―¡Qué bonito! ―dijo Marta como pensativa―. Así no me extraña que esa chica le quiera tanto, no ha consentido ni que le pague, porque me ha dicho, que era un favor que usted le había pedido y no se podía negar.
―Sí, es una gran chica, este curso termina medicina, carrera que ha ido sacando con excelentes notas, y ayudando en la peluquería a la tía, que está un poquito pachuchilla de salud. Siempre está dispuesta a ayudar y nunca se le va la sonrisa de los labios. Ahora no sé cómo nos la vamos a apañar sin ella ―dijo el sacerdote y en su voz se notaba una chispita de tristeza.
―¿Y eso? ―preguntó Jenaro.
―Pues porque ya nos ha dicho, que en cuanto termine la carrera, se marcha a las misiones. Una vez conoció unas hermanas, que vinieron aquí un verano, y ella ha estudiado esa carrera, solo pensando en eso, en irse con ellas allí a ayudar.
―¡Don José! ―dijo Marta de pronto―. ¿Cómo podemos ayudar nosotros a eso de las J.M.J.?
Los dos se la quedaron mirándola con los ojos bien abiertos, por esa inesperada pregunta.
―¡Pero hija! ―dijo el sacerdote―. ¿No me ha dicho usted cuando nos hemos conocido que era que… medio no sé? ―Y se sonrió.
―Bueno, no he cambiado, ¡no se crea!, pero una cosa es una cosa y otra, otra, y si podemos ayudar económicamente, para que esos jóvenes vayan un poquito mejor, pues me gustaría ―les estaba diciendo Marta, al mismo tiempo que miraba a su marido como pidiéndole que él también la apoyara.
―¡Miren ustedes!, a esos jóvenes, como a muchos de nosotros, lo que quisiéramos de verdad, es que el Santo Padre, no tenga ningún percance, y en eso sí que creo que pueden ayudar, con su impecable trabajo, que sé que siempre hacen ―dijo el sacerdote mirando primero a la mujer y después al hombre que estaban sentados allí con él.
Jenaro le devolvió una mirada pensativa, mientras se comía un trozo de aquella delicia:
―¡Berenjena rellena! ―dijo―. está ¡humm…!
―El hambre que tenía usted ―dijo el sacerdote―. Pero sí, es verdad, aquí todo lo que ponen está delicioso.
―¿Qué la pasa? ―preguntó Don José de pronto a Marta―. Está usted muy pensativa, ¿qué le ronda por esa cabecita?
―Le he escuchado varias veces, cuando se ha referido al Papa, llamarle Santo Padre, pero tengo entendido que él prefiere que se le llame Francisco, ¿no?
―Bueno, tiene razón hija, pero es que a este viejo no le entran esas modernidades, y no creo que él se enfade conmigo, porque yo le siga llamando a la vieja usanza, como lo he hecho con varios de sus predecesores, a los que he tenido la suerte de conocer.
Cuando estaban terminando de comer, vieron como el camarero salía con tres platos y en cada uno de ellos llevaba un trozo de tarta de chocolate.
Marta los miró y sorprendida le preguntó:
―¿Y eso?, si no se lo hemos pedido.
―Ya, pero es que estaba por ahí dentro y se iba a echar a perder ―dijo el hombre muy serio.
Antes de que el policía dijera algo, que debía haber pensado, porque parecía que abría la boca para hablar, se le escuchó a Don José que decía:
―¡Cómo me conoce!, sabe lo goloso que soy y que cuando alguna vez vengo por aquí, no puedo dejar de degustar esa delicia, la tarta de chocolate de la casa. ¡Miren!, si no les gusta a ustedes, ¡pues sin problema!, yo me como sus partes, ¿qué les parece?
Sonriendo el camarero le dijo:
―¡La glotonería no es buena!, que le diría usted a mis hijos, pero me parece que no se lo van a dar, pues cuando lo prueben querrán ellos comérsela.
Marta mirando aquellos platos dijo, poniendo en su cara una sonrisa de oreja a oreja:
―¡Ha acertado usted!, es mi favorito, el chocolate, sin él no soy nadie, todos los días después de comer tengo que tomarme un trocito, así que si está en tarta mejor que mejor
―¡Golosa! ―la llamó su marido―., pues yo tampoco me parece que le voy a dar mi parte ―dijo mirando al sacerdote―., pues tiene una pinta, como para despreciarla.
Terminaron la comida y Don José muy serio, les dijo:
―¡Bueno hijos!, supongo que con todo lo que hemos hablado se les habrá quedado claro que la seguridad del Papa está en sus manos.
―¡Sí! ―dijo Jenaro―. ¡Es un honor y trataremos de no defraudarle!
