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La Hija Olvidada

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La hija olvidadaValentina siempre fue la hija que quedó en segundo lugar. Inteligente, dedicada y acostumbrada a pasar desapercibida, nunca pudo competir con la belleza y el encanto de Lara, su prima, quien llegó a vivir con su familia después de perder a sus padres.Desde entonces, sus propios padres la hicieron a un lado y convirtieron a Lara en su favorita.Pero un accidente de auto cambia todo.Valentina despierta sin recuerdos y, por primera vez, tiene la oportunidad de empezar de cero. Sin embargo, mientras intenta reconstruir su pasado, descubre que su familia le está ocultando algo.¿Qué pasó realmente antes del accidente?Y, sobre todo… ¿qué descubrirá cuando vuelva a recordar quién era?

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Capítulo 1 — La hija que sobraba
Durante mucho tiempo creí que una familia era el lugar donde uno siempre tenía un espacio. No importaba cuánto discutieras, cuántas veces te equivocaras o cuántos problemas aparecieran. Pensaba que, al final del día, siempre habría alguien esperándote con los brazos abiertos. Yo tenía una familia. Pero nunca tuve ese lugar. Mi nombre es Valentina y, aunque tardé muchos años en entenderlo, fui la hija que mis padres aprendieron a querer de lejos. Desde que tengo memoria, sentí que había algo en mí que no terminaba de encajar con ellos. No era una niña problemática. Nunca lo fui. Sacaba buenas notas, hacía mis tareas antes de que me las pidieran, ayudaba en la casa y aprendí desde muy pequeña a no pedir demasiado. Mientras otras niñas insistían para conseguir un juguete nuevo o una salida con sus amigas, yo había aprendido a conformarme con lo que tenía. Quizás porque había entendido algo demasiado pronto: Mis padres siempre tenían cosas más importantes que yo. Mi mamá podía pasar horas hablando por teléfono con sus amigas, pero cuando yo quería contarle algo que me había ocurrido en la escuela, siempre encontraba una excusa. —Después, Vale. Dos palabras que escuché tantas veces que terminaron perdiendo significado. Mi papá era parecido. Cuando llegaba del trabajo, yo solía correr hacia él con alguna hoja en la mano. —Papá, mira. Saqué un diez en matemáticas. Él apenas levantaba la vista. —Muy bien, hija. Y continuaba mirando su teléfono. Al principio me emocionaba ese "muy bien". Después entendí que no significaba nada. Así que dejé de mostrarle mis calificaciones. Dejé de contarle cuando ganaba algún concurso. Dejé de hablar sobre mis proyectos. Y poco a poco aprendí a celebrar mis pequeños triunfos sola. Quizás por eso me refugié tanto en los libros. Los libros no me ignoraban. En ellos podía ser cualquier cosa. Una princesa, una aventurera, una mujer inteligente que conseguía todo lo que se proponía. Podía ser hermosa. Porque esa era otra de las cosas que siempre había sabido sobre mí. No era bonita. No como las chicas que aparecían en las revistas. No como las amigas de mi mamá. No como las niñas que llamaban la atención cuando entraban a una habitación. Yo tenía el cabello castaño, ojos grandes y algunas pecas sobre la nariz. Era delgada, demasiado delgada según mi madre, y nunca sabía cómo vestirme para verme elegante. No odiaba mi apariencia. Pero aprendí a no esperar que los demás la admiraran. Especialmente mis padres. Recuerdo una tarde, cuando tenía dieciséis años, en la que mi mamá estaba mirando unas fotografías familiares. Me acerqué por detrás para verlas. —Mamá, ¿esa soy yo? Ella pasó rápidamente la fotografía. —Sí. En la imagen yo estaba a un lado, con una sonrisa tímida. Mi mamá siguió mirando las fotos. —Tendrías que aprender a arreglarte un poco más. —¿Por qué? —Porque una mujer tiene que saber sacarse partido. No dije nada. Miré nuevamente la fotografía. Y por primera vez me pregunté si mis padres habrían preferido tener otra hija. No sabía que, años después, esa pregunta tendría una respuesta. Todo comenzó a cambiar cuando yo tenía dieciocho años. Mis tíos murieron en un accidente. Fue una noticia que llegó una mañana gris. Recuerdo a mi madre entrando a mi habitación sin tocar la puerta. Tenía los ojos rojos. —Vale… tus tíos tuvieron un accidente. Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones. Ellos habían sido de las pocas personas que realmente me hacían sentir querida. Mi tía siempre decía que yo era especial. No por mi aspecto. No por mis calificaciones. Simplemente porque era yo. Cuando me abrazaba, nunca tenía prisa por soltarme. Mi tío siempre decía que algún día iba a conseguir todo lo que me propusiera. Eran mi refugio. Y de pronto ya no estaban. Pero ellos no habían muerto solos. Habían dejado atrás a su hija. Lara. Mi prima tenía dieciséis años. Dos años menos que yo. Y era hermosa. Desde pequeña había sido el centro de atención. Cabello rubio, ojos claros, una sonrisa perfecta. Cuando entraba en una habitación, las personas la miraban. Cuando hablaba, todos la escuchaban. Cuando sonreía, conseguía lo que quería. Y después de la muerte de sus padres, Lara se fue a vivir con nosotros. Recuerdo perfectamente el día en que llegó. Mi mamá había preparado su habitación. No una habitación cualquiera. La había decorado completamente. Cortinas nuevas. Ropa de cama nueva. Un escritorio. Un espejo enorme. Incluso una pequeña colección de perfumes. Yo observaba desde la puerta mientras mi madre acomodaba las últimas cosas. —¿Te gusta? —le preguntó a Lara. Ella sonrió. —Es hermosa, tía. Mi mamá la abrazó. —Quiero que sientas que esta también es tu casa. Yo permanecí en silencio. Porque esa habitación había sido mía alguna vez. No era la misma. Era más pequeña. Pero había dormido allí durante años. Y ahora mis cosas estaban guardadas en cajas. Nadie me preguntó si estaba bien. Nadie me preguntó si me molestaba. Simplemente sucedió. Como casi todo en mi vida. Lara se convirtió en parte de nuestra familia en cuestión de días. Mi madre la acompañaba a todas partes. Le compraba ropa. La llevaba a la peluquería. Le preguntaba cómo se sentía. Si había comido. Si necesitaba algo. Si estaba triste. Preguntas que jamás había escuchado dirigidas hacia mí. Al principio intenté comprenderlo. Lara acababa de perder a sus padres. Necesitaba cariño. Necesitaba apoyo. Y yo podía soportar un poco de indiferencia. Al menos eso me decía. Pero una semana se convirtió en un mes. Un mes en seis. Y después en años. Lara ya no era una invitada. Era la favorita. Mi madre empezó a llamarla "mi niña". Mi padre la llevaba a todas partes. Cuando había una celebración familiar, las fotografías eran de Lara. Cuando alguien preguntaba por ella, mis padres hablaban durante minutos. Cuando preguntaban por mí, respondían: —Valentina está bien. Eso era todo. Una frase. Como si yo fuera un mueble. Algo que simplemente estaba allí. Recuerdo especialmente mi graduación. Había terminado mis estudios con excelentes calificaciones. Había obtenido una beca para continuar estudiando. Durante semanas imaginé aquel día. Pensé que quizás, por una vez, mis padres estarían orgullosos. Me puse un vestido sencillo. Nada demasiado llamativo. Me arreglé el cabello y esperé. Mi madre llegó tarde. Mi padre ni siquiera fue. —Papá tiene mucho trabajo —me dijo mamá. Asentí. —Está bien. Pero no estaba bien. Nunca estaba bien. Después de la ceremonia, regresé a casa esperando encontrar algún tipo de celebración. No había nada. Mi madre estaba en la cocina preparando la cena favorita de Lara. —¿Cómo te fue? —preguntó sin mirarme. —Bien. —Qué bueno. Y continuó cocinando. En ese momento escuché la puerta. Lara entró. —¡Tía! Mi madre dejó inmediatamente lo que estaba haciendo. —¡Mi niña! Corrió hacia ella. La abrazó. —Mira lo que te compré. Lara abrió una bolsa. —¡No puede ser! Las dos comenzaron a reír. Yo seguía parada en el pasillo. Con mi diploma en las