Capitulo1
El sol de la mañana apenas comenzaba a reflejarse en los imponentes ventanales de cristal de Cross Enterprises. Las puertas giratorias de la entrada principal se movieron y Harper Grace ingresó al majestuoso vestíbulo del edificio, ajustándose la tira de su bolso sobre el hombro y caminando con el paso firme y elegante de quien conoce cada rincón de su entorno.
—Buenos días, Harper —saludó el guardia de seguridad del turno matutino, inclinando levemente la cabeza.
—Buenos días, Tom. Que tengas un buen turno —respondió ella con una sonrisa cálida y genuina.
A medida que avanzaba hacia el área de recepción, varios empleados de diferentes departamentos la saludaban con breves asentimientos y miradas de genuino respeto. En una empresa donde la rotación en el piso ejecutivo solía ser despiadada, Harper era considerada casi una leyenda viviente. Antes de que ella asumiera el puesto hace ocho meses, la oficina del piso cuarenta y dos era una zona de desastre. Todos en el edificio recordaban aún la época en que las antiguas secretarias salían llorando del ascensor privado, con las renuncias en la mano tras no soportar ni un mes el carácter volcánico e implacable del jefe.
Harper se detuvo frente al mostrador de mármol del primer piso, apoyando los codos con familiaridad.
—Dime que trajiste buenas noticias y no otro informe de ingresos, Chloe —dijo Harper, guiñándole un ojo a la recepcionista.
Chloe, una chica de su misma edad y su mejor amiga dentro de la compañía, soltó una risita mientras organizaba una pila de pases de visitantes.
—Tengo mejores noticias: el café de la esquina volvió a traer tus panecillos favoritos —dijo Chloe, reclinándose hacia adelante—. Por cierto, te ves demasiado tranquila para ser lunes. ¿Cómo logras mantener el ritmo en el piso cuarenta y dos? Yo me escondería debajo del escritorio a la primera llamada.
—Es cuestión de no dejarse intimidar —respondió Harper con una pequeña mueca divertida—. Detrás de toda esa fachada de señor feudal, solo hay un hombre obsesionado con el control que odia perder el tiempo. Si no le das razones para gritar, no tiene nada contra qué disparar.
—Aún así, eres una santa. La última chica antes de ti duró exactamente diecisiete días antes de salir hecha un mar de lágrimas por ese ascensor.
Antes de que Harper pudiera contestar, un aire frío y tenso pareció extenderse de golpe por todo el vestíbulo. El murmullo habitual de los empleados disminuyó de forma drástica.
Las puertas de la entrada se abrieron de par en par y Damon Cross atravesó el vestíbulo. Llevaba un traje a medida de color gris oscuro, la corbata impecable y una expresión tan severa que parecía capaz de congelar el ambiente a su paso. Dos de sus escoltas personales caminaban unos pasos detrás de él, manteniendo una distancia discreta pero vigilante.
Damon no redujo el paso al acercarse al área de los ascensores ejecutivos, pero sus ojos, de un gris tormentoso y penetrante, se clavaron de inmediato en la figura de su secretaria.
—Si prefiere quedarse a charlar y trabajar en la recepción del primer piso, Grace, solo avíseme para ajustar su nómina —dijo Damon con su voz profunda, seca y rasposa, sin siquiera detenerse.
Chole se quedó inmóvil junto al mostrador, tragando saliva ruidosamente y disimulando de inmediato la mirada.
Harper no se inmutó. No se encogió ni se alteró. Simplemente cerró los ojos un segundo, los rodó con absoluta exasperación contenida y soltó un ligero suspiro.
—Te veo en el almuerzo, Chloe —murmuró Harper en tono sereno.
—Suerte allá arriba —susurró Chloe con un hilo de voz.
Harper dio media vuelta sobre sus tacones y caminó a paso rápido detrás de su jefe gruñón, alcanzándolo justo cuando las puertas de bronce del ascensor privado se abrían. Entró tras él y las puertas se cerraron, aislando el silencio tenso de la cabina mientras comenzaban el ascenso directo al piso cuarenta y dos.
El espejo del ascensor devolvía la imagen de un contraste absoluto: él, un gigante de más de un metro noventa con los hombros tensos y la mandíbula rígida; ella, impecable en su traje sastre, sosteniendo su tableta con una calma que a él le resultaba tan exasperante como fascinante.
El indicador de pisos marcaba los números en ascenso: 12, 15, 18.
—Su concepto del tiempo parece bastante laxo los lunes por la mañana, Grace —rompió el silencio Damon, con la mirada fija en las puertas metálicas. Su voz era un gruñido grave que resonaba en el espacio reducido.
—Llegué siete minutos antes de mi hora de entrada, señor Cross —respondió Harper sin despegar la vista de la pantalla de su tableta, deslizando los dedos con agilidad—. El ascensor tardó cuarenta segundos en bajar. Si le parece que mi puntualidad es deficiente, con gusto puedo empezar a facturar las horas extra que me hace trabajar de noche.
Damon giró levemente la cabeza, clavando sus ojos grises en ella.
—No te pago para que me des respuestas sarcásticas.
—Me paga para que organice su vida corporativa porque nadie más en este edificio aguanta más de tres semanas sin un colapso nervioso —repuso Harper, alzando la mirada para sostenerle el ritmo sin pestañear—. La agenda del día ya está sincronizada. La reunión con los analistas de riesgo es a las nueve y media, el almuerzo con la directiva de la terminal marítima se movió a la una, y el informe de auditoría externa está sobre su escritorio.
Damon entornó los ojos. Odiaba cuando ella tenía la razón, lo que desafortunadamente ocurría el noventa y nueve por ciento del tiempo. Detrás de ese carácter implacable con el que dominaba a sus subordinados y a sus rivales en el mundo de los negocios, la eficiencia implacable de Harper era el único pilar que mantenía la estructura de su oficina en perfecto orden.
—¿El informe de la terminal marítima tiene la firma del inspector de aduanas? —preguntó él, cambiando bruscamente de tema mientras se ajustaba el botón de la chaqueta.
—Comprobado y sellado a primera hora —afirmó ella—. Aunque me llama la atención la prisa por esa terminal. No suele revisar los cargamentos de piezas automotrices en persona.
—Hay cosas que no necesitan tu análisis, Grace. Solo tu gestión.
—Como diga, señor Cross. Solo me aseguro de que no esté cometiendo un error legal que yo tenga que arreglar más tarde.
Un destello de algo peligroso y oscuro cruzó por los ojos de Damon, pero desapareció tan rápido como llegó.
Ping.
Las puertas del ascensor se abrieron en el piso cuarenta y dos. El ambiente en esta planta era completamente distinto al del resto del edificio: alfombras espesas que ahogaban el sonido de los pasos, iluminación tenue y un silencio casi sepulcral.
Damon salió primero, marcando el paso con zancadas largas. Harper lo siguió a un metro de distancia, caminando directo hacia su amplio escritorio ejecutivo, ubicado justo fuera de la imponente puerta de nogal de la oficina principal.
—Quiero un café n***o. Sin azúcar. En cinco minutos —ordenó él sin mirarla, abriendo la puerta de su despacho.