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Adrienna Rossi: Hija de la mafia

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intro-logo
Blurb

Adrienna nació en el corazón de una de las familias mafiosas más poderosas del estado. El poder, el miedo y la violencia siempre fueron parte de su mundo… pero nunca una elección. Tras la muerte de sus padres, se ve obligada a heredar un imperio criminal que jamás quiso, porque en ese mundo rechazar el poder significa firmar tu propia sentencia de muerte.

La única persona que alguna vez la conoció de verdad fue Sirius, su mejor amigo de la infancia. Pero el destino, las mentiras y las manipulaciones los separaron.

Años después, sus caminos vuelven a cruzarse.

Ahora están en lados opuestos:

él caza a criminales como ella…

y ella solo quiere escapar del mundo que la atrapó.

Cuando el pasado regrese para enfrentarlos, ambos tendrán que decidir:

¿Cumplir su misión… o arriesgarlo todo el uno por el otro?

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Capítulo I. Feliz Cumpleaños
El sol se había escondido entre las nubes y las primeras estrellas, a pesar de ser pequeñas, comenzaron a aparecer en el cielo. La noche intentaba abrirse su paso, cerrando el día de hoy. Me sentía invisible, ¿y quién lo iba a decir? Uno de los días más especiales se convirtió en el más común de todos. La habitación oscureció, pero yo ya no le temía a la oscuridad. En breve cenaríamos fingiendo ser una familia normal y feliz, y luego me iría a dormir. De la nada se abrió la puerta de la habitación y una silueta apareció en medio de la puerta. No me molesté en levantar la cabeza, ya que estaba más que claro, que era Delfi, una de las criadas que se ocupaba de mantener limpia la casa y de cuidarme. La puerta de la habitación se cerró y Delfi se acercó a la cama con pasos sigilosos. Fue bastante sospechoso, así que me senté en la cama y la observé con determinación. ¿Qué estaba haciendo? Su mano izquierda permanecía en el aire, sosteniendo algo, mientras que su mano derecha estaba escondida detrás de la espalda. Por alguna razón no tuve un buen presentimiento de la situación… Hasta que de la nada sacó un mechero y lo acercó a la mano izquierda, prendió una vela en lo que parecía un trozo de bizcocho de chocolate con pepitas de chocolate blanco y almendra. La débil luz iluminó su rostro y una cariñosa sonrisa apareció en su rostro. Llevaba su pelo color café recogido en dos trenzas, que le llegaban por debajo de los hombros. Su piel estaba ligeramente bronceada y sus ojos caramelo, no dejaban de mirarme. —Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te desea la tía Delfi, cumpleaños feliz—. Cantó de forma bastante desafinada, sacándome una sonrisa. Se arrodilló a un lado de la cama y me puso el bizcocho delante de la cara. —Ahora sopla y pide un deseo—. Agregó con una voz dulce sin dejar de sonreír. Acepté con la cabeza y cerré los ojos. Era bastante inocente de mi parte creer que con soplar una simple vela se cumplirían mis más queridos deseos, pero por alguna razón, mi niña interior se dejó llevar y sopló. La habitación se volvió automáticamente más oscura, el sol desapareció y el cielo se llenó de estrellas. La luna se escondía entre las nubes. Delfi dejó el plato con el bizcocho encima de la mesita de noche y de paso encendió la lampara, para que pudiéramos vernos. No dudó por un momento y se sentó a mi lado en la cama, dándome un fuerte abrazo. —¿Quieres saber lo que he pedido? —La miré de reojo, esperando su reacción. Bruscamente negó con la cabeza y me depositó un beso en mi pelo. —No puedes hacer eso, porque si no, no se cumplirá el deseo—. Explicó el motivo de su desinterés. Asentí con la cabeza, a pesar de dudar bastante de que se cumpliera mi deseo. De ser así, me pasaría el resto de mi vida soplando velas. —Ya estás hecha una señorita. Yo