―¡Lo sé, no lo dudo!, vienen ustedes bien recomendados.
Mirando el reloj, al ver que eran cerca de las cuatro y media, el sacerdote dijo:
―Hoy me quedo sin mi siesta, ¡pero bueno!, es por una buena causa.
―¿La siesta? ―le preguntó Marta.
―Sí, es una costumbre que no me gusta dejar, aunque sea media horita y ya soy otro, si no, parezco, no sé, hasta arrastro los pies, si no descanso ―estaba comentando el sacerdote.
―Bueno, pues hoy se la tendrá que echar más tarde, ¿ha visto ya la hora que es? ―le estaba diciendo Marta.
―¡Pero hija!, ¡qué despiste!, si no te lo hemos dicho ―dijo él de pronto.
―¿Qué? ―preguntó Marta con curiosidad, mirando a uno y después al otro, para ver quién de los dos la decía lo que pasaba.
―Que tenemos un compromiso dentro de un rato ―la contestó Jenaro, encogiendo los hombros, como diciendo, “¡No he podido decírtelo antes!”.
―¿Un compromiso?, ¿otro?, ¡vaya diita! ―dijo ella un poco malhumorada, pero enseguida se dio cuenta de que estaba a su lado el sacerdote mirándola, y dijo―. ¡Perdone Padre!, no ha sido por usted, es que ha sido un día de lo más raro, desde esta mañana, y luego la comida…
―¿Qué le ha pasado a la comida? ―preguntó el sacerdote interrumpiéndola―. ¿No le ha gustado?, ¿lo ha comido por compromiso?
―¡No, no Padre!, no es eso, es que no sé cuánto tiempo hace que no comía fuera de casa, y corriendo como hago a menudo, eso de comer sentada y que me lo sirvan, ha sido estupendo, ¡de verdad¡, pero a pesar de eso, me ha resultado extraño.
Estaba diciéndole, cuando se acordó y añadió:
―¡Bueno!, aun ninguno de los dos me ha dicho ¿con quién o qué?, es el compromiso que tenemos, ¿y cuándo?
―Pues dentro de un ratito y en el arzobispado ―la contestó el sacerdote, mirándola muy fijamente, para ver su reacción.
―¿En el arzobispado? pero ¿qué dice?, ¿tú le has escuchado? ―preguntó Marta a su marido muy nerviosa.
―Sí, nos esperan ―le contestó este que se había puesto muy serio.
―¿Y por qué no vas tú solo? ―volvió a preguntar ella a su compañero mirándole muy seria.
―No, han dicho que tenemos que ir los tres ―la respondió Don José, que estaba al lado, pendiente, para ver como tomaba la noticia.
Ella le devolvió la mirada, y preguntó:
―¿Usted también Padre, tiene que estar en esa entrevista?
―¡Si hija!, me ha dicho por teléfono, que como él está siempre tan ocupado, que la coordinación de todo va a pasar por mis manos, ya ve la tarea que le ha dado a este pobre anciano, que está más allí que aquí ―estaba diciendo el sacerdote.
―Pero ¿qué dice?, ¡ande, ande!, que está usted estupendamente ―dijo Jenaro.
―¡Gracias hijo!, ¡qué amable eres!, si supieras la de achaques que tengo, si ya me tenía que haber retirado.
Les estaba diciendo Don José, cuando Marta preguntó:
―Bueno, ¿y entonces?, ¿qué tenemos que hacer?, cada vez que hagamos un avance, no sé o tengamos alguna noticia, ¿conectar con usted?
―¡Claro!, así lo ha dispuesto el Señor Cardenal ―dijo el sacerdote muy bajito, parecía que la idea no le acababa de agradar.
―Pero ¿es que los curas se jubilan? ―le preguntó Marta de pronto.
―¡Bueno, algunos sí!, pero son los menos, sobre todo si encuentran un asilo donde les acojan, los demás estamos de servicio hasta el final ―la respondió el anciano.
―¡Bueno, como su jefe!, ¡no se queje!, que, aunque no se tengan en pie siguen. Bueno, algunos, otros es verdad que lo dejan ―estaba diciendo Marta.
―¿A qué se refiere?, ¿quién es mi jefe?, no la entiendo ―la preguntó el sacerdote extrañado.
―Sí, el difunto Papa Juan Pablo ll estuvo hasta el final, y el pobrecito no se tenía en pie. Me pareció cruel, que no se le dejara descansar y se le tuviera de aquí para allá como se encontraba, que era evidente que le faltaban las fuerzas ―le decía Marta.
