Capítulo II-1

2005 Palavras
Capítulo II El día era gris, en la televisión habían dicho que una ola de calor se extendía por Europa, en algunos sitios iban a tener unas temperaturas tan altas, como nunca ni soñaron alcanzar, pero aquí, el cielo estaba cubierto, las grandes nubes hacían temer, que de un momento a otro el agua empezaría a caer con fuerza. Todo estaba tranquilo, con esa calma que precede a la tempestad, era lunes, el último, antes de la esperada llegada. Las calles estaban casi desiertas a esas horas, mirando por la ventana del hotel, de esa forma en que se mira, pero no se ve, pues mientras se está pensando en otras cosas, Marta dijo en voz alta: ―¡Qué ganas tengo de que pase ya todo! ―¡Cariño, ten un poco de paciencia!, ya falta poco ―la dijo Jenaro tratando de tranquilizarla. ―Sí, poco, pero es lo más difícil ―le contestó ella. ―¿Y si lo que sabemos no es suficiente y hay otra célula preparada?, por si con esa no salen las cosas como se esperaba ―se le ocurrió decir a él de pronto. ―¡Ni lo pienses!, aunque no lo creo, ten en cuenta que son tan soberbios, que siempre piensan que lo hacen bien, eso es bueno para nosotros, ¡son previsibles! ―¿Qué dices?, ¡de previsibles nada!, nunca a nadie normal se le hubiera ocurrido ninguna de las atrocidades que a ellos se les ocurren. ―¡En eso tienes razón!, se ve claramente que todo parece producto de mentes enfermas, si no es imposible llegar a esos rebuscados métodos ―dijo Marta muy seria. ―Sí, por que no son los resultados de alguna clase de estudio, ¡qué va!, eso se ve claramente, que se le deja al ejecutor que busque el método que quiera, con el que se encuentre más cómodo, si no, es inexplicable ―estaba diciéndole Jenaro, recordando aquella primera vez que vinieron, cuando todo empezó. ―¡Bueno amor¡, deja ese tema, si no te vas a amargar el día, termina de arreglarte que nos vamos a dar una vuelta. ―¡Anda, que para vueltecitas estoy yo!, y además ¿a dónde quieres que vayamos? ―Mira, ¿qué te parece si subimos a esa torre o Tower, como creo que se la llama aquí, para ver el paisaje desde allí? ―le dijo ella. ―Eso estaba mirando en estos momentos ―añadió él volviendo la cara y dando la espalda al ventanal. ―Por eso te lo digo, te he visto como la mirabas con atención, y he pensado que como no tenemos muchos planes, pues esa es una idea tan buena como otra ―dijo ella sonriendo. ―Pero ¿qué pretendes ver desde allí arriba?, solo se verán los tejados de las casas de la ciudad y poco más. Bueno, también el río Oder, seguro que tiene una buena vista desde lo alto. ―Pues eso veremos, así podremos contemplar todas las islas que dicen que tiene, será una forma distinta de ver Wroclaw, o Breslavia como también se la conoce ―digo yo. ―Si te empeñas, pero eso sí, solo si hay ascensor ―añadió Jenaro, al que le gustaban poco las escaleras, y solo las subía cuando no había más remedio. Ella soltó una carcajada, ante su ocurrencia, y dijo: ―¡Pues claro!, ¿qué creías que estaba preparada para subir allí por las escaleras?, ¡ni hablar!, porque sí que he pensado alguna vez, al ver uno de estos edificios, que como se las arreglarán los días que les falte la luz, o no bajan para ir a la compra y al trabajo, o si bajan no suben, pero desde luego hay que tener ganas de vivir en un sitio así ―estaba Marta diciendo mientras se había acercado a la ventana para ver mejor aquella torre de cristales negros. ―Lo que estaba yo pensando es que…, el buen blanco que se puede hacer, si alguien tiene malas intenciones ―dijo él frunciendo el ceño. ―¡Anda, ni se te ocurra!, deja ya el tema, y termina que nos tenemos que marchar, porque si no, va a venir la señora que hace la habitación y nosotros aún no hemos terminado. Se dio la media vuelta y dando la espalda a la ventana a donde había estado todo el rato mirando, entonces se dio cuenta de que su mujer estaba arreglada y esperándole. Un silbido de admiración se le