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ILUSIÓN

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Blurb

La protagonista vive en una jaula de oro, y conoce a alguien que la hace sentir ella misma,pero nada es lo que parece y a veces el amor no lo puede todo.

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CAPITULO UNO
20 de septiembre, 2021 La vida nunca es como nos gustaría que fuera. Nos educan para creer que si hacemos lo correcto, si sonreímos lo suficiente, si cumplimos expectativas… algo hermoso nos estará esperando al final. Mentira. La vida es una negociación constante entre lo que deseas y lo que te permiten ser. Yo aprendí eso demasiado pronto. Crecí en una casa donde el silencio valía más que la verdad. El barrio donde vivía siempre ha sido hermoso en septiembre. El aire aún guarda el calor del verano, pero ya empieza a sentirse el otoño en los árboles perfectamente alineados. Las casas parecen decoradas para una revista que nunca termina de imprimirse. La mía no era la excepción. Ventanas amplias. Mármol en la entrada. Un piano que nadie tocaba pero que siempre estaba impecable. Una mesa de comedor demasiado larga para tres personas. Mi padre decía que la estética habla antes que las personas. Creo que por eso nunca aprendí a hablar del todo. Ser hija única no significó atención. Significó inversión. Desde pequeña entendí que yo no era simplemente una niña; era la continuidad del apellido Walton. En las cenas importantes debía saludar con firmeza, mirar a los ojos, no reír demasiado fuerte. Mi madre corregía mi postura con solo tocarme la espalda. —Una dama no se inclina —susurraba. A los ocho años ya sabía qué cubierto usar. A los diez ya entendía que las discusiones familiares no se hacían frente al servicio. A los doce dejé de contar cuando algo me dolía. La primera vez que me enamoré tenía diecinueve años. O eso creí. Robert Williams era todo lo que mis padres querían. Seguro de sí mismo, ambicioso, heredero de una empresa que encajaba perfectamente con la nuestra. Era carismático en público y calculador en privado. Me gustó que me mirara como si fuera distinta al resto. Me gustó sentir que me elegían. Fue la primera ilusión. Al principio eran detalles pequeños: comentarios sobre cómo me vestía, sobre con quién hablaba, sobre lo que publicaba. Lo decía con sonrisa, con tono de broma. —Te ves mejor cuando no llamas tanto la atención. Lo interpreté como cuidado. Después vinieron los silencios. Los días sin contestar mensajes. Las insinuaciones de que yo provocaba ciertas actitudes. —Me haces ponerme así —decía. Y yo me preguntaba qué estaba haciendo mal. La primera vez que me empujó fue en un estacionamiento. Nadie nos vio. O eso quiero creer. No fue fuerte. No dejó marca. Eso es lo peor: cuando el daño no deja evidencia. La primera vez que me engañó, mi madre me dijo que los hombres poderosos tienen tentaciones inevitables. —Debes ser más inteligente que eso, Sua. No me preguntó si estaba herida. Me preguntó cómo iba a manejarlo. La última vez que lo vi como mi pareja fue una noche en la que discutimos por algo insignificante. Creo que ya ni recuerdo el motivo. Solo recuerdo el sonido seco de su mano contra mi cara. No lloré hasta llegar a casa. Subí a mi habitación y me encerré en el baño. Observé mi reflejo como si fuera el de otra persona. La piel roja. El maquillaje corrido. La mirada perdida. No parecía la heredera de nada. Parecía una chica confundida. Cuando mi padre entró sin tocar, su primera reacción no fue sorpresa. Fue molestia. —¿Qué hiciste? Esa fue su pregunta. No “¿qué te pasó?” No “¿estás bien?” —¿Qué hiciste? En ese momento entendí que no importaba lo que Robert hiciera. Lo único relevante era que el acuerdo social funcionara. Terminé la relación esa misma semana. Pero Robert siguió viniendo a casa. Seguía sentándose con mi padre a hablar de inversiones. Seguía saludando a mi madre con un beso en la mejilla. Seguía mirándome como si aún le perteneciera. Y nadie parecía verlo como un problema. Después de eso algo cambió en mí. No de forma dramática. No hubo una escena cinematográfica. Fue más sutil. Dejé de creer. No solo en el amor. En la protección. En la familia. En la idea de que alguien me sostendría si me caía. Comprendí que estaba sola incluso acompañada. Y si iba a estar sola, al menos quería tener el control. Empecé a salir más. Aceptaba invitaciones a eventos que antes me parecían aburridos. Aprendí a moverme con naturalidad en conversaciones vacías. Sonreía cuando era