Capítulo 1: El precio de no ser nada
El dolor físico no era nada comparado con el vacío en mi pecho.
El Gran Salón del Clan de los Lobos Negros estaba abarrotado. El olor a pino, sudor y anticipación flotaba en el aire. Hoy era la noche de mi vigésimo primer cumpleaños. La noche en que, según las leyes de nuestra especie, mi loba interna finalmente debía despertar, permitiéndome tomar mi lugar legítimo al lado de Marcus, el futuro Alfa del clan.
Durante tres años, me había comportado como la perfecta sumisa. Había agachado la cabeza, soportado las miradas de desprecio de los guerreros y limpiado los desastres de la manada, todo porque Marcus me prometía al oído que, una vez que mi loba despertara, seríamos imparables. Que valdría la pena.
—¿Estás lista, Sky? —Briana, mi mejor amiga, me sonrió mientras me acomodaba el vestido blanco. Su sonrisa era brillante, pero sus ojos brillaban con una intensidad extraña—. Hoy todo va a cambiar para ti.
—Estoy aterrorizada, Bri —confesé, apretando mis manos temblorosas—. ¿Y si no pasa nada?
—Tranquila. Todo saldrá como debe ser —respondió ella, dándome una palmadita en el hombro que me pareció extrañamente fría.
Minutos después, me encontraba en el centro del salón, bajo la imponente mirada del Alfa actual y de Marcus. Marcus lucía majestuoso; su porte alto, sus ojos oscuros fijos en mí. El reloj marcó la medianoche. La luna llena brillaba en su punto más alto a través del techo de cristal.
Despierta, rogué en mi mente. Por favor, despierta.
Esperé el calor. Esperé el dolor de los huesos rompiéndose, el rugido en mi mente, la conexión con la naturaleza. Esperé... un minuto. Dos. Cinco.
Nada. Solo un silencio sepulcral dentro de mi cabeza. Mi cuerpo seguía siendo irremediablemente humano. No había loba.
Los murmullos comenzaron como un zumbido de avispas.
—¿Una sin loba? —escuché susurrar a una omega.
—Qué vergüenza para el clan. Una maldita humana defectuosa.
Busqué desesperadamente los ojos de Marcus, esperando encontrar refugio. Pero lo que vi me congeló la sangre. Sus ojos no mostraban lástima, sino un profundo y asqueado desprecio.
Marcus dio un paso al frente, su voz amplificada por su aura de Alfa, haciendo eco en cada rincón del salón.
—¡Suficiente! —rugió, y el salón enmudeció—. El Clan de los Lobos Negros no puede ser liderado por una debilidad. Una hembra sin loba no es más que una paria. Un estorbo que solo sirve para engendrar cachorros débiles.
—Marcus... —mi voz se quebró, dando un paso hacia él, pero un gruñido de su parte me obligó a retroceder. El dolor de la humillación me quemaba las mejillas.
—Yo, Marcus, futuro Alfa del Clan de los Lobos Negros, te rechazo a ti, Skylar, como mi pareja y como m*****o digno de esta manada —sentenció, mirándome como si fuera basura—. No eres nada. Y un Alfa necesita una Luna de verdad.
Mis lágrimas cayeron, pero el golpe final apenas venía.
Marcus extendió su mano hacia un lado. De entre la multitud, Briana dio un paso al frente. Ya no tenía el vestido sencillo de antes; llevaba un atuendo digno de la realeza del clan. Su mirada hacia mí ya no era de amistad, era de pura superioridad triunfante. Un aroma a canela y sangre inundó el lugar. Ella acababa de entrar en celo.
—Mi lobo ha reconocido a su verdadera compañera —anunció Marcus, rodeando la cintura de Briana con posesividad—. Briana será la futura Luna de los Lobos Negros.
Briana me miró de reojo, esbozando una sonrisa cruel mientras se acurrucaba en el pecho del hombre que, hasta hace cinco minutos, me juraba amor eterno. La manada estalló en vítores, celebrando a la nueva pareja, pisoteando mi dignidad como si yo fuera invisible.
El dolor sumiso que me había dominado durante años se rompió. Algo dentro de mí, en lo más profundo de mi alma humana, crujió. No fue una loba. Fue mi orgullo. Mi voluntad.
Sin decir una sola palabra, di media vuelta. Nadie me detuvo; para ellos, yo ya estaba muerta. Caminé con la cabeza en alto a través de la multitud que se burlaba de mí, saliendo del salón hacia la fría noche.
Empecé a correr. Corrí como nunca antes, rasgando mi vestido blanco con las ramas del bosque, dejando atrás las luces del clan. Corrí hasta que mis pulmones ardieron, guiada por el puro instinto de supervivencia, cruzando los límites permitidos, adentrándome en la zona prohibida. El territorio de los monstruos que los lobos temían.
Crucé la frontera hacia las tierras de los vampiros. Me desplomé sobre la tierra húmeda, llorando por la traición, pero apretando los puños.
Ya no volvería a agachar la cabeza por nadie.
De repente, la temperatura del bosque descendió drásticamente. El viento dejó de soplar. Un aroma a ceniza, hiel y un perfume peligrosamente seductor inundó el aire.
—Una loba herida en mis tierras —una voz, tan fría como el hielo de invierno y tan suave como el terciopelo, resonó a mis espaldas—. Qué descuido tan letal.
Me di la vuelta lentamente, encontrándome con unos ojos carmesí que brillaban en la oscuridad.