soltó instantáneamente. ―¡Vaya, que bien te sienta tu disfraz de turista! ―Y acercándose a ella la dio un beso. ―¡Anda exagerado!, solamente me he puesto algo distinto al uniforme diario, ya quedamos en que aquí no lo iba a usar. Como vio que él cogía las gafas de sol ―le dijo Marta sonriendo. ―No creo que las necesites, ¿no has visto?, lo que creo que tenemos que llevar es el paraguas. ―Mira, ya sabes que hace años que no salgo sin ellas, me hacen sentirme mejor, es como si tapado tras esos cristales, no me pudieran ver, y yo les observara más tranquilo ―comentaba mientras se las ponía. ―¡Pues llévatelas!, pero dime una cosa... ―le estaba diciendo Marta cuando él la interrumpió. ―Bueno, pero venga, salgamos que ya está aquí la señora. En ese momento se escuchó que alguien llamaba a la puerta de la habitación del hotel. ―Dzien dobry ―les dijo la limpiadora a modo de saludo, cuando la abrieron. ―¿Qué nos habrá dicho? ―preguntó él bajito. ―Seguro que es “buenos días”, sino ¿qué más puede ser?, tengo que enterarme de cómo se dice ―contestó ella, mientras salían de la habitación. Recorrieron el largo pasillo y llegaron al lugar donde se encontraba el ascensor, al lado de este había un gran ventanal, por donde se podía ver el paisaje. ―¡Qué verdecito está todo!, ¡qué envidia! ―dijo ella mientras apretaba el botón. ―¡Envidia!, ¿por qué? ―la preguntó él extrañado, mientras se introducían en el recién llegado ascensor. ―Mira, siempre me ha encantado el campo, pero como ese, con hierbecita verde, en el que te puedes descalzar y sentir como el fresquito se te introduce en el cuerpo, y te va subiendo poco a poco por las piernas ―estaba diciendo ella, de esa forma de hablar en que se nota que lo estaba sintiendo. ―Pero ¿qué dices?, ¿cuándo has hecho tú eso? ―le preguntó él extrañado. ―Mira, una vez, hace ya muchos años, me acuerdo que fui unas vacaciones a Galicia, la verdad es que la lluvia que nos caía casi todos los días, no es que me gustara mucho, pero en el hotel donde estábamos, había unos jardines, y allí me solía yo descalzar y andar por aquella hierbecita, y aunque han pasado un montón de años, recuerdo la sensación tan agradable que sentía ―estaba contándolo con los ojos cerrados, como reviviendo aquellos lejanos momentos. ―¡No me lo habías contado!, y, ¿cuándo fue? ―volvió a preguntar él curioso. En ese momento se paró el ascensor, había llegado al piso bajo y al abrirse la puerta se encontraron de frente, con alguien inesperado, nunca se lo hubieran imaginado. ―¡Usted!, pero ¿qué hace por aquí? ―preguntó Jenaro sorprendido, aun sin salir de aquel recinto. ―¿Y ustedes?, ¿no me digan que van a hacer turismo?, venía en su busca. Les dijo el recién llegado, mientras salían del ascensor y les indicó con la mano que le siguieran, tanto Marta como su marido, muy extrañados por el inesperado encuentro, sin decir ni una sola palabra, siguieron sus pasos, detrás de él, salieron del hotel y ya en la calle les dijo en voz baja: ―¡Síganme!, vamos al coche. Los dos miraron en ese momento y vieron un coche n***o, aparcado allí al lado de la acera, frente a la puerta del hotel. ―¿Qué pasa?, ¿ha sucedido algo malo?, ¿por qué está usted aquí? ―le estaba diciendo el policía al sacerdote que tenía delante, que no era otro que el secretario del Cardenal de Sevilla, ese que habían conocido el día en que fueron al Palacio Arzobispal por primera vez y con el que varias veces habían hablado por teléfono, aunque ahora estaba muy cambiado, allí le habían visto con sotana, y ahora estaba con un traje gris, parecía diferente, más joven. ―¡Por favor! ―dijo él muy serio―. Entren en el vehículo ―Y él dio la vuelta al coche para ponerse en el asiento del conductor. Jenaro abrió el coche, y se quedó de piedra, dentro sentado estaba el mismísimo Cardenal, ¡no podía ser!, cerró los ojos y los volvió a abrir para comprobar si había sido una imaginación. Marta que estaba