Una amenaza

1553 Words
Santiago Todos tenemos costumbres, y la de volver a terminar trabajos de Xiomara no había sido la excepción. Tuvimos que esperar 18 horas desde que lo pensamos hasta que ella cayó en su propia trampa. Pasaron casi siete años desde la última vez que la habíamos visto, y ahí estaba, generando caos en el lugar más vulnerable que encontró: un hospital. Poniendo a familias en crisis, al personal médico a correr, y había ido directo por Carla. Su amiga tenía razón. No quería matar a su esposo, la quería a ella como seguro de vida. Había puesto somníferos en aerosol, pero incluso para eso habíamos planeado. Entonces, todos entramos con máscaras. Aun así, intentó hacer la situación mucho más oscura: amenazó con volarle los sesos a Carla. Y antes de que pudiera decir o hacer algo, le disparé un dardo con sedante directo al cuello. Me miró a los ojos antes de caer al suelo. Alguien del equipo cargó a ella y a Carla. Mientras intentábamos salir, su equipo abrió fuego contra nosotros. Seguimos nuestra ruta de salida hacia la azotea. El helicóptero nos dirigió por la ciudad. Después tomamos dos rutas en auto. Tras asegurarnos de que no estábamos siendo seguidos por nadie, aparcamos en uno de los puntos de interrogatorio planificados. Para entonces, el efecto del medicamento había salido casi por completo del sistema de Xiomara. La encadeno y la llevo arrastrada al interior de la casa. Abre los ojos y me mira sin decir nada, me observa en cuanto la coloco en una silla y la encadeno de pies y manos a su asiento. —Santiago, estás enojado. —No, no estoy enojado. Estoy de luto porque pensaste que era una genial idea exterminar a mi mejor amigo y a toda su familia. —Tus amigos me traicionaron, así que empecé por Gabbin. Si hubiese querido herirte, habría matado a Regina o a su hermana, la embarazada. Eso la pondría fatal, no te podría ni mirar a los ojos. —Esto no es sobre mí o sobre Regina. No estás teniendo un ataque de celos. ¿Qué quieres, Xiomara? —Me desperté una mañana. Después de soñar contigo, pensé: "Si yo no soy feliz, nadie debería serlo". —Eres una perra egoísta y vas a morirte sola. —No te puedes morir dos veces en una vida. Yo morí el día que me abandonaste, ¿y sabes por qué? Porque Gabbin cortó mi comunicación, porque me estaba acostando con Josh. Seguro que Carla, que lo ha defendido espectacularmente, no sabe eso. —Tienes razón, no te puedes morir dos veces, así que yo no tengo por qué matarte —respondo y la dejo. Sergio ingresa en mi lugar para interrogarla, y después de cuarenta y ocho horas de mentiras, verdades y torturas, le sirven algo de comer. —¿Vas a comer conmigo, señor presidente? —No. —¿Esta es mi última cena? —pregunta. —Sergio, si me matas, van a venir por ti. —¿Quién, Xiomara? —No importa quién ni cómo, pasará. —Ya, tienes la comida ahí o alguien va a venir a eliminarte. —Sergio, tú me vas a dejar ir —canturrea—. Porque Isadora es el amor de tu vida. O sea, quieres a Isaac, pero Isadora… Creo que me matarías por ella dos veces. Pero la pequeña sigue una rutina diaria impresionante. ¿Cómo la mantienen ocupada? Va primero a clase de ballet, luego a su clase de francés, ejercicios, regresa a la casa, estudia con su tutora Valeria, muy guapa… Si yo fuera tu mujer, estaría celosa de ella y de cómo pasa tiempo con tu hija, mientras ella lleva a Isaac al fútbol. Él tiene una rutina muy cuadrada. Los tres se mueven con un equipo de seguridad privado de tres coches y un par gubernamentales. —¿A qué le tienes miedo? —la mujer sonríe mientras se fractura la mano frente a Sergio—. Si yo no me voy, todos se mueren. Entonces te sugiero que me des las llaves, porque Isadora e Isaac son una amenaza. Pero tienes cuatro sobrinos pequeños, una hermana mayor y un cuñado guapísimo. Por no hablar de tu mamá… De puta a la mamá del presidente. Muy trabajadora, eso no se le quita, y muy coqueta. Va al gimnasio tres veces al día. Seguro teme que tu papá se aburra o que el coño se le seque. —¿En fin, me sueltas o me suelto? Josh irrumpe en la habitación, y le da una golpiza, Xiomara le ruega proque le sielte y así hacer la pelea jsuta,s ergio le