Capítulo 4 Heyst, sentado a la mesa y con la barbilla en el pecho, levantó la cabeza ante el frufrú del vestido de Lena. Le sobresaltó la palidez mortal de las mejillas, los ojos como exánimes, que le miraron con extrañeza, como si les costara reconocerle. Pero Lena respondió tranquilizadoramente a las angustiadas interrogantes del otro: no le pasaba nada, de verdad. Se había mareado al levantarse. Tuvo incluso un desfallecimiento después del baño. Se sentó a esperar que se le pasara. Ésa fue la razón de que tardara en vestirse. —No tenía intención de arreglarme el pelo. No quería que esperases más tiempo. No estaba dispuesto a acosarla con preguntas sobre la salud, desde el momento en que ella le quitó importancia a la indisposición. No se había arreglado el pelo, pero se lo había cepi

