Coincidir

1546 Words
Yo creo que estaba tan cansada, tan traumada y herida por todo lo que viví durante los últimos meses, que solo quería espacio. Nada de venganzas, ni una nueva pareja o reclamar algo que no era mío. Santiago tenía mucha razón y sonaba prometedor, de verdad que sí, pero anhelaba abandonar el drama y la tensión. Solo quería simplemente vivir en paz. Conseguí un trabajo fuera del país, me mudé, conocí gente, viví un poco, viví lo que no había podido porque estaba ocupada construyendo un futuro que no me di tiempo de disfrutar o simplemente vivir. El privilegio de levantarse tarde y comer el sobro de la noche. Esa era la vida que yo quería… y alguien simplemente no me dejó. Pero antes de llegar a eso, les voy a decir quién vive como campesino que viene de recoger su cosecha, quien por primera vez ha vendido todo antes de siquiera retirarlo, y de camino, mientras va a su casa, se encuentra con un toro. Le toca defender su vida y su futuro, todo al precio de lo mismo, al precio de un tal vez. Esa es la vida de Santiago, el que se había metido de lleno en la empresa familiar. Había ocupado un puesto que le favorecía, trabajaba bajo las órdenes de su hermano, quien parecía estar furioso todo el tiempo. —Santiago, necesito que programes una reunión para mañana a las 9 a. m. —No puedo programarme para nada. Tengo una secretaria y puedes coordinar con ella. —¿No puedes escribir que tienes una cita mañana? —Puedo, pero no quiero. Alguien más maneja mis tiempos. Se llama tener una empresa propia. —No me queda claro qué haces aquí. —Estoy aprendiendo. Al final, esto también es mi herencia. —Esta es la herencia de mi padre y, por ende, es la mía. —La cuestión es que es la compañía de mi abuelo —responde—. Y hasta que él decida o elija a quién dejárselo, no voy a irme. George estaba notablemente enfurecido. Sabía que no le podía echar, pero no le quedaba más que soportarlo. Los dos vieron a Tom, el primo materno de Santiago. Este se acercó y saludó primero a George, el cual lo miró de pies a cabeza. Santiago y su primo compartieron una mirada. —¿Estás en su agenda? —Lo estoy. Vengo a recordarte que viajamos a Nueva York el fin de semana. —Ya… estoy inundado. —No puedes dejarme solo. —Tomas, estás casado. Tu esposa es una especie de dama de compañía. Es preciosa, divertida y casi, casi juega videojuegos. Es lo único que no hace bien. —Vas a venir conmigo porque llamaste a mi mujer dama de compañía y porque te pedí el favor hace más de un mes. Ella tiene su propia persona a quien acompañar en la vida, y yo siempre te acompaño en todo, pedazo de mierda. Así que nos vemos —Tom le da un beso en la mejilla y él sonríe. Santiago arregla sus cosas esa misma noche para el viaje, porque Tom es el hermano que la vida le regaló. Mientras su mamá estaba embarazada de un idiota, su tía se había enamorado y casado con el hombre que los crió a los dos, que los convirtió en personas disciplinadas, los amó hasta su último suspiro. Tom había sabido compartirle todo, desde las risas, los juguetes, paseos, hasta los regaños. No iba a dejarlo solo para el lanzamiento de su compañía a la bolsa, no iba a dejarlo solo, no sé, para el nacimiento de sus hijos, ni siquiera si eso significaba pasar tiempo en exceso con la mujer loca que eligió como esposa. Dos días más tarde, yo estaba en el aeropuerto esperando pacíficamente al verdadero amor de mi vida, a Claudia. Cuando una fracasa con los hombres, más valora a esa amiga que intentó sacarte un tampón mal colocado con pinzas de cejas. Yo a Claudia la valoro siempre y planeo estar ahí toda su vida, incluso si eso significa que Santiago crea que le espío y que fui con flores para él. —Muñeca, mi amor, me trajiste flores —dice mientras viene corriendo hacia mí. Claudia lo ve sorprendida, al igual que Tom. Los dos nos observan y yo le dejo abrazarme. —Acosador —le acuso. —Ayuda, este hombre me acosa. —Santiago. —Nos conocemos, tenemos sexo todo el tiempo. —Santiago… no le hagan caso, eh. —Uhh, ¿cuánto sexo? —pregunta Claudia emocionada ante el descubrimiento. —Muchísimo, casi