Prólogo: La captura del vacío
El segundero del reloj de pulsera de Renata marcaba un ritmo que ella sentía en la base del cráneo. Dieciocho quilates de oro rosa que pesaban más que las esposas que su apellido le imponía. A su alrededor, el cóctel de la alta sociedad bullía: el tintineo de las copas de cristal, el aroma a perfumes caros y esa risa falsa que se ensaya frente al espejo.
Ella se apartó, buscando aire en el balcón del piso cuarenta.
El cielo de la ciudad estaba teñido de un naranja violento, esa "hora dorada" que Renata siempre intentaba atrapar con su lente, pero que hoy parecía sangrar sobre el horizonte de cristal y acero. Levantó su cámara, ajustó el enfoque y, de repente, el mundo se detuvo.
A tres edificios de distancia, una sombra cruzó el vacío.
No fue un salto, fue un vuelo. Un hombre, vestido de n***o absoluto, desafiaba la gravedad entre dos cornisas imposibles. Renata contuvo el aliento. A través del visor de la cámara, el tiempo se ralentizó. Pudo ver la tensión en los músculos de aquel desconocido, la vibración del aire a su paso y, por un instante fugaz, el brillo de una mirada que no conocía el miedo, pero sí la soledad.
Click.
El espejo de la cámara subió y bajó. La imagen quedó grabada: un espectro humano suspendido contra el sol agonizante.
En ese momento, el desconocido giró la cabeza. A pesar de la distancia, Renata sintió un escalofrío eléctrico que le recorrió la espalda. Él la había visto. No era una mirada de amenaza, era una advertencia.
Un estruendo sordo vibró bajo sus pies —una explosión controlada, un grito ahogado en las plantas inferiores— y el caos comenzó a devorar el silencio de la fiesta. Renata bajó la cámara, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado.
En la pantalla digital, la silueta del intruso parecía invitarla a dejarlo todo. Ella no lo sabía aún, pero esa fotografía era el acta de defunción de su vida perfecta y el primer suspiro de una libertad que quemaba como el fuego.
—Renata, nos vamos. Ahora —la voz de su padre, fría y cortante, la ancló de nuevo a la realidad.
Ella guardó la tarjeta de memoria en el bolsillo secreto de su vestido. La caza había comenzado, y ella no sabía si era la cazadora o la presa.