CAPÍTULO 1 — Donde empieza la fisura
Brandon Solís había aprendido a vivir con el silencio como se aprende a convivir con una
herida que nunca termina de cerrar. No dolía todo el tiempo, pero siempre estaba ahí,
latente, recordándole que algo dentro de él se había roto hace años y nunca había vuelto a
encajar del todo. Aquella mañana, como casi todas, se quedó unos segundos frente al
espejo sin realmente mirarse, como si buscara en su reflejo una versión anterior de sí
mismo que todavía no se hubiera rendido.
El sonido de la voz de su padre lo sacó de ese trance breve.
—Brandon... ya es tarde.
No había reproche en el tono, solo una rutina cansada, repetida tantas veces que ya no
necesitaba emoción. Su padre estaba en el pasillo, con esa expresión de quien intenta
sostener algo que no entiende del todo cómo se le está cayendo de las manos. Brandon
asintió sin responder, tomando su mochila con movimientos mecánicos, evitando cualquier
contacto visual que pudiera abrir una conversación que ninguno de los dos sabría cómo
terminar.
El camino hacia la preparatoria Juárez era siempre el mismo, pero ese día se sentía más
pesado, como si el aire hubiera decidido volverse denso solo para él. Caminaba con los
audífonos puestos aunque no sonara música, porque el verdadero propósito no era
escuchar algo, sino evitar todo lo demás. Las calles grises de Ecatepec se extendían como
un escenario repetido, donde cada rostro parecía apresurado por llegar a algún lugar mejor,
aunque nadie supiera exactamente cuál era ese lugar.
La escuela apareció frente a él como una estructura demasiado grande para contener
tantas historias pequeñas y rotas al mismo tiempo. En el patio ya había vida, grupos
formados con una naturalidad que a Brandon siempre le había parecido ajena, como si
todos hubieran recibido un manual de instrucciones para pertenecer excepto él. Se quedó
cerca de la reja, en el borde del mundo, donde el ruido no lo alcanzara del todo, y sacó su
cuaderno n***o como hacía siempre que necesitaba mantener las manos ocupadas para no
pensar demasiado.
Dibujar era lo único que lograba ordenar el caos dentro de su cabeza. No eran imágenes
bonitas ni planeadas; eran fragmentos sueltos de sensaciones, sombras que parecían tener
vida propia, figuras que nunca terminaban de definirse. Mientras su lápiz se movía sobre la
hoja, el ruido del patio comenzó a desvanecerse lentamente, como si el mundo exterior
perdiera importancia frente a lo que ocurría dentro de él.
Hasta que algo cambió.
No fue un sonido, ni un movimiento claro. Fue más bien una sensación, como si el aire
alrededor de él hubiera perdido temperatura sin explicación. Brandon levantó la mirada sin
saber por qué, y entonces la vio.
Había un columpio junto a la reja, uno viejo, oxidado, que siempre había estado ahí pero
que nunca parecía pertenecer del todo a la escuela. Y en ese columpio estaba ella. Una
chica que no recordaba haber visto antes, ni en la entrada, ni entre los alumnos, ni en
ningún momento del día. Estaba sentada con una calma extraña, balanceándose
suavemente como si el movimiento no dependiera de nada externo, como si el viento no
existiera para ella.
Brandon frunció el ceño, desconcertado. El columpio se movía con una regularidad
inquietante, demasiado constante para ser natural, pero no había nadie empujándolo. La
chica vestía de n***o, con el cabello oscuro cayendo sobre sus hombros, y tenía una
presencia difícil de explicar, como si el entorno a su alrededor fuera menos sólido, menos
real.
—Oye... ¿estás bien?
La voz de Rodrigo lo golpeó de vuelta a la realidad. Brandon parpadeó, rompiendo el
contacto visual con el columpio. Frente a él, Rodrigo y dos de sus amigos lo observaban
con esa mezcla de burla y aburrimiento que ya se había vuelto familiar.
—Te quedaste viendo como idiota —dijo Rodrigo, inclinándose un poco hacia él—. ¿Qué
haces? ¿dibujando fantasmas?
Uno de ellos empujó ligeramente su cuaderno con el pie, y Brandon lo recogió de inmediato,
apretándolo contra su pecho.
—No lo toques —respondió, más bajo de lo que habría querido.
Rodrigo soltó una risa corta, pero había algo en el ambiente que hizo que no se quedara
demasiado tiempo. Algo en la forma en que Brandon lo miraba, o quizás en lo que no decía,
provocó una incomodidad leve, casi imperceptible.
—Relájate, raro —murmuró finalmente antes de alejarse con sus amigos.