siempre ella pide más. —Santiago. —Claudia. Les regañamos y Santiago aprovecha para darme un beso en los labios. Le pego con las flores y él me da las gracias antes de dejárselas. Claudia, divertida, se las regala y le pregunta todo sobre nuestra relación. Es que de verdad no tienen límites y, por un segundo, entiendo qué ve mi amiga en Tom. Llevan como cinco años juntos, tres años casados, y hasta hoy lo entiendo. Él es mi versión masculina. Los llevé a su hotel y Claudia le recomendó a su esposo compartir habitación con Santiago para cambiarse, porque nosotras teníamos una conversación muy detallada que sobrevivir. Santiago abrió la puerta de su habitación y Tom lo miró serio. —Nicholas Thomson, no me des esa mirada. —Te la doy porque eres un psiquiátrico. Santiago pensó que, si podía convencer a su primo, podía convencer a todos de que la amaba. —Es la mujer de mis sueños. —Es la exmujer de tu hermano. —¿Y qué? Está guapísima, folla bien y tiene sentido del humor. Él no se casó con ella; puedo perfectamente casarme yo. —Santiago, ¿a qué estás jugando? —No estoy jugando. —Voy a ducharme, vestirme, y cuando quieras me cuentas la estupidez que se te ha ocurrido, pero desde ya quiero que sepas que no estoy de acuerdo. Santiago se rió y lo dejó ir primero a bañarse. Claudia tenía demasiadas preguntas para las que yo no estaba lista para responder. Mi amiga no paraba de parlotear razones por las que, según ella, era buena idea estar con Santiago. —Sabes, no me cae bien ni yo a él, pero los dos amamos a Tom, fingimos y lo hacemos bien, ¿sabes? —Entonces, ¿quieres ganar puntos con Santiago ligándome...? Eres una traidora. —No, solo hablo de lo honorable que es el tipo. Ama y honra a su primo como si fuera su hermano, y por él me soporta. Está aquí por él, y tú tienes un historial de elegir hombres que no se sacrifican nunca por nada que no sea ellos mismos. —¿Viste que tenemos una reservación? No importa que Claudia sepa que tenemos una reservación. Siempre, siempre es la última en estar lista, y a mí me da algo con el tiempo, pero su marido se lo toma muy mal. —Es increíble. Le mandaste un cronograma antes de venir. —Se lo mandé para que tú supieras que iba a ocupar más de su tiempo con ella. Pero, como la conozco, la reservación es a las ocho, y ella va a venir corriendo a buscarnos mientras felices nos tomamos un whisky. Tom me mira sorprendido y sonríe. Suspira aliviado antes de dejar de tocar la puerta para apurar a su esposa. Santiago le acaricia el hombro y nos dirige al bar más cercano. Es la primera vez que comparto con Tom, y la verdad es divertido. Sabe escuchar y parece una buena persona. —Entonces, ¿vamos a tener sexo hoy o toda la semana? —pregunta Santiago. Su primo se atraganta con el whisky mientras intenta no morir ahogado. Yo me río. Santiago también se ríe, y los dos le damos golpecitos en la espalda a Tom, quien se pide un vaso con agua. Lo bebe y se recupera un poco. —Entonces... —Santiago, respétame un poco... de verdad —se queja su primo. Vemos a Claudia desde el otro lado del bar, caminando hacia él con una sonrisa. Es como si el mundo se centrara en ella. Tom se baja del banquillo, va hacia ella, la besa y la abraza. Claudia se ríe mientras escucha lo que él tiene que decir. —Por eso mi respuesta es no. ¿Sabes? Es codicioso pensar que todos vamos a ser así de felices. Pero yo tuve una infancia... rara, atípica. Tuve romances estúpidos en mi adolescencia —me encojo de hombros—. Mi hermana mayor está casada con el amor de su vida y mi hermana menor también... Me hace creer que me merezco un tercio de esa felicidad. —Estoy lista —anuncia Claudia. —Qué guapa vas —le dice Santiago—. Si no funciona con tu amiga, puede que le robe la esposa a mi mejor amigo. —Santiago, suficiente —le dice su primo, y Claudia se ríe. —Más te vale haber conseguido un lugar muy guay en el que podamos bailar y gozar. ¿Habrá lugares de perreo cerca? Tom rueda los ojos y su mujer se ríe.—Bien que te gusta —responde Claudia divertida, mientras Tom suspira resignado.
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