bc

�EL LIMBUS DE LOS PECADORES�

book_age18+
0
FOLLOW
1K
READ
BE
time-travel
shifter
drama
loser
magical world
high-tech world
actor
like
intro-logo
Blurb

Elias es un cobarde. Su pecado no fue un error; fue una elección reflexiva nacida del pánico más abyecto. Encerrar a su hermano Leo, de nueve años, para no tener que escuchar su agonía mientras salvaba su propia piel... eso es oscuridad pura. En este mundo, ese recuerdo no será solo su carga; será su verdugo.

chap-preview
Free preview
Capítulo 1: LA INSCRIPCIÓN DEL COBARDE.
Elias no se despertó con un jadeo, como en las películas. Se despertó con el sonido de su propia respiración, un silbido seco que parecía demasiado fuerte en la vacuidad absoluta. No había suelo, no había techo, solo una neblina gris plomiza que se extendía infinitamente en todas direcciones. No sentía frío ni calor. Tampoco sentía hambre ni sed, lo cual debería haber sido un alivio, pero en su lugar, provocaba un terror sordo y reptante. Era la sensación de estar incompleto. Se miró las manos. Se veían extrañamente translúcidas, como si estuvieran hechas de humo condensado. En el centro de su pecho, donde debería estar el latido de su corazón, había un hueco tembloroso, un vacío que palpitaba con un brillo tenue y mortecino. Era su energía vital, sus Fragmentos de Identidad. Elias no lo sabía aún, pero estaba en números rojos. —Bienvenido, parásito. La voz no venía de ninguna parte y venía de todas. Elias se giró bruscamente. Frente a él, materializándose de la niebla, había una figura alta y delgada, vestida con lo que parecían harapos de tercioropelo podrido. Su rostro era un óvalo liso, sin ojos, nariz ni boca, solo una superficie de porcelana agrietada que reflejaba la desesperación de Elias. Se hacía llamar "El Curador". —¿Dónde... dónde estoy? —la voz de Elias era un graznido. —Donde pertenecen los cobardes —respondió el Curador, su tono desprovisto de emoción pero cargado de veneno—. Estás en el Limbus de los Pecadores. Aquí no hay agua para tu garganta, solo para tus ojos, si es que te quedan para cuando terminemos. Aquí, la supervivencia tiene un precio, Elias. Y tú estás en bancarrota. Elias retrocedió, su cuerpo translúcido temblando. El hueco en su pecho palpitó con más fuerza, una advertencia silenciosa de su inminente extinción. La mención de la "cobardía" por parte del Curador había golpeado una fibra sensible, un eco de la culpa que intentaba enterrar. —¿Bancarrota? No entiendo... —balbuceó Elias. —En este lugar, la existencia no se mide en calorías, sino en quién eres —explicó el Curador, rodeando a Elias con pasos silenciosos—. Tu energía vital, esos Fragmentos de Identidad que ves parpadear en tu pecho, se alimentan de tu esencia. Y la tuya, Elias, está casi vacía. Te queda muy poco de lo que te hace "tú". La figura sin rostro se detuvo frente a él. Una mano delgada y gris surgió de los harapos de terciopelo, sosteniendo una pequeña balanza de cobre oxidado. —Para sobrevivir aquí, debes participar en los Juegos. Es la única forma de recargar tus fragmentos. Pero los Juegos no aceptan monedas vulgares. Exigen apuestas reales. —¿Apuestas? —Elias sintió un escalofrío frío que no tenía nada que ver con la temperatura. —Un recuerdo —dijo el Curador, y por primera vez, hubo un rastro de algo parecido a la diversión en su voz vacía—. Para entrar en la Arena, debes entregar un trozo de tu pasado. Algo importante. El olor de la cocina de tu abuela. El nombre de tu primer amor. La sensación de la mano de tu padre. Cuanto más valioso sea el recuerdo, más tiempo podrás sobrevivir si ganas. Elias pensó en Leo. En su risa. En la forma en que su hermano pequeño confiaba en él. Un dolor agudo, físico, atravesó el vacío en su pecho. —¿Y si pierdo? El Curador inclinó su cabeza de porcelana. —Si pierdes, mueres. Tu cuerpo de humo se disipa en la niebla y tu existencia se borra por completo. Pero ganar... ganar tiene su propio precio. Recuperas tu recuerdo, sí, pero el Limbus siempre se cobra una comisión. Lo que vuelve a ti nunca es igual. Está... refinado. La figura se desvaneció un paso hacia atrás, fundiéndose con la niebla plomiza. —Hay reglas que debes conocer antes de que tomes tu decisión, parásito. No hay asesinato directo fuera de los Juegos. En las Zonas de Descanso, si intentas dañar a otro jugador, sufrirás el doble del dolor y el daño que pretendías causar. Aquí, la violencia física es un suicidio. —Eso... eso suena humano —aventuró Elias, confundido. La risa del Curador fue como cristales rompiéndose. —¿Humano? No, es eficiente. Nos