Prólogo
Año 2690
En el año 2690, la humanidad había aprendido a viajar más allá de las estrellas.
Había colonizado mundos, sobrevivido a guerras que estuvieron a punto de extinguirla y construido ciudades en lugares donde siglos antes ningún ser humano habría podido respirar.
Pero su descubrimiento más peligroso no se encontraba en el espacio.
Se encontraba en el tiempo.
Alera Varen contemplaba la oscuridad desde el puente de la Áurea-7.
A aquella distancia, las estrellas parecían inmóviles.
Ella sabía que no lo estaban.
Nada lo estaba.
Ni las estrellas.
Ni los mundos.
Ni siquiera el pasado.
—Estabilización completada —informó una voz desde navegación.
Alera no apartó la vista del ventanal.
—¿Coordenadas?
—Coinciden con el punto asignado.
Una representación de la Tierra apareció sobre la mesa central.
Europa.
Islas Británicas.
Herefordshire.
El mapa descendió hasta mostrar una zona rural prácticamente insignificante.
Ventana histórica estimada: 1795-1805.
Alera frunció el ceño.
—¿Por qué un margen tan amplio?
—La anomalía está interfiriendo con la lectura.
Aquello no le gustó.
La Flota de Vigilancia Temporal no viajaba al pasado por curiosidad.
Sus misiones tenían una regla esencial:
observar sin intervenir.
El pasado no era un laboratorio.
Era el fundamento sobre el cual descansaban miles de millones de vidas.
Cambiar una muerte podía modificar un matrimonio.
Modificar un matrimonio podía impedir un nacimiento.
Impedir un nacimiento podía cambiar una dinastía.
Y una dinastía podía alterar una guerra.
El tiempo no castigaba las grandes decisiones.
Castigaba las pequeñas.
—Comandante.
Alera giró.
—Tenemos otra lectura.
Una oscilación atravesó el mapa.
Alera se acercó.
—¿Origen?
—Desconocido.
—¿Temporal?
—Sí.
La línea apareció otra vez.
Esta vez fue más intensa.
—Eso no estaba en el informe.
—No.
Alera apoyó las manos sobre la consola.
—Abortamos aproximación.
El navegante ejecutó la orden.
Nada ocurrió.
—No responde.
Alera levantó la cabeza.
—¿Qué no responde?
Entonces la nave tembló.
No fue una vibración.
Fue un tirón.
Como si algo invisible hubiera agarrado la Áurea-7 desde el otro extremo del tiempo.
Las alarmas inundaron el puente.
—¡Pérdida de estabilización!
—¡Cierre de deriva!
—¡No responde!
—¡Alera!
Las estrellas desaparecieron.
Durante una fracción de segundo Alera vio algo imposible.
Un bosque.
Una casa.
Un hombre.
Y detrás de él...
una sombra.
No una ausencia de luz.
Una figura.
Parecía estar observándola.
Entonces la Áurea-7 cayó.
No hacia un planeta.
Hacia el pasado...