manos. Mi madre ni siquiera sabía que me había graduado. No dije nada. Subí a mi habitación. Cerré la puerta. Y lloré en silencio. Esa noche comprendí que no podía seguir esperando algo que ellos nunca iban a darme. Desde entonces, dejé de buscar su aprobación. O al menos intenté hacerlo. Me concentré en mis estudios. En mi futuro. En construir una vida lejos de ellos. Pero había una parte de mí que seguía esperando. Una parte pequeña y estúpida que deseaba escuchar algún día: "Estamos orgullosos de ti, Valentina." Nunca ocurrió. Hasta que llegó el accidente. Tenía veintidós años cuando todo cambió. Recuerdo haber salido de casa aquella tarde. Había discutido con mi madre. Por Lara, por supuesto. Siempre era por Lara. Yo había recibido una oportunidad laboral en otra ciudad y quería aceptarla. —No puedes irte —me dijo mi madre. —¿Por qué? —Porque Lara necesita compañía. La miré sin poder creerlo. —Mamá, Lara tiene diecinueve años. Puede cuidarse sola. —No entiendes. —No. Creo que la que no entiende eres tú. Ella se quedó en silencio. —Siempre haces lo mismo —continué—. Todo gira alrededor de ella. Mi madre frunció el ceño. —No seas egoísta. Esa palabra dolió más de lo que debería. Egoísta. Yo, que había pasado años desapareciendo para no molestar. Yo, que había renunciado a tantas cosas para que nadie tuviera que preocuparse por mí. Yo era la egoísta. Salí de casa. Subí al automóvil. Y conduje. No recuerdo cuánto tiempo pasó. No recuerdo la carretera. No recuerdo el momento exacto. Solo recuerdo la lluvia. Las luces de un automóvil acercándose. Un estruendo. Vidrios rompiéndose. Y después… Nada. Cuando abrí los ojos, había una luz blanca sobre mí. Intenté moverme. Me dolía todo. Una mujer vestida de blanco se acercó. —Valentina, ¿puedes escucharme? Parpadeé. —Sí. —¿Sabes dónde estás? Miré alrededor. No reconocía el lugar. —No. La mujer intercambió una mirada con otra persona. —¿Recuerdas tu nombre? —Valentina. —¿Tu apellido? Lo dije. —¿Recuerdas qué ocurrió? Negué con la cabeza. Y entonces llegó la pregunta que cambiaría mi vida. —¿Recuerdas a tus padres? Fruncí el ceño. Había algo. Una casa. Una mujer. Un hombre. Pero nada claro. —No. La médica me explicó que el accidente había provocado una pérdida de memoria. Podía recuperar mis recuerdos. O quizás no. Todo dependía de mi cerebro. Horas después, mis padres llegaron. Los vi entrar a la habitación. Mi madre lloraba. Mi padre parecía serio. Y detrás de ellos estaba Lara. Ella se acercó lentamente. —Vale… La observé. No sentí nada. Ni cariño. Ni rechazo. Nada. —¿Quién es ella? —pregunté. El rostro de Lara cambió. Mi madre se llevó una mano a la boca. —Es tu prima. Mi prima. La palabra no significaba nada. Mis padres comenzaron a contarme quién era. Me dijeron que vivíamos juntos. Que éramos una familia. Que Lara había vivido con nosotros durante años. Pero había algo extraño. Cada vez que hablaban de mi pasado, evitaban ciertos detalles. Y yo no sabía por qué. No sabía que estaban omitiendo las partes más importantes. No sabía que, mientras yo luchaba por recuperar mi memoria, ellos estaban intentando construir una nueva versión de mi historia. Una historia donde Lara siempre había sido mi hermana del corazón. Donde mis padres siempre me habían amado. Donde yo había sido feliz. Pero había algo que ellos no podían controlar. Mis recuerdos estaban desaparecidos. Sí. Pero mis emociones seguían allí. Y aunque no podía recordar por qué… Cada vez que miraba a Lara, sentía una extraña tristeza. Cada vez que mi madre me decía "mi niña", algo dentro de mí quería llorar. Y cada vez que mi padre me sonreía, una voz silenciosa dentro de mi cabeza repetía una sola frase: No confíes en ellos. Todavía no sabía qué significaba. Pero iba a descubrirlo. Porque algunas verdades pueden esconderse durante años. Incluso detrás de una memoria perdida. Y la mía estaba a punto de regresar.

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