Canto de sirenas

1619 Palabras
El señor Valverde compró un pequeño edificio de tres pisos en Maine, para iniciar su negocio. Obtuvo el dinero de la inversión cuando subastó su mansión en Manhattan. Sabía que valía más, pero bajo las circunstancias no podía hacer mucho. No se atrevía a volver allí. Una vez hizo todo el papeleo, creó su entidad bancaria. Esta iba orientada a los pequeños y medianos empresarios. Estimaba que en un año duplicaría su inversión. Le inyectó la mitad de su fortuna como capital al 100% Banco. El tiempo fue pasando. El señor Sergio ganó mucha popularidad entre los habitantes de Maine, ayudando a impulsar a muchos emprendedores. En el primer año había aperturado dos sucursales y tenía alrededor de cincuenta empleados, entre obreros y ejecutivos. Dos años más tarde contaba con seis sucursales y ciento cincuenta empleados. El 100% Banco fue el banco de elección hasta para ciudadanos de Rhode Island y Manhattan. Fueron años de arduo trabajo, la reputación de Sergio Valverde cuando fue CEO del Banco Nacional de Crédito fue un gancho perfecto para que las personas quisieran participar en sus fondos de inversiones. Y era el primer banco del país que ofrecía planes de retiro a amas de casa y jubilados. Edgar Volkov fue apresado gracias al señor Valverde ese mismo día, y se pudo desmantelar una gran red de prostitución infantil y trata de blancas. Le dieron diez cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional. A los que colaboraron dando información crucial para cerrar el caso, les dieron entre treinta y cuarenta años en otra cárcel. Mientras tanto, Raúl seguía en su rutina vendiendo galletas los fines de semana. Y cada dos semanas tenía un trabajo seguro en casa de los Valverde, cortando el césped. Al señor Sergio le gustaba que luciera corto. Ese domingo Raúl fue como habían acordado. Pero esta vez no fue la señora Katrina quien lo recibió. __ Hola Amelia - dijo el chico tratando de ocultar su nerviosismo. __ Hola Raúl, pasa - le dijo en la misma situación - mamá está en su habitación haciendo yoga - rodó los ojos - la podadora está atrás, donde siempre. Raúl entró mientras se metía la mano al bolsillo y se sacó un chocolate. __ Esto es para ti - se lo tendió. __ Ya me estás haciendo adicta a esto - sonrió tomándolo y ocultándolo en su mono - mamá no se imagina por qué me está saliendo acné. __ Oh, yo lo siento - dijo apenado - pensé que te gustaba... __ Me encanta - le interrumpió - pero no debo comerlo por mis problemas endocrinos. Gracias - le susurró al oído - no dejes de traérmelos. Ambos se ruborizaron y él se dirigió al patio a cortar el césped. Unas horas más tarde, Amelia fue al patio a llevarle una soda fría. El sol era implacable en esa época de año. Se acercó sigilosamente para observarlo bien. Su torso sin camisa aunque flaco, comenzaba a mostrar algo de músculo y el sudor rodaba por su cuerpo sin pudor. Él sonrió divertido, aunque no la había visto sabía que estaba allí. __ Llevas un buen rato mirándome y muero de sed. __ Ammm, sí, te traje esto - le tendió la lata. El chico se bebió el líquido de un sorbo y se la tendió. Puso la podadora a un lado y la miró serio. __ Amelia ¿Saldrías conmigo? Amelia quedó fría. No se imaginaba una invitación tan directa. Lo había imaginado tantas veces en su mente, pero sin duda sonó mejor cuando lo oyó de su voz. El chico seguía impasible en espera de una respuesta. Estaba seguro que le diría que no, pero quiso arriesgarse. Al menos si lo rechazaba, le quedaría el consuelo de haberlo intentado. Su padre le enseñó a ser valiente y perseguir lo que anhelaba. __ Me encantaría. Pero mis padres no va a dejarme... amm - dijo mirando hacia arriba - hagamos lo siguiente: espérame en El Naturista, a las cinco. Yo... te veré allí. Raúl tomó su camisa y se la colocó. Amelia le dio el billete de diez dólares que su mamá dispuso y lo acompañó a la puerta. Horas más tarde, Raúl se encontraba en El Naturista: un local tipo fuente de soda de día y bar después de las siete de la noche. Ya eran las seis y continuaba mirando el reloj, como si con eso pudiera detener el tiempo. Esa rutina fue repetida por varios fines de semana. Seguían citándose y el resultado era el mismo: Amelia lo había plantado varias veces. No le dio ninguna explicación y tampoco se lo debía, ya que no tenían ningún