necesario. Tocaba el brazo de quien debía. Mantenía el contacto visual justo el tiempo correcto. Observaba. Los hombres no eran complicados. Solo necesitaban sentirse elegidos. Admirados. Deseados. Si lograba que ellos sintieran primero, yo nunca estaría en desventaja. Era una estrategia. Fría. Calculada. Eficiente. No me sentía orgullosa. Pero me sentía segura. Y la seguridad, incluso artificial, era mejor que la humillación. Fue en medio de esa rutina cuando apareció el mensaje. @X: Hola. No le di importancia. Recibía mensajes así todo el tiempo. Pero había algo en la forma simple de escribirlo. Sin halagos exagerados. Sin emojis innecesarios. Lo ignoré. Dos días después, respondí. @sua_: ¿Hola? No contestó de inmediato. Eso me molestó más de lo que debería. Cuando finalmente escribió, lo hizo como si no estuviera compitiendo con nadie. @X: Me llamo Davis. Davis. No agregó su apellido. No preguntó por el mío. Eso fue extraño. Seguimos hablando durante días. Me preguntó qué leía. Qué pensaba del último libro que mencioné en una historia. Qué haría si pudiera elegir sin presión. Esa pregunta se quedó flotando. Sin presión. No supe qué responder. Nunca nadie me había ofrecido esa posibilidad. Cuando supe que vivía en las zonas más alejadas a Madrid lo supe todo, sentí el reflejo automático de clasificarlo. No era de mi entorno. No pertenecía al circuito de familias, colegios privados, apellidos compuestos. Y aun así, no dejé de hablarle. Porque con él no tenía que interpretar un papel. Al menos no todavía. 24 de septiembre, 2021 Mi madre organizó una cena esa noche. —Thomas pasará por ti a las diez —anunció mientras ajustaba los arreglos florales del recibidor. Thomas Hilton era perfecto en papel. Educado, discreto, ambicioso. Su familia llevaba años intentando formalizar una alianza con la nuestra. Yo era parte de la negociación. Me vestí como se esperaba: elegante, sobria, impecable. Cuando Thomas llegó, su sonrisa parecía ensayada. —Te ves hermosa, Sua. Lo dijo como si fuera una afirmación estratégica. Durante la cena habló de expansión internacional, de proyectos conjuntos, de estabilidad a largo plazo. Cada frase parecía diseñada para impresionar a mi padre. Yo asentía. Observaba. Jugaba el papel. Pero cuando Thomas sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario, hubo algo distinto. No ternura. No deseo. Reconocimiento. Como si supiera que ambos éramos piezas movidas por otros. La discusión con mi madre ocurrió al regresar. —No puedes comportarte distante —dijo con voz baja, pero firme—. Estas oportunidades no se repiten. —¿Oportunidades para quién? Su mano cruzó mi rostro antes de que terminara la frase. No fue la primera vez. Pero nunca deja de sorprender. Subí las escaleras con la mejilla ardiendo y una sensación conocida en el pecho: mezcla de rabia y vacío. No lloré. Nunca lloraba frente a ellos. En mi habitación abrí el celular. Tenía un mensaje de Davis. Lo leí. Y sentí algo incómodo. Vulnerabilidad. Cerré la conversación. Abrí otra. @Brunoo: Hola, guapa. @sua_: ¿Estás libre? No buscaba compañía. Buscaba silencio interno. El hotel estaba en el centro. Discreto. Iluminación tenue. Música apenas perceptible en el lobby. El ascensor tenía espejos en tres paredes. Observé mi reflejo desde todos los ángulos. Perfecta. Intacta. Irreconocible. Cuando Bruno me besó, respondí mecánicamente. Su piel estaba tibia. Sus manos ansiosas. Sus palabras eran previsibles. Yo me sentía fuera de mi cuerpo. Como si observara la escena desde el techo. No era placer lo que buscaba. Era confirmación. Confirmación de que aún podía ser deseada. De que aún tenía poder. De que nadie podía herirme si yo no sentía nada. Cuando terminó, me vestí con calma. —¿Te volveré a ver? —preguntó. —No. No porque fuera cruel. Sino porque no necesitaba repetir la anestesia. Regresé a casa antes de medianoche. El jardín estaba en silencio. Las luces automáticas iluminaban el camino de piedra. Todo parecía perfecto desde fuera. Subí a mi habitación y me desmaquillé lentamente. Bajo la luz blanca del baño, mi rostro parecía más joven de lo que me sentía. Veintitrés años. Y ya estaba cansada. Tomé el celular. Davis había vuelto a escribir. “Espero que hayas tenido un buen día.” Simple. Sin exigencias. Sin dobles intenciones evidentes. Sentí miedo. Porque no sabía qué hacer con algo que no parecía manipulación. Y ahí entendí algo más peligroso que cualquier golpe: No le tenía miedo al dolor. Le tenía miedo a creer de nuevo.

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