Capitulo 1: El lugar donde nadie hace sombra.
Hay un dolor que no hace ruido.
No deja marcas en la piel ni rompe nada en la casa. Se sienta contigo a la mesa, te acompaña al trabajo, se ríe cuando tú te ríes. Y hace lo peor que puede hacer: te convence de que es solo tuyo, de que nadie más podría cargarlo, de que nadie más lo ha cargado nunca.
Ninguno de ellos quiso dejar la vida. Quisieron dejar el dolor, y aquella noche no supieron distinguir una cosa de la otra.
Por eso llegaron aquí. Y por eso, antes de cualquier luz, antes de cualquier pregunta, lo primero que encontraron fue silencio.
No era oscuridad. La oscuridad, al menos, guarda una promesa: la de que en algún lugar existe la luz. Aquello era una claridad gris y pareja, sin origen, como la hora de antes del amanecer que se hubiera quedado a vivir para siempre. Sin sol. Sin luna. Sin una sola estrella.
El suelo no era exactamente suelo. Cedía apenas bajo el peso, como el colchón de una cama ajena, y se extendía en todas direcciones, pálido y liso, hasta que la niebla lo borraba. El aire olía a lluvia que no ha caído. Y bajo todo, tan bajo que solo se notaba cuando alguien dejaba de respirar (aunque ya no hiciera falta), sonaba un zumbido leve, como el de una nevera en una casa vacía.
Había algo más, algo que tardarían en notar: nada, en aquel lugar, proyectaba sombra. No había de dónde.
Mateo abrió los ojos porque algo le hacía cosquillas en los dedos.
Era una flor: un iris de pétalos violeta, salido del suelo pálido justo al lado de su mano. Se quedó un rato boca arriba, con la chaqueta de jean sobre la sudadera enorme y los tenis gastados, esperando que apareciera el techo de su cuarto. No apareció.
—Bueno —dijo al aire, con la voz más ligera que pudo fabricar—. Esto no venía en el folleto.
Se rio solo, porque si dejaba de reírse iba a tener que pensar. Se llevó la mano al forro de la chaqueta, buscando el parche de arcoíris que llevaba cosido por dentro. Seguía ahí. Eso, por alguna razón, casi lo hizo llorar, y lo obligó a desviar la mirada hacia los demás.
Al lado suyo, Carmen se incorporó despacio, como se levantaba siempre: primero una mano, luego la otra, y alisándose la falda antes de ponerse de pie. Un nomeolvides azul, diminuto, temblaba junto a su zapato. En el bolsillo del cárdigan encontró el dedal; en el dedo, el anillo de bodas, gastado por cuarenta y cuatro años de silencio compartido.
—Perdón —dijo a la niebla vacía, con su voz temblorosa de abuela asustada—. No quisiera molestar.
Nadie respondió, y aun así se sintió mal por haber hablado, como si hubiera interrumpido una conversación ajena en la sala de espera de un hospital.
Andrés ya estaba de pie (no recordaba haberse levantado, ni el instante exacto en que el suelo frío había dejado de ser la alfombra de su oficina), con el traje impecable y el reloj detenido en la muñeca a las tres y cuarto. Una orquídea blanca crecía, absurda y perfecta, entre sus zapatos lustrados de cuero italiano. Sacó el teléfono: sin pantalla, sin luz, sin nada. Se ajustó el nudo de la corbata con los mismos gestos mecánicos de los últimos veinte años, como si fuera a entrar a una junta directiva que nunca empezaría.
—Bien —murmuró con autoridad forzada—. Necesito saber dónde estoy y quién está a cargo de esta logística.
Nadie estaba a cargo. Hacía veinte años que eso no le ocurría a Andrés, acostumbrado a que cada problema tuviera un organigrama y un culpable.
Valeria despertó sentada, con la espalda recta y la bata blanca arrugada, y lo primero que hizo fue tomarse el pulso, por pura deformación profesional. Dos dedos en la muñeca: nada. Dos dedos en el cuello: nada. Un edelweiss, blanco y con forma de estrella, se abría junto a su rodilla, tan frío como su propia piel. Contó hasta sesenta, dos veces, marcando el compás mentalmente.