tipo de relación. Lo extraño era que cuando él venía a trabajar a su casa, todo era exactamente igual. Las sonrisas, los sonrojos, las miradas... Estaba seguro que había algo que los atraía, pero seguía sin entender. Amelia tuvo que alejarse un poco los últimos días, porque su padre estaba en casa y no quería que notaba lo que ocurría entre ellos. Cuando estaba guardando la podadora en un pequeño clóset de madera que él mismo instaló, Amelia lo tomó por sorpresa, empujándolo y encerrándose con él. Estaban tan cerca el uno del otro que el aire se volvió denso en ese momento. __ Si no quieres sólo dímelo - le dijo Raúl con aspereza - no soy un niño, Amelia - frunció el ceño. __ Esta vez iré, lo prometo - le suplicó - Tienes que ser más cuidadoso, papá no me quita los ojos de encima cuando estás aquí. Debo entrar a la casa antes que se dé cuenta que salí - le dio un beso en la mejilla y salió del pequeño clóset. Raúl se quedó un momento atontado. Su corazón latía frenéticamente dentro de su pecho. La emoción lo invadió y pensó "Esta vez sí" para salir rumbo a su casa. __ Estás muy contento, mijo - le dijo su madre a Raúl. __ Creo que se me va a dar algo que he estado deseando por mucho, ma. __ Cuando se te dé ese "algo" - dijo su madre haciendo comillas con sus dedos - espero conocerla. Nunca te he visto con una novia y la gente comienza... __ No soy gay, ma - dijo restándole importancia - no tengo nada en contra, pero a mí me gustan las mujeres. O mejor dicho, sólo una... Vuelvo más tarde mi viejita linda - le dio un beso en la cabeza a su madre y salió de la casa. Raúl seguía esperando, mirando su reloj: seis con quince. Una hora y quince minutos de retraso, pero ésta vez sonrió esperanzado. "Las mujeres no entienden el concepto de la puntualidad" se dijo a sí mismo para calmarse. Volvió a mirar el reloj y este marcaba las seis con treinta. __ ¿Vas a ordenar algo? - dijo la mesera. __ No, Tessa. Sólo cóbrame la soda. Creo que no vendrá - sonrió de labios cerrados - me iré a casa. __ ¿La quieres mucho, verdad? - se atrevió a preguntar. __ Como no tienes idea. Pero creo que ella no siente lo mismo por mí - dijo cabizbajo. __ Nunca había visto a alguien ser plantado tantas veces, y créeme que he visto muchas cosas desde que trabajo aquí. Esta va por mi cuenta - se guardó la factura en el bolsillo de su delantal - Ve a casa, chico lindo. Raúl se levantó de la mesa y se dirigió a la puerta. Iba caminando cuando sintió unos pasos tras de sí y alguien lo haló del hombro. __ Raúl lo siento - dijo afligida - no fue fácil convencer a mi papá de que me dejara ir sola, mamá lo convenció. Ya estoy aquí, pero no puedo quedarme mucho. __ Lo lamento Amelia, ya me harté. Ve a casa - le dijo con indiferencia, sin detenerse - dile a tu madre que le conseguiré a alguien que pode su jardín por mí. Adiós. __ Raúl espera - lo tomó de la mano - si tan sólo me escucharas un momento - le pidió. Ambos se detuvieron en el cruce de una avenida. Raúl cruzó sus brazos apremiándola para que hablara, pero en eso frenó un auto y bajó una castaña espectacular. En el auto estaban tres chicas más. __ Vaya vaya, pero qué tenemos aquí. Así que los rumores son ciertos, chicas: La gran Amelia Valverde anda con un don nadie. __ Baja la voz Lesly, no es lo que crees. __ ¿Ésta es la razón por la que no has ido más a nuestras fiestas? - inquirió la castaña - hasta buenardo está el pobretón. Raúl tenía una expresión de enojo y asombro al mismo tiempo, Amelia estaba aterrada. Si el rumor se esparcía, su papá iba a enterarse y eso no sería nada bueno. Lesly miraba a Raúl con lascivia. Amelia lo notó y moría de rabia, pero no podía hacer nada. __ Él no significa nada para mí, Lesly. Sólo hace unos trabajos en mi casa, es todo. Yo jamás me fijaría en un chico tan corriente - lo miró con desdén - Recuerda que soy una diosa inalcanzable y nadie es digno de mí aún. Raúl no quiso oír más y se fue. Amelia sentía que algo se rompía en su interior, pero el show debía continuar. Tenía que convencer a sus "amigas" de que no había nada entre él y ella. __ De acuerdo, te creemos sólo si vienes este fin de semana a casa de Sean. Sus padres saldrán y hará una fiesta bomba. Vuelve al clan, Amelia. Aunque vivas aquí - dijo con asco - eres de las nuestras.
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