Regina es una persona muy compleja. Yo creo que se oculta detrás de capas, como las de una cebolla o las alcachofas, pequeños gajos que forman una estructura de mayor volumen. La comparo con un vegetal por una razón: a pesar de ser una mujer impresionante en todos los aspectos de la vida, es ridículamente insegura.
Sintió el frío recorrerle el cuerpo justo después de cerrar la puerta de su oficina. Se escondió en el baño privado y vomitó todo lo que había alcanzado a comer, que era muy poco; nada se quedó en su interior. Se secó el sudor, llamó al personal para su primera reunión y arrancó con su primer proyecto como si nadie hubiera puesto en duda sus habilidades. Se sumergió en el trabajo, como quien quiere anestesiarse de todo.
Mi mamá es muy parecida. Yo siempre pensé que su trabajo era lo más importante para ella, que su vida giraba en torno a ello. La verdad es que no: ahí se refugiaba, y fingir que todo lo demás no estaba pasando simplemente le daba un descanso emocional, una forma de evasión.
Para que quede muy claro, Regina es mi hermana menor, la que me sigue. Yo soy diez años mayor que ella y también su hermana gemela. De alguna forma, soy quien la crió, quien le enseñó cómo ponerse una toalla y cómo elegir (mal) un brasier, porque elijo mal los míos. También soy quien no pudo evitar celebrar sus logros como si fueran los míos. Así que reservé en un restaurante de fusión gastronómica, soborné a nuestra hermana menor con un día de spa, y finalmente la esperamos fuera de su edificio, escribiéndole sin parar hasta que se dignó a salir. Le entregamos una canasta con chuces para su nueva oficina y unas rosas. Mi hermana sonríe y se acerca a abrazarnos.
—Gretta, viniste. Gracias —dice, y me llena de besos.
—¿Es muy pronto para saltar?
—Soy una jefa, no sé si puedo actuar como una niñata.
—Sí, sí... toca disimular —respondo, dándole un último abrazo—. Eso sí, no le voy a negar a nadie que estoy tremendamente orgullosa de ti y de lo que has logrado.
—Gracias por venir.
—Hemos reservado algo. Nos lo vamos a pasar bien. ¿Qué te parece?
—Las sigo en mi auto.
—Ven, que a Linnie le regalaron la licencia, y si yo tengo que venir, tú también —le aseguro, abriéndole la puerta del coche.
—¿Es necesario que yo vaya delante?
—Jajaja, ¡comiquísimas! Qué brutas. Un aplauso —se queja Linnie. Me río de ambas mientras escuchamos con atención lo que va del día de mi hermana. Creo que Linnie equivocadamente eligió medicina pensando que no había matemáticas, y cuando se dio cuenta de que se había autoestafado, ya era demasiado tarde. Mis papás estaban orgullosos de ella y le aplaudían emocionados en su graduación. Rinnie, bueno, estaba acostumbrada a hablar un idioma laboral muy diferente al nuestro. Pero hay algo que todas las mujeres del mundo hemos vivido: esa pregunta que no se hace en voz alta, pero que viene implícita en muchas otras. ¿Será esta mujer capaz de hacerlo? Le ponen énfasis a la palabra "mujer" porque menstruamos, porque tenemos la capacidad de ser madres, porque nuestro cuerpo cambia con los años. Pero siempre, siempre encuentran una manera de desestimarnos.
—Rinnie, eres inteligentísima —le recuerdo—. Si no lo ven donde estás, es momento de moverse. Has dedicado mucho tiempo y atención a tu trabajo como para que te salgan con esto.
—¿Recuerdas cuando solo te pagaban los pases a casa? —pregunta Linnie—. No es posible. Ya estás en una edad en la que mereces un poco de reconocimiento por tus esfuerzos.
—Gracias por no hacerme sentir estúpida, pero me siento mal porque tengo que empezar a construir en otro lugar. No es que me transfieran el puesto, tengo que ganármelo.
—Sabrás qué hacer. Eres brillante.
—Sí, bebe más alcohol, eso siempre ayuda.
—¡Linnie! —la regañamos. Ella ríe mientras levanta su copa.
—Por mi hermana, la mujer más exitosa de nuestra familia.
—Las amo por ser tan ineficientes y hacerme lucir bien.
Nosotras siempre pasamos un buen rato juntas. Mis hermanas son de dos planetas diferentes, creadas con la misma cara y la misma sonrisa, lo cual puede llegar a ser enloquecedor para algunas personas. Para mí, diferenciarlas no es tan complejo. Esa noche Linnie iría a casa con Rocko, el hombre que le había robado el corazón desde la adolescencia, y Rinnie volvería a su apartamento de soltera e intentaría consolarse a sí misma. Parte de no sentir es alejarse, negarse la posibilidad de romper aquello que tiene una franja.
Regina tomó una ducha, se encremó y respondió un último mensaje antes de dormirse:
Regina: Estoy bien. Hablamos mañana. Buenas noches.
George se sentía demasiado preocupado después de volver a casa alrededor de las ocho y no saber nada de Regina. Pensó que podría estar comiendo con Claudia, pasando tiempo con sus hermanas, o incluso con su padre. Pero lo que no encajaba era la falta de comunicación. Se empezó a poner nervioso alrededor de las once de la noche, antes de llamarla y no obtener respuesta. Estuviese con quien estuviese, no quería ser el novio celoso, despedazando el teléfono con llamadas, quebrantando la mente de su dueña con preguntas. El mensaje que recibió casi a la una de la mañana le ayudó a relajarse. Incluso si no podía dormir, sentía su ausencia y le preocupaba.
George, a diferencia de Regina, había tenido varias relaciones. Una de ellas había alcanzado el nivel de seriedad máximo: se habían casado, habían tenido hijos, y ahora estaban separados. George sabía una cosa o dos de las relaciones, y lo más importante era que la distancia y el silencio son terribles. La segunda lección: el inicio no determina el final.
Esa mañana fue temprano a la oficina. Discutió con su hermano, discutió con su padre, y su hijo no parecía tener ganas de verle. Para cuando llegó la hora de entrada de Regina, él ya la esperaba en su oficina. No había podido contener el enojo que llevaba acumulado. Ella llegó muy bien vestida, no traía la ropa del día anterior, lo cual le alivió ligeramente, pero no quitaba su enojo. Este seguía, acumulado durante las últimas horas. Yo les voy a decir tres cosas que aprendí de George: una, el amor no inicia y termina de la misma forma. Dos, la distancia y el silencio son terribles compañeros. Y tres, el enojo contenido puede convertirse en una bomba atómica.
—¿Dónde putas te metiste anoche? —le pregunta, y Regina deja su bolsa sobre la mesa.
—A mi jefe no le importa eso, y estoy en la oficina. Para mi pareja, le tengo noticias: no sé cuáles son tus traumas, pero cuidado con lo que insinúas, George.