a mis dieciséis, tuve que empezar a trabajar, para poder ayudar en casa. Y gracias a tu madre pude, salir adelante—. Continuó con la conversación. Sabía muy bien, que Delfi le debía muchísimas cosas a mi madre, pero yo a esa señora la veía tan poco, que dudaba muchísimo de que fuese mi madre. Cuando me hablaba, era como si tratase con una esclava… Ni siquiera me felicitaba cuando cumplía años… ninguno de mis logros le era suficiente. Era una mujer ambiciosa, que soñaba con lograr grandes cosas, pero nunca le interesó la vida familiar, ni siquiera a mi padre lo trataba como a su marido. Desde hace tiempo empecé a notar, que su relación se había quebrado y no tenía ningún arreglo. Mi padre empezó a buscar compañía en otras personas y mi madre no tardó en hacer lo mismo. Liándose con cualquiera del que pudiese sacar el más mínimo beneficio. —Sé muy bien que le estás agradecida, por el trabajo y la asistencia médica que le ha dado a tu familia… Pero yo si pudiese, me habría ido de aquí hace tiempo—. Le confesé a Delfi, habían muchas cosas de las que no podía hablar con nadie, pero sabía que ella a pesar de solo ser una trabajadora, estaba dispuesta a escucharme. —Por desgracia en este mundo, no todas las madres, se comportan como madres… Y tener hijos no te hace madre—. Sus palabras resonaron en mi cabeza, había algo de razón en lo que dijo. Su cálida mano se acercó hacía uno de los mechones color cobre que estorbaba mi vista y lo escondió detrás de mi oreja derecha. Le dediqué una sonrisa, como muestra de agradecimiento. —Esas personas no deberían tener hijos—. Respondí sin pensarlo. El rostro de Delfi cambió de la nada y se tornó triste. A la villa llegó cuando cumplí los cinco años. Era lo más parecido a una madre. Siempre me estuvo cuidando, y demostrándome valores que debía tener, para ser diferente a mi madre. La puerta de la habitación se abrió de par en par, con un portazo. Con un ágil movimiento la luz iluminó todo el cuarto, sin pedir ni permiso ni perdón, mi madre entró en el dormitorio. Sus pasos eran bastante torpes, llevaba unas botas de cuero negras con un leve tacón, los pantalones y la camisa eran del mismo color. Parecía que no conocía otro color, pero no era nada fuera de lo normal. Delfi se apresuró a levantarse, y le hizo una leve reverencia. Bajo la cabeza y no se atrevió a posar su mirada en mi madre. No dudé ni un segundo e hice lo mismo. —Vaya, vaya, vaya… ¿Pero qué tenemos aquí? —. Rastros de alcohol se escondían en su voz. —Patrona, vine a revisar a la niña… A aproveché para avisar de que la cena estará en breve lista—. Habló, Delfi, bastante nerviosa. Mi madre torpemente con la mano derecha torpemente sacó la pistola que tenía en el cinturón dorado que llevaba. Apresuré a acercarme a ella, para impedirle que hiciera alguna locura. Delfi se quedó aterrada, no entendía lo que estaba pasando, pero yo entendí enseguida cual era su intención. —¡Suéltame estúpida! ¡¿Quién te crees que eres?! —. Intentó empujarme y apartarme de ella, pero no lo logró. —Delfi, por favor retírate—. Pedí sintiendo un poco de desesperación. —Como te muevas mato a Adrienna—. Ambas nos quedamos paralizadas. Delfi no se atrevió a dar ni un paso, y solo intercambió su mirada conmigo. —Vaya, aquí alguien se creé madre—-. Soltó una risa burlona. —Pero adivina que, jamás serás su madre, solo una simple sirvienta que se mueve por el dinero que recibe… Esos cuidados que recibe de más se mueven con el billete que te doy… Si te lo quitase, nunca te quedarías aquí—. Continuó sin temor. De la nada, mi madre me dio una bofetada. Terminé mordiéndome el labio y sentí el sabor de la sangre en mi boca. Delfi apresuró a acercarse a mi y comprobar si estaba bien, al ver que era así no aguantó más y se miró con furia a mi madre. No pensó dos veces en lo que estaba decidida a hacer, pero no podía permitírselo, la