Capítulo 1. La nueva inquilina.
El aire de Fontana California, todavía conservaba el calor seco de la tarde cuando Elías Thorne estacionó su auto frente al complejo de apartamentos. Eran las seis de la mañana. Sus ojos ardían, inyectados en sangre tras doce horas patrullando las calles, lidiando con lo peor de la condición humana.
Elías era policía desde hacía ya siete años, y aun después de tanto tiempo, no lograba acostumbrarse a la crueldad humana.
Subió las escaleras con el peso del cinturón de servicio tirando de sus caderas. Al llegar al tercer piso, se detuvo en seco.
El pasillo, que solía oler a encierro y a madera vieja, ahora apestaba a pintura fresca y a algo que recordaba a la vainilla. Había cajas apiladas frente a la puerta del 3B, el apartamento que había estado vacío desde que él tenía memoria.
Algunos decían que estaba embrujado, pero la realidad, era que ese departamento era todo un caos, y el casero se negaba a invertirle dinero.
¿Qué pobre idiota se echó esa responsabilidad?, se preguntó Elías.
De repente, la puerta se abrió de par en par.
— ¡Oh! ¡Hola! —Una chica salió casi trotando, con el cabello castaño recogido en un moño desordenado y una mancha de pintura turquesa en la mejilla—. Supongo que eres mi vecino. Soy Emma. Acabo de mudarme desde Los Ángeles, bueno, me mudé desde ayer en la noche, el casero dijo que trabajabas de noche, pero no dijo que eras policía y…
Elías no la miró a la cara. Sus ojos se clavaron en una caja de música que ella sostenía, una baratija colorida que parecía un insulto a su cansancio. Emma era radiante, demasiado llena de vida para un pasillo que él prefería mantener en penumbras.
— No hagas tanto ruido por el día —cortó él, con una voz rasposa que no había usado en horas—. Tengo el turno nocturno. Necesito silencio para poder dormir.
Emma se quedó con la palabra en la boca, y su sonrisa vacilando pero sin desaparecer del todo.
— Claro, entiendo, el descanso es sagrado. Yo solo quería presentarme y...
Clac.
Elías cerró la puerta en la cara de la chica sin esperar el final de la frase.
Una vez dentro de su departamento, se quitó la placa, la puso sobre la mesa de la entrada, justo al lado de la fotografía enmarcada de una mujer rubia con uniforme de policía que nunca dejaría de mirar, se sentó en la oscuridad de su sala y se quedó ahí mirando a la nada por un largo rato.
Afuera, escuchó un suave suspiro de Emma y el arrastrar de una caja.
El sol de Fontana California, no perdonaba. A las diez de la mañana, los rayos ya se filtraban por las rendijas de las persianas metálicas del apartamento 3A, dibujando líneas de polvo dorado sobre la alfombra desgastada. Elías Thorne estaba tumbado sobre las sábanas grises de su inmensa cama, con el torso desnudo y la mirada perdida en las grietas del techo. El ventilador de techo giraba con un chirrido rítmico, un sonido mecánico que era lo único que mantenía su mente anclada a la realidad.
Dormir después del turno nocturno era una batalla perdida. No era solo el calor; era el silencio. Un silencio que, irónicamente, se volvía atronador cuando intentaba cerrar los ojos.
En cada intento de querer dormir, la escuchaba en sus sueños.
“Elías…ven a la cama a dormir…Elías…”.
De pronto, un golpe seco lo interrumpió. Luego otro. Tac, tac, tac.
Era un martillo. Al otro lado de la pared, en el 3B, Emma estaba transformando su nuevo hogar. Elías gruñó y se cubrió la cara con la almohada, pero el sonido persistía, seguido de una risa ligera y el eco de una canción de radio que él no lograba identificar, algo con demasiado ritmo para su estado de ánimo.
Se levantó de la cama con movimientos lentos, como si sus músculos pesaran más de lo normal. Se detuvo frente al pequeño altar improvisado en la cómoda: una fotografía enmarcada de Sara, su prometida. En la imagen, ella sonreía con el uniforme puesto, con esa chispa de valentía en los ojos que él solía envidiar. Llevaba dos años muerta, pero para Elías, el tiempo se había congelado en el instante en que escuchó el código por la radio, informando de disparos en aquella tienda de conveniencia, justo donde estaba ella.
