Capítulo 1: El eco de la madrugada
Seúl en 2017 no dormía, pero los pasillos del edificio de JYP Entertainment guardaban un silencio espeso, casi fantasmal. Para los aprendices del programa de supervivencia, la noche no era sinónimo de descanso; era el único respiro real. El único momento en el que las cámaras de los reality shows se apagaban, los mánagers desaparecían y el miedo a la eliminación dejaba de respirarles en la nuca.
En la sala de práctica principal, el aire olía a sudor seco, linóleo y tensión acumulada.
Han Jisung estaba sentado contra el espejo, con las rodillas contra el pecho y los auriculares colgados del cuello, aunque no reproducían nada. La música en su cabeza era suficiente ruido. Tenía los ojos fijos en su reflejo distorsionado por la penumbra, sintiendo el pecho oprimido por algo que iba mucho más allá del agotamiento físico de los ensayos bajo la tutela de Bang Chan.
Para Jisung, el verdadero terror no era que J.Y. Park lo expulsara del grupo por una nota mal afinada o un paso equivocado. El verdadero terror vivía en su interior, bien guardado bajo siete llaves. En una sociedad surcoreana profundamente conservadora, donde la homosexualidad era un tabú invisible, un borrón que destruía carreras y familias antes de que empezaran, Jisung sabía exactamente lo que era. Y se odiaba un poco por ello. Sentía una vergüenza sorda, constante, que lo consumía cada vez que se descubría mirando a alguien más de la cuenta. O peor aún, cuando se preguntaba cómo sería el mundo si no tuviera que fingir que los chicos eran solo eso: compañeros de dormitorio.
Un crujido leve en la puerta corrediza lo sacó de su abismo mental.
Lee Minho entró sin hacer ruido. Llevaba una camiseta negra empapada en sudor, el cabello revuelto cayéndole sobre la frente y esa expresión impenetrable, afilada y distante que usaba como armadura frente al mundo. Minho era el mayor, el bailarín que había entrado tarde al grupo de trainees tras haber estado con BTS, cargando con la presión demencial de tener que encajar a la fuerza en un engranaje que ya estaba rodando.
Nadie sabía leer a Minho. Era sarcástico, perfeccionista y celoso de su espacio personal. Pero, por alguna razón que escapaba a toda lógica, el único que lograba descolocarlo era Jisung.
—¿Qué haces aquí con la luz apagada, Han? —la voz de Minho sonó baja, ronca por el cansancio, rompiendo el silencio como un cuchillo fino—. ¿Quieres que nos castiguen los guardias de seguridad otra vez?
Jisung parpadeó, sobresaltado, y se obligó a esbozar esa sonrisa torcida y bromista que siempre usaba como escudo.
—Estaba componiendo, hyung. Las musas no tienen horario de oficina. ¿Y tú? ¿Vienes a robarme el sitio frente al espejo?
Minho soltó una exhalación corta que rozaba la risa, aunque sus ojos no se arrugaban con diversión. Se cruzó de brazos, apoyándose en la pared opuesta, justo enfrente de él. Desde esa distancia, en la semi-oscuridad, la tensión entre ambos se volvió densa, palpable. No era la rivalidad típica de los trainees; era otra cosa. Una fricción silenciosa que llevaba semanas creciendo, alimentada por miradas sostenidas en los pasillos, roces accidentales en los sofás estrechos del dormitorio y una necesidad desesperada de buscar refugio en el otro.
Para Minho, esa cercanía era un territorio peligroso y aterrador. Nunca se lo había planteado. Toda su vida había asumido el camino recto, el guion preestablecido por las expectativas de su familia y la agencia. Los hombres eran amigos, compañeros de lucha. Jamás se había detenido a mirar a otro varón... hasta que Han Jisung apareció con su torrente de creatividad caótica, su risa ruidosa y esa vulnerabilidad oculta que a Minho le daban unas ganas incontrolables de proteger.
Al principio, Minho había intentado reprimirlo con frialdad y bromas cortantes. Creía que era una confusión nacida del estrés extremo de la supervivencia. Pero esa noche, al ver a Jisung tan frágil, encogido en el suelo, sintió que algo dentro de su propia armadura se fracturaba. Su cuerpo reaccionaba antes que su razón, y eso lo aterraba más que la propia eliminación del programa.
—No vine por el espejo —dijo Minho con un tono más pausado, dando un paso al frente y acortando la distancia entre los dos—. Vine porque sabía que estarías aquí haciendo estupideces en lugar de dormir.
Jisung tragó saliva. Sintió el calor subirle por el cuello. La forma en que Minho lo miraba —con esa intensidad indescifrable que parecía desnudarnos el alma— lo dejó sin aire.
—No estoy haciendo ninguna estupidez... —murmuró Jisung, bajando la vista hacia el suelo, traicionado por su propio temblor.
Minho se detuvo a pocos centímetros de él. Sin decir una palabra, se dejó caer al suelo, quedando sentado hombro con hombro junto a Jisung. El contacto de la tela de sus ropas se sintió como una descarga eléctrica en la quietud de la sala. Ninguno de los dos se movió.
—Estás temblando, Jisung —susurró Minho, rompiendo la última barrera. Su mano, firme pero con un titubeo casi imperceptible, se deslizó por el suelo hasta rozar el dorso de los dedos de Jisung—. Y no es por el frío.
Jisung sintió que el corazón se le salía del pecho. Tenía miedo. Pánico puro. Sabía que si cruzaban esa línea, si permitían que lo que sentían dejara de ser un secreto reprimido para convertirse en algo real, no habría vuelta atrás. Estaban en la cuerda floja, en un país que los condenaría, en una agencia que los destruiría si descubría que dos de sus mayores apuestas rompen las reglas sagradas del sistema.
Pero cuando Minho entrelazó despacio sus dedos con los suyos, buscando su calor en medio del frío de la incertidumbre, Jisung supo que ya no le importaba el abismo.