gusta que nuestros jugadores usen su ingenio. No puedes apuñalar a tu rival, pero puedes convencerlo de que el final es la única salida. Puedes sabotear su mente hasta que su propia culpa lo consuma antes de que empiece el Juego. El terror psicológico es una herramienta mucho más afilada que cualquier cuchillo. La niebla comenzó a arremolinarse violentamente alrededor de Elias, oscureciendo su visión del Curador. —Y recuerda esto, Elias. El mundo reacciona a tu miedo. Si tú y los que te rodean caen en el pánico, este lugar... se ajustará. Se volverá hostil. Se cerrará sobre ustedes. Tus pesadillas se materializarán para darte caza. Así que mantén la compostura. O tus compañeros se asegurarán de "silenciarte" antes de que tu miedo los mate a todos. La voz del Curador se volvió un susurro metálico que parecía provenir del interior de la cabeza de Elias. —Ahora, elige. ¿Entras al Juego o te dejas consumir por la nada? Tu tiempo se acaba, cobarde. Elias se quedó solo en la niebla gris, las palabras del Curador resonando en su mente. "Cobarde". "Parásito". Y el ultimátum. Miró el vacío en su pecho. El brillo mortecino era ahora un parpadeo intermitente. Podía sentir cómo su propia consciencia empezaba a deshilacharse por los bordes. Si no hacía nada, simplemente dejaría de existir. Y aunque una parte de él, la parte consumida por la culpa, le gritaba que se lo merecía, el instinto de supervivencia era un animal voraz que se negaba a morir. Cerró los ojos, o lo que pasaba por ojos en este cuerpo de humo. Tenía que elegir un recuerdo. Algo valioso, pero no tan vital que perderlo lo dejara vacío. "El olor de la casa de mi madre los domingos", pensó. Un olor a pan horneado y café. Un recuerdo de seguridad y calor. Un recuerdo de un tiempo antes del sótano, antes del incendio, antes de Leo. —Acepto —susurró Elias. Su voz, aunque débil, sonó firme en la vacuidad. Al instante, la niebla gris se agitó y un dolor punzante, como si le arrancaran un hilo de seda de la base del cerebro, lo atravesó. Vio, o sintió, cómo una voluta de humo más denso y dorado se desprendía de su cabeza y flotaba en la oscuridad. El recuerdo del olor de la casa de su madre se desvanecía, dejando un hueco mental, una sensación de algo que debería estar allí pero que ya no estaba. El vacío en su pecho se estabilizó, el parpadeo se detuvo y un brillo tenue pero constante reemplazó la oscuridad. Se sentía... más sólido. La niebla a su alrededor se disipó repentinamente, no en la vacuidad, sino en una estructura sólida. Elias parpadeó, y se encontró de pie sobre un suelo de piedra fría y gastada. Estaba en una inmensa sala circular, una suerte de anfiteatro subterráneo iluminado por antorchas de fuego azul que no emitían calor. A su alrededor, otros jugadores estaban dispersos. Había una docena de ellos, todos con cuerpos translúcidos y el mismo hueco palpitante en el pecho. Algunos estaban sentados en el suelo, abrazándose las rodillas, con los rostros (o lo que pasaba por rostros) contraídos en muecas de desesperación. Otros deambulaban, sus ojos vacíos fijos en la nada. Una mujer joven, con el cabello hecho de humo deshilachado, se acercó a él. Su expresión era una mezcla de amargura y resignación. —Nuevo, ¿eh? —dijo, su voz plana y carente de emoción—. Apuesto a que entregaste algo dulce. Algo de la infancia. Siempre lo hacen al principio. Elias no respondió. Se limitó a mirarla, sintiendo una opresión en el pecho que no tenía nada que ver con los Fragmentos de Identidad. —Mi nombre es Sarah —continuó ella, sin inmutarse por su silencio—. Y un consejo de gratis: no confíes en nadie. Aquí, tu mejor amigo te vendería por un fragmento de tu cordura. Y no te atrevas a tener un ataque de pánico. Si empiezas a gritar, nos matarás a todos. Y créeme, no querrás saber qué pasa cuando este lugar decide que tenemos demasiado miedo. Elias miró a su alrededor, a los otros jugadores desalmados. El drama estaba servido, pero el terror real, el que acechaba en los rincones de su propia mente y en el entorno receptivo, apenas estaba comenzando. Estaba en el Limbus de los pecadores, y el primer Juego estaba a punto de empezar.

editor-pick
Dreame-Editor's pick

bc

Amor a la medida

read
117.6K
bc

Destinado a la Alfa Tenebrosa

read
1K
bc

Atracción Obsesiva

read
3.9K
bc

Soy el secreto de mi Jefe

read
5.3K
bc

El error mas hermoso

read
73.0K
bc

EL JUEGO PERFECTO

read
52.1K
bc

Si, aceptó ser su esposa sustituta señor Parrow

read
43.1K

Scan code to download app

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook