El señor Sergio llegó a su casa, donde ya la esperaban Amelia y su esposa Katrina. Tomó las maletas de dos en en dos, las puso en el maletero y les ordenó que esperaran en el auto. Les pidió los celulares y al entrar a la casa, los tiró en el piso y les puso el pie con fuerza, hasta que los destrozó por completo.
Se aseguró de que los empleados no estuvieran en la casa. Sacó el celular desechable que usó para llamar a su esposa, los llamó y les dijo que no volvieran porque estarían fuera y no sabían cuándo regresarían. La idea era que no lo rastrearan. Regresó al auto, se colocó el cinturón y arrancó para dirigirse al que sería su nuevo hogar.
Amelia iba viendo por la ventana extrañada. Nunca había salido de su burbuja ni había visto antes otro paisaje. El viaje era largo, se quedó dormida unas cuantas horas. Puso un cara confusa cuando despertó y vio que su padre tomó un camino recto; después de pasar tres casas, se detuvo en una. El señor Sergio la miró a traves del retrovisor.
__ Viviremos aquí a partir de ahora, hija. Iniciaremos de cero una nueva vida.
La casa era grande, pero no se comparaba en nada a la mansión donde vivían. La pintura de afuera se estaba cayendo, era de un verde pálido. Por más que revisó, no encontró la piscina. En cambio sí había bastante maleza en la parte trasera y los alrededores.
Siguió caminando hasta llegar a una cerca, que era el límite entre su casa y la de atrás. Allí se encontraba un joven pelinegro sin camisa podando el césped. Se quedó sorprendida mirándolo de arriba a abajo. Él giró y sus miradas se encontraron. Hasta que un grito rompió el encanto.
__ Amelia ¿Dónde estás?
Amelia cayó en cuenta y volvió a la casa, dejando al chico sorprendido.
Raúl Peralta era un joven de dieciocho años. Vivía con su madre quien estaba enferma de diabetes. Él era estudiante universitario en la Universidad de Maine, gracias a una beca que obtuvo. Con la pensión de viudez de su madre y los pocos trabajos que hacía él, se mantenían. Su padre fue un militar activo y murió durante la guerra con Irak, cuando él tenía diez años. Desde entonces, el niño asumió la responsabilidad de ayudar a su mamá y hacía mandados. Desde limpiar botas, vender diarios, hasta cortar césped. Los fines de semana se iba a vender las galletas que hacía su madre.
Raúl estudiaba de lunes a viernes y los fines de semana se iba de casa en casa a vender las galletas por todo el vecindario. Ese sábado decidió probar suerte con los nuevos vecinos. Tocó el timbre y quedó impactado al ver a la figura frente al umbral. De no ser por que la chica le habló, hubiera creído que fue una alucinación producto de su mente.
__ Hola ¿Te puedo ayudar en algo? - dijo con extrañeza, al verle la pila de cajas que cargaba en una cesta.
__ Hola, me llamo Raúl y soy tu vecino, vivo al otro lado de la calle - le extendió la mano - un placer conocerte.
__ Soy Amelia - dijo sonrojándose, tomando la mano del chico.
__ Que lindo nombre, pero no te hace honor... Eres hermosa, como un ángel.
__ Amelia ¿Quién es? Te he dicho muchas veces que mires por el ojo mágico antes de abrir la puerta - se oyó un largo y severo grito desde adentro, para salir hacia la puerta - ah , hola Raúl ¿Cómo estás? ¿Qué se te ofrece? - le dijo amablemente, cambiando su anterior semblante de enojo.
__ Todo bien, gracias a Dios. ¿Cómo está usted, señora Valverde?
__ Dime Katrina querido, me haces sentir una anciana - rió - Todo bien. ¿Qué tienes allí?
__ Unas galletas que preparó mi madre, son de mantequilla. Aunque quizás usted no coma galletas por su figura - dijo en halago.
__ ¿Bromeas? Me encantan. Tengo un metabolismo de envidia, puedo comer lo que yo quiera y no engordo, pero no se lo digas a nadie. Es mi secreto mejor guardado - sonrió - me llevaré cinco. ¿Cuánto es?
__ Un dólar cada caja, señora Katrina.
__ De acuerdo, hijo. Dáselas a mi hija, ya te traigo el dinero.
La señora Katrina se fue a su habitación y regresó con un billete de diez y uno de cinco dólares. Se los tendió al chico, quien la miró confusa.
__ Cinco por las galletas y diez por el césped que cortaste la semana pasada. Mi marido siempre está ocupado y es muy olvidadizo, de ese tipo de cosas me encargo yo ¿De acuerdo? Cuéntame algo. ¿Sabes pintar?
__ Sí Señora.
__ Ok ¿Crees que puedas venir mañana? Sé que en la semana estás ocupado con tus estudios.
__ Sí, está bien. ¿A las ocho está bien para usted? Le podré pintar todo el frente. Me tomará unos días más terminar el resto.
__ Sí hijo, me parece bien. Y si me gusta lo que hagas afuera, tendrás trabajo por un tiempo con nosotros. Tengo pensado cambiar los colores de las habitaciones y el resto de la casa. Nos vemos mañana, que vendas muchas galletas y salúdame a tu madre.
Raúl le respondió con una sonrisa y la señora Katrina entró a la casa, dejando a Amelia cerrar la puerta. Ella quedó sonriendo como boba con el guiño que él le regaló, una vez que la señora Katrina los dejó solos.
Amelia quedó frente al umbral. Volvió en sí cuando su madre le tomó el hombro.
__ ¿Te parece lindo?
__ mamá, yo, esteeee... - comenzó a tartamudear la chiquilla - ¿De dónde has sacado semejante locura? Sólo me preguntaba desde cuándo trabaja para nosotros.
Amelia volteó a mirar a su madre, quién le daba una mirada dulce junto a una sonrisa de labios cerrados.
__ Es de mala educación responder una pregunta con otra, cariño. ¿Te acuerdas del primer fin de semana que huiste horrorizada a casa de Natalia? Él amablemente vino a ofrecerse y aceptamos de inmediato. Nuestro jardín parecía una selva. Además, también tuve tu edad, hija. Es un buen muchacho pero lamentablemente él no pertenece a nuestro mundo - le dijo dulcemente - no funcionaría. Tu papá no lo permitiría.
__ ¿Qué sabes tú de eso? - le espetó con dureza, caminando totalmente enojada hacia su habitación.