—Vamos, a levantarse, que si no lo haces no respondo. —¿No puedes ser un poco más serio, bestia?—respondo, negando, aunque deseando, en el fondo, que no me responda nunca con seriedad. —Pues, señora Sorrentino, debo decir que estar entre sus piernas me ha transformado en un chiquillo. Me arranca una risa cuando me alza sin esfuerzo, como si el mundo no pesara nada si él me lleva. Su barba raspa mi cuello y ese roce me enciende más que cualquier palabra. Entramos al baño, me deposita en el borde del lavabo, rodeándome con su cuerpo. Sus manos se apoyan a ambos lados del mármol, como barrotes voluntarios. No tengo escapatoria, tampoco la deseo. A veces pienso que ese es mi castigo, o mejor dicho mi condena. No querer escapar de un hombre cuyas manos están manchadas con la sangre de tant

