PRÓLOGO
Narrador omnisciente
La lluvia caía con furia implacable, como si el cielo mismo llorara con amarga tristeza. Los truenos rugían con violencia, acompañados de relámpagos que rasgaban las nubes oscuras, iluminando las calles vacías con una luz casi fantasmal.
En un cuartucho barato de la ciudad, tres personas se encontraban reunidas en circunstancias extraordinarias.
Un joven de traje impoluto y mirada fría esperaba con impaciencia, ajeno al caos climático que se desataba afuera. A su lado, una anciana partera, curtida por los años y las experiencias, se preparaba para lo inevitable. Y en el centro, una joven mujer se retorcía de dolor, gritando con cada contracción que la atravesaba.
—Su vida corre peligro, joven . Debemos actuar con cautela —advertía con voz temblorosa la anciana.
Pero el hombre desestimó sus palabras con un gesto despectivo.
—Continúe. Ella debe pagar por su error.
Tragando saliva, la partera siguió su labor, intentando calmar los gritos desgarradores de la muchacha. Finalmente, el llanto de un recién nacido resonó en la habitación, mezclándose con los lamentos de la madre.
—Mi bebé... por favor, déjenme verlo —suplicó la joven, extendiendo sus brazos temblorosos.
El hombre negó con la cabeza, su rostro una máscara de piedra.
—Yo me encargaré de enmendar tu falta. Anciana, sal de aquí.—ordenó
—¡No! ¡Por favor! —gritó la chica entre lágrimas. —Me arrepiento de haberte amado como lo hice. ¡Mi hijo no tiene la culpa! Haré lo que quieras, pero no le hagas daño.
El joven la miró con desprecio.
—Tus palabras no significan nada para mí. Tú misma cavaste tu tumba al entregarte a ese amor enfermizo. Ahora, sufrirás las consecuencias.
Tomaba su rostro con dureza
—Me iré, desapareceré de tu vida. No reclamaré nada, lo juro —sollozó ella, extendiendo una mano temblorosa hacia él.
El se hecho atrás para evitar ser tocado por la chica
—Pero por piedad, no le hagas daño a mi bebé.
Él se limitó a hacer un gesto a la anciana para que abandonara la habitación. La partera, horrorizada, no tuvo más remedio que obedecer. Mientras abandonaba la estancia, los gritos de la madre resonaron en sus oídos:
—¡No! ¡Mi hijo, no! ¡Por favor!
Lo último que vio la anciana antes de salir fue un pequeño destello, un lunar en el hombro derecho del bebé, idéntico al de su madre. Entonces, la puerta se cerró a sus espaldas, apagando los gritos desgarradores.
Dentro, la joven se desvaneció, agotada por el parto y la angustia.
Afuera, la lluvia seguía cayendo sin piedad. La anciana, con el pequeño bulto en brazos, contempló la desolada escena urbana. Observó al inocente bebé y se preguntó:
—¿Qué puede hacer una anciana como yo con una criatura como tu?
Cubría bien al inocente dormido
—No tengo nada que ofrecerle, no puedo darle una vida digna. Pero tampoco puedo buscarme enemigos poderosos por cuidar de ti.
De repente, una luz cálida llamó su atención, proveniente de una casa acogedora. Sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia allí y depositó al bebé en un canasto con suavidad en el umbral.
—Aquí estarás mejor, criatura —murmuró, acariciando la mejilla del bebé.
Pensaba dentro de sí sobre la maldad en el mundo por lo que el padre de esta criatura le hacía a esta y a su madre, quien desconocía si viviría.
—Yo no soy más que una anciana que ha pecado por necesidad. Que Dios te proteja.
Le bendijo
Después de tocar el timbre, se alejó en la noche lluviosa, su silueta fundiéndose con las sombras, dejando atrás el comienzo de un nuevo destino.