exige saber con quién está trabajando y uno de sus colaboradores le informa lo que está pasando, una bomba en la casa de sus padres, encontraron otra en la casa de su hermana y así en cada una de las casas de neustras familias. —Ya los evacuarona todos, pero, las bombas no pueden ser desactivadas. —comenta el hombre en su oido. —¿Ya te dieron al noticia? me imagino que te queda claro que estoy aquí proque quiero, y que me voy ya si queires que las otras bombas que mi equipo colocó no se vayan a activar. Te imaginas, cuando les contemos, que no quisite salvar al pueblo. —Xiomara, son casas, todos están a salvo. —Sí.. yo le diría lo mismo a los familiares de la gente que se va a morir en el banco y en los buses... van niños, cierto... Santiago, ahora qué vas a hacer, romper la sociedad, porque el gordo y este sbaíanq ueyo estaba viva y no te dijeron. —Estabamos en lo correcto, eres una loca, psicópata, y vas a irte al infierno. —Sí, pero tú no vas a matarme, guapo. —Lo provoca con un beso y una sonrisa. Josh toma un cuchillo y le corta la mano. Los tres lo miramos asustados. Parece decidido a lastimarla. Le da un corte en el hombro, y ella lo ve asustada. Luego, otro corte superficial en el abdomen. Le quita el zapato y ella grita aterrorizada. —Tú te vas, pero no vas a dejar de olvidarme, ni yo me voy a olvidar de ti. Voy a encontrarte. Te encontré una vez y no voy a parar hasta que dejes de respirar —le promete y le da un golpe que la noquea. Josh hace una seña a los muchachos, le inyecta un sedante y luego le quiebra el brazo. Le coloca algo dentro del hueso. —¿Qué es eso? —Es un rastreador. Tardarán unas 48 horas en tenerla en pie e intentar salir del país. Antes de eso, es necesario recopilar toda la información posible. Nadie más murió, pero sentíamos eso... el vacío, la incertidumbre. El funeral de Gabbin y su familia fue enorme, doloroso, desconsolador. Creo que, incluso si podía intentar ignorarla, Xiomara, de una forma u otra, se me había metido en la cabeza. Mis amigos me habían dejado sufrir porque estaban viendo lo que yo no. Regina entrelaza sus dedos con los míos, me acaricia el brazo y mi mamá pasa su mano por mi espalda. Apoyo mi frente contra su hombro y ella promete que el dolor pasará. El padre, quien da un último adiós a la familia, explica que el amor familiar no se rompe, incluso si sus cuerpos están en reposo y sus almas descansan. Trata de convencernos de que lo mejor que les pudo haber pasado a los recién fallecidos fue poder acompañarse hasta el último segundo. Voy a casa de mi madre después del funeral. Mis hermanos parecen tristes. Domenic pregunta lo que ninguno logra entender: —¿Cómo vienen al mundo niños para morir pequeños? Todos lo miramos y su papá le acaricia la espalda. —Creo que nos hace valorar un poco más a todos nosotros. Yo valoro que estás vivo, que eres sano, divertido, lleno de amor, y me anima a ser mejor papá para ti y para tus hermanos. —¿Y no eras capaz de valorar eso sin que nadie se muriera? —pregunta. Mi mamá lo abraza. Regina se queda pensativa. —La muerte le da valor a la vida, cariño. Si fuésemos eternos o intocables, no habría magia en buscar el momento perfecto, el atardecer más impresionante… En fin, hoy duele, pero en unos años te hará más fuerte. Domenic no estaba convencido de ello, y yo tampoco. Regresé a casa preocupado, cansado, triste. Regina estaba iniciando su nuevo trabajo. Mi abuelo nos presentó como la nueva cabeza de su compañía. Lo único que parecía ir bien era que ella estaba justo donde tenía que estar: segura, con toda la protección posible, cambiando de rutas, buscando ser impredecible para competir contra un fantasma. Y fue una noche cuando el teléfono de mi casa sonó. Me levanté corriendo a tomar la llamada. Era Walter, el papá de Xiomara. Se escuchaba de fondo el llanto de su esposa mientras me decía que habían encontrado el cuerpo de su hija. —¿Dónde? —Lo enviaron en una caja… tenía un perfume raro… —responde. —Está muerta, Santiago. Ya no va a regresar —me dice. Finalizo la llamada y me quedo en el sofá, esperando a que algo pase.
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