cogí de la mano derecha y tiré de ella, para evitar que la situación se pusiera peor de lo que ya estaba. —Tú nunca serás mi madre, que comportamos la misma sangre no nos hace familia—. Hablé interponiéndome de nuevo entre ella y Delfi. Me quedaba confiar en que no sería capaz de hacerme daño. —Bueno, como quieras… Si yo no puedo ser tu madre… No lo será nadie—. Apuntó a Delfi directamente con la pistola, y sin darme tiempo a hacer cualquier cosa presionó el gatillo. —¡NOOOOO! —El cuerpo de Delfi perdió toda la vida de un tiro. Cayó al suelo, me apresuré a arrodillarme a su lado, las lágrimas cayeron por mis mejillas. No me podía creer lo que había pasado, no podía ser posible, tiene que ser una pesadilla. Con sus últimas fuerzas me acarició con la yema de los dedos la mejilla y después su cuerpo perdió por completo esa corta lucha por vivir. El brillo de sus ojos se apagó, y su rostro dejó pasó a formar parte de la noche. Mi madre parecía estar en shock, sus sentidos no estaban entendiendo lo que había pasado… Pocos instantes después de lo sucedido en la puerta apareció mi padre junto a su fiel servidor Enzo, quién llevaba trabajando para él desde que tengo vida. Ambos observaron la escena perplejos. Mi padre, con pasos firmes se acercó a mi madre y le soltó un fuerte golpe en la mejilla. La pistola que hasta ahora seguía sosteniendo en la mano cayó al suelo. Enzo la cogió y evitó, que se manipulase con ella. —¿Se puede saber que cojones has hecho? ¡Estás demente! Podrías haberle hecho daño a Adrienna—. Mi padre, dejó a mi madre estar y se acercó a ver si estaba bien. No quería seguir así, esta casa estaba llena de violencia y muerte. —Todo fue culpa de esa criada, se interpuso en mi camino… Me levanté del lado de Delfi y yo misma me tiré sobre mi madre, quien perdió el equilibrio y cayó al frío suelo. Todo el valor que tenía minutos atrás, la abandonó con la llegada de mi padre. Le solté un golpe en la cara, olvidándome de que esa mujer es mi madre. Mi padre, se me acercó por detrás y con la ayuda de Enzo, me apartaron de ella. —¡Eres la peor madre del mundo! ¡Te odio! —Grité con toda la rabia y fuerza del mundo. Antes de que alguien pudiese decir cualquier cosa, una enorme explosión resonó en una de las habitaciones de al lado. Me fue imposible ocultar mi sorpresa, pero al mirar en la dirección de mi padre, pude ver que él sabía perfectamente que estaba pasando. —Enzo, llévate a Adrienna de aquí—. Pidió y se arrodilló delante de mí. —Papa, ¿qué está pasando? —Pregunté, con una sensación que hasta ese entonces no había sentido. —Adrienna, hija, sé que no hemos sido los mejores padres… Pero yo te he querido desde el primer respiro que diste, y te seguiré amando hasta el último aliento que decidas dar—. Habló con una voz dulce y cariñosa. Varios ruidos y pasos se extendían en las habitaciones de al lado, y de la nada se escucharon gritos de alguna de las otras criadas que teníamos. —Tienes que ser valiente y fuerte—. Agregó y después con un simple gesto le dio una orden a Enzo. Él, con toda la fuerza, me agarró y empezó a arrastrarme hacía el pequeño balcón. Lo último que vi, es como mi padre se puso de pie y con pasos decididos se dirigió hacia la salida de mi habitación. Mi madre seguía en el suelo, pero no tardó en entrar en razón y en ponerse de pie. No me dedicó ni una sola mirada, ni una sola palabra, solo nos dio la espalda. —¡Suéltame! Enzo, papa, espera, por favor. ¿Qué sucede? —No conseguía entender nada, pero iba a dejar que me llevaran de una forma tan sencilla, empecé a revolverme en el agarré de Enzo, pero parecía que solo le hiciese cosquillas… Y cuando menos me lo esperaba un pañuelo apareció delante de mí y terminé perdiendo el conocimiento. Mi cuerpo dejó de escucharme, y mis pensamientos, preocupaciones se desvanecieron.

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