Camino hacia él, aún temblando por lo sucedido afuera. Salvatore me mira con una ceja alzada. Sonrío por cortesía y tomo otra copa, bebo hasta el fondo para tranquilizar mis nervios. —Buen gancho, gatita—susurra en mi oído, sorprendiéndome—, pero debo remediar algo. Me quita la copa de las manos y la deja al borde la mesa, toma mi cintura y me apega más a su cuerpo, no le importa quienes están a nuestro alrededor, solo me mira a mí, con esos ojos negros que tanto esconden. —Salvatore… —Sí, gatita, ese es el único nombre que deben decir estos hermosos labios —musita inclinando su rostro sobre el mío, tomando mis labios entre los suyos. Su beso es arrollador y me desarma por completo, ni siquiera se asemeja al que me ha dado Franco y tengo claro por qué lo hace, quiere marcar lo suyo y

