Capítulo 3. La niña

907 Palabras
Aurora Hace días que recibí mi carta de despido y hasta hoy sigo en este lugar de trabajo. Mis estudios son en gerencia de marketing, pero aquí solo vendo teléfonos celulares y los servicios que ofrece esta empresa. Miro alrededor del centro comercial y veo a una niña hermosa de cabello castaño y ojos azules. Es muy linda y me quedo mirándola. La veo mirar a los lados tímidamente, está sola. Busco a su alrededor para ver si alguien la supervisa, pero no, parece estar sola. Verla tan perdida me conmueve. Como no tengo clientes en ese momento, salgo de mi puesto y me acerco a ella poniéndome a su altura. Sus ojos se ven asustados. —Tranquila, no te haré daño —le digo. —Mi papá me ha dicho que no debo hablar con extraños –responde segura —Tu papá tiene razón —asiento—. ¿Y tu mamá? —Mi mami es un ángel que está en el cielo. —¿Por qué estás solita? —La señorita Green, es como Cruella —poniendo cara de monstruo. Me río ante su ocurrencia. —¿Por qué lo dices? —Siempre me aprieta fuerte el brazo y me dice cosas feas Hace un puchero —¡Oh cariño!, tú no eres nada de eso —la abrazo—. Pero no debes estar sola. —Salí a buscar a mi papi. Le tomo la mano. —Vayamos a buscarlo juntas entonces. —Pero aún eres una extraña —frunce su naricita. —Soy Aurora —me presento con una sonrisa. Arruga su nariz de nuevo. —Pareces la Sirenita y tu cabello es bonito. —Gracias princesa —acaricio su mejilla— ¿y tú cómo te llamas? —Lucía. Sonríe muy hermoso La tomo de la mano y avanzamos, cuando de la nada, aparece una mujer cabello castaño de ojos marrones coñac. Su maquillaje sombrío y vestimenta la hacen ver realmente malvada. Inconsciente mente busco los perritos con manchas —Disculpe —levanto una ceja—, hace un momento estaba con Lucía y ahora esta con usted que es una extraña. Me mira de pies a cabeza —¡Ya no es una extraña, es Ariel! —interviene Lucía. La mujer me mira con ganas de matarme. Coloco a Lucía detrás de mí. —¿Y usted quién se cree? —le reclamo. —Soy la niñera. —¿Qué clase de niñera es si permitió que la niña se le perdiera de vista? De repente, escucho la voz de mi horrible jefe: —¡Aurora! ¡Hay clientes! ¡Deja de holgazanear! —grita Se había vuelto tan molesto para un último día, la verdad nada me importaba y esta mujer tenía algo que no me gustaba. —¡Vamos Aurora, muévete! Insistía mi pesado jefe. Molesta por su tono, me doy la vuelta de golpe y tropiezo contra una pared de músculos. Subo la mirada lentamente, mis ojos recorren un torso ancho y definido, cubierto por una fina tela de seda. Llego hasta un cuello fuerte y una mandíbula marcada, salpicada de una incipiente barba. Unos labios gruesos y sensuales me invitan a explorarlos. Finalmente, mis ojos se encuentran con una mirada penetrante de un azul grisáceo profundo, enmarcada por unas cejas pobladas y unas pestañas espesas que cualquier mujer envidiaría. Es como si el tiempo se detuviera por un instante. El aire se vuelve denso y siento que me falta el aliento. Una oleada de calor me invade al contemplar su belleza varonil e imponente. De fondo, las trompetas celestiales parecen tocar una sinfonía sublime, digna de los mismísimos ángeles. Un hombre de una presencia abrumadora, vistiendo un traje que seguramente cuesta más que todo mi clóset junto. Carraspea para sacarme de mi ensoñación, pero cuando voy a disculparme, aturdida por su magnetismo, me detiene. Toca mi brazo haciéndome sentir la electricidad en todo mi cuerpo —¿A dónde va con mi hija, señorita? —inquiere mordaz —¡Papi! —chilla Lucía, corriendo a abrazarlo. Él cambia sus facciones duras por unas más suaves mientras la carga y la besa. —Señor, la niña estaba sola, solo quise ayudarla —tartamudeo, tratando de explicar la situación. —Señor, yo lo esperaba en la tienda, pero la niña desapareció —interviene la niñera con desdén—. Y cuando la vi, estaba con esta señora que quería robársela, quién sabe para qué. —¡No es cierto! —exclama Lucía—. ¡Ariel me estaba ayudando! La señorita Cruella es mala. Su padre me mira fijamente. —Pruebe su inocencia. Abro y cierro la boca, mi mirada es de pánico. —Señor, le juro que solo ayudaba a la niña. Levanto mis manos tratando de calmarlo, solo su mirada me abruma —papi ella es buena —la niña toma su rostro Este asiente —señorita Green tiene muchas cosas que explicarme —suelta apretando su mandíbula. Toma la mano de la niña para retirarse, cuando pasa por mi lado —Señor si quiere un consejo escuche a su hija —me atrevo a intervenir —no necesito consejos de nadie —espeta— vaya y trabaje, yo se como cuidar a mi hija Abro mi boca ofendida y me retiro Cuando he avanzado unos metros, Lucía me llama y me abraza. Correspondo su abrazo, sintiéndome tan agradecida por ese simple gesto que llena mi corazón.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR