Santiago tiene amigos que requieren de un NDA para ir a sus actividades, yo de verdad no sé con quién me estoy metiendo, y me encantaría decir que me excita, pero no... no. Definitivamente, a ratos me preocupa. Él conduce tranquilo y yo voy jugando con la radio mientras intento sonsacarle quién putas es,
—Espérate, nada más.
—Vale... solo, es raro de cojones, tus amigos se ven interesantes, pero no se ven, ultraespeciales.
—Que sepas, que somos súper especiales.
—¿Sí?
—¿Qué hacen? ¿cómo se conocieron?
—Estuvimos en.… estuvimos.... —Santiago me mira. —Esto no lo sabe ni mi madre.
—Vale.
—Estuvimos en la guerra juntos, fuimos secuestrados, espiamos para otros países, y sobrevivimos —Responde y me río, Santiago se mantiene serio, y se encoge de hombros antes de regresar su vista a la carretera.
—¿Y qué más hiciste Rambo?
—Nada.
—Gracias por la confianza.
—¿Entonces, me crees?
—Tiene sentido, es eso, o básicamente vamos a una orgía con tus amigos, y la verdad, no me los quiero follar.
—¿Has estado pensando que vamos a una orgía?
—Sí, estás sospechoso y te gusta el sexo.
—No comparto a mi mujer, que te quede claro.
—Ya, yo tampoco soy de compartir, pero le apuesto a mi papá.
—¿A qué le apuestas?
—Si me hace lo suficientemente feliz, yo podría mirar hacia otro lado. Creo que el tipo no se hubiese enojado tanto si le hubiera puesto el cuerno con otro hombre.
—¿Le puso el cuerno con otra mujer?
—Su mejor amiga. La mujer con la que cuidaban niños, con la que tomaban vino después de las guardias, la amiga buena de toda la vida.
—¿Claudia y tú no se lo montan?
—No, pero nos gusta ver. Hemos estado hablando... y la verdad, vamos a tener que buscarnos nuevos miedos, porque entre familia se triplica el pecado —Santiago se ríe.
—Me encanta que tengan tantas ideas.
—Somos espectacularmente creativas.
—Lo de tus papás está heavy.
—A veces quiero creer en la monogamia, pero mira, tú eres el hijo de una infidelidad, yo soy la hija de una infiel, soy la mujer con la que le pusieron el cuerno a alguien... Es complejo esto.
—Yo ansío eso, simplemente querer ver a la misma persona todos los días y que me quiera todo el tiempo solo a mí.
—Deseas una obsesión absoluta.
—Acompañada de una sumisión, por supuesto —responde divertido.
Parece que estamos por llegar a nuestro destino, aunque aún estamos a casi diez kilómetros. Me parece una exageración. La casa, como siempre, no deja de sorprender en belleza y detalles. Sé de inmediato quién es el dueño del lugar. Santiago me ve sonriente y va corriendo a bajar a sus hijos antes que a mí. Los perros corren libres por el jardín. Luego, viene a abrirme la puerta y me dice serio:
—No te tomes nada personal, están un poco sorprendidos y ansiosos por conocerte. Sus esposas no son perras, son súper inteligentes y te van a caer súper bien. Solo... llévalo suave.
La puerta de la casa se abre y veo al presidente y a su esposa. Luego a Santiago.
—¿Eres amigo del presidente?
—Sergei, por el resto del fin de semana.
—Já.
—¡Santi baby! —le gritan y vienen corriendo hacia él. Santiago me suelta la mano para ir a cargar al señor presidente de la república, y su mujer intenta contener la risa. Es que se dan besitos y se dicen cuánto se aman.
Isabela pasa de ellos y viene a presentarse, como si no fuera súper famosa. Igual, es maja.
—Es un gusto conocerte. Cualquier mujer que pueda mudarse con Santibaby es bendecida —las dos reímos.
—Lo mío con Santiago está escrito en piedra —comenta Sergio—. Un placer conocerte, Regina. Solo he leído informes sobre ti y los comentarios en nuestro chat de amigos.
—Vale... Uno me llamó quinceañera y el otro cree que tengo las tetas en la cara. Interesante, ese chat.
Isabela ve a su marido.
—Yo de verdad no sé cómo se mantienen todos como adolescentes de trece años.
—Sí, sí.
—¿Dónde están los bebés? —pregunta Santiago.
—Con mi papá. Mi mamá no está, así que estoy a cinco minutos de devolverme.
—Les ha construido una pared para escalar en el jardín. Yo quiero ser su nieto —comenta Sergio.
—Qué guay. Nada de columpios, una pared.
—Y si te caes, te recibe un colchón inflable.
Santiago probablemente se está haciendo ideas de lo que podría inventarse. Yo los sigo al interior. Una pecera gigante decora la entrada de la casa. Veo a Santiago y él sonríe.
—Quieres una en casa.
—No, mi amor, tú sigue con tu jaula de soltero. Esto huele a sexo viejo con putas y cigarros.
—Se lo decimos todo el tiempo —responden las otras mujeres.
Josh me presenta a su esposa, Carla, una mujer que parece no haberse quitado los tacones en toda la vida. Muy seria. Gabbin me presenta a María, una miniatura, delgada y dulce, nada que ver con su pose de hombre rudo, gamer y fortificado.
—Mira, Santiago es el amigo de cuidado —comenta Carla— porque siempre está con sus aventuras de soltero, contaminando a los demás con ideas.
—Yo nunca contamino a nadie. Ustedes le temen a mi soltería. Ven, ayúdame y luego peleamos.
Los cuatro se van a encender un puro afuera, donde no dejen evidencias.
—Dame uno —exige Santiago, y ellos se van a fumar felices de la vida mientras nosotras tomamos café con galletitas.
Las observo y entiendo la vibra. Carla trabaja con las Naciones Unidas, María es diseñadora de casas, Isabela es la jodida primera dama.
Y estas mujeres parecen estar devorándose el mundo. Es como si yo me hubiese quedado en la peor etapa de la vida. ¿Son los veintisiete o soy yo? De verdad que necesito ayuda. Tomo café con tristeza mientras hablan de las extracurriculares de sus hijos y yo no sé si quiero tener uno, si podemos. No sé si estoy enamorada de Santiago siquiera. No sé si estamos peleando contra su familia o adaptándonos a existir en esta falsa realidad. No sé, siquiera, quién putas es este hombre.
Santiago me escribe un mensaje y me enseña su celular desde donde está, pero no entiendo nada. Seguro pongo cara de loca.
—Dice Santiago que te mandó un mensaje —anuncia Sergio desde el otro lado—, que lo leas y después le respondas.
Salgo de mi ensueñamiento y veo las caras de preocupación de las chicas. Mi mirada se encuentra con la de Santiago.
—Dejé... dejé mi celular en el auto. Voy a traerlo... Perdón... —respondo.
Santiago camina detrás de mí y me da la mano. Caminamos hacia el auto. Me pone el brazo sobre los hombros y me pregunta si estoy bien. Asiento.
—Ustedes son adultos de verdad, son megaadultos. Las mujeres allá dentro tienen hijos con “s” y maridos. Yo soy una novia y quiero saber por qué no estoy fumando y tomando alcohol.
Santiago me da un beso en la nariz mientras se ríe y me mete el puro en la boca. Le doy una calada larga y luego juego con el humo. Santiago se ríe.
—¿Qué putas sueles fumar?
—Soy la hija de en medio, soy el hijo que mi papá quería.
Santiago me da un abrazo y le acaricio la espalda mientras reímos.
—Vale, encontraremos actividades aptas para tu adolescencia tardía, pero luego no te quejes si te llaman quinceañera.
—Sí, sí. —Me llevo una mano al pecho y Santiago me mira preocupado.— Me duelen los pezones y quiero con la vida llorar.
—¡Llora!
—No voy a llorar en público. —Me quejo y respiro antes de tomar el puro y volver a encenderlo. Le doy una calada y Santiago espera a que exhale. Me da risa, pero logro sacar una “S”.
—Eres una especie de chica de barrio.
—Lo soy, un poco.
En el interior, Sergio está repartiendo una botella de vino.
—Vean, de verdad quiero que nos llevemos bien, pero necesito tequila y que se ambienten, porque si no, voy a pensar que Santiago solo sale con gente aburrida y mayor...
—¿Mayor? —repiten todos y yo asiento.
—Está viviendo la crisis de los veintisiete, está colapsando.
—¿Crees que somos mayores?
—Los acabo de llamar adultos megapro.
—¿Cómo funciona eso?
—Tienen bebés y maridos, y la vida les resulta. Además, fuman puros, muy cubanos de tu parte.
—Eh, mira quién tiene buen gusto —comenta Sergio y yo asiento.
—Vale, ¿y cómo entretenemos a la niña?
—Tequila, ¡stat! Para todos.
Sergio se sirve uno directo en la boca y suspira.
—Estamos mayores. Mañana voy a necesitar el día para recuperarme.
—Yo sigo siendo joven —comenta Santiago y se lanza por su shot.
Llega el turno de María, quien toma la botella y luego nos da una repasada.
—Soy pésima tomadora, pero parece divertido. —Les juro que hasta su voz es suave y mágica.
Luego de ambientar la actividad un poco, nos vamos a jugar, lo cual es una pérdida de tiempo porque esta gente tiene puntería extraordinaria. Ganamos Santiago y yo porque mi puntería no apesta. Luego Sergio e Isabela. María llena de besos a su esposo porque perdieron por mucho. Todos reímos.
Los veo ansiosos por la revancha en el billar y tengo que reconocer que soy mala.
—¿Cómo que eres mala?
—No coordino agarrar el palo, ya sabes...
—¿Con qué clase de hombres has salido?
—Ninguno que esté interesado en salir a jugar billar, niñato.
—Tú de verdad solo has desaprovechado el tiempo. Ven, que sentía que eras mi caballo ganador.
—¿Qué tal si lo hacemos hombres contra mujeres? Así no pierdes —le digo.
—Vale. —Responde, y los hombres que han tenido una relación en la vida saben que eso es una trampa. Se lo advierten, pero yo lo dejo.
Doy un par de tiros de prueba y Santiago pierde la paciencia.
—¿Prefieres jugar otra cosa?
—No, yo aprendo rápido, solo déjame ver.
—Vale.
—Santiago, ¿recuerdas cuando íbamos a buscar soldados y encontrábamos una mina, y teníamos que resolver? Eso es lo que estoy haciendo.
Por el bien de todos, cambiamos de juego a cartas, y el problema se lo llevan otros, que sí están muy fluidos en esto y lo otro. Santiago me mira desde el otro lado de la mesa y se ve pensativo. Me sonríe y sus amigos dejan las cartas en la mesa.
—Necesitamos asar carne.
—Sí, sí.
—Tengo una buena mano —se queja Santiago.
—Tienes una buena vista —le molestan y se lo llevan arrastrado.
—¿Hice algo? —pregunto y todas niegan.
—Es la primera vez en años que está tan enamorado.
—¿Santiago? No está pillado con la cantidad de “no” que recibe, es que es el mimado de su familia y el cuidado de sus amigos. Es obvio que no... no está pillado tanto.
—Estás viviendo con el hombre.
—Para ahorrar, es más comodo no tenemos que ir de un lugar a otro. —comenta Isabela y se ríe. Las otras dos la siguen.
—Vale, yo... yo lo vi ser feliz, lo vi amar, lo vi romperse el corazón, pretender que no pasó nada y recoger los pedazos. Creo que se tragó todo, se creyó la mentira, esperó por años a la misma mujer, la amó en silencio, la amó con dolor. Y si te ha elegido después de años de lealtad y espera absoluta, es algo que deberías valorar.
—Xiomara... buf, es que hasta a mí me duele, ¿sabes? Es que teníamos todos una vida planeada juntos y... ella hubiese querido que Santiago fuese feliz y perdiera en las cartas por estar viéndote. Ella quería esto.
Maratón... pero comenten chiqkistrikis