Casimiro nos guía por un largo corredor hasta una galería donde escogimos mi arma. Luego lo seguimos a los jardines traseros de la mansión. Un sendero de piedra nos lleva a una zona cercada, oculta por árboles y rodeada de siluetas metálicas en forma humana: el campo de tiro privado de la familia Di Carlo. El ambiente se siente distinto aquí. No hay viento. Solo el zumbido lejano de los insectos y el sonido metálico de Salvatore acomodando las armas sobre una mesa larga cubierta por un paño n***o. Dagas, munición, cargadores, una botella de aceite, gafas oscuras. Todo está dispuesto como si fuese una ceremonia. —Este es tu campo, Cara —murmura Salvatore, girándose para observarme—. Hoy, tu voz será tan fuerte como una bala. Me acerco con paso firme, aunque por dentro la adrenalina m

