Capítulo 9 Trastabillando al subir la escalinata, como repentinamente fatigada. Lena entró en la habitación y se dejó caer en la silla más cercana. Antes de seguir sus pasos, Heyst inspeccionó los alrededores desde la veranda. Había una soledad absoluta. En el aspecto de este paisaje familiar nada indicaba que no estuvieran completamente solos, como en los días lejanos y comunes en que compartían aquella desolación, con la discreta excepción de las apariciones esporádicas de Wang y la puntual memoria de Morrison. A la racha de viento frío le sucedió una quietud absoluta. Los nubarrones, con el vientre cargado de truenos, colgaban más allá del renegrido puntal, enturbiando la luz del crepúsculo. En contraste, el cielo desplegaba en su cénit una diáfana claridad, el fulgor de una delgada p