―¿Y quién le llevaba?, ¿o acaso usted cree que él se dejaba manejar?, porque el cuerpo sí le tenía un poco fastidiado, eso es verdad, pero la voluntad, la tuvo hasta el final. Y supongo que con eso de que otros lo dejan, se referirá al Papa Emérito, que tenemos, que ha tenido que dejarlo, pues aunque desde fuera nadie se dé cuenta, el peso de la Iglesia es enorme y se ve que él no podía, ya que es muy mayor también, pero seguro que le debió de costar mucho tomar esa decisión ―estaba diciéndola Don José con voz en la que se le notaba un halo de tristeza.
―Por eso le decía, que también esos curitas que hay por algunos sitios tan ancianitos, se les debía dejar descansar, que ya creo que se lo han ganado ―le replicaba diciendo Marta bajito.
Don José tocándole en el brazo la dijo:
―¡Ves hija!, que tu medio lo que sea, te funciona muy bien, si te diéramos lo mismo, nunca se te hubiera escuchado decir eso.
Ella le miró muy pensativa, pero no pronunció palabra, solamente se limitó a mirar el rostro cansado del anciano.
Jenaro que estaba escuchando la conversación de los dos dijo de pronto:
―¿Qué les parece si llamamos a un taxi?
―¡No hijo!, podemos ir en autobús, aunque no nos lleve hasta el mismo Palacio Arzobispal, desde la parada nos damos un paseíto ―dijo el sacerdote ya más animoso.
―¡No, padre!, el número cinco que es el que tiene aquí la parada, no nos deja bien, es el que va a la Gran Plaza y tendríamos luego que andar mucho y haciendo la digestión como estamos, no creo que sea lo más apropiado ―le contestó Jenaro al que no le gustaba la idea de andar sobre todo a esas horas.
―¡Sí, tomemos un taxi! ―dijo Marta―. Que yo por lo menos estoy que no puedo más, es que la tarta estaba riquísima y aunque me ha parecido excesivo el trozo que me han puesto, no he dejado ni las migas, ¡cómo estaba!, pero ahora me siento muy pesada, esa es la verdad.
Don José seguía allí a su lado sin decir palabra, por lo que Jenaro extrañado, le preguntó:
―¿Le pasa algo?
―No ―respondió el sacerdote―. ¿Por qué lo pregunta?
―No sé, está usted muy callado ―le dijo Jenaro mirándole.
Echándose a reír el anciano le dijo:
―Es usted como mis compañeros de residencia, que dicen que me temen cuando estoy callado, es que estoy tramando algo, pero no, solo estaba pensando, que como nos va a sobrar un poquito de tiempo, podemos tomar un cafetito, en una cafetería allí enfrente de la Catedral.
―Bien, cuando lleguemos ya lo decidiremos, ¿entonces, llamo al taxi?, ¿de acuerdo? ―estaba diciendo el policía mientras sacaba el móvil y empezaba a buscar el número.
―Si se empeña, ¡hay que ver esta juventud!, ¡qué poco le gusta andar!, la de veces que he hecho yo este camino, cuando he tenido que ir a arreglar cualquier asunto, y nunca, nunca, he tomado un taxi, se lo puedo asegurar. Cojo y echo un pasito detrás de otro y antes de darme cuenta estoy traspasando el quicio de la puerta del Palacio Arzobispal ―estaba diciendo el sacerdote.
Los tres esperaron a la sombra un poco a que el taxi hiciera su aparición allí en silencio.
El camarero que les había atendido, salió y al verles se acercó a donde estaban parados.
―Padre, ¿los llevo a algún sitio?, tengo el coche aquí cerca ―preguntó al sacerdote.
―Mira, nos hubiera venido bien hace un momento, pero ya no es necesario, gracias, hemos llamado a un taxi ―le contestó el anciano, mirándole con una sonrisa.
―¿Un taxi?, ¡anda Padre!, que les acerco yo, ¡de verdad!, vuelvan a llamar y díganle que ya no le necesitan ―estaba diciendo el camarero.
―¡No! ―dijo Jenaro―. Eso no podemos hacerlo, ya estará de camino ―Y sin terminar de pronunciar esas palabras vio cómo se paraba delante de ellos el coche.
―¡Gracias hijo! ―le dijo el sacerdote al camarero―. ¡Anda vete a tu casa!, que Concha y los niños estarán esperándote ya, deseando que llegue papi, para estar un poco jugando con ellos.
El recorrido hasta el lugar de la cita, el Palacio Arzobispal, fueron en silencio, un poco por la modorra que da la comida y otro por la preocupación de aquella reunión tan inesperada y poco común que iban a tener, cosa que tanto a Jenaro como a Marta les preocupó, pues nunca en toda su vida profesional se habían encontrado con una situación similar.