Aurora Thompson
La discusión había escalado rápidamente hasta convertirse en una batalla campal. Los gritos de mi madre resonaban en mis oídos como cuchillas afiladas.
—¡Eres una inútil que no sabe hacer nada! ¡Por tu culpa tu padre nos abandonó porque solo sabías llorar! Ahora, sin trabajo, no sirves para nada. ¡Eres un completo fracaso!
Tragué saliva, luchando por contener las lágrimas que amenazaban con brotar.
Me observo en el espejo de la pequeña sala, una chica no muy alta, blanca como la nieve, de ojos marrones, labios rosados y pestañas abundantes, con un cabello rojo como el fuego y una silueta estilizada, intentaba mantener la calma. Mi estilo clásico romántico y mis lentes de pasta en forma de gato me daban un aire refinado, aunque no pertenecía a la aristocracia, era muy delicada.
Aunque a veces quisiera haber nacido de otro vientre, una donación de óvulo de los Rockefeller y así no sentirme tan miserable como me siento. Es distinto llorar con champán en el yate de lujo, que en mi cuarto con nada.
—Estoy estudiando y trabajando tiempo extra para cubrir los gastos. No sé qué más hacer para complacerte. Intento ser una buena hija, pero nunca estás satisfecha.
Sus ojos se encendieron con furia.
—¡Deja de lloriquear como una inútil! ¡Fuera de mi casa! ¡No quiero verte más!
—pe-ro…—balbuceo sin poder creerlo
—ya déjala mamá…
Mi hermano intenta defenderme, pero ella lo silencia con una mirada gélida.
—Si la ayudas, te vas con ella. Y no tienes los medios para eso, ni siquiera puedes mantenerte a ti mismo.
Baja la cabeza, derrotado.
Aguante el llanto mientras empacaba mis pertenencias, incluido el álbum n***o que atesoro desde niña, es un proyecto de vida, muchos de mis sueños están aquí. Antes de cruzar la puerta, mi madre me dedica una última mirada cargada de desdén.
—Siempre fuiste la vergüenza de la familia. Ni la educación de las monjas te salvó del pecado. ¡Eres una decepción!
Sus palabras fueron como un puñal en el pecho. Salgo a la calle llorando desconsoladamente, sin saber qué hacer ni a dónde ir.
Tomo asiento en la banca de la parada llorando, algo que se me da muy bien las personas pasan y me miran con lastima, deben pensar que estoy loca.
De repente, un auto de lujo se detiene frente a mí. Una chica guapa y sexy, de ojos grises y cabello n***o, se asoma por la ventana.
Siempre está donde la necesito, definitivamente pensaré que es medio vampiro, ya su apariencia la ayuda.
Sonrió con amargura.
—¿Necesitas que te lleve a algún lado Popip? —anuncia con un tinte de broma.
Popip es el apodo que usa mi bardteza, mi malvada y oscura mejor amiga. Me llama así por la película Trolls y su protagonistas llena de brillitos y su excesivo color rosa.
Seco mis lágrimas y me monto con ella, sin dudarlo. En el auto, mi amiga Nicole Dalgliesh, hija de una familia adinerada pero con un espíritu rebelde, me mira con preocupación.
—¿Hasta cuándo vas a tolerar los maltratos de tu santa madre? Si es que se le puede llamar madre —me mira con atención— ¿o ya le puedo decir perra desnaturalizada?
Ambas soltamos nuestras carcajadas en el pequeño espacio. Ella realmente odia a mi madre le ha puesto cada apodo uno peor que otro, algo irrepetible para mi vocabulario, pues no soy nada obscena.
—Gracias —la miré con mis ojos cristalizados
Se encoje de hombros
—Sabía que se enojaría por las copitas de anoche.
Anoche, salimos un rato a un nuevo club de la ciudad y eso hizo que mi madre explotara en cólera, más al saber que me quedaría sin trabajo.
Hago una mueca con mi boca y conduce poniendo algo de música, para aligerar el ambiente.
Llegamos a su lujoso departamento con vista al mar, paredes blanco ostras y estilo minimalista, que sus padres le regalaron al graduarse. Tiene pisos de mármol, una cocina con todos los utensilios modernos, que Nico no usa e incluso un gimnasio y una piscina.
He perdido la cuenta de las veces que Nicole ha querido ayudarme, pero mi orgullo me gana y siempre me conformaba con prestarme cosas como celulares, computadoras y dinero.
Junto con nuestra amiga Alexia de cariño le decimos Alex, la castaña de ojos claros alias la “princesa olmeca” como la llama Nicole, es una médico exitosa a pesar de no venir de una familia rica, le va bien.
—Eres más que una amiga, eres como la hermana que mi madre se negó a tener —explicó Nicole con firmeza—. Puedes vivir conmigo y no acepto un no por respuesta, Popip.
Su tono no tiene discusión alguna, por lo que asiento.
—Gracias, Bard —la abrazo— algún día te pagaré todo lo que haces por mí —seco las nuevas lágrimas que salían.
—Me niego a seguir viendo como tu “madre” te trata —suelta con ironía
Suspiro, porque se que tiene razón, pero no deja de ser mi madre, tengo fe que algún día pueda cambiar.
—Tu hoja de vida se la daré a mi padre, él siempre pide favores —me mira con una sonrisa— Así tendrás un trabajo en lo que te gusta, no como una simple vendedora de helados o qué se yo.
—¿eres la villana o mi hada madrina? —inquiero con burla
—¡Cállate! Pelirroja o juro que te corto la lengua cuando duermas—poniendo cuernos en su cabeza
Sonrío ante su broma
Sus palabras fueron como un bálsamo para mi alma herida. Tal vez, por fin, he encontrado un lugar al que pertenecer.