanto Gleb como Vladimir se quedaban a su lado, protegiéndola y velándole el sueño. Después de pensar cual era el siguiente movimiento y de decidir que lo mejor era quedarse unos cuantos días escondidos en el hotel, todos iban a subir a dormir cuando se escuchó que el sonido de un mensaje llegando a la recepción del hotel.
— ¡Igor! ¡TIenes que ver esto! — dijo Levón, uno de los hermanos de Tatyana, señalando un mensaje en clave Morse que acaba de llegar al hotel. Los Tutkalyan y los Romanov eran buscados por toda Europa y su cabeza tenía un elevado precio.
— No podemos ir a París — murmuró Nairi horrorizada.
— Tenemos que terminar con todo esto.
— ¿Cómo lo haremos?
Toda la familia miró a Igor, sabiendo que era la persona que tendría la última palabra sobre la decisión que tomarían. Ellos habían decidido seguir al joven desde antes que Nairi se casara con él y no romperían a esa promesa por un pequeño incendio, ellos eran mucho más fuertes que eso. Entonces, el joven dijo con resolución.
— Debemos volver a Rusia, es nuestra única alternativa