detrás de él esperando para entrar le preguntó: ―¿Pasa algo? ―No, no, entra ―le dijo Jenaro La sorpresa de ella fue también enorme y de pronto dijo: ―¡Eminencia!, pero ¿qué hacéis aquí por estas tierras?, ¿es que ha pasado algo grave?, ¿y cómo nos habéis localizado? ―Y volvió a insistir―. ¿Sucede algo malo? ―estaba preguntando Marta mientras se sentaba a su lado. ―Miren ustedes, yo tenía que hacer algo por estas tierras y decidí venir unos días, pero me ha surgido un pequeño problema, las personas con las que me tenía que entrevistar, no hay forma de dar con ellas y les quisiera pedir que me las localicen. Claro, todo sin levantar ninguna sospecha, no sé qué puede haberles sucedido. Y a la pregunta de cómo les he localizado, pues es obvio, he llamado a su jefe y él me ha dicho en que hotel se encontraban ―lo estaba diciendo con tono serio, y en su voz se le podía notar una gran preocupación. ―¿De quién se trata, Eminencia? ―le preguntó Jenaro rápidamente. ―Miren, como veo que estaban a punto de salir, vayan a donde tuvieran pensado y dentro de una hora nos podemos volver a ver, y mientras voy a ver si logro aclarar algo más del asunto. ―Pero nuestra salida, no era, ni necesaria, ni urgente, lo podemos dejar, solo íbamos a visitar esa torre, pero por curiosidad, no tiene importancia. ―¿Qué pasa?, ¿qué les parece a ustedes más bonita que nuestra Giralda? ―¡Qué va! ―dijo de pronto Marta―. ¡Como la Giralda no hay nada!, se pongan como se pongan los de aquí, que tienen esto tan moderno, además creo que como esta, o muy parecida hay varias en otros sitios, debe de ser que a alguien se le ocurrió construir una y luego viendo lo bonita que le quedó, la han reproducido en varios sitios y ahora parece que le toca el turno a Sevilla, ¿ha visto la que están haciendo en la Isla de la Cartuja?, aunque me parece que no va a ser tan alta como esta. ―¡Sí!, ¿y eso porque lo dice?, ¿dónde ha visto otra igual? ―volvió a preguntar el religioso extrañado. ―Porque sé que hay una exactamente igual, en un lugar de Australia llamado Townsville ―le contestó ella muy seria. ―Y usted, ¿cómo lo sabe? ―Porque la conozco, estuve allí hace unos años, y dentro hay un hotel en donde pasamos unos días, y por eso me ha llamado esta la atención, me ha recordado aquella, y también hemos visto una muy parecida en Johannesburgo ―le estaba contando Marta. ―¡Pero bueno!, ¡no me lo puedo creer!, ¿cómo les da a ustedes tiempo de viajar tanto?, yo creía que en su trabajo estaban más atados y no tenían tantas vacaciones. ―¡Bueno, vacaciones lo que se dice vacaciones!, de eso no hemos hablado, ha sido de alguno de los múltiples viajes que hemos hecho, por motivos de trabajo ―sonriendo le aclaró ella. ―Pero ¿a esos lugares, tan poco comunes y lejanos?... ―la estaba preguntando el Señor Cardenal sorprendido de lo que estaba escuchando. ―¡Claro!, cuando se persiguen algunas pistas, hay que recorrer ciertos sitios siguiéndolas, y parece ser que siempre nos toca a nosotros esos trabajitos y no es que me vaya a quejar, ¡nada de eso!, porque gracias a ello hemos conocido lugares, que de no ser así nunca hubiéramos ido, pues de alguno no sabía ni que existían hasta que los visité ―le estaba diciendo Marta allí sentada dentro del coche, que aún no había arrancado. ―¿Dónde vamos? ―preguntó el secretario, desde el volante, pues hacía de conductor. ―Les dejamos donde quieran, y quedamos para dentro de un rato, quiero verificar algo primero ―estaba diciendo el Señor Cardenal y añadió―. Hemos venido porque no quería usar el teléfono, para ponerme en contacto con ustedes. Hay que ser prudentes, no se sabe nunca quién puede estar escuchando, y qué complicaciones puede tener una inoportuna indiscreción. De todas formas, si no hubieran estado en el hotel, cosa que esperaba, por la hora temprana que es, ya tenía pensado dejarles una notita en recepción.
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