CAPÍTULO 1: INVISIBLE
El vestíbulo del edificio central de la CORPORACIÓN BLACKMOON respiraba dinero y poder. Suelos de mármol pulido que reflejaban el brillo de las luces empotradas en el techo, paredes de cristal ahumado y acero, y el zumbido constante de cientos de personas que caminaban con prisa, hablando por teléfono, tecleando en tabletas, arrastrando maletines sobre ruedas. El aire olía a café recién hecho, perfume caro y ese ambiente tenso que solo se respira donde se mueve el mundo.
Yo atravesaba ese vestíbulo como una sombra entre tanta gente: paso ligero, mirada baja, sin llamar la atención. Llevaba en las manos una caja de archivos etiquetados, caminando con la seguridad de quien sabe exactamente dónde va sin necesidad de que nadie le haga caso.
Dos ejecutivos vestidos con trajes impecables cruzaron justo delante de mí, discutiendo cifras con tono acalorado. Ni siquiera aparté la vista. Simplemente, se desviaron como si yo fuera una columna, un mueble, algo que está ahí pero que no merece una segunda mirada.
—Bien —susurré para mí misma—. Sigue funcionando.
Llegué al ascensor de personal y presioné el botón del piso ejecutivo. Las puertas se cerraron y me permití soltar el aire que había estado conteniendo. Me miré en el espejo: ropa sencilla, cómoda, nada que llamara la atención. Cabello recogido en una cola sencilla, sin maquillaje que resaltara rasgos que era mejor ocultar. Anónima. Invisible. Segura.
Cinco años. Cinco años trabajando aquí como archivista y asistente administrativa. Cinco años apagando lo que soy para poder sobrevivir. Mi madre me había enseñado antes de que todo se viniera abajo: "El mundo teme lo que no entiende, Elara. Y cuando te tienen miedo… te destruyen. Así que mantén tu luz guardada. No brilles más de lo necesario."
Cerré los ojos un instante. Dolía recordarla. Dolía más saber que ella y mi padre ya no estaban. Que nuestra casa, nuestra pequeña comunidad, solo era cenizas ahora. Que yo era la última de mi linaje: brujas de la luna, guardianas de conocimientos que el mundo moderno había decidido que eran demasiado peligrosos. Que si alguien descubría lo que puedo hacer… mi vida valdría menos que un papel usado.
El ascensor se detuvo con un suave campanilla. Las puertas se abrieron y el silencio del piso ejecutivo me recibió. Distinto. Más pesado. Más caro.
Y entonces, las puertas de la oficina principal se abrieron.
Él salió.
Kaien Blackmoon.
Director General de la Corporación Blackmoon. El hombre más poderoso, más temido y más solitario de todo el sector empresarial. No necesitaba que nadie me lo dijera: el aire cambiaba cuando él estaba cerca. Se volvía más denso, más intenso, como si el propio espacio se ajustara a su presencia.
Caminó por el pasillo con paso firme, decidido, sin prisa pero sin perder tiempo. Alto, con hombros anchos que hacían que cualquier traje le quedara perfecto, cabello oscuro peinado con una naturalidad que parecía calculada, y esos ojos color ámbar que parecían verlo todo sin esfuerzo. No gritaba. No necesitaba. La gente simplemente se apartaba a su paso: secretarias, asistentes, directivos, todos bajaban la mirada o fingían estar ocupados en algo urgente cuando él pasaba.
Yo me pegué a la pared, la caja de archivos contra mi pecho, el corazón latiéndome de forma irregular contra las costillas. No te mire. No te note. Sé parte del paisaje.
Pasó a menos de un metro de mí. Su aroma —colonia amaderada, lluvia y algo indescriptiblemente propio de él— me envolvió por un instante y tuve que contenerme para no estremecerme. No se detuvo. No giró la cabeza. Para él, yo era parte del mobiliario: la chica que ordena los archivos, que lleva el café, que responde los correos que nadie más quiere responder. Invisible.
—¿Los informes del tercer trimestre? —preguntó sin detenerse, dirigiéndose a nadie en particular, pero su asistente principal corrió a su lado con una carpeta en las manos.