—Sin pulso, sin temperatura, sin ritmo respiratorio —dijo en voz baja, como quien dicta una historia clínica de guardia nocturna—. Hipótesis…
No terminó la frase, porque ninguna de las hipótesis le gustaba. Se llevó la mano al colgante de plata escondido bajo la blusa y lo apretó hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Joaquín no despertó: simplemente estaba ahí, de pie, con las manos en los bolsillos del chaleco de punto, mirando el horizonte gris como quien mira una carretera larga y monótona desde su orilla. Un cardo lila, con sus espinas y todo, crecía junto a sus botas de trabajo embarradas. En una mano tenía el llavero del camión, y lo giraba con el pulgar una y otra vez, sin darse cuenta, en el mismo círculo eterno que había recorrido tantas madrugadas en la ruta.
No había camino. Aun así, lo miró un buen rato, esperando que apareciera el asfalto. Tenía la mandíbula apretada, la de quien se traga algo demasiado grande para decirlo en voz alta.
Lucía despertó llamando, con los labios secos.
—¿Alma?
La palabra salió antes que ella, como un reflejo, como llevaba meses saliendo en tantas madrugadas frías de una casa demasiado silenciosa. Luego el silencio le devolvió el eco vacío y se abrazó a sí misma con fuerza. Le llegó un aroma dulce, inconfundible, de jazmín, desde una flor blanca abierta junto a su mano, en un lugar donde nada debía tener perfume. Se tocó el pasador infantil con forma de mariposa que llevaba en el pelo y lo apretó hasta lastimarse los dedos.
Daniela despertó con la cara lista. Es decir: antes de abrir bien los ojos ya se había acomodado el cabello por instinto y buscado el ángulo correcto.
—¿Alguien está grabando? —preguntó de inmediato, a la defensiva, buscando la cámara oculta.
Tanteó el abrigo llamativo, el bolsillo, el aire. No había teléfono, no había luz roja, no había comentarios en vivo ni nadie mirando. A su lado, un girasol enorme tenía el rostro vuelto hacia un sol que no existía. Se buscó en la superficie lisa del suelo y vio cómo el maquillaje se le corría poco a poco, surcándole las mejillas sin que pudiera evitarlo con polvos ni filtros. Por primera vez en años no supo qué cara poner.
Se vieron primero como se ven los desconocidos en un ascensor detenido: de reojo, midiéndose, sin ganas de ser los primeros en romper el silencio.
—¿Alguien puede decirme qué demonios es este lugar? —preguntó por fin Andrés, cruzándose de brazos, con voz de reunión de directorio.
—Un limbo de lujo, por lo visto —contestó Mateo, señalando la orquídea con la barbilla—. Con flores personalizadas y todo. Usted debe de ser el gerente general.
—Andrés Villalobos.
—Eso: el Gerente. —Mateo le tendió la mano con una naturalidad pasmosa y una sonrisa tan ancha que casi ocultaba lo asustado que estaba—. Mateo. Pero dígame por mi nombre, o por mi cargo si prefiere: payaso de fiestas infantiles y otras tragedias menores.
Andrés miró la mano extendida con repulsión contenida y no la aceptó. Mateo la retiró despacio y se la frotó contra el bolsillo del pantalón.
—Ninguno de nosotros tiene pulso —dijo entonces Valeria, sin levantar la voz pero logrando que todos se callaran—. Sugiero que dejemos de fingir que no sabemos lo que eso significa y hablemos con claridad.
El zumbido de fondo pareció hacerse más grave, vibrando en las suelas de los zapatos. Carmen se llevó las manos temblorosas al pecho, apretando el cárdigan.
—¿Entonces estamos… muertos? —preguntó, y su voz sonó tan frágil que pareció quebrarse en la niebla.
Nadie contestó. El silencio se volvió espeso. Daniela soltó una risa breve, nerviosa y afilada, como un vidrio a punto de romperse contra el piso.
—Qué manera tan pésima de enterarse —murmuró, pasándose los dedos por las mejillas manchadas—. Y sin cobertura. Genial.
Lucía había dado un paso vacilante hacia el grupo, con los ojos muy abiertos. Miró a cada uno con una esperanza que dolía ver.
—¿Hay niños aquí? —preguntó, buscando en las facciones de los demás algún rastro de inocencia compartida.
—No —dijo Valeria, con una suavidad inusual que la sorprendió a ella misma, bajando la mirada hacia su propio edelweiss.
Lucía asintió despacio, tragando saliva con dificultad. Era un alivio y era otra cosa, más fría, y las dos pesaban exactamente lo mismo en su pecho vacío.
Fue Joaquín quien habló por primera vez, sin apartar la vista de la nada que se extendía al frente.
—Sombras —dijo, seco.
Todos lo miraron, extrañados por el cambio de tema.