Brandon se quedó quieto, intentando recuperar el ritmo normal de su respiración. Cuando
volvió a mirar hacia la reja, el columpio seguía ahí. Vacío. Balanceándose suavemente,
como si alguien acabara de levantarse un segundo antes.
El resto del día transcurrió como una secuencia borrosa de clases, voces y silencios.
Brandon no lograba concentrarse en nada; su mente regresaba una y otra vez a la misma
imagen, a esa presencia imposible de explicar que no encajaba con nada de lo que conocía.
Cuando el timbre final sonó, no dudó en salir de la escuela antes de que alguien pudiera
detenerlo, como si algo dentro de él lo empujara en una dirección que todavía no entendía.
El Parque Morelos estaba casi vacío cuando llegó. El cielo comenzaba a oscurecerse, y las
farolas se encendían una por una, proyectando luces amarillentas sobre los caminos de
concreto. El columpio del centro, el mismo del parque, crujía suavemente con el viento,
aunque no había nadie cerca.
Brandon caminó sin prisa, aunque por dentro algo lo apuraba. No sabía qué esperaba
encontrar, ni siquiera estaba seguro de por qué había ido, pero sus pasos lo llevaron
directamente hacia el mismo punto, como si el lugar lo estuviera llamando sin palabras.
—Sabía que ibas a venir.
La voz lo detuvo antes de que pudiera pensar. Brandon giró de inmediato.
Isabela estaba ahí.
No apareció de la nada. No hizo ruido. Simplemente estaba, como si siempre hubiera
estado esperando en ese mismo lugar, como si el mundo la hubiera omitido hasta ese
instante. Estaba de pie junto al columpio, observándolo con una calma que no parecía
humana del todo.
Brandon sintió un nudo en la garganta sin saber por qué.
—¿Quién eres? —preguntó, aunque la pregunta sonó más débil de lo que quería.
Isabela inclinó ligeramente la cabeza, como si la pregunta le pareciera curiosa más que
importante.
—Pensé que ibas a tardar más en preguntar eso.
Hubo un silencio breve entre los dos, pero no era incómodo. Era denso, como si el aire
mismo estuviera esperando la siguiente frase.
—Te vi en la escuela —añadió Brandon.
—Yo te he visto antes —respondió ella sin dudar.
Eso lo hizo fruncir el ceño.
—No, eso no es posible.
Isabela sonrió apenas, como si la negación no cambiara nada en absoluto.
—Solo que tú no sabías mirar.
Dio un paso hacia él, y Brandon sintió algo extraño en el pecho, una mezcla de alerta y
atracción que no supo nombrar. No era miedo exactamente, pero tampoco era calma.
—Me llamo Isabela —dijo finalmente.
El nombre se sintió más pesado de lo normal, como si tuviera un significado que él todavía
no podía entender.
—Brandon —respondió él después de un segundo.
Isabela repitió su nombre en silencio, como si lo estuviera probando.
—Brandon... sí.
El columpio detrás de ella se movió suavemente, aunque no había viento. Brandon lo notó,
pero decidió no decir nada. Algo dentro de él le decía que preguntar demasiado rápido
podía romper algo que todavía no comprendía.
Se sentaron en los columpios sin que ninguno lo propusiera realmente. El metal crujió bajo
su peso, y por un momento el mundo alrededor pareció reducirse solo a ese pequeño
espacio entre ellos dos. Isabela lo miró de reojo, observando el cuaderno n***o que él aún
sostenía.
—¿Qué haces ahí? —preguntó.
—Dibujo.
—¿Qué dibujas?
Brandon dudó un segundo más de lo necesario.
—Cosas que no sé decir.
Isabela no apartó la mirada. Al contrario, pareció interesarse más.
—Eso suena más honesto que la mayoría de las cosas que la gente dice en voz alta.
El viento se levantó ligeramente, moviendo las hojas del parque y haciendo que las luces
parpadearan un instante. Isabela no reaccionó, pero Brandon sí lo notó. Había algo extraño
en esa chica, algo que no encajaba con ninguna lógica que él conociera, pero aun así no se
sentía como una amenaza.
—¿Siempre estás aquí? —preguntó él.
Isabela giró apenas el rostro hacia él.
—Siempre.
—Eso no tiene sentido.
—No para ti.
Hubo un silencio más largo esta vez. No incómodo, pero sí profundo.
—Mañana vas a volver —dijo ella de pronto.
No era una pregunta.
Brandon la miró un segundo más de lo necesario.
—No lo sé.
Isabela sonrió apenas, como si ya conociera la respuesta real.
—Sí lo sabes.
El columpio dejó de moverse de repente.
Y cuando Brandon parpadeó...
ella ya no estaba.
Solo el sonido del metal balanceándose suavemente en el aire vacío.
Y una sensación que no se fue con ella.
Algo que, en lugar de desaparecer...
se quedó.