—Listos, señor Blackmoon. Como pidió.
Él asintió con la cabeza, tomó la carpeta sin mirarla y siguió caminando hacia el ascensor privado.
Yo llegué a la sala de archivos, dejé la caja sobre la mesa y me senté un momento, respirando despacio para calmar el nudo en el estómago. Por qué me afectaba tanto su presencia, no lo entendía. Solo sabía que cada vez que él aparecía en el mismo espacio, algo dentro de mí se agitaba. Una corriente silenciosa que no tenía nombre, que no debía existir.
Pasaron las horas. Ordené documentos, digitalicé registros antiguos, organicé etiquetas. Nadie entró. Nadie me llamó. Y así estaba bien. Así debía ser.
Hasta que el reloj marcó el final de la jornada y las luces empezaron a apagarse en las oficinas. Me quedé sola en el piso, terminando de archivar lo último que había quedado pendiente, cuando escuché pasos. Firmes, conocidos.
Me quedé inmóvil junto al estante de archivos. Él estaba de vuelta.
—¿Sigues aquí? —preguntó su voz desde el umbral de la puerta. No era un grito. Era una pregunta tranquila, pero que hizo que mi corazón se acelerara de golpe.
Me giré despacio, manteniendo la calma que no sentía.
—Solo terminando unos últimos documentos, señor Blackmoon. Ya me retiro.
Se acercó unos pasos al interior de la sala. Estaba sin saco de traje, con la camisa de botones oscura, las mangas arremangadas hasta los codos. Se apoyó en el marco de la puerta y me miró con esa atención que parecía analizar cada detalle.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí, Elara? —preguntó, y el hecho de que supiera mi nombre me tomó por sorpresa.
—Casi dos años, señor —respondí con voz estable. Mentí. Eran casi cinco, pero era mejor que nadie recordara cuánto tiempo llevaba integrada en su vida sin que realmente me viera.
Asintió despacio. Sus ojos ámbar me recorrieron, desde el cabello recogido hasta los zapatos cómodos que llevaba puestos. No había interés en su mirada, solo una especie de reconocimiento tardío.
—Pasa por aquí todos los días —dijo, casi para sí mismo—. Y sin embargo, casi nunca me había fijado en ti. Es curioso. Las personas que siempre están ahí son las que menos vemos.
—No hay mucho que ver, señor —respondí, bajando la mirada hacia los archivos que tenía en las manos—. Soy solo… la que mantiene el orden.
—El orden es importante —dijo él, y su tono se suavizó apenas—. Sin orden, todo cae en el caos. Gracias por mantenerlo.
Hubo un silencio breve, extraño. Quería que se fuera, que me dijera que podía irme, que cerrara la puerta y me dejara en paz. Pero en lugar de eso, él se quedó allí un instante más.
—Que descanses, Elara.
—Igualmente, señor Blackmoon.
Salió de la sala y yo escuché sus pasos alejándose por el pasillo. Cuando la puerta del ascensor se cerró tras él, solté todo el aire contenido y me dejé caer en la silla, con las manos temblando levemente.
¿Por qué me hablaba así? ¿Por qué esa sensación de que algo en él reconocía algo en mí, aunque no supiera qué era?
Guardé lo último, apagué las luces y salí del edificio. La ciudad ya estaba encendiendo sus luces nocturnas. Subí al transporte público, me senté cerca de la ventana y observé cómo los rascacielos brillaban como estrellas en la oscuridad.
Saqué de mi bolso algo que llevaba siempre conmigo: un pequeño amuleto de plata con forma de media luna. Estaba frío contra mi piel, pero al tocarlo, sentí una calma suave recorrer mi cuerpo.
—Madre… Padre… —susurré en la quietud de mi asiento—. Estoy a salvo. Nadie sabe quién soy.
Pero mientras decía esas palabras, una verdad mucho más grande y aterradora crecía en mi pecho, una verdad que no me atrevía a pronunciar en voz alta.
El destino era irónico. La enemiga natural de los lobos… era su compañera destinada. Y él no tenía ni idea.