—¿Qué pasa con las sombras? —preguntó Daniela, frunciendo el ceño.
—No tenemos sombras —respondió el camionero, señalando el suelo con la punta de la bota.
Bajaron la vista al unísono. Siete pares de zapatos sobre el suelo pálido, y ni una sola sombra debajo de sus cuerpos. Andrés retrocedió un paso, tropezando con su propio pie, como si la ausencia de una sombra fuera un insulto personal.
—No hay fuente de luz directa —explicó Valeria, apretándose la coleta—. Eso explica físicamente las sombras. No explica nada más sobre por qué estamos aquí.
Y entonces llegó la pregunta inevitable, la piedra que todos llevaban atravesada en la garganta:
—¿Cómo llegaron? —preguntó Carmen, apenas un hilo de voz.
Nadie respondió de inmediato. El aire olía a lluvia estancada. Todos sabían perfectamente por qué estaban ahí, aunque trataran de vestirlo con otras palabras. Ninguno quería decirlo primero, como si pronunciarlo en voz alta les arrancara la última coartada.
—Yo tenía sesenta familias que dependían de mis decisiones —soltó Andrés al fin, con la barbilla en alto, como quien pone un balance sobre la mesa para disimular un naufragio—. No soportaron la caída. Yo tampoco supe cómo sostenerlos.
—Yo tenía trescientas mil personas mirándome todos los días en una pantalla —dijo Daniela, con la voz temblando por primera vez—. Y ni una sola vio nada real. Todos aplaudían el disfraz, pero nadie quiso ver el cuerpo quemándose por dentro.
—Yo tenía chistes —añadió Mateo, encogiéndose de hombros y metiendo las manos en los bolsillos de la sudadera—. Millones de chistes malos para hacer reír a los demás cuando el mundo se ponía feo. Nadie los pidió para mí. Nadie se rio cuando me tocó pagar la cuenta solo. —Rio otra vez, una risa hueca, y se le cayó a medias, dejándole en la boca una mueca triste.
—Yo solo estaba sola —susurró Carmen, apretando el dedal contra la palma—. Es poca cosa al lado de empresas y pantallas, lo sé. Pero cuando la casa se vacía por completo, el silencio pesa más que las paredes.
—Con todo respeto, señora —respondió Andrés, ajustándose los puños de la camisa con desdén automático—, la soledad no es una quiebra. Las responsabilidades son distintas.
Carmen bajó la mirada, avergonzada, y se alisó la falda una vez más, buscando refugio en la tela. Mateo abrió la boca para defenderla, con los ojos encendidos de rabia, pero no llegó a decir nada porque Lucía se le adelantó.
—Yo tenía una hija.
La voz de Lucía apenas se oyó por encima del zumbido. No la dijo con rabia ni con reproche hacia el mundo. La dijo como quien pone en el suelo algo tan frágil que teme que el aire lo deshaga.
El zumbido pareció detenerse por un instante absoluto. Nadie respiró (aunque ya nadie necesitaba hacerlo para seguir ahí), y la frase cayó sobre todos como una losa invisible. Mateo cerró la boca de golpe. Andrés miró fijamente sus zapatos lustrados, avergonzado de su propia petulancia. Joaquín apretó el llavero del camión con tanta fuerza que las puntas metálicas se le clavaron en la palma.
—Nadie dijo que esto fuera una competencia de dolores —murmuró Valeria, rompiendo el hechizo, aunque sus propios ojos brillaban de lágrimas retenidas.
—Todo en la vida es una competencia —respondió Daniela, sin mirar a nadie a los ojos, cruzándose de brazos—. En el fondo, hasta para esto queremos ser los primeros o los peores.
Fue exactamente en ese momento cuando Daniela notó que su girasol se movía.
No fue un movimiento brusco. Apenas una inclinación lenta y obstinada, como la de una planta viva que busca algo que los demás todavía no alcanzan a percibir. Después vio que el iris violeta de Mateo se inclinaba en la misma dirección. Y el cardo lila de Joaquín. Y la orquídea blanca de Andrés, y el edelweiss de Valeria, y el jazmín de Lucía, y el diminuto nomeolvides azul de Carmen.
Siete flores, siete tallos, todos girando al unísono hacia un mismo punto de la niebla, allá a lo lejos, donde hasta hacía un instante no había absolutamente nada.
Nada todavía.
Ninguno preguntó por qué ocurría. Estaban demasiado ocupados en contener el aliento y en no ser los primeros en decir en voz alta por qué habían llegado hasta allí.