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《ALGO INESPERADO 》
El sonido metálico y pesado de las cadenas resonaba con eco lúgubre en cada paso que ella daba, marcando el cruel compás del trayecto que la arrastraba hacia aquel lugar clandestino. El olor a cemento húmedo, a encierro y al sudor frío impregnaba el aire de la mazmorra, pegándose a la piel como una película pesada. Aquellos eslabones de hierro frío no laceraban su piel; era solo un recordatorio sutil de un juego que ella misma había decidido jugar.
Al llegar al fondo del sótano, los pasos pesados de sus captores retumbaban en el piso de cemento. Los hombres la empujaron tras los gruesos barrotes de hierro que habían mandado a instalar para mantenerla asegurada, con las manos firmemente atadas a la espalda y una venda oscura cubriéndole los ojos para que jamás pudiera descubrir sus rostros. Relamían sus intenciones con una sonrisa de avaricia:
— Con esta hermosura... vamos a ganar muchísimo dinero —murmuraban entre ellos, convencidos de que, con los ojos tapados, las cadenas puestas y las manos presas, tenían en su poder el negocio de sus vidas.
Al otro lado de las rejas, una sonrisa serena y oscura se dibujó en los labios de ella, tan fugaz que pareció una sombra. Pero uno de los captores la alcanzó a notar. El hombre frunció el ceño, tenso, y se acercó pesadamente a los barrotes hasta casi chocar con el hierro:
— ¿De qué te ríes? ¿Qué te da risa? —escupió con voz áspera.
El ambiente se volvió denso, cortante. Ella, con una rapidez pasmosa, fingió un temblor. Bajó la mirada, acobardó los hombros y respondió con un hilo de voz, frágil y suplicante:
— Nada... por favor, no me hagan daño.
Los captores soltaron una risotada burlona, satisfechos con su aparente miedo. Con total confianza, apagaron las luces del sótano y subieron las escaleras conversando, creyendo que la cautiva no tendría ninguna salida.
Al escuchar que la puerta principal se cerraba arriba y el silencio lo envolvía todo, ella supo que ya estaba sola. Con movimientos lentos pero seguros, logró zafarse las manos de las ataduras y se quitó la venda que cubría sus ojos. En la absoluta oscuridad, deslizó los dedos hasta su cabello, sintiendo el leve cruce de los mechones, y extrajo una pequeña pinza metálica. Con una paciencia infinita, tanteó a ciegas la cerradura de la puerta del calabozo hasta encontrar el mecanismo exacto.
Insertó la pincita y comenzó a moverla con maestría, palpando los engranajes hasta que sintió el clic preciso; un seco y metálico traqueteo resonó en la penumbra cuando el seguro cedió por completo y la puerta se abrió lentamente.
Logró salir de la celda, pero aún estando en la penumbra del sótano, visualizó una figura a la distancia. El hombre se le acercó de golpe, cortándole la retirada con una mirada desafiante:
— ¿A dónde crees que vas? Tú de aquí no te vas.
La agarró con fuerza de las manos, la tiró con brusquedad sobre la áspera colchoneta y se montó de inmediato encima de ella. Una vez que sus cuerpos se juntaron y se entrelazaron, sintiendo el calor agobiante del contacto, ella desistió de arrancarle la cabeza. No sabía por qué. Y así se repitió durante varios días, atrapados siempre en la misma escena donde ella nunca era capaz de acabar con él.
Porque todo aquello había sido un sueño dentro de la cabeza del humano, una fantasía vivida con intensidad durante días. Pero aunque se tratara de un sueño en la mente del mortal, en el cuerpo de la súcubo la experiencia se había sentido real y pesada.
Cansada de sostener esa farsa, de alimentar un trance que ya no le pertenecía y de seguir cumpliendo el fetiche del humano, decidió despertar de golpe. En la quietud de la medianoche, cuando el hombre por fin salió de su ensoñación, ella se quitó la máscara de humana común que había llevado como un disfraz temporal, recordó su estirpe ancestral y pronunció con un susurro su nombre real, haciendo que las sombras de la mazmorra se estremecieran.
Estaba lista para recuperar su libertad, pero un movimiento imperceptible la detuvo en seco.