Se puso una camiseta blanca y caminó hacia la puerta, impulsado por una irritación que era más fácil de manejar que la tristeza.
Al abrir , se encontró con una escena que lo dejó descolocado. Emma estaba subida a una pequeña escalera de mano, intentando colgar un cuadro de colores vibrantes en el pasillo común, justo entre sus dos puertas. Llevaba unos pantalones cortos manchados de pintura y una camiseta blanca anudada a la cintura.
—Te dije que guardaras silencio —soltó Elías. Su voz sonó más profunda y amenazante de lo que pretendía en el pasillo vacío.
Emma se sobresaltó tanto que casi pierde el equilibrio. Se giró rápidamente, sujetándose de la moldura de la puerta. Al verlo, su expresión de susto se transformó en una sonrisa apenada, pero curiosamente, no retrocedió.
—¡Lo siento! De verdad. Pensé que a esta hora ya estarías en la fase de sueño profundo —dijo ella, bajando de la escalera con una agilidad que a Elías le resultó molesta—. Estoy intentando que este pasillo no parezca el set de una película de terror. ¿Ves este cuadro? Lo pinté yo. Se llama “Amanecer en el Cañón”. Creí que le daría algo de vida a estas paredes, no te molesta si lo pongo aquí, ¿Verdad?.
Elías clavó la vista en el cuadro. Eran naranjas y amarillos violentos, una explosión de energía que hería sus ojos acostumbrados a las sombras de la patrulla.
—No me interesa el arte ni lo que hagas, Emma. Me interesa dormir. Si vuelvo a escuchar ese martillo, llamaré a la administración por violar las normas de convivencia.
Emma ladeó la cabeza, observándolo con una mezcla de curiosidad y algo que parecía… empatía. Eso fue lo que más le dolió a Elías. Él era un oficial de policía, un hombre que imponía respeto en las calles de Fontana, no un proyecto de caridad para una vecina entusiasta.
—Si, lo siento, no hare más ruido —dijo ella en voz baja. —Aunque…fui muy cuidadosa, tienes el sueño muy ligero, ¿Quieres unos tapones?.
Elías dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. La diferencia de altura era notable; ella tenía que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Esperaba que ella se asustara, que se encerrara en su apartamento y lo dejara en paz. Pero Emma no se movió. Sus ojos, de un marrón claro y cálido, permanecieron fijos en los suyos.
—Lo que quiero—masculló él—. Es que guardes silencio.
—Tienes razón, no hay que empezar con el pie izquierdo. Pasado mañana es mi cumpleaños y voy a hacer una cena pequeña, solo un par de amigos, nada raro o ruidoso. Estas invitado por supuesto, como a las cinco.
Elías soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿Crees que voy a ir a una fiesta de cumpleaños? Apenas soporto estar despierto. Quédate en tu lado y no invadas el mío.
Se dio la vuelta y entró en su apartamento, cerrando la puerta con una firmeza que resonó en todo el piso. Se apoyó contra la madera, respirando agitado. Por un segundo, el olor a vainilla de Emma se había colado en su santuario, rompiendo el aroma a soledad.
Caminó hacia la cocina y abrió el refrigerador. Estaba casi vacío, salvo por un par de cervezas y un cartón de leche caducado. Se sirvió un vaso de agua y se quedó mirando la placa de policía que descansaba sobre la mesa.
“Eres dedicado a tu trabajo”, se repetía a sí mismo. Esa era su identidad ahora. No era el hombre que reía, no era el hombre que planeaba salidas con amigos. Era el oficial Thorne, el ermitaño del tercer piso.
Sin embargo, mientras intentaba volver a conciliar el sueño, el sonido del martillo no regresó. En su lugar, hubo un silencio diferente. Un silencio en el que podía imaginar a Emma al otro lado, moviéndose de puntillas por consideración a él. Y esa consideración, por alguna razón, le resultaba mucho más difícil de ignorar que el ruido.